No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y
para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser
Cornelia ó Arria: hay otras virtudes pequeñas, ocultas, del dominio de
la mujer cristiana, que, parecidas á modestas violetas, embalsaman aquí
bajo el hogar doméstico, y que tal vez un dia formarán una diadema á la
que las haya amado y cultivado constantemente.
¡Pequeñas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! ¡Vosotras
pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida
soportable! ¿Quiénes sois? La indulgencia, que perdona los defectos,
bien que no pueda prometerse el perdon para sí misma; el piadoso
disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad
del espíritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las
ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud
amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que
viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien
posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la
impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea
decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipatía; el
olvidar una pequeña injusticia ó procurarlo á lo ménos; el escuchar con
cortesía paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto á un
juego, á una diversion, frecuentemente más penosa que el más árido
trabajo.
¡Oh, no! no son brillantes estas pequeñas y dulces virtudes, y no
atraen ni los ojos ni los elogios. ¡El que está presente no sabe por
qué se dice una palabra y por qué se calla otra: no penetra en el
santuario del pensamiento para leer allí que la manera de ver es
diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos
están contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carácter
y la virtud! ¡Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el
sacrificio queda cumplido!