¿Con que yo he hecho un jigote de esta expedición? ¡Vamos!... ¿acaso
ignoran Vds. lo que yo quería y lo que había resuelto? Vds. saben bien
que si aquello se hubiera hecho esta noche estaríamos todos á bordo de
_La Española_, como siempre, todos vivos, todos contentos, muy bien
comidos, mejor bebidos y con el tesoro almacenado en la cala, ¡con mil
demonios! Y bien, ¿quién se me interpuso? ¿quién forzó mi mano que era
la del legítimo capitán? ¿quién me hizo pasar el disco negro el mismo
día que desembarcamos y comenzó esta danza?... ¡Ah! ¡bonita danza por
cierto! Ya me veo en ella con Vds. hasta el verdadero fin. Esto me
parece tan gracioso y divertido como si viera una gaita colgando en la
punta de la horca en la Playa de los Ajusticiados. Pero ¿de quién es la
culpa? Pues bien, fueron Anderson, y Hands, y tú, Jorge Merry, los que
determinaron aquello. Tú eres el único que queda vivo de esos oficiosos
impertinentes, y ahora te me vienes con la insolencia estúpida y
endemoniada de ponérteme enfrente para tomar mi puesto de capitán... tú
que has hundido á la mayoría de nuestra tripulación! ¡Por mi patrón
Satanás, esto sí que es el más alto colmo de la desvergüenza y del
cinismo!
Silver hizo una pausa durante la cual pude observar en los semblantes de
Jorge y sus camaradas, que aquella filípica tremenda no había sido
pronunciada en vano.
--Eso es por lo que hace al cargo número uno, dijo el acusado endulzando
un poco el ceño terriblemente adusto con que hasta allí había hablado, y
bajando el diapasón de aquella voz con que acababa hacer retemblar la
casa.
--Es cosa que pone á uno enfermo, prosiguió, el disgusto de tener que
entenderse con Vds. De todos no hay uno que tenga ni entendimiento, ni
memoria; y hasta me admiro de pensar cómo se les iría el santo al cielo
á sus mamás que los dejaron meterse á la mar. ¡Á la mar!... ¡Marinos
Vds.! "¡caballeros de la fortuna!"... Sastres; ése debe ser su oficio.
--Siga Vd., John, dijo Morgan. Pero háblele á los demás también; no, no
más á mí.
--¡Ah! ¡sí! ¡los otros! ¡precioso hato de hombres! ¿no es verdad? Dicen
Vds. que esta expedición está desconcertada y descuadernada. ¡Oh! ¡si
pudieran Vds. comprender hasta qué punto está descuadernada! ¡ya verían
Vds. entonces! Básteme decirles que tenemos todos la horca tan cerca que
casi huelo el cáñamo y siento el pescuezo oprimido, de sólo pensar en
ello. Ya Vds. habían visto ese espectáculo... ¡qué hermoso! ¿no es
verdad? Un hombre cargado de cadenas, suspenso de una cuerda, rodeado de
buitres que revolotean sobre su cadáver ó almuerzan tranquilamente con
sus entrañas. Y los marineros horrorizados señalándoselo con el dedo,
unos á otros, cuando á la hora de la bajamar cruzan en sus barquillas
junto al patíbulo. "¿Quién es ese?" dice uno--"¿Ese? ¿y lo preguntas?
Pues es John Silver; yo lo conocí muy bien," le contesta otro. Y entre
tanto, puede llegar hasta los oídos del trabajador marino que cruza
hacia la boya cercana, el ruido siniestro con que golpean unas con otras
las cadenas de aquel ajusticiado... Pues hay que convencerse de que éso
es lo que nos aguarda, á cada hijo de su madre, en esta compañía,
gracias á Jorge, y á Hands y Anderson y á todos los torpes que han
arruinado este negocio. Ahora, si quieren Vds. que conteste á su cuarto
punto, es decir, á ese muchacho Hawkins ¡por el diablo en persona! ¿se
figuran Vds. que vamos á asesinar á un huésped? ¡No nosotros, por vida
mía! Es muy posible que él sea nuestra última tabla en el naufragio y no
me sorprenderé que así sea. ¿Matar á este chico? ¡Repito que no,
camaradas! ¿Y sobre el punto tercero? ¡Ah! mucho hay que decir sobre el
tercer punto. Podrá suceder que para Vds. nada significa tener un Doctor
entero y verdadero que viene á visitarlos diariamente, á tí John con tu
cabeza rota, ó á tí Jorge Merry á quien la malaria ha puesto allí con
unos ojos amarillos como limón maduro y que todavía no hace seis horas
estabas tiritando con el calofrío y delirando con la fiebre. Podrá
suceder también que ignoren Vds. que hay un segundo buque que debe venir
á buscar á la tripulación de _La Española_, si se dilata por cierto
tiempo. Pues sí, señores, viene, y para entonces ya veremos quien se
alegra ó quien siente recibir una visita. Y por lo que hace al número
dos, esto es, cuál es la razón que tuve para hacer un trato, no tienen
Vds. más que ponerse todos aquí de rodillas, de rodillas como vinieron
un día á pedírmelo, arrastrándose, para que lo hiciera yo. Pues allí es
nada, vean Vds. la causa... ¡ésa es!
Y diciendo esto, arrojó en medio del grupo, sobre el piso, un papel que
yo reconocí en el instante y que no era otra cosa que el mapa en
pergamino, con las tres cruces rojas, que yo encontré en la tela
impermeable guardada en el fondo del cofre del Capitán. Por qué razón el
Doctor había pasado aquello á Silver, era problema que yo no acertaba á
resolver.
Pero si bien, para mí, aquello no tenía explicación plausible, la carta
fué en sí de un efecto increíble y mágico para los revoltosos. Todos á
una saltaron sobre ella como gatos sobre un ratón. Pasáronsela de mano
en mano, pero casi arañándose unos á otros para arrebatársela. Al oir
los gritos, los juramentos, las carcajadas infantiles con que
acompañaban su examen, se habría creído, no sólo que ya tenían entre las
manos el oro codiciado, sino que ya se veían en alta mar, en posesión de
él, y en completamente en salvo.
--Por supuesto, dijo uno; esto es de Flint, luego se ve. Aquí están sus
iniciales J. F. y debajo una raya con un clavo atravesado encima, que
era lo que él siempre ponía en su nombre.
--Todo esto está muy bueno, dijo Jorge, pero la cosa es que ¿cómo nos
vamos á llevar la hucha si ya no hay buque?
--¡Jorge Merry!, gritó Silver poniéndose violentamente de pie y
apoyándose con una mano contra la pared. Voy á hacerte una prevención á
tiempo. Si sueltas una palabra más, tienes que salirte de aquí allá
abajo y verte la cara conmigo, que tengo la certeza de aplastarte.
¿Cómo?... ¡Qué sé yo! ¿Tienes la insolencia de proferir lo que has
dicho, tú, que con tus compinches has causado la pérdida de mi goleta,
á causa de tu intervención? ¡tráguete el infierno! ¡No! no serás tú el
que nos saque del atolladero, porque tú no puedes alcanzar ni á la pobre
inventiva de una cucaracha. En nada de este asunto puedes tú tomar la
palabra, Jorge Merry; y cuenta con desobedecerme.
--Eso es muy claro, dijo el viejo Morgan.
--¡Claro! ¡pues ya lo creo!, replicó el cocinero. Tú perdiste el buque y
yo encontré el tesoro ¿quién vale de nosotros dos, Jorge Merry? Y
ahora... presento mi renuncia. Pueden Vds. elegir Capitán á quien les dé
la gana. Yo tengo ya bastante del cargo éste.
--¡Silver!, gritaron todos en coro. ¡Barbacoa ahora y siempre! ¡Barbacoa
es nuestro Capitán! ¡Viva Barbacoa!
--¡En hora buena! esas tenemos ¿no es verdad?, exclamó el cocinero. Pues
ya lo ves, Jorge, por hoy me parece que tendrás que aguardar otro turno
para tener tu capitanía. Y da gracias al demonio de que yo no sea un
hombre vengativo. Pero es la verdad, no es ese mi modo. Y ahora bien,
camaradas... ¿este disco negro?... Me parece que por hoy no vale ya gran
cosa, ¿no es verdad? Todo se reducirá á que Dick haya oscurecido su
buena estrella y maltratado su Biblia... ¡nada más!
--¿No cree Vd. que la cosa se compondrá besando severamente el libro?,
exclamó Dick que positivamente se sentía desazonado al pensar en la
maldición celeste que creía haber hecho caer sobre su cabeza.
--¡Una Biblia con un pedazo recortado!, dijo Silver sarcásticamente.
¡Imposible! Entre ella y una simple colección de canciones no hay ya
diferencia alguna.
--¿Cree Vd. que no?, replicó Dick con cierta especie de alegría. ¡Bueno!
pues sin embargo, creo que todavía vale la pena de guardarla.
--Y ahora, Jim, dijo Silver, aquí hay una curiosidad para tu colección
de ellas.
Diciendo esto me pasó el pedacillo de papel: era éste como del tamaño de
una moneda "corona." De un lado nada tenía impreso, porque era la última
hoja del libro: del otro lado contenía un versículo de la Revelación, y
en él me llamaron la atención estas palabras de una manera particular:
"Afuera están los perros y los asesinos." El lado impreso había sido
ennegrecido con carbón de la hoguera, que á la sazón comenzaba ya á
desprenderse y á manchar mis dedos; en el lado blanco habíase escrito
con el mismo material la palabra "Depuesto." Todavía al escribir este
relato conservo en mi poder aquella curiosidad, y la tengo aquí, sobre
mi mesa; pero no podría ya verse en ella la menor huella de escritura,
si no es una especie de araño como el que alguien podría hacer con la
uña de su dedo pulgar.
Con aquello terminaron los sucesos de esa noche. Á pocos momentos se
sirvió á todos un vaso de _cognac_ y nos tendimos todos á dormir. La
señal de venganza que dió Silver fué nombrar á Jorge para hacer cuarto
de centinela, amenazándole con la muerte si no obraba con toda lealtad.
Mucho rato se pasó para que yo pudiera cerrar los ojos, y bien saben los
cielos que razón me sobraba al solo recuerdo de aquel hombre á quien por
la tarde había yo quitado involuntariamente la vida, en el instante de
mayor peligro para la mía. Pero lo que más contribuía á desvelarme era
aquella partida terrible y sagaz que acababa de ver jugar á Silver,
cuyos maravillosos esfuerzos tendían, por un lado, á mantener unidos y á
raya á los sublevados, y por el otro á intentar todos los medios
humanos, posibles é imposibles, para obtener una reconciliación y salvar
su miserable existencia. Pero él, por su parte, se durmió al momento de
la manera más apacible y muy pronto comencé á oir el estrépito de sus
ronquidos. Entre tanto mi corazón se oprimía penosamente al pensar en
los riesgos inminentes que rodeaban á aquel hombre, por más malvado que
fuera; y en la horca infamante que tenía como última perspectiva de su
triste carrera.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXX
BAJO PALABRA
Una voz clara y alegre que sonaba á la orilla del bosque llamando á los
del reducto me despertó, y despertó igualmente á todos los demás; y el
centinela mismo que se había buenamente recargado contra la puerta se
estremeció enderezándose en su puesto.
--¡Ha del reducto!, gritaba la voz. Aquí viene el Doctor.
Y el Doctor era, no cabía dada. Yo sentía gusto, ciertamente en escuchar
aquel acento amigo, pero mi alegría no era muy pura que digamos.
Recordé, al punto, con gran bochorno, mi insubordinación y conducta
furtiva, y al ver á qué extremo me había ella conducido, en qué compañía
y de qué peligros me rodeaba, sentí vergüenza de ver al Doctor á la
cara.
Él debió haberse levantado muy de madrugada, por que la luz no llegaba
aún decididamente, y cuando yo hube corrido á una de las troneras para
verle, le divisé allá abajo, de pie, y como á Silver el día de su
misión, hundido hasta las rodillas en una niebla rastrera.
--¡Es Vd. Doctor! ¡Santos y buenos días tenga vuesa merced!, dijo Silver
perfectamente despierto y armado de excelente humor en un momento. Vivo
y madrugador, no cabe duda, pero ya sabemos aquí que, como lo dice el
dicho "el pájaro madrugador es el que coge las raciones." Jorge,
muévete, muchacho, y ayuda al Doctor Livesey á saltar á bordo de este
navío. Por aquí todo va bien, Doctor; todos sus enfermos van mejorando
mucho y todos están contentos.
Hablando de esta suerte estaba allí, de pie en la cima de la loma, con
su muleta bajo el brazo y con la otra mano apoyándose en una de las
paredes de la casa. Su actitud, su acento, sus palabras, sus modales, ya
eran, de nuevo, los del mismo John Silver que yo conociera en Brístol.
--Le tenemos preparada á Vd., por hoy, una pequeña sorpresa Señor
Doctor, continuó. Tenemos aquí un extrañito. Un nuevo comensal y
huésped, sí señor, tan listo y templado como un violín. Aquí ha dormido
toda la noche, como un sobrecargo, al lado mismo del viejo John.
Á este tiempo, el Doctor Livesey había ya saltado la estacada y estaba
muy cerca del cocinero, por lo cual pude observar muy bien la alteración
de la voz en que preguntaba:
--¿Supongo que no será Jim?
--El mismo Jim en cuerpo y alma, sí señor, contestó Silver.
El Doctor se detuvo afuera, y aunque no respondió ya palabra alguna,
pasaron algunos segundos antes de que pareciera poder moverse.
--¡Bien, bien!, dijo por último. Primero la obligación y luego el
placer, como se diría Vd. á sí mismo. Vamos á ver y á examinar á esos
enfermos.
Un momento después ya estaba adentro de la cabaña y sin tener para mí
más que una torva inclinación de cabeza, se puso en el acto á la obra
con sus enfermos. No parecía tener el más pequeño recelo, á pesar de que
debe haber comprendido muy bien que su vida en manos de aquellos
traidores y endemoniados piratas estaba pendiente de un cabello. Con la
misma naturalidad que si estuviera haciendo una ordinaria visita
profesional á una tranquila familia en Inglaterra, iba de paciente en
paciente, sonando, componiendo y arreglándolo todo. Sus maneras, á lo
que creo, habían ejercido una reacción saludable sobre aquellos hombres,
porque el caso es que se comportaban con él como si nada hubiera
sucedido, como si todavía fuese el mismo médico de á bordo y ellos
marinos leales en sus puestos respectivos.
--Lo que es tú vas muy bien, dijo al individuo de la cabeza entrapajada.
Y si hombre alguno en el mundo recibió un porrazo peligroso, ése has
sido tú: tu cabeza debe ser dura como de acero. Vamos á ver tú, Jorge,
¿cómo estás hoy? Bonito color de limón estás echando allí, no te quepa
duda: es que el hígado se te ha vuelto hacia abajo. ¿Tomaste esa
medicina? Á ver, muchachos, digan la verdad ¿tomó Jorge su medicina?
--¡Oh! en cuanto á eso, sí señor, de veras que sí, respondió Morgan.
--La cosa es que, desde que me he convertido en médico de rebeldes, ó
diré mejor, en médico de cárcel, continuó el Doctor en el tono más
afable, vengo considerando como un puesto de honor para mí el no perder
ni un solo hombre para nuestro Rey Jorge (Q. D. G.) y para la horca.
Los malvados aquellos se miraron unos á otros, pero no hicieron más que
tragar la píldora en silencio.
--Dick no está hoy muy bien, señor, dijo uno.
--¿Esas tenemos? Á ver, ven acá, Dick, llamó el Doctor. Enséñame esa
lengua. No, no me sorprende que se sienta mal: esta lengua de por sí
bastaría para espantar á una armada francesa. ¡Otra malaria tenemos!
--¡Ah! dijo Morgan, eso resulta de andar profanando Biblias.
--Eso resulta de ser, como tú dices, unos asnos monteses, replicó el
Doctor; ó para hablarte más claro, de no saber distinguir un aire
viciado y ponzoñoso, de un aire sano y vivificador, ni un pantano
inmundo y envenenado de una tierra alta y seca. Me parece lo más
probable (sin que pase esto de una opinión, por supuesto) que todos Vds.
sin excepción van á tener que pagar el duro tributo de la fiebre antes
de que logremos arrojar de sus cuerpos los gérmenes de la malaria que
absorbieron por todos los poros. ¡Acampar en un marjal!... Silver, me
sorprende verle á Vd. autorizar tal disparate. Vd. es mucho menos tonto
que todos estos juntos, pero no se me figura que tenga Vd. ni los más
pequeños rudimentos de higiene.
--Está bien, añadió después que ya hubo medicinado á todos, y cuando ya
cada uno había tomado su droga respectiva con una humildad infantil que
distaba mucho de denunciar á aquellos hombres como sanguinarios
rebeldes, y piratas. Está bien; por hoy ya no hay más que hacer. Y
ahora, desearía tener un rato de conversación con ese muchacho.
Y diciendo esto me señaló con un desdeñoso movimiento de cabeza.
Jorge Merry estaba en la puerta escupiendo alguna medicina poco
agradable, pero apenas el Doctor dijo sus últimas palabras, se volvió
con un movimiento brusco y casi bramó así:
¡No! ¡por cien mil diablos!
Silver golpeó sobre la barrica con su mano abierta y rugió estas dos
palabras, tomando el aspecto de un verdadero león.
--¡Silencio tú!
Y luego en su melifluo tono habitual prosiguió:
--Doctor, ya estaba yo pensando en ello, sabiendo lo mucho que siempre
ha querido Vd. á este chiquillo. Todos nosotros le estamos á Vd.
inmensamente agradecidos por su amabilidad y, como Vd. lo ve, ponemos la
más gran fe en Vd. y tomamos sus drogas como empinaríamos un jarro de
_grog_. Creo pues, que he encontrado un medio que lo concilia todo.
Hawkins, ¿quieres darme tu palabra de honor, como caballero, puesto que
lo eres, aunque jovencito y pobre de nacimiento, de que no nos jugarás
una mala pasada?
--Cuente Vd. con mi palabra, le contesté sin vacilar.
--Pues entonces, Doctor, añadió Silver, no tiene Vd. que hacer más sino
salir afuera del recinto de la estacada, y una vez allí, yo
personalmente llevaré abajo á Jim para que, él de este lado y Vd. del
otro, puedan conversar á través de los grandes claros de los postes. Que
Vd. lo pase muy bien, Doctor, y presente mis más humildes respetos al
Caballero y al Capitán Smollet.
La explosión de descontento, mal reprimida por las miradas terribles de
Silver, se produjo no bien el Doctor salió del reducto. Silver fué
rotundamente acusado de jugar doble; de intentar una reconciliación
especial para sí; de sacrificar los intereses de sus cómplices y
víctimas y, en una palabra, de hacer precisamente lo mismo que en
realidad estaba haciendo. Me parecía aquello, á la verdad, tan claro,
que no me era posible imaginar como podría él desarmar su furia. Pero lo
cierto es que él solo valía doble, como hombre, que todos aquellos
juntos, y que su triunfo de la víspera le había asegurado una sólida
preponderancia sobre el ánimo de cada cual. Díjoles muy formalmente la
mayor sarta imaginable de sandeces y tonterías, para convencerlos;
añadió que era preciso de todo punto que hablase yo con el Doctor; les
paseó una vez más la carta por delante de los ojos y concluyó por
preguntarles si alguno se atrevía decididamente á romper los tratados el
día mismo en que se les permitía ponerse ya en busca del tesoro.
--¡No! ¡por el infierno!, exclamó. Nosotros somos los que debemos romper
el tratado, pero hasta su debido tiempo. Entre tanto yo he de mimar y
embaucar á ese Doctor, aun cuando me viera obligado á limpiarle sus
botas personalmente.
Dicho esto les ordenó que arreglasen el fuego y se lanzó afuera, sobre
su muleta y apoyando una de sus manos sobre mi hombro, dejándolos
desconcertados y silenciosos; pero más embotados por su palabrería que
convencidos con sus razones.
--¡Despacio!, chico, ¡despacio!, díjome moderando la rapidez de mi
marcha. Podríamos hacerlos caer sobre nosotros en un abrir y cerrar de
ojos, si viesen que nos apresurábamos demasiado.
Ya entonces deteniéndonos con toda deliberación nos adelantamos á
través de la arena basta el punto en que, habiendo ya cumplido la
condición, el Doctor esperaba al otro lado de la empalizada.
--Vd. tomará nota de lo que hago en este momento, Doctor, dijo Silver en
cuanto que llegamos á distancia de poder hablar. Además Jim le contará á
Vd. cómo he salvado anoche su vida, y cómo fuí depuesto por sola esa
razón, no lo olvide Vd. Doctor, cuando un hombre hace cuanto está en su
poder por dar á su embarcación el rumbo cierto, como yo lo hago; cuando
con sus postreros esfuerzos trata aún de jugar al hoyuelo, ¿cree Vd. que
será mucho conceder á semejante hombre el decirle una palabra de
esperanza? Vd. no debe perder de vista que ahora no se trata ya
simplemente de mi vida, sino de la de este muchacho, que está
comprometida en nuestro trato; así, pues, hábleme Vd. claro, Doctor y
déme siquiera un rayo de esa esperanza que solicito, para seguir en mi
obra; hágalo Vd. por favor.
Silver era, en aquel momento, un hombre totalmente diverso del que
parecía antes de volver la espalda á sus amigos. Allí estaba ahora, con
la voz trémula, con las mejillas caídas, y con toda la apariencia de una
persona muerta positivamente.
--¿Qué es eso, John?, díjole el Doctor. ¡Me figuro que no tiene Vd.
miedo!
--Doctor, replicó él. Yo no tengo de cobarde ni tanto así. Si lo fuera
no lo confesaría. Pero es el caso que creo ya sentir los horrendos
estremecimientos del patíbulo. Vd. es un hombre bueno y leal; yo nunca
ví sujeto mejor que Vd. Así, pues, lo que deseo es que Vd. no se olvide
de lo bueno que yo haya hecho y procure olvidar lo malo. Con esto, me
hago ya á un lado, vea Vd., aquí, para dejarlos á Vds. hablar á solas. Y
quiero que añada Vd. esto más á mi favor también, pues estamos pasando
por una situación más que espinosa.
Diciendo esto se retiró un poco hacia atrás hasta colocarse donde no
pudiera oirnos, y allí tomó asiento en el tronco de uno de los abetos
cortados y comenzó á silbar, girando en torno de su asiento una y otra
con el objeto de vigilar tanto á mí y al Doctor, como á sus
insubordinados secuaces de allá arriba que se ocupaban en ir de aquí
para allá en la arena arreglando el fuego y yendo y viniendo á la cabaña
de la cual sacaban tocino y pan para confeccionar su almuerzo.
--Conque sí, amiguito, díjome el Doctor en un tono triste, por fin ya
estás aquí, ¿eh? Lo que has sembrado eso es lo que cosechas, muchacho.
Bien sabe Dios que no me siento con la energía necesaria para reñirte en
regla, pero no omitiré decirte esto, ya sea que te parezca suave ó duro:
cuando el Capitán Smollet estaba bueno y sano jamás te atreviste á
salirte, pero en cuanto que lo viste herido y que nada podía impedírtelo
¡por San Jorge! entonces te aprovechaste al punto. ¡Mira tú si conducta
semejante no era ruin y cobarde!
Debo confesar que al oir esto me eché á llorar sin poderme contener. En
cuanto pude hablar, dije:
--Doctor, Vd. puede disculparme; demasiados reproches me he hecho yo
mismo; pero, como quiera que sea, mi vida está perdida, y ya hubiera yo
muerto á la hora de esta á no ser porque Silver ha estado de mi parte,
y--créame Vd. Doctor--yo puedo muy bien morir y aun me atrevo á decir
que lo merezco, pero, francamente, la idea de ser torturado me
aterroriza. Si, pues, llega el caso de que me den tormento...
--Jim, me interrumpió el Doctor, en una voz bastante cambiada ya; Jim,
no puedo consentir en semejante idea. ¡Salta al punto este cercado y
correremos hasta ponernos en salvo!
--Doctor, le dije, tengo empeñada mi palabra.
--Ya lo sé, ya lo sé, me replicó. No podemos evitar el faltar á ella,
Jim. Yo asumo la responsabilidad del acto; toda sobre mí, hijo mío.
Vergüenza ó castigo, yo me comprometo á sufrir lo que venga. Pero es
imposible dejarte aquí. ¡Vamos! date prisa... ¡brinca! de un solo salto
ya estarás al otro lado y te aseguro que correremos como antílopes.
--¡No!, le contesté. Vd. comprende bien que Vd. mismo sería incapaz de
hacer lo que me aconseja; y como Vd., no lo harían ni el Caballero, ni
el Capitán... Pues ni yo tampoco. Silver ha confiado en mí. Me ha dejado
sin más lazo que la garantía de mi palabra... tengo, pues, que volver y
volveré. Pero Vd. no me ha dejado terminar: si se llega el caso de que
me den tormento, decía yo, podría suceder que se me escapara alguna
confesión acerca del punto donde la goleta está ahora, puesto que yo he
logrado capturarla, en parte por mi buena suerte y en parte
arriesgándome un poco. _La Española_, Doctor, está en estos momentos en
la Bahía Norte, hacia su playa meridional, precisamente abajo de la
marca de la pleamar. Á media marea debe encontrársela alta y en seco.
--¡La goleta!, exclamó asombrado el Doctor.
Brevemente le referí mis aventuras de mar que él escuchó en silencio.
--Hay en esto una especie de hado misterioso, díjome cuando hube
concluido. Á cada paso eres tú el destinado á salvar nuestras vidas. ¿Y
puedes suponer, por tanto, que vamos á dejarte aquí á una perdición
segura? Sería eso una gratitud de muy mala calidad, amigo Jim. Tú
descubriste la conspiración; tú encontraste á Ben Gunn, hazaña la más
notable que en tu vida has hecho y que harás aun cuando vivas más que
Matusalém. ¡Oh! ¡por el cielo! y hablando de Ben Gunn, este es el daño
personificado. ¡Silver!, gritó; ¡Silver!...
Y cuando el cocinero estuvo bastante cerca para poder oirlo, prosiguió.
--No tengan Vds. ninguna prisa respecto de este tesoro: es consejo que
me permito dar á Vd.
--Puede Vd. creer, señor, contestó John, que hago todo cuanto está en mi
mano para hacer tiempo. Pero tenga Vd. entendido que de emprender la
descubierta del tal tesoro dependen mi vida y la de este muchacho; no
hay que olvidarlo.
--En hora buena, Silver, replicó el Doctor. Si ello es así, daré todavía
un paso más en mis advertencias: cuidado con un chubasco posible, cuando
se encuentre.