Me parece que son tan agradables al padre de las misericordias un acto
de perdon, la dádiva de una limosna, una lágrima dedicada al infortunio
ajeno, como dos horas de rezo.
Me parece tambien que ninguna mujer se ha de condenar porque deje de
oir misa algun dia, si su madre, su esposo ó sus hijos se hallan
enfermos, y necesitan de sus cuidados.
Me parece asimismo, que tan bueno, por lo ménos, como irse á confesar
todas las semanas, es no murmurar, hacer todos los favores que se
puedan y llevar con resignacion las pruebas de la vida, que nunca le
faltan ni áun al sér más dichoso y más opulento.
Yo no digo por esto que no sea muy necesario el aproximarse con
frecuencia á la mesa celestial, donde el alma halla tan delicioso y
nutritivo alimento; pero hay muchas mujeres que se creen buenas
cristianas porque oyen misa diariamente, porque rezan cierto número
fijo de oraciones y porque se confiesan con mucha frecuencia, y pasan
el resto de su vida en murmurar, en penetrar las vidas ajenas y en
buscar las faltas de todos.
Sólo pensarlo sería un sacrilegio.
La virtud para serlo y para hacerse amar necesita ser dulce, tolerante,
benévola, y hay algunas mujeres cuyas debilidades son la más bella
apología de su corazon y áun de su carácter.
He conocido, entre otras, una que fué la más coqueta, la más seductora,
la más agraciada, la más simpática de las jóvenes de su edad, segun
afirman personas del gran mundo que la han conocido; despertó
innumerables pasiones, y más de una tuvo un desenlace fatal.
Pero el matrimonio no se hallaba bien con su carácter independiente y
con su deseo de libertad: pasaron los años; sus gracias perdieron con
la juventud todo su prestigio; los adoradores se retiraron, y cuando ya
no era tiempo, aspiró á tener un esposo, un protector, un amigo.
No pudo alcanzar esta suprema dicha, y su carácter se volvió acre y
amargo: la juventud, la hermosura llegaron á serla odiosa, porque ella
no las poseia ya: censuró á los hombres y más á las mujeres: todo lo
bueno, todo lo bello se le hizo profundamente antipático, y mordia y
destrozaba moralmente con una saña implacable.
Así dispuesta, fea de cuerpo y más fea de alma, se hizo beata ó
santurrona.
¡Beata!
¡Horrible palabra, que encierra un mundo de amargura, de ódio y de hiel!
Vistióse con un traje de jerga negra, púsose una mantilla de lana, unos
zapatos gruesos; dejó las manos sin guantes; recogió el escaso cabello,
dejando todo lo horrible posible su cara flaca y amarillenta, y así
dispuesta, es decir, arrojando los últimos restos de belleza, de gracia
y áun de decencia, detras de ella, empezó á ir á la iglesia, donde se
pasaba los dias, y á confesar todas las semanas, criticando á las que
no lo hacian.
¿Creerán esas mujeres que Jesus, el dulce, amante y hermoso Jesus,
admite todo lo que hay en ellas de malo, que es lo que van á ofrecerle,
despues de haber dado al mundo lo poco bueno que tenian?