Pasemos revista á nuestras armas, ¡oh, mis lectoras! y la que haya
olvidado las suyas, que las prepare y las tenga prontas para el combate.
La dulzura es el auxiliar más poderoso para conquistar todo cuanto
apetecemos: pues seamos dulces en todo, en el carácter, en las
acciones, en la expresion del rostro, en las inflexiones de la voz, en
la mirada y en la sonrisa.
Cuando un hombre se deja llevar por la cólera y se olvida de lo que se
debe á sí mismo, una palabra dulce le desarma y una dulce mirada le
avergüenza.
El contraste es la gran elocuencia y la gran leccion de la vida.
Una dulce sonrisa da las gracias con más verdad que una arenga, y una
dulce inflexion de voz alcanza más que todas las instancias.
Todos los poetas han vestido sus canciones inmortales con el ropaje de
la dulzura: ¿qué otra cosa sino su imágen son _la Cordelia_, de
Shakespeare; _la Cossete_, de Víctor Hugo; _Mme. de Tecle_, de
Feuillet, y _Corina_, de madame Staël?
La música, ¿nos encantaria si no hubiera en ella dulzura y sentimiento?
¿Amariamos las flores á no ser por su dulce perfume y su suave belleza?
El grato ambiente de la primavera ¿no parece reanimarnos con su
penetrante dulzura?
Sí; la dulzura es lo más bello que se conoce y lo que ejerce un
predominio mayor en nosotros, y con el manto de la dulzura se adorna
todo lo que es inmortal; seamos dulces, aunque tengamos razon para
estar resentidas, y mostremos _sentimiento_, pero _cólera_, jamas.
Julieta sedujo á Romeo por su inefable dulzura de carácter: así lo dice
el poeta y así lo demuestra en la deliciosa escena de _¡Adios!_ que los
dos jóvenes tienen á la aurora del dia que los separa para siempre, y
en la que la amada dice al amante, para retenerle más, que no es la
alondra la que canta, sino el ruiseñor el que se deja oir entre las
sombras de la noche.
Habrá quien comprenda y ame á la mujer fuerte y enérgica, y yo siento
no ser de ese número para amar de otro modo nuevo á la mujer; mas áun
cuando la voy á buscar para admirarla al campo del pasado y entre las
páginas de la historia, admiro más á la mártir de las oscuras penas del
hogar doméstico que á las heroínas como Juana de Monforte y la Monja
Alférez.
Bastantes hombres hay que derraman la sangre de sus semejantes.
Á las mujeres toca, no herir, sino curar, amar y bendecir.