palabras ó me dicen demasiado, ó bien poco. ¿Qué es lo que Vds.
persiguen; por qué dejaron este reducto; por qué me dieron la carta;
todo eso lo ignoro, ¿no es verdad? Y sin embargo, ya ve Vd. que sigo sus
instrucciones á ojos cerrados sin haber recibido ni una sola palabra de
esperanza. Pues bien, esto último es ya demasiado. Si no quiere Vd.
decirme claramente qué es lo que Vd. quiere darme á entender,
decláremelo así sin rodeos y le ofrezco á Vd. que al punto suelto el
timón.
--No, contestó el Doctor. No tengo derecho de decir nada más: no es un
secreto mío, Silver; que si lo fuera, le empeño á Vd. mi palabra de que
lo diría. Sin embargo, me avanzo, en bien suyo, hasta donde creo que
puedo atreverme, y un paso más todavía; porque me parece que el Capitán
va á ajustarme la peluca si no me equivoco. Pero no importa: por primera
vez, Silver, le doy á Vd. alguna esperanza; si ambos salimos vivos de
esta lobera, le ofrezco á Vd. que, menos perjurar, haré cuanto esté en
mi mano por salvarle.
La fisonomía de Silver radió con una expresión brillante.
--Si fuera Vd. mi madre, exclamó aquel hombre, no podría Vd. decir nada
que me consolara más; estoy seguro.
--¡Bien!, esa es mi primera concesión, añadió el Doctor. La segunda es
algo como un nuevo consejo: guarde Vd. á este muchacho muy cerca de sí,
y si necesitare Vd. ayuda, no haga más que gritar. Yo voy á asegurársela
á Vd., y eso mismo le probará que yo no hablo á la ventura. Adiós, Jim.
Diciendo esto, el Doctor Livesey me apretó la mano, al través de los mal
unidos postes, hizo una inclinación á Silver y se alejó á paso vigoroso
perdiéndose luego entre la arboleda.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXXI
EN BUSCA DEL TESORO--EL DIRECTORIO DE FLINT
--Jim, díjome Silver en cuanto que estuvimos solos: si yo salvé tu vida,
tú has salvado también la mía y te ofrezco no olvidarlo. Ya noté al
Doctor urgiéndote para que te fugases; lo he visto de reojo, sí señor, y
he visto que tú no has querido; lo he visto tan claro como si lo hubiera
oído. Jim, esto debo abonártelo en cuenta. Desde que el primer ataque
falló, este es el primer rayo de esperanza que me llega, y ese lo debo á
tí. Ahora, bien, es ya tiempo de que nos pongamos en marcha en busca de
ese tesoro, llevando pliegos cerrados, como quien dice; lo cual no es de
mi gusto; pero sea como fuere, tú y yo debemos mantenernos siempre
juntos, casi espalda con espalda, y yo te aseguro que salvaremos
nuestros pescuezos, á despecho del hado y de la fortuna.
En aquel mismo instante un hombre nos dió voces desde arriba gritando
que el almuerzo estaba listo; por lo cual, sin más deliberaciones,
llegamos cerca de la hoguera y nos sentamos todos aquí y allá, sobre la
arena, haciendo los honores al bizcocho y al tocino frito.
Habían encendido los piratas una hoguera capaz de asar un buey entero y
verdadero; y esa hoguera se había puesto tan ardiente que no era
posible acercársele, sino por el lado que soplaba el viento, y eso con
bastantes precauciones. Con el mismo espíritu de desperdicio, á lo que
supongo, habían cocinado una cantidad de carne, por lo menos, tres veces
mayor de la que necesitábamos y podíamos comer, por lo cual uno de
ellos, con una estúpida risotada arrojó á la hoguera todo cuanto quedó
sobrante, atizándose en gran manera el fuego con este nuevo pábulo.
Nunca en mi vida he visto hombres más descuidados del mañana; "mano á la
boca" es lo único que puede describir su manera de ser y obrar. Con
desperdicio de víveres y centinelas que se dormían, podían aquellos
hombres estar buenos, quizás, para una escaramuza de momento y salir con
bien en ella, pero era evidente que no servían en manera alguna para
algo que se pareciese á una campaña prolongada.
El mismo Silver corriendo con su _Capitán Flint_ posado en su hombro, no
tenía una sola palabra de reproche para su falta de previsión y de
cuidado. Y esto me sorprendió tanto más cuanto que me parecía que aquel
hombre jamás se había mostrado tan astuto y marrullero como aquel día.
--¡Ah!, camarada, dijo: deben Vds. tenerse por muy felices con tener por
Capitán á este Barbacoa para que piense en vez de Vds. con esta cabeza
que Dios le ha dado. Ya he dado con lo que quería, prosiguió. Esas
gentes tienen el buque ¿en dónde? aún no lo descubro; pero una vez que
demos con la hucha, ya sabremos descubrirlo. Además, muchachos, nosotros
tenemos los botes, es decir, les llevamos la ventaja.
Sobre este tema continuó disertando, sin esperar á que su boca
estuviese libre de los tremendos bocados de tocino que se llevaba á
ella. Esto sirvió para restablecer la esperanza y la fe de los piratas;
pero yo en cambio tornándome desconfiado, sentí rebajarse mucho las que
había cobrado, poco rato hacía.
--En cuanto á nuestro huésped, continuó, me parece que no volverá á
tener otra conversación con aquellos á quienes tanto quiere. Ya he
recibido mis pocas de noticias y gracias le sean dadas por ello; pero
eso ya está hecho y pasado. Por ahora me lo llevo entre filas mientras
dura nuestra busca del tesoro, pues creo que el guardarlo con nosotros
es tanto como guardar oro molido, por "lo que pudiera suceder" ¿no es
verdad? Pero una vez que tengamos el dinero y el navío--las dos cosas--y
nos demos á la mar como buenos camaradas, entonces ¡qué! nos
despediremos del Sr. Hawkins, sí señor, y le daremos su parte, sin que
quepa la menor duda, agradeciéndole todos sus servicios y amabilidades
para con sus amigos.
No era de sorprender que aquellos hombres estuvieran de buen humor; mas
por lo que hace á mí me sentía terriblemente descorazonado. Me parecía
que en el caso de que el proyecto que acababa de bosquejar pareciese
factible; Silver, doblemente traidor, no vacilaría ciertamente en
adoptarlo. En aquellos momentos tenía todavía un pie en cada campamento,
pero no era de dudarse que preferiría la riqueza y la libertad, con los
piratas, á la débil probabilidad de escapar al verdugo, lo cual era lo
más que le esperaba de nuestro lado.
Pero aun suponiendo que los sucesos se presentaran de tal manera que
aquel hombre se viese constreñido á guardar la fe del pacto con el
Doctor Livesey; aun suponiendo esto, ¡qué peligro tan terrible no
teníamos en frente! ¡qué momento tan crítico aquel en que las sospechas
de sus secuaces y cómplices se trocaran en perfecta realidad! ¡qué lucha
tan á muerte y tan desigual, la de cinco marineros vigorosos, ágiles y
decididos, contra un viejo inválido y un débil niño!
Añádase á esta doble preocupación el misterio que aun envolvería, á mis
ojos, la conducta de mis compañeros; su inexplicable abandono de la
estacada; su no menos extraña cesión del mapa de Flint, ó, lo que
todavía era para mí más incomprensible, aquella última prevención del
Doctor á Silver: "Cuidado con un chubasco posible cuando se encuentre."
Añádase todo esto y se comprenderá sin dificultad qué poco sabor pude
tomar á mi almuerzo y con qué poca tranquilidad me puse en marcha detrás
de mis capturadores, en busca del dichoso tesoro.
Nuestro aspecto era bien curioso y hubiera divertido á cualquiera que
hubiese podido vernos: todos con trajes de marino perfectamente sucios,
y todos, excepto yo, armados hasta los dientes. Silver llevaba dos
fusiles colgados, uno sobre el pecho y el otro á la espalda, ambos en
bandolera; al cinto llevaba ceñida su gran cuchilla y en cada bolsa de
su saco una pistola. Para completar esta extraña figura _Capitán Flint_
iba posado sobre su hombro chapurreando toda clase de tonteras y frases
incoherentes de charlas marinas. Yo marchaba atado á la cintura por una
cuerda cuyo extremo llevaba el cocinero á ratos con su mano desocupada,
á ratos sujeta con su poderosa dentadura; no me quedaba más recurso que
seguirle humildemente, pero lo cierto es que parecía yo un oso de
feria.
[Illustration: EN BUSCA DEL TESORO.
"... todos, excepto yo, armados hasta los dientes."]
Los restantes iban diversamente cargados: unos, con picos, palas y
azadones, que habían cuidado de sacar de _La Española_ desde el primer
momento; y otros con víveres para la comida de medio día. Todas las
provisiones eran las mismas nuestras; lo que probó que Silver había
dicho la verdad la noche anterior. Si el Doctor y él no hubiesen
concluído un verdadero convenio, tanto él como sus secuaces se verían
precisados á subsistir con agua clara y con el producto de sus cacerías.
El agua habría sido bien poca cosa para su paladar y, por lo que hace á
la caza, un marinero no es precisamente lo que se llama un buen tirador;
á lo cual hay que añadir que es muy probable que si andaban escasos de
provisiones no debían estar más bien provistos de pólvora y municiones.
Ahora bien; así dispuestos y equipados nos pusimos en camino, sin
exceptuar ni el sujeto de la cabeza rota, el cual, por lo visto, debería
haber quedádose á la sombra. Uno tras de otro fuimos hasta la playa en
que los botes estaban amarrados. En ellos notábanse también las huellas
de las brutales borracheras de los piratas; uno tenía un travesaño roto
y ambos estaban positivamente asquerosos con lodo y toda clase de
inmundicias. Por vía de precaución se tomaron ambos esquifes,
dividiéndose la banda en ellos, y ya embarcados en esa disposición nos
pusimos en movimiento hacia el centro del ancladero.
Al ponernos en movimiento no dejó de suscitarse alguna discusión acerca
del mapa. Por de contado la cruz roja era demasiado grande para que por
sí sola pudiera servirnos de guía, y los términos en que estaba
concebida la nota á espaldas del pergamino no dejaban de contener alguna
ambigüedad. Como se recordará, decían así:
"Árbol elevado en el declive del 'Vigía' en dirección de Norte á
Nor-Nordeste.
"Islote del Esqueleto, Este Sudeste, cuarta al Este.
"Diez pies."
Un árbol elevado era la seña principal. Ahora bien; precisamente frente
á nosotros, el ancladero estaba ceñido por una meseta de dos á
trescientos pies de elevación, juntándose hacia el Norte con la
pendiente Sur de "El Vigía" y alejándose otra vez, en dirección Sur,
hacia la eminencia abrupta y rocallosa designada con el nombre de Cerro
de Mesana. Toda la cima del declive estaba espesamente arbolada con
pinos de diversas alturas. Aquí y allá, alguno, de especie diferente, se
alzaba cuarenta ó cincuenta pies sobre las cumbres de los que lo
rodeaban... ¿cuál de estos era, entonces, el que estaba especialmente
designado por el Capitán Flint con el nombre de "árbol elevado?" Esto no
podía decidirse sino sobre el sitio mismo con las indicaciones precisas
de la brújula.
Pero aunque esto último era palmario, cada uno de los que tripulaban los
botes eligió su árbol favorito, antes de que estuviéramos á medio
camino, y sólo John Silver permanecía encogiéndose de hombros y diciendo
á sus gentes que se esperasen hasta estar en tierra.
Remamos sin hacer grandes esfuerzos, conforme á las instrucciones de
Silver, para no cansarnos prematuramente, y después de una travesía, no
muy corta por cierto, desembarcamos cerca de la boca del segundo
riachuelo, el que corre, tierra abajo, por una de las más arboladas
cuencas del "Vigía." Una vez desembarcados, volvimos nuestros pasos
sobre la izquierda y comenzamos á ascender el declive del terreno hacia
la meseta superior.
Al principio, un terreno pesado y cenagoso y una tupida vegetación de
marjal demoraron en gran manera nuestra marcha; pero poco á poco la loma
se iba escarpando un poco, ofreciéndonos ya camino un tanto pedregoso,
al par que la vegetación aparecía con otro carácter muy diverso,
presentando sus árboles en una disposición más abierta y ordenada.
Positivamente la parte de la isla en que íbamos entrando era la más
grata de toda ella. Finas retamas de un aroma delicioso y arbustillos
vestidos de flores habían ocupado casi enteramente el lugar del césped.
Pequeños boscajes de verdegueantes mimosas se apretaban aquí y allá
entre las erguidas columnas de los pinaletes y bajo su sombra
protectora, mezclando todos aquellos vegetales y flores sus esencias y
sus perfumes en un solo perfume que embriagaba los sentidos. La brisa,
además, era fresca y regeneradora, lo cual, bajo los destellos
clarísimos del sol, refrigeraba y tonificaba asombrosamente todos
nuestros sentidos.
Los expedicionarios se desparramaron en forma de abanico, gritando y
saltando como chicuelos. Hacia el centro y bastante atrás del cuerpo de
expedicionarios, seguíamos Silver y yo; él tropezando á cada paso en las
resbaladizas piedras, y yo, tras él, tirado por la cuerda á que me he
referido. Empero, de cuando en cuando me veía precisado á sostenerle,
porque, de lo contrario, hubiera perdido el pie y caído de espaldas,
loma abajo. De esta manera habíamos avanzado como por una media milla y
ya casi tocábamos al borde de la meseta cuando el hombre que caminaba
más alejado hacia nuestra izquierda comenzó á gritar con todas sus
fuerzas, con un marcado acento de terror. Una vez y otra y otra llamaba
á sus compañeros; ya éstos comenzaban á correr hacia él.
--Se me figura que no ha de haber encontrado la hucha, dijo el viejo
Morgan pasando del lado derecho junto á nosotros en dirección del que
gritaba. Esta es una cumbre muy pelada para haber hecho tal
descubrimiento.
Y en verdad que, cuando Silver y yo llegamos al sitio aquel, nos
encontramos con que era algo totalmente distinto. Al pie de un pino
bastante alto y medio envuelto en las espirales de una verde trepadora,
estaba un esqueleto humano, y á su lado, en el suelo, uno que otro
andrajo de vestido. La exuberancia de la enredadera había ya cubierto
algunos de los miembros de aquella osamenta. Me parece que un calofrío
involuntario se apoderó de todos nosotros, llegándonos hasta el corazón
en aquel momento.
--Este era un marinero, dijo Jorge Merry que más atrevido que los otros
se había acercado y examinaba los andrajos esparcidos por el suelo. Por
lo menos, esto no es más que un buen paño marino.
--¡Por vida mía!, dijo Silver, ¡me gusta el descubrimiento! ¿Acaso
podríamos esperar encontrarnos aquí el cuerpo de un arzobispo? Pero ¿qué
especie de postura es esa para un cadáver? Me parece muy poco ó nada
natural, ¿no creen Vds.?
Y ciertamente una segunda ojeada nos convenció de la inverosimilitud de
aquella postura extraordinaria. Por quién sabe qué causas, tal vez por
la obra de los pájaros que habían comido sus carnes, tal vez por la
acción de crecimiento de la enredadera, el hecho es que el hombre aquel
yacía perfectamente recto con sus pies apuntando en una dirección, y sus
manos tendidos paralelamente sobre su cabeza, señalando rígidamente en
dirección opuesta.
--Me acaba de entrar una idea en la vieja calavera, dijo Silver
chocarreramente. Aquí está la brújula; allí se ve la cima principal del
Islote del Esqueleto sobresaliendo como un gran colmillo: sigan Vds. la
dirección marcada por los huesos y tomen una visual hacia aquella punta.
Hízose como lo ordenó Silver. Las manos del esqueleto apuntaban
directamente hacia el Islote y la brújula marcó, con toda claridad: Este
Sudeste, cuarta al Este.
--Bien me lo figuré, exclamó el cocinero; este sujeto es un directorio.
Pues allí derecho tenemos la línea que nos guía hacia la estrella polar
y las benditas talegas. Pero lléveme el diablo si no me da calofrío el
pensar en el amigo Flint. Esta es una de las bromas que él usaba, no
cabe duda. Él y sus seis marineros vinieron solos hasta aquí: los seis
murieron á sus manos, sabe el demonio de qué manera, y á este le cupo en
suerte ser colocado aquí, de apuntador, con todas las medidas náuticas
muy bien tomadas, ¡voto al infierno! Esos huesos son muy largos y el
cabello parece haber sido amarillo. De seguro que este era Allan... ¿te
acuerdas de Allan, Tom Morgan?
--¡Vaya si me acuerdo!, contestó Morgan. Por cierto que me debía algunas
guineas que le presté, sí señor; y, además, se trajo consigo mi cuchilla
cuando bajó á tierra.
--Y á propósito de cuchilla, dijo otro, ¿por qué no encontramos la de
Allan, por aquí cerca de él, ni su dinero? El Capitán Flint no era
hombre que se entretuviera en recoger la bolsa de un marinero, y en
cuanto á los pájaros no me parece que excitara su codicia semejante
hallazgo.
--¡Por mi patrón Satanás!, exclamó Silver. Eso me parece muy racional.
--Pues no hay por todo esto ni trazas de cosa alguna, dijo Merry, que
registraba todavía en todo el derredor de la osamenta; ni un pobre
penique de cobre, ni nada parecido. Pues esto sí que no es natural.
--¡No, por vida mía!, agregó Silver; ni natural ni tranquilizador, ni
agradable en manera alguna. ¡Mil carronadas!, compañeros... la verdad es
que si Flint estuviera aún vivo, ya tendríamos aquí cuentas largas que
entregar. Seis eran los que le acompañaron; seis somos nosotros, y de
aquéllos, ya lo hemos visto, no quedan más que las osamentas.
--Yo lo ví muerto con estos ojos que se ha de comer la tierra, dijo
Morgan. Billy Bones me llevó á verlo. Tendido estaba allí con un penique
de cobre sobre cada ojo.
--¡Muerto, sí!, ya lo creo, y sepultado en los infiernos, dijo el herido
de la cabeza. Pero yo creo, de veras, que si alguna vez hubo ánima en
pena, ¡esa ha de ser el alma condenada de Flint! ¡Cáspita! ¡pues vaya si
tuvo una mala y horrible muerte aquel hombre!
--En cuanto á eso, ni quien lo dude, observó un tercero. En su agonía,
ya blasfemaba como un condenado, ya deliraba con el rom, ya prorrumpía
con una voz hueca como si saliera de la sepultura, en su canción eterna:
"_¡Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto!_"
Dijérase que no sabía otra canción más que esa y, la verdad, camaradas,
desde entonces no es mucho lo que me divierte esa canturria. Hacía un
calor horrible; la ventana del agonizante estaba abierta y yo podía oir
clara, cada vez más clara, la lúgubre tonada que el hombre dejaba
escapar, interrumpida por el hipo de la muerte, y ya con las sombras del
cadáver sobre el rostro...
¡Vamos, vamos!, dijo Silver, ¿quieres dejar semejante conversación?
Muerto está el hombre, muy bien muerto, y los que se mueren no vuelven,
que yo sepa; ó si vuelven no pasean de día; á lo menos, estemos seguros.
Se acabó el cuento: "¡entro por un caño dorado y salgo por otro, y
basta!" ¡Adelante! ¡adelante que la hucha nos espera!
Diciendo y haciendo, partimos otra vez. Pero á despecho del ardiente sol
y de la deslumbradora claridad, los piratas ya no marcharon separados,
corriendo y gritando por la espesura, sino todos juntos, apretados unos
contra otros y hablando con la respiración agitada. El terror del
filibustero difunto había caído como una sombra densa sobre sus
espíritus.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXXII
LA VOZ DEL ALMA EN PENA
En parte por la influencia aterrorizadora de aquella alarma y en parte
para que descansaran Silver y sus compañeros enfermos, todos los
expedicionarios tomaron asiento en cuanto que hubimos ganado
definitivamente el borde superior de la meseta. Estando ésta un poco
empinada hacia el Oeste, el lugar en que nos habíamos detenido nos
descubría un ancho panorama á un lado y otro. Frente á nosotros, sobre
las cumbres de los árboles mirábamos el Cabo de la Selva con su inmensa
franja de espumantes ondas. Detrás no solamente dominábamos el ancladero
y el Islote del Esqueleto, sino que podíamos divisar por sobre la punta
arenosa en que está la _Peña blanca_, y por encima de las tierras bajas,
una gran extensión de mar abierto hacia el Oriente. Por cima de nosotros
se destacaba el "Vigía," ya matizado á trechos por pinos aislados, ya
negreando con profundos barrancos y desfiladeros. Ningún ruido llegaba
hasta allí, á no ser el monótono golpear de las rompientes lejanas
subiendo en oleadas de rumor incesante hasta nuestros oídos, y el
zumbido de insectos incontables bullendo en la espesura. Ni un hombre,
ni una vela en el océano: lo inmenso de aquel vasto panorama parecía
aumentar su triste soledad.
En cuanto que Silver se hubo sentado hizo ciertos cálculos con la
brújula.
--Hay tres "árboles elevados" dijo, hacia la dirección de la línea
marcada rectamente del Islote del Esqueleto. "La vertiente del Vigía,"
ya lo entiendo; esto significa aquel punto en declive hacia allá. Pues
ahora es ya un juego de niños el encontrar la hucha. Me parece, sin
embargo, que haríamos bien en comer primeramente.
--No me siento muy filoso, murmuró Morgan. Este pensamiento de Flint me
ha quitado el apetito. ¡Ah! si Flint estuviera vivo, yo podría darme ya
por muerto.
--Ah, vamos, hijo mío, dijo Silver; dale gracias á tu buena suerte.
Flint no tiene nada que hacer ya en este mundo.
--Era un diablo bien horroroso el tal Flint, exclamó el tercer pirata.
¡Con aquella eterna cara de murria!
--Fué el rom el que le produjo aquel tinte azulado y aquella expresión
de esplín; aunque "murria" como tú dices, me supongo que es una mejor
palabra.
Desde que habíamos descubierto el esqueleto de Allan y dado margen con
él á esta clase de pensamientos, la voz de los piratas había ido
bajando, bajando, hasta que, en aquel punto, ya no era casi más que un
ligero murmullo cuyo sonido escasamente podría decirse que interrumpiese
el silencio misterioso de la selva.
De repente, como del medio de los árboles que había frente á nosotros,
una voz aguda, penetrante, temblorosa, prorrumpió en la lúgubre y
conocida cantilena:
"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,_
_Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_"
Jamás he visto ni espero volver á ver hombres más horriblemente
asustados que los piratas. Como por arte de encantamiento sus caras se
quedaron, de súbito, lívidas como la cera: algunos se pusieron de pie;
algunos se asieron trémulos y trastornados al brazo ó á la ropa del más
cercano; Morgan murmuró, sin levantarse, palabras sin sentido.
--¡Ese es Flint, por el infierno!, exclamó Merry.
La canción aquella había cesado de una manera tan súbita como empezó;
cortada, podía decirse, como si alguien hubiera cubierto bruscamente con
su mano la boca del cantor. Viniendo de la distancia á que venía á
través de la atmósfera clara y luminosa y de entre las cumbres de los
árboles, me pareció á mí que la voz aquella había sonado dulce y airosa,
y lo que había que extrañar era el efecto producido sobre mis
compañeros.
--¡Vamos!, dijo Silver pugnando con sus labios cenicientos por hacer
salir las palabras, ¡Esa no pega! Á otro perro con ese hueso. Ese es
alguno que comienza á ponerse la mona y se va por allí haciéndonos la
calandria; es alguno que tiene su carne y huesos, no lo duden Vds.
Conforme hablaba le iba volviendo más y más el alma al cuerpo y con ella
el color al rostro. Los otros ya comenzaban también á dar oídos á su
envalentonamiento, y ya iban recobrándose poco á poco, cuando el mismo
acento prorrumpió de nuevo, esta vez ya no cantando, sino con un voceo
lejano que los ecos de las cuencas en el "Vigía" repetían muy
débilmente:
--¡Darby Grow!, gimió aquel acento, ¡Darby Grow! ¡Darby Grow!, y seguía
repitiendo aquel nombre; y luego en un diapasón un poco más alto y no
sin acompañar un horrible juramento, concluyó así: ¡Corre á traerme
rom; pronto Darby!
--Eso ya no deja duda, murmuró uno. ¡Vámonos!
--Esas fueron las últimas palabras de Flint, murmuró Morgan; sus últimas
palabras á bordo de este mundo.
Dick había sacado un Biblia y rezaba mecánicamente, como un maniaco.
Este pobre muchacho había recibido una mediana educación antes de venir
á la marina con tan malas compañías.
Sin embargo, Silver aún permanecía luchando. Sus dientes casi
castañeteaban de cuando en cuando, pero él no se rendía al terror ni
mucho menos.
--Nadie ha podido oir hablar en esta isla acerca de Darby, clamó; nadie
más que los que aquí estamos.
Pero luego, como para contrapesar esas palabras, prosiguió haciéndose un
esfuerzo:
--Camaradas: yo he venido aquí para encontrar esa hucha y ni alma en
pena ni hombre de carne y hueso podrán impedírmelo. Jamás, durante su
vida, tuve miedo al viejo Flint y ¡por Satanás mi patrón! yo le haré
frente hasta á su misma alma condenada. Á menos de un cuarto de milla de
aquí están setecientas mil libras en oro... ¿Cuándo se ha visto que un
caballero de la fortuna haya volteado la popa á una hucha de ese tamaño
nada más que por miedo á la memoria de un viejo borracho, con su
cubilete de rom, y ya muerto y enterrado?
Los piratas no daban señal alguna de reanimarse con este discurso; antes
bien pareció que la notoria irreverencia de aquellas palabras aumentaba
su terror.
¡Cuidado, cuidado, John!, dijo Merry. ¡No es bueno enojar á los
_espritus_!