No hay nada que más se tema, y por consiguiente que ménos se ame, que
una persona excesivamente rigorista: un hombre de carácter duro é
intratable inspira temor, y se desea estar siempre léjos de él; pero si
estos defectos recaen en una mujer, la hacen insoportable y causan su
eterna desgracia.
Es natural suponer en la mujer un carácter dulce, apacible y blando, un
corazon tierno y sencillo, y gran flexibilidad de voluntad; nadie se
admira de que una mujer sea excesivamente tímida y dócil, pero á lo que
nadie puede acostumbrarse es á ver á una mujer dura é intolerante.
La que se halle dotada de estos hirientes defectos no conocerá nunca la
amistad, ni acaso el amor.
La benevolencia es la llave que abre todos los corazones, y parece tan
natural en la mujer como el perfume en la flor. ¿No sería extraño que
una bella rosa exhalase miasmas pútridos?
Tan extraña me parece una mujer intolerante y malévola.
¡Cuántas veces ha conquistado una amistad eterna una sola palabra
indulgente!
¡Cuántas el rencor ha caido deshecho como nube de verano ante una dulce
y confiada sonrisa! Hay pocas personas y pocas acciones que merezcan
ser miradas con rigor y calificadas con dureza: áun en el fondo de los
crímenes se ocultan casi siempre grandes y aterradoras desgracias.
Una de las reglas más seguras de la buena educacion es darse por
ofendido en sociedad las ménos veces posible; el ofenderse, ademas de
demostrar mal carácter, humilla al enojado; la verdadera dignidad hace
imposible hasta el pensamiento de que se le falte, y quita la
susceptibilidad ridícula, dejando la noble é inquebrantable fortaleza
con que debe rechazarse siempre el verdadero insulto.