--Estoy siempre debiendo visitas,--decia no há muchos dias, en
presencia mia, una señora jóven y bella,--cada dia tengo más: es una
fatiga: ¡pasan de cuatrocientas! Así es que siempre estoy en falta con
las gentes: mi última enfermedad me ha atrasado de tal modo, que no sé
qué hacer.
--Hay un medio fácil de salir del paso,--opinó otra amiga de ambas que
la oia,--se toma un carruaje durante ocho dias seguidos, y se hacen
cada dia veinte ó treinta, dejando tarjetas en las porterías ó
subiéndolas el lacayo.
--¡Magnífica idea!--exclamó la dama,--lo salva todo: cumplo con las
gentes, como quien dice, sin tiempo.
Formaba parte de la reunion un anciano, respetable por su elevada
inteligencia, no ménos que por su edad avanzada: era tio de la que
acababa de hablar, y la queria con un afecto completamente paternal.
--¿Por qué haces tú visitas?--le preguntó, despues de haberla mirado en
silencio durante algunos instantes, con la penetrante y dulce expresion
que le era habitual.
--Hago visitas, querido tio, para cumplir con las gentes.
--¿Sólo por eso?
--¿Y por qué otro motivo se hacen?
--Por afecto á las personas á quienes se va á visitar.
--¡Dios mio!--exclamó la jóven señora,--si fuéramos á amar á todas las
personas á quienes visitamos, ¿dónde habria corazon para tanto? Ademas,
amistades verdaderas ¡hay tan pocas!
--Por cierto, hija mia, que dices ahora lo que sientes, y veo en tu
rostro que este conocimiento te causa no pequeña tristeza: tienes
razon: la amistad verdadera es difícil hallarla, y las personas que
llevan el género de vida que tú llevas no la encontrarán nunca, porque
todo lo que dais á la frivolidad, se lo quitais al corazon.
--No lo entiendo á V., mi querido tio.
--Yo me explicaré: ¿por qué visitas á tanta gente?
--Porque toda esa gente me visita á mí.
--Y entre todas esas personas ¿hay muchas que te aman?
--Acaso ni una sola,--contestó con un suspiro mi amiga,--¡acaso ni una
sola se interesa por mí!
--Y eso ¿en qué consiste? Siendo dulce, bondadosa, amable en tu trato,
¿cómo es posible que seas generalmente antipática?
--¡Tio! ¡No creo que nadie me profese antipatía!--exclamó la jóven
resentida.
--Entónces, ¿eres indiferente á todos?
--¡Eso será más bien! pero ¿antipática? ¡oh, no! ¡A nadie he hecho daño
en toda mi vida!
--Lo sé, y por eso te pregunto si sabes la causa de esa carencia de
afectos, de esa frialdad que te rodea, pobre hija mia.
--No la conozco, ni habia pensado nunca mucho en ella, porque me
entristecen esos pensamientos.
--Ahora hablemos de tí. ¿Tienes tú afecto, no á todas, pues ya veo que
eso es imposible, sino á alguna de las personas que te visitan?
--No les tengo afecto, pero tengo inclinacion á algunas, y si no fuera
porque una invencible timidez me lo impide y porque me falta tiempo
para ello, desearia cultivar su amistad.
--¡Ya está explicado el enigma!--exclamó el anciano,--¡la falta de
tiempo! ¡La falta de tiempo que se pierde en un trato frívolo é inútil,
y que se echa de ménos para los afectos verdaderos!