Habia, segun me ha contado una anciana amiga mia, una mujer, tan
dichosa, al parecer, que todos la envidiaban; tenía una fortuna más que
regular, un esposo que la adoraba, hijos hermosos y llenos de promesas,
amigos fieles y cariñosos; y sin embargo de todo esto, se tenía algunas
veces por desgraciada; el alma, como el cuerpo, tiene sus
desfallecimientos, y á veces se fatiga acaso por el mismo exceso de su
tranquilidad.
Aquella mujer, jóven, hermosa, rica, querida y estimada de todos, era
infeliz, y entrando en el fondo de su deseo, nada hallaba que desear.
En la misma ciudad habia otra mujer de edad madura, que iba vestida con
excesiva modestia, de aspecto dulce, respetable y reservado: esta
persona era maestra de escribir, y pasaba su vida, ya en dar lecciones
á los niños, ya en copiar documentos para los comerciantes y oficinas:
la tranquilidad y la dicha resplandecian en su frente, y no obstante
jamas se habia casado y vivia sola en el mundo.
La señora M. que así se llamaba la dama que se tenía por tan
desgraciada, la llamó para que diese leccion á sus hijos, niños de
corta edad; y preguntándole un dia, supo por fin el secreto de la
felicidad de aquella humilde criatura.
--He vivido siempre para los otros y jamas para mí,--le dijo,--el yo es
el enemigo más formidable de toda dicha. Muy jóven aún, quedé sin padre
y sin otro talento que una bonita letra; procuré utilizarla y busqué
algunas lecciones que dar; mi madre, anciana y enferma, necesitaba de
mí, y esto me daba valor, enviándome Dios como supremo consuelo, la
esperanza: daba lecciones durante el dia; por la noche copiaba
manuscritos: tenía ademas nociones de dibujo; procuré perfeccionarlas,
y traté de copiar algunas flores y grabados que se vendian bastante
bien.
De repente mi hermana mayor, viuda y madre de cuatro hijos, murió, y
los cuatro huerfanitos quedaron sin amparo: ¿qué hacer? Los traje
conmigo, y la pluma corrió más de prisa sobre el papel. Dios, que es el
padre de todos, reprodujo el milagro del pan y los peces con nosotros:
mi pluma dió para todo durante quince años: mi anciana madre murió sin
que la faltase nada, y yo ya no tuve la dicha de trabajar para ella;
pero pocos instantes ántes de cerrar los ojos, me dijo:
--Hija mia, en el mundo he sido una carga bien penosa para tí; pero
ahora en el cielo te pagaré mi deuda, y rogaré á Dios que recompense
tus virtudes: hija mia, yo te lo aseguro; nada te faltará.
--Mi madre murió; yo eduqué á mis huerfanitos con todo el amor y
cuidado posibles: los niños aprendieron una bonita letra y los coloqué
bastante bien en el comercio: la niña aprendió el lindo y aseado oficio
de modista.
Cuando ya no tuve que trabajar más que para mí, me puse muy triste...
Esto era una desgracia, pues toda mi vida la habia dedicado al bien de
los otros: mas sabido es que nunca faltan pobres: doy lecciones á los
niños de mi barrio, hijos de honrados artesanos, y ademas, con lo que
gano dando otras lecciones y haciendo copias, les regalo de vez en
cuando, ya un vestido, ya una camisa, ya ropa blanca que yo misma coso
en mis ratos de ocio; todos me quieren, yo quiero á todos y soy dichosa.
La señora de M.... oyó casi avergonzada la historia de aquella noble
criatura, diciéndose que la desventura puede salir del seno de la
felicidad, y que la dicha más pura puede salir del seno de la desgracia.