Juana, su madre y su novio, _desembarcaron_ del ómnibus á la entrada de
la pradera, donde la animacion rayaba en frenesí; por entre las
dilatadas calles formadas con los toldos de las tiendas y llenas de
puestos de rosquillas, de frutas, de telas, de juguetes, de fondas, de
botijos llenos de leche del inmediato pueblo de las Navas, y de
confiterías ambulantes, bullia una muchedumbre inmensa: el pueblo,
engalanado con sus mejores trajes, se mezclaba con las damas más
opulentas, con las hijas de la aristocracia, que, vestidas de percal,
habian ido á _dar una vuelta_: la ermita despedia sin cesar oleadas de
gente, y á la espalda, al derredor de la fuente, la muchedumbre se
apiñaba para beber el agua bendita: las fondas estaban ya llenas; en
los salones de baile, formados con viejos tapices y cortinas, sonaban
las músicas; los caballos de madera del Tio Vivo volteaban llenos de
retozonas parejas; los vendedores gritaban para animar la venta, que
por cierto ya no podia estar más animada: como dice un excelente
escritor español contemporáneo: «Los ejércitos de Jerjes, Tamerlan y
Napoleon, reunidos y con ayuno de tres dias, no devorarian ni beberian
de seguro lo que en la pradera se bebe y se devora el 15 de Mayo de
cada año; podríanse edificar torres de pan, ciudadelas de rosquillas y
bollos del inmediato pueblo de Fuenlabrada; castillos de chuletas:
pirámides de frascos de licor, de dulces, asados y otros artículos de
fonda y repostería; formaríanse arroyos de aguardiente, rios de licores
y océanos de vino. Cada tenducho al aire libre, cada barraca mal
cubierta, cada fonda improvisada de lienzos, palos, esteras ó tablas,
con pretensiones artísticas algunas de ellas, ostenta ya al lado, ya
sobre la techumbre, abigarradas banderolas, y en su parte anterior
aparadores más ó ménos surtidos, así de comestibles y bebidas como de
santos y figuras de barro, madera y plomo. ¿Qué pueblo, qué país no
envidian nuestras romerías, y en particular la de San Isidro en Madrid?
Hasta los franceses, que son gente de broma, se quedan con la boca
abierta contemplando tan bello espectáculo: nada dirémos de los
alemanes y de los ingleses, cuyas fiestas populares son, en comparacion
de las nuestras, fiestas de difuntos.»
Juana, su madre y su novio, aunque acostumbrados de todos los años á
ver este espectáculo, quedaron contemplándole llenos de admiracion.
--¡Mire V. cuánto coche, señora Pepa! dijo el zapatero, airoso jóven
que vestia pantalon ajustado color de rata, chaqueta de paño fino azul,
sombrero hongo y camisa con chorrera.
--¡Y de qué distintas figuras! observó la buena mujer, colocándose bien
en el brazo una cesta de mimbres que llevaba cubierta con una blanca
servilleta, y que contenia el almuerzo de los tres, preparado la noche
anterior.
Con efecto: en la falda de la pradera se veia una nube de carruajes que
iban y venian en todas direcciones: veíanse en revuelta confusion la
opulenta carretela, la tartana oriunda de Valencia, el fiacre, el
vivaracho tres por ciento, la pesada galera, el carromato perezoso, el
ómnibus que se asemeja á una barca veneciana, el coche de principios
del siglo, semejante á un castillo gótico medio arruinado, y la calesa
clásica del año ocho, pintarrajeada, retozona y saltarina, ocupada por
un matrimonio jóven ó por una amante pareja del barrio de Lavapiés.
--Madre, dijo Juana: ¡mire V. en aquella carretela azul con caballos
oscuros á la señorita Julia con el señor Marqués! ¡Mírala, Antonio, qué
guapa viene! Trae vestido lanilla de rayitas blancas y azules, sombrero
de paja y sombrilla azul. ¿Verdad que es muy bonita?
--¡Más lo eres tú! respondió el zapatero mirando á su novia tiernamente.
--¡Quita allá, zalamero! dijo Juana dejando, no obstante, asomar á sus
ojos la alegría que llenaba su corazon, por aquella amorosa respuesta.