Hablar de sí mismo es un escollo en el que casi todos tropezamos.
Nada hay tan enemigo como el yo de la verdadera y dulce cortesía que
nos gana todos los corazones.
En sociedad es preciso olvidarse de sí mismo para atender á las penas,
á las molestias y hasta á las excentricidades de los demas; es preciso
manifestar interes por los negocios y los placeres ajenos; es preciso
enterarse con discrecion y dulzura de todo lo que en primer lugar les
preocupa; es preciso, en fin, hacer abstraccion de sí mismo, y ser
amables si queremos ser amados.
Pocos afectos nacen espontáneos, á no ser el amor; el cariño, la
amistad, la verdadera estimacion, se conquistan y se conservan; la
dulzura y la benevolencia del carácter, las atenciones para con los
demas, se miran, y con razon, como una prueba de la bondad del
carácter. Una de las primeras reglas de la cortesía es no decir jamas
ninguna cosa que desagrade ú ofenda á quien nos escucha; si las
personas habladoras son tan insoportables, consiste en que hablando sin
reflexionar, dicen mil inoportunidades.
--Yo soy muy franco, se oye afirmar algunas veces á personas que dicen
cuanto les ocurre, hiriendo profundamente el amor propio, y hasta el
corazon de alguno de sus oyentes.
Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal
educadas, y están dotadas de una crueldad de corazon, que las hace
odiosas y repulsivas á todos.
Hay detalles en la cortesía ó buena educacion que varian con la moda:
en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las señoras permanecian
sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la
moda exige que las damas se pongan en pié para saludar, y si el
visitante es anciano, que se le acompañe hasta la primera puerta.
Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de
atencion, porque no hay cosa más desagradable que el parecer como
figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la
exquisita y delicada cortesía, que hacen tan amable, tan amada y tan
distinguida á la mujer.
En la mesa la cortesía, ó mejor dicho, la expresion de la misma ha
cambiado tambien: hoy el papel de los dueños de la casa es mucho más
sencillo y más fácil de desempeñar que hace veinte años: el cuidado de
trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando
los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para
que éstos repitan de los manjares están completamente suprimidas, y á
ménos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer
finezas á ninguna de las personas que nos acompañan á comer; pero la
señora de la casa tiene otros mil medios de complacer á sus convidados:
la colocacion de los asientos, aproximando á los que más puedan
simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de
los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.
Despues del café, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en
pro ó en contra de la cortesía de la señora de la casa: el salon debe
ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las
personas que asisten á él se hallen, no sólo bien, sino perfectamente.
Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en
cuando manos artísticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre
todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una
inteligencia femenina, jamas estará solo.
Cuando me hablan de las tertulias íntimas de nuestros padres y busco la
causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.
En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo á la frivolidad,
y el hombre, cansado de frivolidades, á la ambicion: la vanidad y el
afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el
medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia más
fortuna.
Á la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece
con su talento, con su bondad, con la cortesía, que es la expresion de
aquéllas, la sociedad le deberá un voto de gracias.