La resignacion es otro de los adorables beneficios de nuestra religion
sacrosanta.
He visto á una madre que adoraba á su hijo único, mirarle muerto en la
cuna, pálida, temblorosa, como una flor tronchada por el huracan, y
decir, alzando los ojos al cielo:
--¡Señor, era tuyo y te lo has llevado; hágase tu santa voluntad!
Si aquella mujer se hubiera sublevado contra la mano que la heria, si
hubiese acusado á la Providencia, aunque despues la hubiera yo visto
rezar, bostezando, veinte partes de rosario, no me hubiera parecido tan
verdaderamente cristiana.
Un solo grito del alma, un latido del corazon, bastan para probar á
Dios nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra gratitud.
No son necesarias las exterioridades ni las prácticas rutinarias de la
devocion exagerada é ignorante: Dios ve el fondo del alma, y el elevar
los ojos á la bóveda celeste es ya un consuelo inefable.
No puedo expresar el disgusto que me causa cuando en la iglesia oigo
rezar casi en voz alta, darse violentos golpes de pecho y lanzar
suspiros dolorosos.
Semejantes extremos sólo sirven para distraer la atencion de los que
verdaderamente hablan con Dios por medio de su pensamiento recogido y
absorto en la grandeza de la divinidad.
¿Cuántas (y áun cuántos) hay que mezclan á los suspiros y á las
palabras de la oracion ruidosos bostezos, productos del bárbaro ayuno á
que se condenan?
¿Cuántas que enferman de dolores reumáticos por pasarse en las frias
mañanas del invierno, cuatro, cinco y seis horas sobre el helado
pavimento de la iglesia?
¿Cuántas que no comen de los postres, con risa interior de los criados
y admiracion dolorosa de su familia, porque lo han ofrecido como prueba
de mortificacion?
¿Y cuántas inspiran á sus hijos, con esas prácticas, terror hácia una
religion que impone semejantes sacrificios?
¡Oh, no, tiernas jovencitas, amigas mias! ¡No creais que esa es la
religion de Jesus! ¡Elevad el alma y huid de esas preocupaciones de los
espíritus estrechos! Disfrutad honesta y legítimamente de los bienes
que Dios mismo os ha concedido; no os martiriceis ni os hagais feas,
que eso no agrada al que es fuente de toda belleza y orígen de todo
amor.
«¡Amaos los unos á los otros!»
Esto es lo único que ordena: es decir, sed tolerantes, benévolas,
agradables; no calumnieis, no mintais y haced el bien posible.
«Dejadme á mí el cuidado de la venganza.»
Esta es otra de las órdenes de nuestro Padre celestial; es decir,
perdonad, excusad y no ultajeis jamas, ni devolvais el mal con el mal,
sino con el bien.
¡Mujeres católicas! ¡Cuanto más amables, más dulces, más caritativas,
más benévolas y más bellas seais; cuanto más perdoneis, consoleis y
hagais más grata y más hermosa la vida de los vuestros, seréis más
verdaderas cristianas!