Yo no sé á qué atribuir el que, por más que lo procuro, no puedo
admirar á esas mujeres que se pasan la vida en las iglesias rezando
partes de rosario y ensartando oraciones.
Cuando las veo, pienso, sin poderlo remediar, en que su casa estará muy
mal arreglada, y sus hijos, si los tienen, muy mal cuidados, y en que
sus maridos serán muy poco dichosos.
Me honro con la amistad de un virtuosísimo sacerdote, eminente en
saber, y que derrama á torrentes la luz en la cátedra del Espíritu
Santo, al cual he oido decir, hablando con una señora amiga mia y que
se hallaba en mal estado de salud:
--No vaya V. á la iglesia, pues eso la puede hacer daño.
--Sólo voy á misa, respondió la doliente con alguna tristeza.
--No vaya V. á misa tampoco.
--Únicamente asisto los domingos.
--No vaya V. ni siquiera ese dia: el ambiente frio del templo la
empeorará.
--¡Dios mio! exclamó mi amiga: ¡parecerá entónces que no soy cristiana!
--Dios está en todas partes, y de todas partes oye, señora mia: lea V.
la misa en su casa, en su gabinete abrigado, sentada en un sillon, y
por eso Dios no escuchará ménos sus preces que nacen del alma.
Mi amiga meció tristemente la cabeza, y despues de un rato de silencio,
repuso:
--No se puede V. figurar, señor, lo angustiada que tengo la conciencia,
¡me gustaba tanto ir á la iglesia! ¡Aquel ambiente saturado de
incienso, aquellas luces, la vista de las flores frescas en los
altares, de las cuales yo enviaba algunas, la imágen del Redentor del
mundo y de su Madre hacian bien á mi alma afligida, y hallaba la
tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la iglesia
cumplia con un deber!
--¡Hija mia, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir á la casa
de Dios, donde tan dulce paz se respira, hacía bien, no á su
conciencia, sino á su corazon: ha perdido V. al esposo, al compañero de
su vida que la amaba, al objeto de su único amor, y sólo ante el que es
el supremo consolador de todos los dolores halla paz su pecho
dolorido!... Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como
tantas veces hacemos: léjos de tener su conciencia intranquila por no
poder ir á la iglesia, resígnese á esta privacion, y llévela con
paciencia por el amor de ese mismo Dios.
--¡Ántes me confesaba cada ocho dias! ¡Y ahora, como me pongo mala cada
vez que voy temprano á la iglesia, sólo puedo ir de mes á mes!
--Y áun es demasiado.
--¡Demasiado!
--Sí, por cierto: ¿qué delitos, qué graves culpas puede haber en su
vida ordenada, modesta y apacible que necesiten exponerse tan
repetidamente ante el tribunal de la penitencia? ¿Á qué desprestigiar
con la costumbre lo que la práctica tiene de grande y bueno? No se
puede mirar al sacerdote como al confidente ordinario de todas las
pequeñeces de la vida: en ese caso deja de ser el médico del alma: no
se le puede mezclar en las debilidades ni en los secretos de la
familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni debe escuchar
escrúpulos pueriles y mezquinos: la mision del sacerdote es altísima, y
no se puede abusar de ella sin quitarle algo de su augusto prestigio,
de su delicadeza y de su santidad.
Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la pobre enferma del alma dejó
ver una bella sonrisa, que decia claro habia comprendido á aquel varon
ilustre, y que quedaba consolada con su dulce y elocuente palabra.
Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad, y desde su
gabinete habla con Dios, y le ofrece sus dolores, y la privacion de no
poderle visitar en la iglesia, de no poder orar al pié de los altares.
¿Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y misericordia? No
debemos dudarlo.