contestar. Varios de ellos habrían emprendido una retirada á carrera
abierta si se hubieran encontrado con valor, siquiera para esto; pero el
miedo los hacía querer estarse juntos en torno de John, como si
encontraran ayuda en el valor de éste. Silver, por su parte, había ya
logrado sobreponerse bastante á su debilidad.
--_¿Spritu?_, dijo. ¡Bueno! Podría ser. Pero noto una cosa que no me
parece muy clara, y es que la voz del tal _espritu_ ha tenido un eco.
Ahora bien, yo digo que ningún hombre ha visto que las almas hagan
sombra. ¿Cómo podía entonces su voz hacer un eco? Quisiera averiguar
esto. Á mí, por lo pronto, no me parece natural.
Aquel argumento me pareció á mí bastante débil. Pero es imposible decir
qué cosas afectarán á la superstición; así es que, con no poca sorpresa
de mi parte, ví que Jorge Merry se mostraba muy consolado.
--¡Vaya! ¡pues de veras!, exclamó. John, Vd. lleva una verdadera cabeza
sobre sus hombros, no hay duda en eso. Á propósito, camaradas: esta
tripulación lleva su vela sobre una mala amura. Decíamos que esa voz se
parece á la de Flint; un poco, digo yo; pero á esa distancia tan larga
no era fácil juzgar tan bien del parecido. Puede ser muy bien la voz de
otro...
--¡Por el infierno!, gritó Silver; ¡ese fué Ben Gunn!
--Ben Gunn ha sido, le ha acertado Vd., dijo Morgan incorporándose hasta
ponerse de rodillas. ¡Ben Gunn y muy Ben Gunn!
--Pues ahora no tiene ya mucho de extraordinario, dijo Dick. Ben Gunn no
anda con nosotros, es verdad, pero supongo que tampoco andará con Flint.
Los de más edad en la compañía recibieron la sosa observación de Dick
con el más marcado desprecio.
--¡Y qué nos importa Ben Gunn!, exclamó Merry. Vivo ó muerto, aquí nadie
le tiene miedo á Ben Gunn.
Era cosa sorprendente el ver hasta qué punto había vuelto el ánimo á sus
corazones y el color natural á sus caras, poco antes lívidas. Poco rato
después ya estaban charlando unos con otros, si bien todavía de cuando
en cuando prestaban oído atentamente; más como no percibiesen ya sonido
alguno, concluyeron por echarse á cuestas todos sus aperos y la caravana
entera se puso de nuevo en marcha. Merry iba á la vanguardia llevando
consigo la brújula de Silver á fin de seguir, sin desviarse, la línea
recta tirada del Islote del Esqueleto. Jorge había dicho la verdad; vivo
ó muerto, nadie allí tenía miedo de Ben Gunn.
Dick, sin embargo, todavía conservaba su Biblia en la mano, como un
amuleto, y echaba en torno ojeadas llenas de temor; pero su cobardía no
encontró ya prosélitos, y Silver no le hizo poca burla á causa de sus
precauciones.
--Ya te lo había yo dicho, Dick, exclamaba el cocinero; ya te había yo
dicho que tu Biblia estaba profanada, y si tal como está ya no sirve ni
para jurar por ella, ¿qué fuerza quieres tú que tenga para libertarte de
un _espritu_? ¡Ninguna por cierto!
Pero Dick no estaba para oir razones: la verdad es que, según ya noté,
el pobre muchacho se estaba poniendo muy enfermo; la fiebre que el
Doctor le había anunciado en la mañana se apoderaba de él á toda prisa,
espoleada por el susto, el calor y la fatiga.
Ya sobre la cima, el terreno era abierto, y nuestro camino descendía un
poco, porque, como he dicho antes la meseta se inclinaba un tanto en
dirección del Oeste. Los pinos, pequeños y grandes, crecían á buena
distancia unos de otros, y aun entre los espesos lunarcillos de azaleas
y mimosas, quedaban grandes claros al descubierto en que el sol
reverberaba con insólita fuerza. Prosiguiendo como íbamos, en dirección
Noroeste, al través de la isla, nos acercábamos cada vez más, por una
parte, á los declives del "Vigía," y por otra á aquella bahía occidental
formada por el Cabo de la Selva en la cual había yo pasado tales
angustias á bordo del llevado y traído _coracle_.
Llegamos al primero de los grandes árboles, pero tomada la dirección con
la brújula resultó no ser aquél el que buscábamos. Lo mismo sucedió con
el segundo. El tercero se alzaba como á unos doscientos pies sobre la
cima de un boscaje de arbustos. Era este un verdadero gigante de los
bosques con una columna recta y majestuosa como los pilares de una
basílica y con una copa ancha y tupida bajo cuya sombra podría muy bien
haber maniobrado una compañía de soldados. Tanto desde el Este como
desde el Oeste podía distinguirse muy bien en el mar aquel coloso y
pudiera habérsele marcado en el mapa, como una señal marítima.
Pero no era por cierto su corpulencia imponente lo que impresionaba á
mis compañeros, sino la seguridad de que nada menos que setecientas mil
libras en oro yacían sepultadas en un punto cualquiera bajo el círculo
extenso de su sombra. La idea de las riquezas que les aguardaban
concluyó por dar al traste con todos sus terrores precedentes en cuanto
que se acercaban al sitio codiciado. Sus ojos lanzaban rayos; sus pies
parecían más ligeros y expeditos; su alma entera estaba absorta en la
expectativa de aquella riqueza fabulosa que había de asegurarles para
toda la vida una no interrumpida serie de extravagancias y placeres sin
límites, cuyas imágenes danzaban tumultuosamente en sus imaginaciones.
Silver gruñía, cojeando más que nunca, sobre su muleta; su nariz
aparecía ancha y dilatada, estremeciéndose de cuando en cuando; si una
mosca se paraba sobre cualquiera parte de su rostro, juraba y maldecía
como un poseído; tiraba furiosamente de la cuerda con que me llevaba
sujeto y de tiempo en tiempo echaba sobre mí ojeadas con que hubiera
querido aniquilarme. La verdad es que no se tomaba ya el menor trabajo
para disimular sus pensamientos, y á mí me era tan fácil leerlos como si
los llevara escritos sobre la frente. Á la aproximación del oro, todo
otro pensamiento se había borrado de su memoria; su promesa, las
advertencias del Doctor, todo era para él como no existente, y no me
cabía la menor duda de que su esperanza, en aquellos momentos, era
apoderarse del tesoro, encontrar y fletar _La Española_ á favor de la
oscuridad de la noche, degollar sin compasión á cuantas gentes honradas
había en la isla y hacerse á la mar, como lo había primeramente
meditado, con su doble cargamento de crímenes y de oro.
Impresionado con pensamientos tan poco consoladores, era para mí cosa
difícil el seguir el paso rápido y agitado de los buscadores de oro. De
vez en cuando tropezaba y entonces era cuando Silver daba violentos
tirones á la cuerda con que me conducía y me arrojaba, como dardos, sus
miradas asesinas. Dick que se había quedado á nuestra espalda y que, á
la sazón, formaba la retaguardia de la caravana, venía murmurando para
sí, todo mezclado, oraciones y juramentos. Esto no hacía más que
aumentar mi desazón y malestar y, para coronarlo todo, me acordé en
aquellos momentos de la tragedia que se había desenlazado una vez en esa
misma meseta, cuando aquel pirata sin Dios que murió en Savannah
cantando y pidiendo rom, había asesinado allí á sus seis cómplices. Ese
bosque, tan tranquilo y silencioso á la sazón, debió resonar entonces
con los alaridos de terror y de agonía de las víctimas sacrificadas,
alaridos que el terror hacía resonar á los oídos de mi imaginación.
Nos encontrábamos, en aquel momento, al borde del boscaje.
--¡Hurra, muchachos!, gritó Merry; ¡todos juntos!
Y al decir esto el hombre de vanguardia echó á correr.
Repentinamente, y antes de que hubiera avanzado diez yardas vimos al
grupo detenerse. Un grito ahogado se escapó de cada pecho. Silver
aceleró el paso, empujándose con el apoyo de la muleta á distancias
inverosímiles, y un momento después tanto él como yo habíamos tenido que
hacer alto como los demás.
Á nuestros pies se veía una gran excavación nada reciente, porque se
veían los costados de la fosa desprendidos, y en el fondo había ya
brotado el césped. Allí yacía, roto en dos pedazos, el mango de una
azada, y las tablas de varias cajas de empaque se miraban esparcidas
aquí y acullá. En una de esas tablas pude leer esta marca hecha con un
hierro candente: "_Walrus_," nombre del buque de Flint, como se
recordará quizás.
Aquello era claro como la luz del día. El escondite había sido
descubierto y explotado. ¡Las setecientas mil libras habían
desaparecido!
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CAPÍTULO XXXIII
LA CAÍDA DE UN CAUDILLO
Jamás trastorno alguno en la vida ha sido más sentido que aquel. Se
diría que un rayo había herido á todos aquellos hombres. Pero á Silver
el golpe le pasó en un instante. Todas las facultades de su alma se
habían concentrado por un rato en aquel tesoro, es verdad; pero el
instinto le hizo recobrarse en un segundo: su cabeza se alzó firme, su
valor apareció al instante y ya había formado todo su plan cuando los
otros aún no acertaban á darse cuenta exacta del terrible chasco.
Y al punto, dándome una pistola de dos cañones, me dijo:
--Toma esto, Jim, y preparémonos para una querella.
Al mismo tiempo comenzó á trasladarse sin precipitación hacia el Norte,
y á pocos pasos ya había puesto la excavación entre nosotros y los otros
cinco. En seguida me dirigió una mirada y me hizo con el dedo una señal
muy significativa como diciendo: "Aquí se juega el pellejo," en lo cual
estaba yo de acuerdo. Empero sus miradas eran ya de todo punto
amistosas, y yo me sentí tan indignado con estos frecuentes cambios, que
no pude menos que decirle:
--Por lo visto ya es Vd. de los nuestros otra vez.
No tuvo tiempo para contestarme. Los filibusteros, con gritos y
maldiciones de todo género, comenzaban á brincar adentro del hoyo unos
tras de otros, cavando rabiosamente con sus propias uñas y haciendo caer
los bordes de la fosa al hacer esto. Morgan se encontró una pieza de
oro. Alzóla en sus manos con una verdadera explosión de juramentos: era
una moneda de valor de dos guineas y fué pasando de mano en mano durante
unos quince segundos.
--¡Dos guineas!, rugió Merry enseñando aquella pieza á Silver y
sacudiéndola en alto. ¿Son estas tus setecientas mil libras? ¡De veras
que eres tú el hombre para hacer contratos! Tú eres el que aseguras que
jamás empresa se ha echado á perder entre tus manos, viejo imbécil,
haragán, ¡cabeza de alcornoque!
--¡Escarben, escarben, muchachos!, gritó Silver con la más fría
insolencia; no me sorprenderá que todavía encuentren algunos cacahuates.
--¡Cacahuates!, repitió Merry en un grito salvaje. ¿Camaradas, lo han
oído Vds.? Pues ahora tengo la seguridad de que ese infame lo sabía
todo. No hay más que mirarle á la cara; allí le leo yo su traición.
--¡Hola, Merry!, le gritó Silver; ¿ya piensas proponerte de nuevo para
capitán? ¡Eres un chico emprendedo, no cabe duda!
Pero lo que es por esta vez todos estaban decididamente del lado de
Merry. Uno tras de otro, todos fueron echándose afuera de la excavación,
arrojando miradas furiosas tras de sí. Una cosa observé en aquellos
críticos momentos, que por cierto nos favorecía en gran manera, y es
que todos saltaban del lado opuesto al que ocupábamos Silver y yo.
Por fin, estábamos allí frente á frente, dos de un lado y cinco del
otro, con el socavón separando ambas facciones y sin que ninguna de
ellas pareciera resuelta á dar el primer golpe. Silver permanecía
inmóvil, observando simplemente al enemigo, erguido sobre su muleta y
con una frialdad que parecía inverosímil. Aquel bandido era valiente, no
cabe duda.
Merry, al cabo, creyó que un discurso aceleraría la conclusión de la
escena.
--Camaradas, dijo, allí están dos individuos solos de los cuales el uno
es el viejo derrengado, á quien trague el infierno, que se ha burlado de
nosotros trayéndonos á sufrir una decepción inmerecida. El otro no es
más que ese cachorro del diablo á quien pienso arrancarle por esta vez
hasta las entrañas. No hay temor, ¡á ellos, camaradas!...
Al decir esto alzó la voz y el brazo como para guiar al ataque; pero en
aquel mismo instante... ¡crac! ¡crac! ¡crac!, tres detonaciones de
mosquete sonaron casi simultáneamente y tres relámpagos se vieron
brillar en la espesura más cercana. Merry se desplomó de cabeza dentro
de la excavación; el hombre de la cara vendada dió vueltas girando como
una peonza que espira y cayó de lado cuan largo era, completamente
muerto, por más que todavía hiciera algunos movimientos, inconscientes
ya, después de caído. En cuanto á los tres restantes no esperaron nuevas
razones, sino que en el acto volvieron la espalda y se pusieron en
precipitada fuga, corriendo como ciervos espantados.
En un abrir y cerrar de ojos Silver había disparado los dos cañones de
una doble pistola sobre el agonizante Merry, y como este desdichado
levantase hasta él los ojos en sus últimas convulsiones, le gritó el
implacable cocinero:
--Me parece, Jorge, que te he ajustado las cuentas.
En el mismo instante, el Doctor, Gray y Ben Gunn salían, á reunírsenos,
de un bosquecillo de mimosas, trayendo entre las manos sus mosquetes
humeando todavía.
--¡Adelante, muchachos!, gritó el Doctor. No hay que perder un instante,
para impedirles que se apoderen de los botes: ¡adelante! ¡adelante!
Con esta excitativa tan apremiante partimos á paso veloz,
sumergiéndonos, algunas veces, hasta el pecho, en las espesuras de
retamas y matorrales de toda clase de yerbas.
Silver, en aquellas circunstancias, demostraba el mayor empeño por no
separarse de nosotros. Y lo que aquel viejo inválido hizo, abriéndose
paso por donde nosotros íbamos, saltando frenéticamente sobre su muleta
hasta hacer casi que se destrozaran los músculos de su pecho, todo eso
no lo habría podido hacer con más energía y resolución un hombre sano.
El Doctor fué de la misma opinión que yo en este particular. Con todo y
eso, cuando llegamos á la ceja de la mesa en vía de descender, el hombre
aquel venía á unas treinta yardas tras de nosotros y su fatiga era tal
que parecía á punto de ahogarse.
--Doctor, gritó: mire Vd. allá; ya no hay prisa ninguna.
En efecto, no la había. Por un claro bastante grande de la meseta
podíamos divisar á los tres fugitivos, corriendo todavía en la misma
dirección en que partieron, esto es, en derechura hacia el Cerro de
Mesana. Nosotros estábamos ya, á aquella hora, entre ellos y los botes,
por lo cual todos cuatro nos sentamos para tomar aliento, en tanto que
John Silver, enjugándose el rostro, llegaba, ya lentamente, hasta
nosotros.
--Doy á Vd. las más rendidas gracias, Doctor, dijo. Ha llegado Vd. en el
momento crítico, á lo que creo, para Hawkins y para mí. ¡Hola!, con que
Ben Gunn está también por aquí, ¿eh? ¡Bien! ¡bien! Tú eres un buen
chico, á no dudarlo.
--¡Ben Gunn, y muy Ben Gunn!, replicó el hombre de la isla, meneándose
como una anguila con un embarazo bastante visible.
Y luego, después de una pausa, añadió aquel mísero _aislado_:
--¿Y qué tal está Vd., Sr. Silver? Muy bien, dirá Vd., no es esto; ¡pues
tanto que me alegro!
--¡Ah! ¡Ben, Ben!, murmuró Silver. ¡Y pensar en la que nos has jugado!
El Doctor envió á Gray á que recogiera uno de los picos abandonados por
los piratas en su precipitada fuga, y en seguida fuimos ya bajando, con
todo despacio, hacia el punto en que los botes yacían amarrados, en cuyo
tiempo el mismo Doctor nos refirió, en pocas palabras, lo que había
pasado. Pero su narración interesó profundísimamente á Silver; sobre
todo al ver que, desde el principio hasta el fin, era el único héroe de
ella aquel Ben Gunn, el semi-idiota abandonado hacía tres años en la
isla.
Ben, en sus solitarias y vagabundas excursiones por la isla, había
encontrado el esqueleto de Allan y lo había despojado de sus armas y
dinero. Después había encontrado el tesoro; había hecho la excavación,
dejando en ella, por último, su azada rota y ya inútil; había cargado
sobre sus hombros todo el oro, en incontables viajes penosísimos, desde
el pie del gigantesco pino, hasta una gruta que él tenía en la loma de
las dos puntas, en el ángulo Nordeste de la isla y allí, por último, lo
tenía todo almacenado, dos meses hacía, perfectamente á salvo.
Cuando el Doctor se hubo hecho dueño de este secreto, en la tarde del
día del ataque, y al ver á la mañana siguiente desierto el ancladero, no
vaciló ya en ir á ver á Silver, darle el mapa que era ya perfectamente
inútil, y cederle todas las provisiones, puesto que la gruta de Ben Gunn
estaba abundantemente surtida con carne de cabras monteses y de venados,
salada por él mismo; sin reservarse, en una palabra, cosa alguna, á fin
de asegurarse la retirada del reducto hacia la colina de las dos puntas,
en donde no había el menor peligro de malaria y se mantendría una
vigilancia efectiva sobre el tesoro.
--En cuanto á tí, Jim, dijo, la cosa me podía mucho; pero yo hice lo que
me pareció mejor para los que habían permanecido fieles á su deber, y si
tú no estabas entre ellos, ¿de quién era la culpa?
Pero aquella mañana, comprendiendo que iba yo á verme envuelto en el
horrible desengaño que había preparado para los rebeldes, había corrido
hasta llegar á la gruta, y, dejando al Caballero para cuidar al Capitán,
había traído consigo al hombre _aislado_ y á Gray, y describiendo una
diagonal á través de la isla, se preparaba para estar á la mano, cerca
del gran pino. Pronto vió, sin embargo, que los sublevados le llevaban
la ventaja, y por tanto Ben Gunn, que ya casi volaba en aquellos
terrenos, como se recordará, fué despachado á vanguardia para que, solo
de por sí, hiciera lo posible por detener el avance de los sublevados.
En estas circunstancias fué cuando al hombre de la isla le ocurrió
prevalerse de la superstición de los piratas, y tuvo tal éxito en su
ensayo que el Doctor y Gray pudieron bien llegar al gran pino y
emboscarse cerca de él antes de que se presentaran los buscadores del
tesoro.
--¡Ah!, dijo Silver. Por lo visto ha sido para mí una gran fortuna el
tener á Jim conmigo. Á no ser por él, hubieran Vds. dejado hacer
picadillo al pobre viejo John, sin consagrarle un pensamiento siquiera,
¿no es verdad?
--¡Ni un pensamiento!, dijo el Doctor jovialmente.
Á este tiempo ya habíamos llegado á los botes. El Doctor, sirviéndose
del pico destruyó uno de ellos, y luego todos nos pusimos á bordo en el
restante y nos arreglamos para ir rodeando por mar hasta la Bahía del
Norte.
Era aquel un viaje de unas ocho ó nueve millas. Silver, aunque casi
muerto de fatiga, fué asignado á uno de los remos como todos nosotros, y
muy pronto ya iba nuestro esquife deslizándose ligero sobre un mar terso
y favorable. Antes de mucho ya habíamos pasado el estrecho, doblamos la
punta Sudeste de la isla, en torno de la cual, cuatro días antes,
habíamos remolcado tan penosamente _La Española_.
Cuando pasamos frente á la colina de los dos picos, pudimos ver la negra
boca de la gruta de Ben Gunn y una figura humana, de pie, cerca de ella,
recargándose sobre un fusil. Era el Caballero, á quien saludamos
ondeando nuestros pañuelos y lanzando tres hurras en los cuales la voz
de Silver se unió tan calurosamente como la de cualquiera de nosotros.
Tres millas más lejos y muy cerca de la entrada de la Bahía del Norte,
¿qué otra cosa habíamos de encontrar sino _La Española_ navegando sola?
La última creciente la había levantado de la posición en que la dejé, y
si hubiera dado la casualidad de que soplase un viento fuerte, ó que la
marea hubiese engendrado una corriente enérgica como sucedía en el
ancladero Sur, es seguro que jamás la habríamos vuelto á ver ó la
hubiéramos encontrado encallada en algún arrecife fuera de toda
probabilidad de ponerla de nuevo á flote. Tal como se nos presentaba,
había muy poco que reparar y componer, excepto el destrozo de la vela
mayor. Alistóse una nueva ancla y la tiramos á braza y media de agua y
en seguida todos volvimos al bote remando hacia la "Caleta del Rom," que
era el abrigo más próximo á la gruta del tesoro de Ben Gunn. Gray, sin
nadie más que lo acompañara, fué despachado de nuevo en el esquife hasta
_La Española_, á fin de que pasara en ella la noche en guardia.
Un ligero declive llevaba desde la playa de la caleta hasta la entrada
de la cueva. En la parte más alta el Caballero salió á nuestro
encuentro. Cordial y amable fué conmigo, omitiendo toda referencia á mi
escapatoria, lo mismo para alabarla que para condenarla. Al recibir el
saludo cortés de Silver, se puso encendido y dijo así:
--John Silver, es Vd. el más prodigioso villano é impostor que jamás
vivió sobre la tierra... un impostor monstruoso, sí señor. Se me ha
dicho que debo renunciar á perseguir á Vd. ante los tribunales. En hora
buena: no lo haré. Pero eso no impedirá que todos esos hombres que han
perecido pesen al cuello de Vd. como piedras de molino.
--Gracias de nuevo, gracias muy cordiales, señor, exclamó Silver
saludando otra vez.
--Le desafío á Vd. á que vuelva á pronunciar esas palabras, dijo con
vehemencia el Caballero. He allí una irrisión de mi deber. ¡Quédese Vd.
detrás de todos!
Dicho esto entramos todos á la gruta. Era esta una gran estancia bien
ventilada, con una fuentecilla y una represa pequeña de agua clara
circundada de helechos. El piso estaba enarenado. Ante un grande y
confortable fuego yacía el Capitán Smollet, y en un rincón más apartado,
mal iluminado por los resplandores oblícuos de la hoguera, advertí un
gran montón de monedas y un cuadrilátero formado con barras de oro.
Aquel era el tesoro de Flint que desde tan lejos habíamos venido á
buscar y que, á aquellas horas, había costado ya las vidas de diez y
siete de los tripulantes de _La Española_. ¿Cuántas más habría costado
el reunirlo, cuánta sangre vertida, cuántos amargos duelos ocasionados,
cuántos buques arrojados al fondo inmenso del océano, cuantos hombres
haciendo con los ojos vendados el horrible "paseo de la tabla," cuantos
cañonazos disparados, cuanta mentira, cuanto engaño, y cuantas
crueldades?... He aquí una cosa imposible de inquirir. Y sin embargo,
allí mismo, en aquella isla, andaban aún tres hombres que habían tenido
su participación en aquellos crímenes: Silver, el viejo Morgan y Ben
Gunn; y cada uno de ellos había esperado en vano tener su participación
en la recompensa.
--Ven acá, Jim, díjome el Capitán. Tú eres un buen muchacho en tu clase;
pero no creo que tú y yo volveremos juntos á la mar de nuevo. Eres
demasiado lo que se llama un niño mimado para que pudieras ir bajo mis
órdenes por mucho tiempo, ¿Es Vd., John Silver? ¿Qué vientos lo arrojan
á Vd. por acá, amigo?
--Vuelvo á mis obligaciones, señor, contestó Silver.
--¡Ah!, dijo el Capitán, y no añadió una palabra más.
¡Dios mío! ¡y qué cena que tuve aquella noche, junto á todos mis amigos,
con las carnes saladas por Ben Gunn y golosinas exquisitas traídas de
_La Española_, con más una botella de magnífico vino! Estoy seguro de
que jamás hubo sobre la tierra gentes más alegres y felices. Y con
nosotros estaba allí Silver, sentado detrás de nuestro grupo, casi fuera
del radio de luz de la hoguera, pero comiendo con gran apetito, listo
para levantarse y servir algo que hiciera falta y hasta uniéndose á
nuestras risas de una manera poco ruidosa; en una palabra, el mismo
hombre obsequioso, comedido y agradable que salió con nosotros de
Brístol.
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CAPÍTULO XXXIV
SE CUENTA EL FIN DE ESTA VERDADERA HISTORIA
Á los primeros albores de la mañana siguiente ya todos estábamos en
movimiento y á la obra, porque lo cierto es que no era trabajo tan
sencillo el trasporte de toda aquella masa de oro por cerca de una
milla, en tierra, y por tres millas, en el bote, hasta llegar á _La
Española_, siendo como éramos tan escaso en número los operarios. Los
tres rebeldes escapados la víspera y que forzosamente permanecían aún en
la isla, no nos dieron ningún quehacer. Pusimos un centinela en el
declive de la loma para evitarnos una sorpresa, y por lo demás, nos
tranquilizaba la idea de que ya no deberían tener mucha gana de pelear
después de los sucesos de cuatro días infructuosos para ellos.
Con esta creencia, la obra del trasporte fué activada vigorosamente.
Gray y Ben Gunn iban y venían con el bote, mientras los restantes,
durante sus ausencias apilaban oro en la playa. Dos de aquellas barras
atadas con un cabo de cuerda hacían una carga suficiente para un hombre
formal, y puede creérseme que todos se sentían contentos hasta no poder
más de ir marchando lentamente con semejante carga. Por lo que hace á
mí, como no les era muy útil para el acarreo, me ocuparon todo el día
en la gruta en empacar las monedas en cajas y sacos que se habían
traído exprofeso para el objeto en _La Española_.