En el matrimonio te recomiendo más todavía el pensar: las sublimidades,
querida mia, no lo son en la vida real sino cuando van acompañadas de
la augusta luz de la razon: si no haces más que sentir, eres mujer
perdida: el raciocinio es de todo punto indispensable para guiarnos en
las sinuosidades del camino: el sentimiento nos extravía muchas veces,
ó más bien nos extravía siempre.
Hay que sentir, por decirlo así, con medida, y hay que pensar mucho:
hay que pensar en la dicha de toda una familia, y hay que poner al
sentimiento límites muy estrechos las más veces, por más que el
sentimiento parezca ilimitado como todo lo infinito.
Ya en la edad madura, presumo que el pensar se sobrepondrá en tí al
sentir, como sucede á todas las mujeres. La ancianidad: hé aquí el
puerto de paz de las mujeres que sienten con exceso: la ancianidad con
su velo blanco apaga el fuego de la pasion, y trae á la razon por la
mano, como fiel y cariñosa compañera.
En las nobles y elevadas regiones del arte, el pensar y el sentir son
tambien dos cosas que deben ir juntas si el artista ha de producir
obras de esas que no mueren jamas; pero en el artista el sentimiento ha
de preceder al pensamiento, y ha de ser más grande; se necesita sentir
en sí mismo la belleza ideal, y luégo pensar con firmeza en la
ejecucion; pensar incesantemente en la necesidad de llevarla á cabo; el
trabajo constante es la ley del arte, como es la ley de la vida.
«Paganini, dice Balzac, que hacía vibrar su alma en las cuerdas de su
violin, hubiera llegado á ser un violinista ordinario si hubiera pasado
tres dias sin estudiar.»
Y en otra página de sus libros inmortales añade el mismo gran escritor
frances:
«El arte es la creacion idealizada: así los grandes artistas, los
poetas completos no esperan ni los encargos ni los compradores: crean
hoy, mañana, siempre; y de esto resulta esa costumbre del trabajo y ese
perpétuo vencimiento de las dificultades, que les mantiene en eterno y
amoroso lazo con su musa protectora y con sus fuerzas intelectuales.
Canova vivia en su taller, como Voltaire en su gabinete: Homero y
Fídias han debido vivir tambien así.»
Si el artista se deja llevar sola y exclusivamente del sentimiento,
degenerará en soñador, y entónces no hay gloria posible para él; porque
la pereza es el estado normal de todos los artistas, pudiendo ocuparla
con sus sueños sin fin, y es muy fácil convertirse de pensador en
soñador y sumergirse en esa peligrosa reverie, enfermedad del alma, y
abismo donde quedan sofocadas las nobles aspiraciones del arte y del
trabajo.