»Una de las señoritas me suplicó que le acercase un asado colocado
cerca de mí; en mi afan de complacerla puse en la boca un pedazo de
budin que tenía en el tenedor sin pensar en que estaba abrasando;
entónces me fué imposible disimular mi tormento; la garganta se quemaba
conforme iba pasando por ella el budin; los ojos se me querian salir de
las órbitas; cada uno de los presentes me propinó un remedio distinto:
el uno me aconsejaba vino, otro aceite; yo pedí agua, y un criado trajo
un vaso lleno; pero sea que se equivocase, sea que el traidor quisiera
burlarse de mí, me trajo aguardiente en vez de agua fresca; lancé un
grito, y el líquido salió por las narices y por mi boca en un acceso de
tos; la señora riñó á su criado; ciega con el dolor de la quemadura y
del aguardiente, llevé á la cara el pañuelo con el que habia secado la
tinta; una risa general estalló entónces, porque la más exquisita
cortesía no bastaba ya ante tanta ridiculez, y huí á mi casa sin
despedirme de nadie y loca de dolor.
«¡Oh invencible timidez! Yo te maldigo como á mi más cruel enemigo.»