Hoy la Marquesa tiene cuarenta años: las arrugas van surcando sus
blancas sienes y su graciosa frente: arrugas prematuras, que han
llegado conducidas por las veladas de muchos años, por la vida agitada
del gran mundo, tan distinta de la apacible vida de la madre de
familia, de la buena esposa que se dedica á cuidar y á embellecer su
hogar.
Su esposo ha dejado de amarla; al año de casado se convenció, y su
hermano mayor le ayudó á convencerse, de que aquella linda pagana era
sólo un mueble más; el más bello de todos los de su morada, pero sin
más alma ni más entendimiento que aquéllos.
Los amigos, y tambien las amigas, empiezan á olvidar el camino de su
casa; porque para colmo de males, su fortuna, aunque muy pingüe, no ha
podido resistir á los contínuos y exorbitantes gastos de los esposos.
El Marqués, cansado de estar siempre solo, porque siendo de más edad
que su mujer no podia llevar la agitada vida de Blanca, convencido de
que ésta no le amaba, ni le habia amado jamas, buscó su distraccion en
otra parte, y se ha creado una doble familia, olvidando para siempre á
la que eligió para compañera y le ha dejado sola en el camino de la
vida: en su segunda familia tiene hijos, y en ellos ocupa todo su
tiempo y todo el afecto de su corazon.
¡Pobre Blanca!
Sin esposo, sin hijos, sin juventud, sin fortuna, sin afecciones de
ninguna especie, sin fe viva en el alma, ¿qué le queda? Sólo el vacío
del sepulcro, que siente ya en torno suyo.
Su carácter, que se ha agriado, se ofende y se disgusta de todo lo que
es bello y bueno: la juventud y la hermosura de las demas mujeres le
son hoy odiosas; se ha vuelto murmuradora, y casi pudiera decirse
maldiciente, porque su espíritu ha ido empequeñeciéndose, y ya no hay
en él lugar para nada que sea noble, delicado y grande.
Tal es el fin de las pobres paganas que dedican toda su adoracion al
lujo y á las distracciones del mundo, y que no ocupan su corazon en el
amor de la familia, y su fortaleza en el cumplimiento del deber.