No hace muchas noches que nos hallábamos reunidas algunas personas,
enlazadas por los vínculos de la amistad más verdadera, en el lindo
gabinete de una simpática jóven, casada hace poco más de un año con un
hombre respetable por su talento y las nobles prendas de su carácter.
No éramos muchos los concurrentes y ninguno contaba muchos años: el
esposo de nuestra amiga era la persona más grave, y no ha llegado
todavía á la edad madura.
En tanto que la parte masculina de la reunion hablaba de política y de
obras dramáticas, la parte débil se ocupaba en bordar y charlar de
modas y de las novedades del dia.
--¿Qué os parece de Luisa R....?--dijo de repente la señora de la casa,
dirigiéndose á nosotras,--deseo saber vuestra opinion, porque me admiro
de oir contínuamente sus alabanzas, cuando yo la encuentro con mérito
muy escaso.
Al oir nombrar á Luisa R. todos los caballeros dejaron sus
conversaciones y escucharon, al parecer, con religiosa atencion.
--¿Lo veis?--exclamó mi amiga entre risueña y enojada,--en nombrando á
Luisa todos se vuelven oidos y mi marido el primero. ¿Qué tendrá esa
mujer?
--Yo no lo sé,--respondió una de las jóvenes,--á mí me parece muy
grande su boca y demasiado corta su nariz.
--Pues á mí,--dijo otra,--me parecen muy hermosos sus ojos azules, tan
dulces y expresivos.
--Yo no la encuentro bonito nada más que el talle.
--Á mí me gusta la expresion de su rostro.
--Pero señores, ¿quieren VV. volver á su conversacion?--exclamó una de
las presentes,--¿no es muy doloroso que ni áun delante de nosotras
hayan VV. de contener su admiracion por la señorita R....?
--Es un delito de lesa galantería,--añadió otra.
--Es insoportable,--agregó una tercera.
--Mi marido tiene la culpa,--dijo la señora de la casa.--¿Quereis creer
que es uno de los más acérrimos partidarios de Luisa?
--No lo niego,--respondió sonriendo el aludido,--me agrada esa jóven, y
si eso es delito, todas estas señoras me excusarán, estoy seguro de
ello.
--¿Nosotras?--gritó airado el coro femenino.
--Sin duda: y si no, veamos: en la parte bella de esta reducida
reunion, algunas han dicho que les agradaba Luisa y otras que no les
gusta: ¿no es cierto?
--Sí: ¿pero qué tiene eso que ver?...
--¡Paciencia! ¿Hay aquí una sola que haya dicho que Luisa es fea ó
desagradable?
--No la creemos ninguna de las dos cosas.
--¿Hay alguna que haya encontrado de mal gusto su modo de vestir, ó
faltas de elegancia sus maneras?
--¡Oh, no! dijo la esposa del que hablaba, yo soy justa: he visto muy
pocas personas de modales más distinguidos.
--Ni de más variada y dulce conversacion.
--Ni de una sencillez más elegante en el vestir.
--Ni de más gracia en todas sus acciones.
--Ved aquí, señoras, explicada la causa del imperio que esa jóven
ejerce en nosotros y áun en su mismo sexo, lo que es mucho más raro,
dijo triunfante nuestro antagonista: la belleza es relativa; es decir,
agrada segun el gusto de la persona que la contempla; la elegancia es
absoluta, es decir, que agrada á todos y á todos cautiva: podrán VV.
expresar su gusto acerca de las facciones de Luisa, que á unas
agradarán y á otras no; pero con respecto á su perfecta educacion y á
su carácter simpático, nadie halla defectos que ponerla.
La llegada del té impidió que respondiéramos á aquellas palabras
sensatas y llenas de verdad; pero así que la parte masculina nos dejó
para ir á saborear sus habanos, nosotras volvimos á hablar de Luisa.
--Mi marido tiene razon, es preciso concederlo, dijo nuestra amiga: no
sé por qué nos admiran las inmensas simpatías que alcanza Luisa: ¿no
habeis reparado con qué gracia se viste, qué dulzura hay en sus
palabras, qué encanto hay en su voz?
--Y luégo, añadió otra, su elegancia es incomparable: sabe de qué modo
se ha de vestir á todas horas, y lo hace con un gusto exquisito.
--No será, pues, por su riqueza.
--¡No por cierto! Sus medios no pueden ser más escasos, y á no ser por
su habilidad...
--Es, en efecto, positivo, dijo nuestra amiga, que en la sociedad
rendimos culto--y á veces hasta involuntariamente--á todo lo que es
bueno y bello: la simpatía es una ley poderosa, y sólo la dedicamos á
quien la merece: pocas veces se engaña la simpatía, y áun es más fácil
que se engañe el amor, porque en éste tienen su parte los encantos del
rostro, en tanto que aquélla nace casi siempre del conocimiento de las
bellas prendas del alma y de una educacion esmerada.
Vemos algunas veces una figura muy bella, pero que no nos agrada: sin
embargo, siempre seducen y cautivan la verdadera elegancia, los modales
escogidos, y en fin, la distincion natural de aquella, á quien un
carácter dulce hace más encantadora.