»Hablamos de las obras nuevamente puestas á la venta, y el señor T....
me enseñó una de la cristiana y dulce escritora belga Mad. Bourdon, tan
poco conocida como digna de serlo; señalóme en un estante un volúmen
elegantemente encuadernado, diciéndome que aquélla era su última
produccion; yo quise tomarla; el buen señor fué á adelantarse á mi
deseo; pero yo, para no molestarle, alargué vivamente el brazo; el
libro pesaba ménos de lo que era de esperar, atendido su tamaño; salió
con violencia, cayó en el mismo velador que ya estuve yo para tirar al
suelo, y derribó un tintero que sobre él habia; todos echaron á broma
el suceso y me dijeron que no tuviese pena ninguna; pero yo vi la tinta
caer sobre la alfombra, y sin saber lo que hacía, trémula, confusa,
yerta de terror, me incliné y... ¡oh colmo de ridiculez! me puse á
recogerla con mi pañuelo; tal era mi turbacion y mi dolor por mi
torpeza.
»En el mismo instante un criado vino á anunciar que la comida se
hallaba servida, y yo le vi contener la risa al advertir lo que estaba
haciendo; encarnada como una grana seguí al comedor á la familia; la
señora T.... me daba el brazo y me colocó entre ella y su hija mayor,
graciosa y dulce jóven, cuya modestia nada tenía parecido á mi torpeza
y timidez excesivas.
»La amabilidad de la señora de la casa empezaba á tranquilizarme,
cuando el mal genio que me perseguia me dió otra prueba de su
encarnizamiento contra mí; habia yo colocado el plato de sopa demasiado
cerca del borde de la mesa; al volverme para contestar á una pregunta
de mi vecina, la señorita de la casa, que admiraba mi cuello de encaje,
dejé caer el plato con todo su contenido sobre mi falda; á pesar de
haber empapado mi servilleta y otras várias que me fueron ofrecidas, mi
traje verde luz se inundó de aquel líquido craso y todavía hirviente;
recordé entónces el valor con el cual el dueño de la casa habia
disimulado el dolor que mi pisada le habia ocasionado, y puse de mi
parte todo lo posible para imitar su tranquilidad.