La carta que precede dice más que cuanto yo pudiera encarecer, acerca
de la necesidad de adquirir aplomo y serenidad de ánimo en el trato
social.
La soberbia es muy culpable; pero tambien es digna de censura la
absoluta falta de confianza en el propio mérito, que conduce á una
timidez invencible.
Es necesario apreciarse de una manera equitativa, saber conservar su
dignidad y no desestimarse por completo, dando á los demas un exceso de
consideracion y de condescendencia, porque las más bellas disposiciones
desaparecen cuando una excesiva timidez se apodera de nuestro espíritu
y nos arrebata la serenidad y la facultad de discernir.
Hay algunas personas tan excesivamente tímidas, que no saben jamas qué
hablar ni qué postura adoptar en visita; para estos pobres seres, el
trato, lazo de seda que une á la gran familia humana, es un tormento
insoportable: como nadie ama lo que le mortifica, huyen de hacer y de
recibir visitas, convirtiéndose su cortedad de genio en una grosería
que les enajena todas las voluntades, y en una feroz misantropía.
En la mujer es casi preferible que se estime demasiado alto á que se
estime demasiado poco: de la gran estimacion de sí misma nace la
dignidad, la aversion á las familiaridades y á las habladurías, y hasta
una gran virtud; pero la timidez, cuando es en grado exagerado, la
lleva, no sólo á las ridiculeces que á mi pobre amiga, sino á otros
extremos más graves.
Poco tiempo hace que estando yo de visita en un salon donde se hallaban
reunidas várias personas, oí criticar amargamente á una bella señora
que no se hallaba allí, pero que yo conocia de vista.
Todos los presentes dieron un arañazo más ó ménos grande en aquella
reputacion indefensa: la frialdad de mi semblante y mi silencio
protestaron contra la cobardía de la agresion.
Cuando me levanté, una amiga que allí se hallaba salió conmigo.
--¿Por qué has callado--le pregunté indignada--al oir censurar así á
una persona que tratas? Más bien; ¿por qué has hecho coro con todos
esos necios de mala intencion, con todas esas envidiosas?
--¿Y qué querias que hiciera? respondió: yo no tengo el valor de ir
contra la corriente de todos: no me atrevo á tanto.
--¡Qué indigna cobardía! exclamé llena de enojo.
--¿Qué quieres? soy tímida, y así son casi todas las gentes: piensa en
que al Redentor le crucificaron: ¿qué harian conmigo?
No he vuelto á saludar á aquella mujer: hay una clase de timidez
inofensiva que me compadece: hay otra culpable y que es sólo ruin
pusilanimidad, que me indigna y que desprecio.