IV.

La carta que precede dice más que cuanto yo pudiera encarecer, acerca

de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de ánimo en el trato

social.

La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la

absoluta falta de confianza en el propio mérito, que conduce á una

timidez invencible.

Es necesario apreciarse de una manera equitativa, saber conservar su

dignidad y no desestimarse por completo, dando á los demas un exceso de

consideracion y de condescendencia, porque las más bellas disposiciones

desaparecen cuando una excesiva timidez se apodera de nuestro espíritu

y nos arrebata la serenidad y la facultad de discernir.

Hay algunas personas tan excesivamente tímidas, que no saben jamas qué

hablar ni qué postura adoptar en visita; para estos pobres seres, el

trato, lazo de seda que une á la gran familia humana, es un tormento

insoportable: como nadie ama lo que le mortifica, huyen de hacer y de

recibir visitas, convirtiéndose su cortedad de genio en una grosería

que les enajena todas las voluntades, y en una feroz misantropía.

En la mujer es casi preferible que se estime demasiado alto á que se

estime demasiado poco: de la gran estimacion de sí misma nace la

dignidad, la aversion á las familiaridades y á las habladurías, y hasta

una gran virtud; pero la timidez, cuando es en grado exagerado, la

lleva, no sólo á las ridiculeces que á mi pobre amiga, sino á otros

extremos más graves.

Poco tiempo hace que estando yo de visita en un salon donde se hallaban

reunidas várias personas, oí criticar amargamente á una bella señora

que no se hallaba allí, pero que yo conocia de vista.

Todos los presentes dieron un arañazo más ó ménos grande en aquella

reputacion indefensa: la frialdad de mi semblante y mi silencio

protestaron contra la cobardía de la agresion.

Cuando me levanté, una amiga que allí se hallaba salió conmigo.

--¿Por qué has callado--le pregunté indignada--al oir censurar así á

una persona que tratas? Más bien; ¿por qué has hecho coro con todos

esos necios de mala intencion, con todas esas envidiosas?

--¿Y qué querias que hiciera? respondió: yo no tengo el valor de ir

contra la corriente de todos: no me atrevo á tanto.

--¡Qué indigna cobardía! exclamé llena de enojo.

--¿Qué quieres? soy tímida, y así son casi todas las gentes: piensa en

que al Redentor le crucificaron: ¿qué harian conmigo?

No he vuelto á saludar á aquella mujer: hay una clase de timidez

inofensiva que me compadece: hay otra culpable y que es sólo ruin

pusilanimidad, que me indigna y que desprecio.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 96 / 399 题