Tanto como en sociedad, ó acaso más, es precisa la cortesía en el seno
de la familia.
Procurad, amigas mias, ser atentas con vuestros hermanos y hermanas,
esos primeros amigos de nuestra existencia; no seais jamas con ellos
secas, difíciles, díscolas, tales, en una palabra, como os
avergonzaríais de aparecer á los ojos de los demas.
¿Por qué arrebatarse entre hermano y hermana un libro que agrada, un
sitio cómodo? ¿Por qué armar disputas por las cosas pequeñas? Esas
querellas, que parecen tener tan pocas consecuencias como tienen
fundamento, van minando lentamente el edificio de la mutua
consideracion; llega una de las grandes crísis de la vida en que se
necesita el amor de las familias, y éste ¡ya no existe!
La dulce intimidad que reina bajo el techo doméstico, no debe degenerar
nunca en esa grosera franqueza, que debilita y rompe los lazos más
sagrados.
No es de buen gusto la familiaridad que algunas jóvenes ostentan con
sus padres; la que esto escribe no acepta la desatenta llaneza ni áun
en la amistad más íntima; la cortesía, los modales atentos son el mejor
sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos, y muchas
veces le ha lastimado profundamente el ver confundir con el cariño la
desatencion, que está muy cerca de la insolencia. He visto hijas que se
presentaban ante sus padres mal vestidas y con un desaliño que se
hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente; las he
visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder
con aspereza y negligencia, murmurar del mandato paternal ó materno, y
estar en la mesa como si se hallasen con sus iguales ó inferiores,
sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.
¿Por qué no se han de guardar con nuestra familia todas las atenciones
que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué
una jóven no ha de ser para con sus padres y hermanos lo que es para
todos los demas?