Mis amadas lectoras--pues yo no me atrevo á hablar á los hombres acerca
de mis opiniones--mis amadas lectoras, ¿no habeis notado alguna vez que
hay personas insufribles en el trato íntimo, y á las que, sin embargo,
la sociedad aclama como modelo de todas las virtudes?
Para que entendais lo que os pregunto, os voy á citar un ejemplo.
Conozco yo una madre y una hija en contínua y perfecta disidencia en el
interior de su casa, á pesar de juzgarlas todo el mundo, como
vulgarmente se dice, unidas por el más tierno afecto.
Así debia ser, y por eso se cree así: la madre es una señora jóven áun,
de un talento más que regular, de perfecta educacion, de trato dulce y
agradable, distinguida y simpática á todos.
La hija es una criatura bella, modesta, afectuosa, de condicion
amorosa, blanda y benévola naturalmente; todos sus hermanos han muerto,
y ella ha llegado á ser el único amor y la sola compañía de su madre.
Yo oigo decir en torno suyo:
--¡Qué felices deben ser!
--¡Cuánto se aman!
--¡Esa jóven no se casará jamas, por no separarse de su madre!
--¡Si esa madre perdiera á su hija, se moriria!
De todas estas opiniones sólo la última encierra acaso una verdad; es
posible que si esta madre perdiese á su hija, sucumbiese al dolor de
haberla perdido.
Y sin embargo, es imposible imaginarse una vida más amarga que la que
llevan estas dos pobres mujeres, que no pueden sufrirse la una á la
otra.
¿No os parece esto horrible, lectoras mias, sobre todo cuando sucede
entre madre é hija?
Pues áun es más horrible, cuando la extrema y contínua diversidad de
opiniones tiene lugar en el matrimonio.
¡Y la tiene tantas veces, tantas... que causa espanto el saberlo y áun
el adivinarlo!
No obstante, repito lo que dije al empezar; casi siempre estas personas
insufribles para la vida íntima, pasan por modelos de virtud y de
moralidad entre las gentes que las tratan poco.
Demostrada la llaga, veamos si podemos adivinar lo que la ocasiona, y
cuál es el remedio que la conviene.