La vida de la Marquesa no tenía otro método que la de tantas otras
señoras de su clase: se levantaba á la una, la recogian sus doncellas
el cabello y la ponian una bata elegante, para almorzar, sin gana, á
las dos; hacía algunas visitas ó recorria algunos almacenes de modas,
hasta las cuatro en invierno, hora en que iba á dar algunas vueltas á
la Castellana; se vestia para comer, á las siete; iba á su platea del
teatro Real á las nueve; volvia á su casa á las doce; se vestia de
nuevo y se iba á uno ú otro salon, hasta las tres de la mañana: á esa
hora la desnudaban sus doncellas y se dormia, ya bien entrado el dia.
Jamas leia, porque aunque en la mesa del centro de su salon habia
algunos libros nuevos, ella no les hacía el honor de consagrarles una
mirada: dejó olvidar la música, que sabía bien; el dibujo, en el que
sobresalia cuando niña, y perdió el raciocinio que, aunque no en gran
dósis, algun dia habia poseido.
No miraba jamas los cuadros ni los bronces que decoraban su suntuoso
palacio, y llegó, en fin, á no saber hablar más que de modas, de
trajes, de brillantes y de chismes de salon.
Así aquella pagana se convirtió en fanática adoradora de la tontería,
de la venalidad, de lo que hay de más frívolo en el mundo, y el culto
del lujo y de la ostentacion fué el solo que sobrevivió á todos los
cultos, á todas las adoraciones de las almas nobles y escogidas.
¡Pobre Blanca! ¡Tan bonita, dotada de tan dulce carácter, tan simpática
á todos por sus gracias, y haber caido en tal frivolidad, que bien
merece el nombre de idiotismo!
¡Rebajar su espíritu en vez de elevarlo! ¡Ocuparse sólo de lo material
sin pensar en lo moral, en lo intelectual, en lo bello, en lo grande!
¡Mirar siempre á la tierra y jamas al cielo! ¡Qué inmensa, qué terrible
desgracia!