Entre las mil torturas que afligen á la mujer, que martirizan su
corazon, que amargan su vida, hay algunas que ella misma se inventa por
la actividad de su fogosa imaginacion, por la extremada debilidad de su
espíritu, ó por efecto de su educacion descuidada.
De los más amargos dolores que se crea, son la envidia y los celos.
Los celos, dardo emponzoñado y forjado por el infierno.
La envidia, sierpe venenosa, que roe el corazon de que se posesiona,
hasta dejarlo vacío como un sepulcro.
La envidia nace de la pequeñez del alma; los celos, de la gran
sensibilidad del corazon.
Suele vituperarse á una persona que tiene celos, pero se la compadece
siempre.
Una persona envidiosa solamente inspira desprecio, y todo lo que en su
favor alcanza, es una lástima desdeñosa.
Los celos engendran el ódio; pero en cuanto el celoso es feliz,
compadece á la persona sobre la cual ha triunfado.
La envidia no conoce la compasion; el envidioso quisiera que el mundo
entero fuera desgraciado, para reunir él todas las riquezas y todas las
prosperidades.
Los celos se sienten únicamente cuando un amor grande, inmenso, llena
el corazon.
Si causa dolor el que la persona que los inspira sea bella, rica y esté
dotada de relevantes cualidades, es tan sólo porque estas ventajas
conquistan el amor que el infeliz que los siente quisiera para sí.
Los celos ambicionan amor.
De todo lo demas, ni siquiera se acuerdan.