Acaso esta necesidad de apoyo en la mujer consiste en su educacion
atrasada, y en que ningun estudio serio ha venido á endurecer su
carácter y á dar un temple firme á su corazon; más la verdad, esto, á
mi juicio, le hace muy poca falta, y con tal que sepa lo necesario para
dar á sus hijos la educacion moral y religiosa que necesitan, con tal
que enseñe á sus hijas á ser buenas esposas y buenas madres, ha llenado
por completo su modesta, pero importante mision.
Creo, ademas, que á ningun español le agradaria para esposa una mujer
sábia y científica, que por ir á explicar una cátedra, dejase sus hijos
y su casa á merced de los criados.
No es esto que yo abogue por la ignorancia de la mujer: pienso, al
contrario, que debe cultivarse con cuidado su espíritu; pues como dice
con mucha gracia una poetisa amiga mia,
_No porque haya faroles en la villa,
Ha de estar el hogar sin lamparilla._
Pero esta lamparilla debe encenderse para que su suave luz ilumine á la
familia y comunique un dulce y grato resplandor á la casa.
Nunca como hoy es necesaria la mujer en su casa: en otro tiempo, el
hombre era el administrador natural de la fortuna de la familia; el que
calculaba y el que cuidaba del porvenir de su esposa é hijos; hoy,
sobre todo en Madrid, las discusiones políticas, las juntas
patrióticas, los clubs, las manifestaciones en que de contínuo pasea
las calles, absorben todo su tiempo, y apénas está en su casa las horas
precisas para comer y dormir.
Si á la mujer se la hace sábia y se la da ademas la libertad de emplear
y lucir su sabiduría, ¿quién velará por la fortuna y por la educacion
de sus hijos? ¿quién por el buen órden de la casa, por la armonía
interior, por el bienestar doméstico, único positivo de la vida?
El hombre, fatigado por las luchas de la política, por el malestar y
las decepciones que traen consigo los negocios, necesita el fresco
oásis donde descansar del abrasado arenal, que cada dia tiene que
cruzar en el desierto de la existencia.
Cuanto más se haga dificultoso el camino, más la compañera que ha
elegido necesita hacerle grato y sosegado el lugar del reposo. Al
entrar en su casa debe hallar el dulce silencio de la paz y las
melodías de la risa, que son la expresion de la alegría y de la
felicidad: el órden, que es el bienestar, la armonía, que es la gracia,
le harán grata la estancia en su casa, y tal vez, como el ilustre y
desgraciado escritor Cárlos Bernard, tendrá el buen gusto de preferir
el blando sosiego de su salon á las luchas de afuera, y á los salones
donde impera la ambicion.