No sé qué deplorable flaqueza nos impele siempre á ver en cada uno de
nuestros defectos una cualidad.
Las personas muy mezquinas, se creen _económicas_ y _arregladas_.
Las dominantes, se juzgan llenas de abnegacion hácia las otras.
Las oficiosas, _serviciales_.
Las aduladoras, _amables_ y _cariñosas_.
Las despilfarradoras y manirrotas, _generosas_.
Las maldicientes, _listas_, contoneándose muy huecas con esta idea.
«¡El que me la pegue á mí!...»
He visto á un hombre muy cobarde y villanamente insultado, que,
preguntado por un hermano suyo que por qué no pedia satisfaccion de
aquella ofensa, contestó:
--Yo soy un hombre prudente que me debo á mis hijos: éstos me necesitan.
--¡Más necesitan el honor que tú les quitas con tu cobardía! exclamó
irritado su hermano.
Así cegados los ojos de nuestra razon, en vez de combatir nuestros
defectos como á enemigos, los acariciamos y cuidamos como á cualidades
relevantes que nos ensalzan.