--¿Para qué?
Ved aquí la terrible palabra que, como el soplo helado del cierzo, pasa
sobre las flores tronchando sus verdes tallos, destruye la savia de las
ilusiones y seca todas las flores del corazon.
¿Para qué? es decir, ¿á qué conduce eso? ¿Qué beneficio ó qué placer me
reporta? ¿Qué me importa la opinion ajena? ¿Qué el bien parecer? ¿Qué
la dicha de los otros?
La primera vez que oí aquella terrible pregunta, un temblor doloroso se
apoderó de mí, porque adiviné que salia de un corazon yerto y sin calor.
El que las pronunciaba era un hombre; un hombre que ya entraba en el
otoño de la vida, y cuyas sienes estaban prematuramente coronadas de
cabellos blancos.
Hablábale yo de su talento, que hacía tiempo no producia obra alguna, á
pesar de ser universalmente reconocido; me quejaba de lo que llamaba su
pereza, y le instaba para que trabajase como en otro tiempo.
--¿Para qué? me preguntó, encogiéndose de hombros con tristeza.
--¡Para qué! repetí; ¡para complacer al público y á sus amigos de usted!
Volvió á repetir el mismo triste y desolado movimiento.
--¡Para tener gloria ó aumentar la que ya ha alcanzado!
--¡La gloria es humo!
--¡Para ganar dinero!
--Me sobra con lo que tengo.
--Cásese usted.
--La mujer á quien amaba me ha engañado, y no puedo ya ponerme á la
persecucion de un nuevo amor.
--¡Dios mio! si no cree V. en el amor ni en la gloria, ¿en qué cree?
--Casi en nada.
--¿Ni en la amistad?
--Ni en la amistad.
--Comprendo ahora el suicidio por la primera vez, pensé con tristeza.
--Así, continuó mi amigo, no hago esfuerzo alguno para salir del
marasmo en que me encuentro: si voy á trabajar, no hallo motivo para
ello; nadie me interesa ni á nadie intereso yo.
--¿No ama V. á nadie?
--Ya he dicho á V. que amé; amé con fe, con entusiasmo, con pasion, y
fuí engañado... una mujer es la que ha llevado á cabo mi destruccion
moral.
--Pero todas las demas no han de ser como esa mujer.
--La creia la mejor... piense V. cómo juzgaré á las otras; algunas
veces he deseado volver á querer, y siempre me he hecho esta pregunta:
--¿Para qué?
--¡Fatal pregunta!
--Á la que contestan siempre la lógica y la razon.
--¿Qué responden?
--Que la dicha es un sueño; que todo es mentira en la tierra, y que
sólo imperan en ella el cálculo y el egoismo.
Incliné la cabeza con amargo desaliento; no asintiendo á las ideas de
aquel pobre sér desengañado, sino lamentando el no poder hacer brotar
una flor en el erial de su corazon, disecado por el dolor.