III.

No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y

para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser

Cornelia ó Arria: hay otras virtudes pequeñas, ocultas, del dominio de

la mujer cristiana, que, parecidas á modestas violetas, embalsaman aquí

bajo el hogar doméstico, y que tal vez un dia formarán una diadema á la

que las haya amado y cultivado constantemente.

¡Pequeñas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! ¡Vosotras

pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida

soportable! ¿Quiénes sois? La indulgencia, que perdona los defectos,

bien que no pueda prometerse el perdon para sí misma; el piadoso

disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad

del espíritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las

ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud

amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que

viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien

posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la

impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea

decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipatía; el

olvidar una pequeña injusticia ó procurarlo á lo ménos; el escuchar con

cortesía paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto á un

juego, á una diversion, frecuentemente más penosa que el más árido

trabajo.

¡Oh, no! no son brillantes estas pequeñas y dulces virtudes, y no

atraen ni los ojos ni los elogios. ¡El que está presente no sabe por

qué se dice una palabra y por qué se calla otra: no penetra en el

santuario del pensamiento para leer allí que la manera de ver es

diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos

están contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carácter

y la virtud! ¡Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el

sacrificio queda cumplido!

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 101 / 399 题