IV.

La resignacion es otro de los adorables beneficios de nuestra religion

sacrosanta.

He visto á una madre que adoraba á su hijo único, mirarle muerto en la

cuna, pálida, temblorosa, como una flor tronchada por el huracan, y

decir, alzando los ojos al cielo:

--¡Señor, era tuyo y te lo has llevado; hágase tu santa voluntad!

Si aquella mujer se hubiera sublevado contra la mano que la heria, si

hubiese acusado á la Providencia, aunque despues la hubiera yo visto

rezar, bostezando, veinte partes de rosario, no me hubiera parecido tan

verdaderamente cristiana.

Un solo grito del alma, un latido del corazon, bastan para probar á

Dios nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra gratitud.

No son necesarias las exterioridades ni las prácticas rutinarias de la

devocion exagerada é ignorante: Dios ve el fondo del alma, y el elevar

los ojos á la bóveda celeste es ya un consuelo inefable.

No puedo expresar el disgusto que me causa cuando en la iglesia oigo

rezar casi en voz alta, darse violentos golpes de pecho y lanzar

suspiros dolorosos.

Semejantes extremos sólo sirven para distraer la atencion de los que

verdaderamente hablan con Dios por medio de su pensamiento recogido y

absorto en la grandeza de la divinidad.

¿Cuántas (y áun cuántos) hay que mezclan á los suspiros y á las

palabras de la oracion ruidosos bostezos, productos del bárbaro ayuno á

que se condenan?

¿Cuántas que enferman de dolores reumáticos por pasarse en las frias

mañanas del invierno, cuatro, cinco y seis horas sobre el helado

pavimento de la iglesia?

¿Cuántas que no comen de los postres, con risa interior de los criados

y admiracion dolorosa de su familia, porque lo han ofrecido como prueba

de mortificacion?

¿Y cuántas inspiran á sus hijos, con esas prácticas, terror hácia una

religion que impone semejantes sacrificios?

¡Oh, no, tiernas jovencitas, amigas mias! ¡No creais que esa es la

religion de Jesus! ¡Elevad el alma y huid de esas preocupaciones de los

espíritus estrechos! Disfrutad honesta y legítimamente de los bienes

que Dios mismo os ha concedido; no os martiriceis ni os hagais feas,

que eso no agrada al que es fuente de toda belleza y orígen de todo

amor.

«¡Amaos los unos á los otros!»

Esto es lo único que ordena: es decir, sed tolerantes, benévolas,

agradables; no calumnieis, no mintais y haced el bien posible.

«Dejadme á mí el cuidado de la venganza.»

Esta es otra de las órdenes de nuestro Padre celestial; es decir,

perdonad, excusad y no ultajeis jamas, ni devolvais el mal con el mal,

sino con el bien.

¡Mujeres católicas! ¡Cuanto más amables, más dulces, más caritativas,

más benévolas y más bellas seais; cuanto más perdoneis, consoleis y

hagais más grata y más hermosa la vida de los vuestros, seréis más

verdaderas cristianas!

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 52 / 399 题