Imitemos á Jesus, ¡oh mujeres cristianas! á Jesus, que no llevaba el
azote en la mano, sino la miel en los labios.
_Él_ no culpaba: aconsejaba y redimia de la culpa.
Era piadoso y benigno para todos: era el supremo consolador de cuantos
se le acercaban.
Ya que los hombres no sepan imitar al divino modelo, imitémosle las
mujeres.
La verdadera cristiana ha de ser siempre tolerante y piadosa: ha de
tener alumbrado su hogar con la dulce luz del buen ejemplo, y adornado
con las flores de la paciencia y la resignacion.
La verdadera cristiana es como la mujer fuerte de la Escritura: atiende
á todo, de todo cuida, y su benéfica influencia se deja sentir por
todas partes.
La verdadera cristiana tiene siempre muchas y variadas ocupaciones,
porque á la vez que se dedica á hacer la dicha y á iluminar el
entendimiento de los suyos, se ocupa tambien de todas las labores de su
casa y del bienestar material de los que ama.
Cuidando de la dicha de los suyos es una mujer buena cristiana.
He visto algunas que, bajo el pretexto de que tenian que confesarse al
siguiente dia, se han negado á ir al teatro con su marido, y este
marido, desairado y contrariado, ha renegado de la religion de su mujer
que le privaba de su compañía.
Esa mujer faltaba á sus deberes, al primero de sus deberes, negándose á
acompañar á su marido.
Una buena cristiana puede tener su casa muy bien dispuesta, sus hijos
muy elegantes, su mesa muy bien servida, y puede ser, á pesar de todo
esto, muy agradable á Dios, y áun serle agradable por lo mismo que hace
todo esto, pues es gravísima falta el rodear á nuestra santa y benigna
religion de fealdad, de acritud y de intolerancia.