IV.

La historia nos presenta mil ejemplos de admirable valor en la mujer.

Dígalo si no Mad. de Lafayette, que ocupó en la prision el lugar de su

marido, haciendo huir á éste disfrazado con sus vestidos.

Dígalo María Stuard, subiendo tranquilamente al cadalso.

Dígalo la madre de Calígula, la gran Agripina, dejándose morir de

hambre para devolver á sus hijos, con su muerte, el rango y la

libertad, y ocultando á estos mismos hijos su sublime sacrificio.

Dígalo la desventurada reina de Leon y de Galicia, doña Urraca,

mezclándose con sus parciales en lo más recio del combate, y

animándoles con su voz y con su presencia.

Dígalo Santa Teresa de Jesus, llevando á cabo sus reformas y sus

fundaciones de la órden del Cármen, á traves de tantas tempestades y

persecuciones.

Dígalo María Teresa de Austria, conquistando su propio reinado, que le

habian usurpado, ceñidas la corona y la espada de San Estéban, y á la

cabeza de un corto número de caballeros.

Pero, ¿á qué negarlo? á la que esto escribe, á fuer de mujer, le agrada

más en su sexo el valor moral que el material; el que se oculta que el

que se ostenta; el que sólo espera su recompensa en el cielo, que el

que lleva en pos de sí el aplauso general y la admiracion de las

naciones.

Ademas, para ese género de valor se necesita estar en circunstancias

especiales; el valor silencioso, recogido y humilde tiene mucho más

campo en que ejercitarse y es de todas las condiciones.

El mundo guarda oraciones para las santas, aplauso para las heroínas,

admiracion para las guerreras; para las valerosas mártires del hogar

doméstico no tiene ninguna recompensa, ningun triunfo; es más, ni ellas

lo esperan, ni lo desean.

Su juez es Dios, su esperanza el cielo, su recompensa la felicidad de

la familia que consuelan, que educan y que cobijan bajo sus alas de

ángel.

Se ha visto alguna mujer bella, delicada, elegante que ha acometido con

valor la colosal empresa de educar á su marido y que ha conseguido, á

fuerza de paciencia y de constancia, hacer de un hombre vulgar un

hombre distinguido, y hasta de un miserable, un hombre pundonoroso y

honrado; pero ¿de qué modo? aceptando un martirio de todos los

instantes con la sonrisa en los labios y la dulzura en la mirada;

oponiendo á las malas razones las palabras suaves y cariñosas; buscando

las santas coqueterías del hogar para que no la abandonase por el

juego; esperándole hasta el dia para ver si por lástima á su soledad,

queria retirarse más pronto; cuidando de su persona, para que su marido

la hallase más agradable que á las demas mujeres que iba á buscar;

rodeándole de paz, de felicidad, de sonrisas, de flores; envolviéndole,

en fin, en la blanca y perfumada nube de la dicha doméstica, única

legítima, única dulce, única que llena el corazon.

¡Qué valor se necesita para llevar á cabo estas trasformaciones! ¡qué

abnegacion! ¡qué constancia y qué fortaleza! ¡qué ardiente fe y qué

inagotable y noble paciencia!

Ved á la madre cuyo hijo ha olvidado la excelente educacion que ha

recibido y que se deja llevar del mal ejemplo, corriendo de desórden en

desórden; ¡con qué afan oculta á todos las faltas de este hijo ingrato!

¡Con qué heroico valor sonrie para evitar las sospechas de los

maldicientes! ¡Cómo procura hacer resaltar las buenas cualidades (dado

caso que le quede alguna) del hijo rebelde! ¡Con qué dulzura persuasiva

le amonesta! ¡Con qué paciencia, y á la vez con cuánta afliccion le

espera! Antes se cansará él de ser malo que su madre de disculparle y

amarle; ántes será él débil en su inicua mision, que su madre en su

sublime tarea; del valor de su madre para sufrirle y para excusarle,

nacerá su cobardía para seguir adelante en la senda del mal, y dia

llegará en que le diga:

--¡Gracias, madre mia, por haber sido tan valerosa! ¡Si me hubieras

abandonado, hubiera caido en un abismo sin fin!

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 112 / 399 题