Puesto que deseas saber mi opinion, querida Valeria, acerca de si es
preferible para la felicidad de la vida el que la mujer sepa pensar ó
sepa sentir, voy á decírtela, no dándotela en absoluto, sino
sencillamente, como una opinion que me es propia, y nada más.
Creo, mi amada Valeria, que el sentimiento puede llegar á ser un mal no
estando guiado por la razon; es decir, que el sentir solo no es
bastante para la felicidad de la vida si no se piensa tambien, para
regular nuestras acciones del modo más acorde, no sólo con el buen
parecer, sino tambien con la tranquilidad á que debemos aspirar.
Personas hay en las que el sentimiento por lo extremado puede llamarse
enfermizo, y la que te escribe estas líneas es una prueba de ello: todo
lo que sienten es con tan inmensa fuerza, que la razon no se muestra
sino generalmente traida por algun amargo desengaño; es decir, que no
dan cabida jamas á esa augusta huéspeda cuando tienen el alma llena de
flores y de armonía, sino cuando el dolor la ha convertido en un árido
desierto, cuando sólo ven tinieblas y soledad dentro y fuera de sí.
Si á la par que el alma se eleva á las regiones del sentimiento, el
pensamiento caminase tranquilo por el sendero de la razon; si
meditásemos en vez de dejarnos llevar por los sueños vanos y peligrosos
de la fantasía, entónces podriamos ser dichosos y labrar á la vez la
dicha de cuantos nos rodean.
Pero ¡ay! cuanto más se siente ménos se piensa, y si observas, Valeria,
lo que pasa al derredor tuyo, te convencerás de esta triste verdad, lo
mismo que si te observas á tí misma; tú amas, y el anhelo de estar
constantemente al lado del objeto de tu amor, el exceso mismo del
sentimiento que te inspira, no te deja pensar en que puede cansarse de
estar siempre en tu compañía; en que en vez de desear que llegue el dia
de ser tu esposo, puede temerlo como un mal irremediable. El amor,
Valeria mia, necesita de una atmósfera pura y serena, y no puede
existir en un ambiente sofocante. El amor ha de vivir libre y no
prisionero; el amor ha de ser espontáneo y no impuesto; y si no piensas
en esto, si te limitas sola y únicamente á sentirlo, á acrecentarlo
cada dia y á exigirle más sacrificios, el amor morirá y huirá de tí,
dejándote destrozado el corazon, donde con tanta intensidad, donde con
tan ardiente exclusivismo le albergaste.
El amor verdadero, el amor noble, profundo y generoso, tiene su
carácter propio, tiene sus manifestaciones, tiene sus distintivos, por
decirlo así; una vez convencida de que existe, no te empeñes en
sostenerle con artificios, cuando puede vivir por sí solo; déjale
completa libertad, deja que luzca la llama sin darle la presion de un
fanal, porque toda luz así velada, es más opaca y ménos pura.
Ni te empeñes tampoco, llevada por el exceso mismo del sentimiento, en
creer toda la dicha de la tierra encerrada en tu amor.
He visto desdichadas mujeres vestir con las galas de su imaginacion,
rica y entusiasta, un ídolo de barro; prodigábanle las perlas y las
flores, y le veian, no cual era, que entónces se hubieran asustado,
sino como ellas lo querian ver.
¡Ay! ¡Cuanto más elevaban el ídolo, cuanto más levantaban el pedestal,
más lo alejaban de ellas! Llegaba el dia en que, cansadas de
sostenerlo, en que rendidas de aquel trabajo sin recompensa y sin
gloria, de aquel trabajo vil, que la ingratitud no reconocia y que el
mundo acusaba, dejaban caer los brazos, y entónces el ídolo venía al
suelo, se hacía pedazos y dejaba ver el polvo vil que constituia su sér.
Esta es, Valeria mia, la amarga historia del corazon de muchas mujeres:
historia triste, que va envuelta en un dolor mortal, y que no lleva
consigo ni áun la gloria del martirio.
Piensa, pues, y rechaza los ídolos de barro; no des tu corazon más que
á un hombre digno de tí, pero no pidas tampoco á este hombre más que lo
que un hombre puede conceder, ni llegues á las exageraciones del
sentimiento.
El sentimiento exagerado no halla su recompensa, ni es pagado jamas.