Las más brillantes posiciones ocultan á veces desgracias terribles.
El desaliento del corazon, lacerado por mil amargos desengaños; el
sufrimiento del alma, producido por decepciones en los afectos: la
saciedad, que lleva consigo la riqueza y el abuso de todos los goces
frívolos, estas cosas reunidas y áun cada una de por sí, producen un
malestar, una angustia moral, una falta de fe, que constituyen la más
horrible de las desgracias.
No amar á nadie, no esperar nada, es tan triste que valiera más morir.
Así, pues, aquellas de vosotras, mis amadas lectoras, que halle en su
camino una persona atea á fuerza de sufrir, que se dedique á
consolarla, á endulzar su amargura, á reanimar su fe y su esperanza, y
hará una obra tan meritoria como dando pan á un infeliz pordiosero,
porque la miseria del alma no es ménos dolorosa que la del cuerpo.
Sólo aliviando la desgracia podemos hallar la felicidad: busquémosla
por todas partes, y cuando la hallemos en nuestro camino, socorrámosla
con todas las fuerzas de nuestra voluntad y de nuestro ingenio,
privándonos de algo supérfluo, para dar á los desdichados lo necesario.