En mi pobre opinion de mujer, creo que para la vida interior ó de
familia, es mucho mejor tener un solo vicio que muchos defectos.
En primer lugar, un vicio puede curarse; una fuerte sacudida moral, una
desgracia originada por ese mismo vicio, suelen ser el cauterio de la
llaga; pero de los defectos nadie se cura jamas, pues casi siempre los
creemos cualidades relevantes.
Refiriéndome de nuevo á la madre y á la hija de quienes ya he hablado,
puedo asegurar que las dos tienen la culpa del malestar en que viven, y
del completo y triste desacuerdo á que han llegado.
La madre quiere que su hija sea perfecta.
La hija quiere, á su vez, que su madre sea una madre modelo.
Cayendo en la manía comun, llama la madre á sus exigencias de
perfeccion AMOR, y la hija las llama TIRANÍA.
Ambas carecen de la más amable de las cualidades: de la que es el
copito de algodon en rama, dulce, suave y blando, que iguala todas las
sinuosidades del carácter y todos los lados salientes de las
situaciones: carecen de benevolencia; han llegado á no entenderse, que
es la mayor de las desgracias en la intimidad de la familia.
Esos dos pobres seres viven juntos y está cada uno de ellos solo,
¡eternamente solo!
¡Dios mio! ¿Qué sacrificio puede parecer penoso si precave el llegar á
tan horrible estado? ¿Y qué es un poco de tolerancia, comparada con las
ventajas y la paz que trae consigo?
¡Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza! ¡Adorables virtudes, que
el cielo ha señalado como cardinales y primeras! ¡Vosotras sois las
cuatro fuertes columnas en las que descansa todo el edificio de la paz
doméstica! ¡Vosotras dais la dicha y la paz al hogar, la calma á la
conciencia y la tranquilidad al alma!
La prudencia calla y tolera los defectos ajenos, pensando en los
propios.
La justicia mide las circunstancias atenuantes de lo que da impulso á
las acciones, que á primera vista parecen culpables.
La fortaleza perdona las injurias despues de soportarlas con valor.
La templanza contiene los movimientos descompuestos de la ira, y
derrama un bálsamo exquisito en el alma herida.
¡Oh, nobles virtudes! ¡Sed siempre las santas compañeras de mi débil
sexo! ¡Sed siempre los ángeles guardadores de la mujer!