Mi amiga miró asombrada á su tio, que prosiguió:
--No se pueden tener muchas amistades si se han de tener algunos
amigos, hija mia; la vida está llena con dos afectos, y bastan si se
sienten profundamente: el amor y la amistad son dos dulces necesidades
del corazon, y para satisfacerlas todo el tiempo es corto.
¿A qué ese cúmulo de frívolas visitas? ¿Puede creer en tu simpatía é
interes la dama que sólo conoce de tí el nombre inscrito en las
tarjetas que le sube el lacayo? ¿Puedes tú creer en los suyos, cuando
ella hace lo mismo?
--¡Pero si esa es la costumbre!
--Costumbre absurda y no tan generalizada tampoco como tú crees;
llévate siempre esta regla en tu trato: ni buscar amistades, ni
perderlas.
Las visitas son necesarias para conservar las relaciones sociales; son
la expresion de la deferencia hácia los que nos son superiores; de la
simpatía á nuestros iguales, de la piedad hácia los que sufren; son, en
fin, el lazo que une á la gran familia llamada sociedad, y bajo este
punto de vista son, no sólo necesarias, sino agradables; pero lo que es
inútil y absurdo es ese afan de visitar que se ha desarrollado en
nuestros dias y que á nada conduce más que á perder el tiempo y la
paciencia: si se dedican todas las horas de que se puede disponer á las
visitas de cumplido, ¿qué tiempo dedicarémos á las de afecto? ¿Y cómo
expresarémos éste sino yendo á ver de cuando en cuando á las personas
que nos lo inspiren?
--Lo que me ha herido profundamente,--dijo la jóven,--es que durante
los dias de mi enfermedad apénas ha venido nadie á verme; nadie se ha
ofrecido á velarme; nadie me ha acompañado una hora.
--En cambio, desde que saben que te levantas, tienes al criado de la
antesala constantemente anunciando visitas y recibiendo tarjetas:
ademas, la lista que se ponia á la puerta de la habitacion estaba llena
todos los dias.
--¡Sí! de nombres que venian á escribir criados ó conocidos de mis
amigos.