Cada vez que contemplo yo el sol, recuerdo uno de sus rayos que
calentaba mis piés cuando era niña, y á cuyo reflejo luminoso se abria
un pequeño mundo que yo abarcaba con dominio infantil.
Caia aquella ráfaga de dorada luz en un pobre y húmedo cuartito, cuyo
pavimento era de yeso, resquebrajado en muchas partes.
Algunas hormigas salian de un agujero redondo y venian á dar vueltas al
sol.
Dos ó tres moscas, entumecidas por el frio, se despegaban de la pared y
volaban zumbando gozosas en aquel foco luminoso que les fingia un
alegre dia de estío.
Sentábase allí el gato negro y anciano, cerrando voluptuosamente sus
grandes ojos, verdes como dos esmeraldas.
Una perdiz se acercaba con menudo paso al conciliábulo y picoteaba al
gato, de quien era muy buena amiga.
Tenía yo un grillo que habia encerrado en una jaula muy pequeña, que
tambien colocaba al sol, y encima de la cual dejaba descansar á un gran
caracol que salia de su cáscara, estirándose poquito á poco, como para
observar.
En una de las grietas del suelo habian brotado dos ó tres hierbecillas;
un dia, al levantarme, vi á la más alta coronada con una flor morada
del tamaño de una lenteja; aquel mensaje de la primavera me colmó de
gozo y me estremeció al mismo tiempo.
Me pareció la flor una sonrisa de gratitud de aquella pobre
hierbecilla, porque yo la echaba alguna vez dos ó tres gotas de agua, y
aquel dia fué uno de los más dichosos de mi inocente vida.
Yo era la reina de aquel pequeño mundo tan alegre, tan feliz. Sentábame
allí, desmigaba un poco de pan, que se comia la perdiz, y las
partículas más pequeñas se las llevaban las hormigas con un afan que
hacía venir lágrimas á mis ojos.
Las moscas zumbaban; cantaba el grillo; dormitaba el gato; el caracol
se estiraba; las hormigas trabajaban, y todos éramos dichosos con un
rayo de sol y un poco de pan.
¡Oh, sí, todos éramos felices! Yo lo era tambien, porque tenía seis
años.
Desde entónces, siempre que en una bella mañana de invierno penetra un
rayo de sol en mi aposento, á traves de mi ventana, recuerdo el mundo
en miniatura donde yo imperaba cuando era niña; mi pensamiento vuela
hácia aquel pobre cuartito, recinto de mis juegos y de mis meditaciones
infantiles, donde veia tanta dicha, y que se ponia tan alegre cuando le
visitaba el sol.