La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.
Dígalo si no Mad. de Lafayette, que ocupó en la prision el lugar de su
marido, haciendo huir á éste disfrazado con sus vestidos.
Dígalo María Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.
Dígalo la madre de Calígula, la gran Agripina, dejándose morir de
hambre para devolver á sus hijos, con su muerte, el rango y la
libertad, y ocultando á estos mismos hijos su sublime sacrificio.
Dígalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doña Urraca,
mezclándose con sus parciales en lo más recio del combate, y
animándoles con su voz y con su presencia.
Dígalo Santa Teresa de Jesus, llevando á cabo sus reformas y sus
fundaciones de la órden del Cármen, á traves de tantas tempestades y
persecuciones.
Dígalo María Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le
habian usurpado, ceñidas la corona y la espada de San Estéban, y á la
cabeza de un corto número de caballeros.
Pero, ¿á qué negarlo? á la que esto escribe, á fuer de mujer, le agrada
más en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el
que se ostenta; el que sólo espera su recompensa en el cielo, que el
que lleva en pos de sí el aplauso general y la admiracion de las
naciones.
Ademas, para ese género de valor se necesita estar en circunstancias
especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho más
campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.
El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heroínas,
admiracion para las guerreras; para las valerosas mártires del hogar
doméstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es más, ni ellas
lo esperan, ni lo desean.
Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de
la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de
ángel.
Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con
valor la colosal empresa de educar á su marido y que ha conseguido, á
fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un
hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y
honrado; pero ¿de qué modo? aceptando un martirio de todos los
instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada;
oponiendo á las malas razones las palabras suaves y cariñosas; buscando
las santas coqueterías del hogar para que no la abandonase por el
juego; esperándole hasta el dia para ver si por lástima á su soledad,
queria retirarse más pronto; cuidando de su persona, para que su marido
la hallase más agradable que á las demas mujeres que iba á buscar;
rodeándole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolviéndole,
en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha doméstica, única
legítima, única dulce, única que llena el corazon.
¡Qué valor se necesita para llevar á cabo estas trasformaciones! ¡qué
abnegacion! ¡qué constancia y qué fortaleza! ¡qué ardiente fe y qué
inagotable y noble paciencia!
Ved á la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha
recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desórden en
desórden; ¡con qué afan oculta á todos las faltas de este hijo ingrato!
¡Con qué heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los
maldicientes! ¡Cómo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado
caso que le quede alguna) del hijo rebelde! ¡Con qué dulzura persuasiva
le amonesta! ¡Con qué paciencia, y á la vez con cuánta afliccion le
espera! Antes se cansará él de ser malo que su madre de disculparle y
amarle; ántes será él débil en su inicua mision, que su madre en su
sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle,
nacerá su cobardía para seguir adelante en la senda del mal, y dia
llegará en que le diga:
--¡Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! ¡Si me hubieras
abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!