II.

--Dime, querido Cárlos, preguntaba un dia el Marqués de... á su hermano

mayor, ¿qué te parece mi mujer?

--Una pagana, respondió ásperamente el Duque, que era el hermano á

quien esta pregunta se dirigia.

El que habia interpelado quedó un instante suspenso, á pesar de serle

bien conocido el carácter brusco, excéntrico y demasiadamente sincero

de su hermano primogénito.

--Yo creo muy cristiana á la Marquesa, repuso sonriendo al cabo de

algunos instantes; pero tu opinion es para mí de tal importancia, que

te ruego me dés la explicacion de lo que has dicho.

--Digo que tu mujer es una pagana, y así la califiqué desde el dia de

tu casamiento, tres meses hace.

--¿Y por qué la juzgas así?

--Se llaman paganos los que adoran ídolos, ¿no es cierto?

--Sin duda.

--Tu mujer adora dos ídolos.

--¿Cuáles son?

--El lujo y el placer.

--¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Es tan bonita!

--¡Lindísima!

--¡Y tan jóven!

--Diez y nueve años; lo sé.

--Ya variará.

--Cuando yo me vuelva jóven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya

contaba cincuenta años, y era pequeño y jorobado.

Este hombre regañon y arisco tiene razon: la jóven Marquesa es una

pagana que se adora á sí misma y á todo lo que puede aumentar su

belleza y sus gracias.

Hija de una madre severa y rígida, pasó en una pension los diez y seis

primeros años de su vida, y vivió luégo, hasta su casamiento, en el más

completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna

expansion dejaba á su carácter y á sus inclinaciones; el casamiento fué

para ella como una carta de libertad, y á pesar de que su esposo le

llevaba veinte y un años, le aceptó y le miró como á un bienhechor que

le abria las puertas de su cárcel doméstica.

No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella

esposa que podia ser su hija. Blanca, que así se llama--pues áun

vive--ha pasado algunos años dedicada sólo á frecuentar los salones del

gran mundo; á llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el

Botánico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y

á provocar la envidia de las damas más hermosas, por sus gracias

encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus

trajes.

Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado á la

Marquesa en la libertad más completa; y aunque los médicos le han dicho

várias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era

debido á la vida agitada que ella hacía, á la presion del corsé, á los

insomnios y á la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha

sido imposible renunciar á una existencia que era la más conforme á su

gusto y la única que comprendia ya.

El mundo seca la savia del alma y devora á las pobres víctimas que se

entregan ciegamente á él.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 139 / 399 题