II.

Habia, segun me ha contado una anciana amiga mia, una mujer, tan

dichosa, al parecer, que todos la envidiaban; tenía una fortuna más que

regular, un esposo que la adoraba, hijos hermosos y llenos de promesas,

amigos fieles y cariñosos; y sin embargo de todo esto, se tenía algunas

veces por desgraciada; el alma, como el cuerpo, tiene sus

desfallecimientos, y á veces se fatiga acaso por el mismo exceso de su

tranquilidad.

Aquella mujer, jóven, hermosa, rica, querida y estimada de todos, era

infeliz, y entrando en el fondo de su deseo, nada hallaba que desear.

En la misma ciudad habia otra mujer de edad madura, que iba vestida con

excesiva modestia, de aspecto dulce, respetable y reservado: esta

persona era maestra de escribir, y pasaba su vida, ya en dar lecciones

á los niños, ya en copiar documentos para los comerciantes y oficinas:

la tranquilidad y la dicha resplandecian en su frente, y no obstante

jamas se habia casado y vivia sola en el mundo.

La señora M. que así se llamaba la dama que se tenía por tan

desgraciada, la llamó para que diese leccion á sus hijos, niños de

corta edad; y preguntándole un dia, supo por fin el secreto de la

felicidad de aquella humilde criatura.

--He vivido siempre para los otros y jamas para mí,--le dijo,--el yo es

el enemigo más formidable de toda dicha. Muy jóven aún, quedé sin padre

y sin otro talento que una bonita letra; procuré utilizarla y busqué

algunas lecciones que dar; mi madre, anciana y enferma, necesitaba de

mí, y esto me daba valor, enviándome Dios como supremo consuelo, la

esperanza: daba lecciones durante el dia; por la noche copiaba

manuscritos: tenía ademas nociones de dibujo; procuré perfeccionarlas,

y traté de copiar algunas flores y grabados que se vendian bastante

bien.

De repente mi hermana mayor, viuda y madre de cuatro hijos, murió, y

los cuatro huerfanitos quedaron sin amparo: ¿qué hacer? Los traje

conmigo, y la pluma corrió más de prisa sobre el papel. Dios, que es el

padre de todos, reprodujo el milagro del pan y los peces con nosotros:

mi pluma dió para todo durante quince años: mi anciana madre murió sin

que la faltase nada, y yo ya no tuve la dicha de trabajar para ella;

pero pocos instantes ántes de cerrar los ojos, me dijo:

--Hija mia, en el mundo he sido una carga bien penosa para tí; pero

ahora en el cielo te pagaré mi deuda, y rogaré á Dios que recompense

tus virtudes: hija mia, yo te lo aseguro; nada te faltará.

--Mi madre murió; yo eduqué á mis huerfanitos con todo el amor y

cuidado posibles: los niños aprendieron una bonita letra y los coloqué

bastante bien en el comercio: la niña aprendió el lindo y aseado oficio

de modista.

Cuando ya no tuve que trabajar más que para mí, me puse muy triste...

Esto era una desgracia, pues toda mi vida la habia dedicado al bien de

los otros: mas sabido es que nunca faltan pobres: doy lecciones á los

niños de mi barrio, hijos de honrados artesanos, y ademas, con lo que

gano dando otras lecciones y haciendo copias, les regalo de vez en

cuando, ya un vestido, ya una camisa, ya ropa blanca que yo misma coso

en mis ratos de ocio; todos me quieren, yo quiero á todos y soy dichosa.

La señora de M.... oyó casi avergonzada la historia de aquella noble

criatura, diciéndose que la desventura puede salir del seno de la

felicidad, y que la dicha más pura puede salir del seno de la desgracia.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 105 / 399 题