Algunos instantes despues detuvo el cochero el soberbio tronco de la
carretela, bajó el Marqués y dió la mano á su hija. Juana corrió hácia
ellos: su madre y su prometido la siguieron.
--¿Has paseado mucho, Juana? ¿habeis almorzado ya? Papá y yo vamos á
tomar algo á esa fonda, y despues de dar una vuelta por aquí nos
volverémos á casa, dijo la hija del Marqués.
--Pues nosotros, hija mia, dijo la señora Pepa, que llamaba de tú á la
que habia alimentado á su seno, traemos el almuerzo, porque aquí todo
es caro y malo: anoche arreglé una menestra con jamon y una tortilla.
--Siéntense VV. á almorzar donde yo los vea, dijo el Marqués, para que
les envie Julia los postres y el café, y yo unos cigarros puros.
--Allí madre, dijo Juana, en ese jardinillo, al lado de la fuente.
--Vamos allá, y tantas gracias, señor Marqués, dijo el zapatero.
Extendiéronse dos blancas servilletas sobre la hierba, y madre, hija y
novio empezaron á comer la menestra con apetito: el vino se compró en
un puesto inmediato.
El Marqués y su hija entraron en la fonda de enfrente, y pidieron leche
de las Navas y fresa, sentándose en la única mesa que habia desocupada.
Al empezar Juana á partir la tortilla, que era el segundo plato de su
almuerzo, llegó un criado de la fonda conduciendo una bandeja con
pasteles, un plato de fresa, un mazo de cigarros habanos y el café
prometido.
Media hora despues el círculo se habia ensanchado con algunas amigas y
conocidos que tocaban guitarras, bandurrias y panderos y cantaban
alegremente, en tanto que Juana y sus amigas bailaban con sus novios.
* * * * *
El Marqués y su hija se hallaban de vuelta á las doce y almorzaban en
su elegante comedor de Madrid.
Juana, su madre y su novio volvian al anochecer, acompañados de varios
amigos de ambos sexos, y engrosando el cordon humano que llega desde la
cuesta de la Vega hasta la ermita del Santo y que no se habia
interrumpido en todo el dia.
¡LIBERTAD!