III.

Los recuerdos de la infancia son siempre gratos y queridos, porque

están rodeados de inocencia; pero los más consoladores, los que

constituyen un dón inestimable, son los del bien que hemos hecho.

Mucho se declama contra la injusticia del mundo, y es una triste verdad

que hay en él muchos ingratos; pero los beneficios llevan en sí mismos

su recompensa por la dulce memoria que dejan en el alma.

Conocí á una mujer tan completamente halagada por los dones de la

naturaleza y de la fortuna, que llegó á ser completamente infeliz.

Imaginaos una mujer bella, jóven y casada con un hombre, jóven tambien,

opulento y que la adoraba.

No habia goce en la vida de que aquella mujer no disfrutase.

Su cuarto de dormir, situado en lo más retirado de la casa, estaba no

sólo forrado de ensambladuras de madera, sino forrado tambien de seda

algodonada para que no se percibiese el más leve rumor que perturbase

sus sueños.

Al abrir los ojos tenía al alcance de su mano un timbre, el cual, sólo

con tocarle, llamaba á dos camareras serviciales, discretas é

inteligentes.

Metíase en un baño de agua tibia perfumado con lirio y jazmin, y luégo

se desayunaba con su marido ó sola, segun era su voluntad, que nadie

coartaba en lo más mínimo.

Peinábala un peluquero tan hábil que no la causaba daño alguno; tenía

carruajes de todas las formas y para todas las estaciones; palcos en

todos los teatros; convites para todos los salones; espléndida casa y

soberbios palacios de verano; sus diamantes eran magníficos; todos la

envidiaban, y, sin embargo, cayó en un hastío mortal, por lo mismo que

nada tenía que desear.

Un dia fué á visitarla una amiga suya, bastante escasa de bienes de

fortuna: llegaba llorosa y conmovida, y la opulenta dama le preguntó la

causa de su pena.

--Vengo, dijo, de ver á una familia que se está muriendo de hambre.

--¡De hambre! repitió la hermosa jóven: ¡debe ser muy raro eso de ver

morirse de hambre! Me alegraria ver á esa familia.

--Puedes conseguirlo al instante.

--¡Yo!

--Vénte ahora mismo conmigo á ver á esos desdichados.

--¿No les has socorrido tú?

--Sí, pero llevaba muy poco dinero para tan grande infortunio; figúrate

un padre ciego, una madre baldada en una cama, y ¡cinco niños que piden

pan á gritos!

Las personas ricas no pueden comprender de súbito los horrores de la

miseria; así fué que mi amiga oyó este relato con bastante

indiferencia; tomó su bolsillo y salió con su compañera.

Cuando se halló en la mísera y helada buhardilla de aquellas pobres

gentes, sintió en el alma una impresion dolorosa, penetrante,

desconocida; pero sintió algo, despues de mucho tiempo en que no sentia

nada.

Entregó su bolsillo á la pobre madre enferma sin que pensase contraer

en ello mérito alguno; pero aquella mujer besó sus manos, bañándolas en

llanto, y todos los niños, conducidos por el padre ciego, se arrojaron

á sus piés colmándola de bendiciones.

Desde aquel dia la vida de aquella hermosa jóven tiene un objeto noble

y grande. ¡La caridad!

Crueles dolores la han afligido despues; grandes decepciones ha

sufrido; pero los dulces recuerdos del bien que hace la consuelan de

todos sus disgustos y sinsabores.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 149 / 399 题