¡Oh vírgen celeste, suave, pura, amable, tan adorada y tan digna de
serlo! ¡Oh dulce y modesta benevolencia! ¡Quién no te acogerá en su
seno! ¡Quién no te dará un blando asilo en su alma! ¡Quién no querrá
hacer de tí la compañera de su vida!
Bajo tu blanco velo se cobijan todos los desdichados, y tu grata
sonrisa borra todos los defectos: en vano la intolerancia te muestra su
torva y adusta faz; serena y apacible, tú le muestras tu tranquila
mirada y grata sonrisa.
Puede decirse que tú haces más bien que la caridad; porque ésta sólo
alivia las grandes desgracias y tú endulzas las mil amarguras de la
vida.