--Dime, querido Cárlos, preguntaba un dia el Marqués de... á su hermano
mayor, ¿qué te parece mi mujer?
--Una pagana, respondió ásperamente el Duque, que era el hermano á
quien esta pregunta se dirigia.
El que habia interpelado quedó un instante suspenso, á pesar de serle
bien conocido el carácter brusco, excéntrico y demasiadamente sincero
de su hermano primogénito.
--Yo creo muy cristiana á la Marquesa, repuso sonriendo al cabo de
algunos instantes; pero tu opinion es para mí de tal importancia, que
te ruego me dés la explicacion de lo que has dicho.
--Digo que tu mujer es una pagana, y así la califiqué desde el dia de
tu casamiento, tres meses hace.
--¿Y por qué la juzgas así?
--Se llaman paganos los que adoran ídolos, ¿no es cierto?
--Sin duda.
--Tu mujer adora dos ídolos.
--¿Cuáles son?
--El lujo y el placer.
--¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Es tan bonita!
--¡Lindísima!
--¡Y tan jóven!
--Diez y nueve años; lo sé.
--Ya variará.
--Cuando yo me vuelva jóven y buen mozo, repuso el Duque de...., que ya
contaba cincuenta años, y era pequeño y jorobado.
Este hombre regañon y arisco tiene razon: la jóven Marquesa es una
pagana que se adora á sí misma y á todo lo que puede aumentar su
belleza y sus gracias.
Hija de una madre severa y rígida, pasó en una pension los diez y seis
primeros años de su vida, y vivió luégo, hasta su casamiento, en el más
completo retiro, y bajo la direccion de una aya inglesa, que ninguna
expansion dejaba á su carácter y á sus inclinaciones; el casamiento fué
para ella como una carta de libertad, y á pesar de que su esposo le
llevaba veinte y un años, le aceptó y le miró como á un bienhechor que
le abria las puertas de su cárcel doméstica.
No tuvo que temer el esposo ninguna infidelidad de parte de aquella
esposa que podia ser su hija. Blanca, que así se llama--pues áun
vive--ha pasado algunos años dedicada sólo á frecuentar los salones del
gran mundo; á llamar la atencion en la Castellana, en el Retiro, en el
Botánico, por la elegancia y ostentacion de sus carruajes y libreas, y
á provocar la envidia de las damas más hermosas, por sus gracias
encantadoras, y por la riqueza de sus joyas y el buen gusto de sus
trajes.
Tres hijos, que han muerto al poco tiempo de nacer, han dejado á la
Marquesa en la libertad más completa; y aunque los médicos le han dicho
várias veces que el no nacer sus hijos en condiciones viables era
debido á la vida agitada que ella hacía, á la presion del corsé, á los
insomnios y á la falta de apetito, que debilitaban su naturaleza, le ha
sido imposible renunciar á una existencia que era la más conforme á su
gusto y la única que comprendia ya.
El mundo seca la savia del alma y devora á las pobres víctimas que se
entregan ciegamente á él.