En la época belicosa que atravesamos; en esta época en que se inventan
cañones, fusiles, pistolas; máquinas de batir ejércitos, medios de
arrasar ciudades y todo género de instrumentos destructores de la
humanidad, como si la vida fuese tan larga y tan exenta de peligros; en
esta época guerrera y valerosa, no parecerá extraño que yo haga tambien
ostentacion de las armas de nuestro sexo, enumerándolas, elogiándolas y
recomendando su uso constante, para defensa de nuestros derechos y de
nuestro bienestar.
Nuestras armas son numerosas y fuertes, tan fuertes, que sabiéndolas
esgrimir bien, y sobre todo á tiempo, el guerrero más temible, más
audaz y más fiero depone su lanza, inclina la cabeza y pide gracia y
misericordia.
¿Qué loca manía invade hoy las cabezas femeninas al querer dejar los
privilegios del sexo débil, tan bien armado, tan seguro siempre de la
victoria?
¿Por qué quieren ceñir el birrete de abogado ó de doctor, dejando las
blondas y las flores que tan graciosamente coronan las blancas sienes
de la mujer?
Con la blanda sumision, con la amorosa obediencia abdican todo su
poder, y entregan las armas bellas que poseen.
Los hombres no las contarán como sus iguales; no es la ciencia y el
estudio lo que da la energía del alma, la fuerza del carácter, y de
poseer estas prendas, la mujer dejaria de serlo.
Yo no quiero parecerme en nada al sexo fuerte, y prefiero escudarme con
mi debilidad á tener la terrible responsabilidad de la fuerza.
_Obedecer_ es mucho mejor, más fácil y más dulce que _mandar_.