Se oye algunas veces decir:
«¡Qué alegre y animada es la señora A. ó la señorita X!...»
Es decir, ¡qué burlona, qué franca en sus modales, qué propensa á la
hilaridad, qué chistosa, en fin!
¡Libre Dios á las amigas de mi alma de semejante elogio!
¡Líbreos Dios de él, mis amadas lectoras! El pudor, la decencia, la
cortesía, la amable y santa benevolencia, tienen reglas fijas, é
infringirlas es muy perjudicial y muy triste.
Ningun hombre valiente, generoso, dotado, en fin, de cualidades sérias,
es chistoso.
Ninguna mujer suave, dulce, modesta, digna y bien educada lo es tampoco.
Hay, sí, en algunas almas una cierta alegría serena y pura que jamas ve
negro en los horizontes de la vida, que mira cada cosa por su lado
mejor, y que no se deja abatir por las penas pequeñas y mezquinas; pero
estas bellas almas están dotadas de una esperanza, de una resignacion,
de una tranquilidad, de una dulce alegría que no excluye el
sentimiento, y que está muy léjos de la grosera y vulgar alegría que
produce el chiste. Yo he dicho en una _Plegaria á la Vírgen_, que acaso
conoceréis algunas de vosotras...
La vida es buena: si en el bien se emplea,
Resbala alegre en la modesta casa;
Risueña corre en la pajiza aldea,
Vuela feliz si en la opulencia pasa.
* * * * *
Sí; la vida es buena para el que trabaja, para el que piensa, para el
que ama, sobre todo; y el que se burla de cuanto conoce, ni ama, ni
espera, ni es feliz, porque la burla deja en el alma un sabor amargo.