Era una hermosa tarde.
Moria el sol tras un alto monte, cuya falda se hallaba cubierta de
verdor: grandes pinos y álamos gigantes crecian allí hacía muchos años,
con la libertad que sólo es una verdad en la naturaleza: un arroyo
murmuraba entre los árboles, y extendia su ancha cinta de plata entre
una doble guirnalda de flores.
Todo amaba en aquella dulce y armoniosa soledad: las aves, que sólo
piden el diario sustento, amor y espacio, cantaban el himno de
despedida á la tarde: áun el sol iluminaba el valle con sus rojos
resplandores, y ya la luna, como soberana de la noche, aparecia clara y
serena en el cielo, pronta á derramar en la campiña sus argentados
rayos.
Sentados el escéptico y yo al lado de una ventana, guardábamos
silencio: yo contemplando el paisaje; él con la mirada fija en el
vacío: áun resonaba en mi oido el eco triste de la conversacion
anterior, y queriendo verter una gota de bálsamo en aquella alma
ulcerada, buscaba sin hallar la idea de que debia servirme, y que no
queria llegar hasta mi mente.
Al fin me aventuré con timidez á tomar la palabra; y digo con timidez,
porque no hay nada que intimide tanto al débil y tierno espíritu
femenil como la proximidad de un alma helada.--Ya que no ama V.
nada,--le dije,--¿tampoco quiere V. nada ni á nadie?
--Creo que no.
--¿No tiene V. padres?
--Hace ya largo tiempo que los perdí.
--¿Ni hermanos?
--Tengo una hermana de leche, madre de cinco niños: me escribe cada mes.
--¡Luégo le quiere á V.!--exclamé alegre al ver este rayo de luz entre
tantas tinieblas.
--No,--repuso él,--me escribe para que no se me olvide el enviarle la
cantidad mensual que le tengo asignada: este mes la he remitido el
dinero sin carta, y le importa tan poco de mí, que ni un renglon me ha
dirigido para informarse de la causa de mi silencio; recibió el dinero
y le basta.
--Escríbale usted.
--¿Para qué?
--Para saber de ella: acaso esté enferma.
Mi amigo meció negativamente la cabeza.
En aquel instante una mujer apareció en la calle de árboles que venía á
espirar al pié de la montaña.
Venía lentamente y parecia agobiada por la fatiga: sus vestidos eran
pobres y su rostro estaba cubierto de una extrema palidez: al pasar por
el arroyo brilló en sus ojos una ráfaga de alegría: inclinóse y llenó
el hueco de su mano de agua fresca, que llevó á sus labios: el
descreido la vió, dejó su asiento, y como un mentís dado á su fatal
«¿para qué?», se lanzó á su encuentro.