II.

Era una hermosa tarde.

Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de

verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años,

con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo

murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre

una doble guirnalda de flores.

Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo

piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de

despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos

resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y

serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados

rayos.

Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos

silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el

vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion

anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma

ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no

queria llegar hasta mi mente.

Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez,

porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu

femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V.

nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?

--Creo que no.

--¿No tiene V. padres?

--Hace ya largo tiempo que los perdí.

--¿Ni hermanos?

--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.

--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre

tantas tinieblas.

--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la

cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el

dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha

dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero

y le basta.

--Escríbale usted.

--¿Para qué?

--Para saber de ella: acaso esté enferma.

Mi amigo meció negativamente la cabeza.

En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á

espirar al pié de la montaña.

Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran

pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por

el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó

el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el

descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal

«¿para qué?», se lanzó á su encuentro.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 39 / 399 题