El dilema es claro y cualquiera espíritu sano lo puede resolver sin
dificultad.
Puesto que el hombre no está jamas en su casa, nunca como ahora ha sido
la casa el lugar que debe ocupar la mujer.
Puesto que la mujer hace falta en la casa y no fuera, lo lógico es que
se la eduque para la casa y que se la enseñe, no sólo lo necesario para
dirigirla bien, sino lo preciso para que la embellezca: la música, el
dibujo, los idiomas, para que pueda conocer la literatura extranjera
con perfeccion, para que pueda elevar su entendimiento, cultivar su
espíritu, empaparse en los buenos ejemplos é imitar los modelos de las
virtudes.
Y puesto que la mujer tiene dentro de las paredes de su casa tan
florido y tan bello campo donde moverse; puesto que tiene á su cargo la
noble tarea de hacer la dicha de los suyos; puesto que le es dado
pensar y sentir, ¿para qué necesita la libertad y para qué ha de
dársele?
¿Qué puede hacer de su libertad la huérfana que ha perdido á los
autores de sus dias?
¿Adónde irá sola? ¿Podrá viajar? ¿Podrá presentarse en los salones sin
una compañía respetada y respetable? ¿Podrá recibir á sus amigos? ¿Qué
hará, pues, de su libertad? ¿Qué objeto tiene?
La libertad completa se llama y debe llamarse aislamiento, tratándose
de la mujer, que se mueve en una esfera muy limitada, esfera de
sentimiento y no de pasiones é intereses materiales.
La que pierde á un marido á quien amaba, ni estima su libertad ni hace
tampoco uso de ella. ¿Qué hay comparable al lazo de flores de una union
feliz? ¿Qué hay en el mundo más bello que las dulces alegrías de una
union legítima, bendecida de Dios, aprobada por los hombres, sancionada
por todas las leyes morales, indisoluble por las armonías del alma y
por las afinidades del espíritu? Y cuando todo esto se ha perdido, ¿hay
acaso fuerza en el alma para tratar de buscarlo de nuevo? ¿Hay
probabilidades de hallarlo, aunque se busque? ¿Qué es la libertad,
cuando se ha perdido aquel bien inapreciable, que es tan raro en la
vida, y por lo mismo tan precioso? Las vulgares coqueterías y los
afectos vulgares, ¿podrán llenar aquel vacío?