Á todo esto, como se supondrá fácilmente, yo no contestaba una sola

palabra. Habíame reclinado contra uno de los muros y desde allí clavaba

mis ojos en los de Silver, con bastante descaro y resolución aparentes,

pero bien sabe Dios que, entre tanto, la más negra desesperación

envolvía mi alma por completo.

Silver dió una ó dos vigorosas fumadas á su pipa con la mayor

compostura, y acto continuo prosiguió:

--Ahora bien, Jim, puesto que ya estás aquí, voy á decirte algo de lo

que pienso. Yo siempre te Le querido, y siempre te he tomado por un

mozuelo de ánimo, y por el mismísimo retrato mío cuando era yo como tú,

muchacho y buen mozo. Yo siempre quise que tú fueras de los nuestros, y

que tomaras la parte que te correspondiera para que pudieses vivir y

morir siendo de veras persona. Ahora ya estás aquí, polluelo... ¡tanto

mejor! El Capitán Smollet es un buen marino, no cabe duda, tan bueno

como yo mismo lo sería, en cualquier tiempo, pero rigoroso en achaques

de disciplina. "El deber antes que todo," es su dicho favorito, y tiene

razón, con cien mil diablos. Pero héte aquí emancipado ya de tu Capitán.

El Doctor mismo que te quería tanto, lo tienes ahora enojado á muerte

contigo--"prófugo malagradecido"--dijo refiriéndose á tí. Así, pues, por

más vueltas que le des al asunto, el resultado es que tú ya no puedes ir

de nuevo á reunirte con los tuyos, porque ya ellos no te quieren y así,

á menos que te propongas encabezar una tercera fracción en la isla, para

lo cual tendrías el sentimiento de no tener más compañía que tu sombra,

tienes, por fuerza que alistarte bajo las banderas de tu viejo amigo

Silver.

Aquel discurso me hizo un grandísimo bien. Por él supe que mis amigos

aún vivían y, aun cuando, no desconfiaba yo de que fuera cierto, en

parte, lo que Silver decía acerca de los resentimientos del partido de

cámara, por mi deserción, me sentí mucho más consolado que afligido con

sus noticias.

--Nada te diré respecto de que estás en nuestras manos, continuó Silver.

Supongo que ninguna duda te cabrá sobre este particular. Pero, mira tú

si juego á cartas descubiertas; mi intención no es intimidarte sino

convencerte. Nunca he visto que las amenazas produzcan nada bueno. Si te

gusta el servicio... bien, adelante; te afilias con nosotros y ya

está... Ahora... si no te conviene, muy dueño eres de tu voluntad y de

tu boca para darnos aquí un no redondo, y lléveme el diablo si algo más

claro que todo esto, puede salir de escotilla humana.

--¿Puedo ya contestar?, pregunté con una voz bastante trémula.

En el fondo de toda aquella charla burlona bien claro veía yo que la

amenaza de la muerte estaba en suspenso sobre mi cabeza, por lo cual mis

mejillas abrasaban y el corazón me latía dolorosamente dentro el pecho.

--Muchacho, contestó Silver, aquí nadie te está urgiendo. Forma tu

derrotero. Ninguno de nosotros tiene prisa, camarada. El tiempo corre

tan agradablemente en tu compañía que, ya lo ves, no hay para qué

precipitarse.

--Está bien, contesté yo sintiéndome con un poco más de brío y

atrevimiento. Si debo de elegir, declaro que me creo con derecho para

saber primero cómo están las cosas y por qué están Vds. aquí, y en dónde

paran mis amigos.

--¡Pues no quiere poco el niño!, dijo en tono gruñón uno de los

piratas. No sería para él poca fortuna el averiguar todo eso.

--Paréceme, amigo, dijo Silver al interruptor con un tono demasiado

agrio, que harías mejor en tapar esa escotilla y guardar tus andanadas

para cuando se te pidan y necesiten.

En seguida, volviéndose á mí, continuó con el mismo acento amable y

gracioso de antes:

--Ayer por la mañana, amigo Hawkins, á la hora de la segunda guardia,

vino por acá el Doctor Livesey trayendo en la mano una bandera de paz:

"Capitán Silver, díjome, están Vds. vendidos: ¡el buque se ha marchado!"

Aquello podía suceder muy bien; nosotros habíamos estado echando un

trago y acompañándolo de una ronda de canto para hacerlo pasar bien. No

dije que no. La verdad es que ninguno de nosotros había apuntado sus

vidrios para allá. Salimos á ver... ¡ábrase el infierno!... aquello era

verdad... ¡la goleta había desaparecido! Jamás he visto en mi vida un

puñado de hombres más dementes que estos; puedes creer que sí...

parecían frenéticos de remate. "Sea en hora buena, díjome el Doctor,

creo que es ya el caso de capitular." Y capitulamos, no hubo remedio,

capitulamos él y yo, y aquí nos tienes instalados con reducto, _cognac_,

provisiones y toda la leña que Vds. tuvieron la buena precaución de

compilar; en una palabra, el bote entero y completo desde las crucetas

hasta la sobrequilla. En cuanto á ellos, se han largado con viento

fresco, pero lléveme el diablo si sé en donde han tirado el ancla.

Diciendo esto dió una nueva fumada á su pipa con la mayor calma, hecho

lo cual prosiguió así:

--Y para que no te hagas la ilusión de que se te ha incluido en el

tratado, voy á decirte cuáles fueron las últimas palabras que hablamos.

"¿Cuántos son Vds. para salir de aquí?" le pregunté yo. "Cuatro, me

contestó, y uno de esos cuatro, herido. En cuanto á ese muchacho, yo no

sé dónde está ni me importa saberlo... el diablo cargue con él, aunque

de pronto lo sentimos mucho." Estas fueron sus palabras.

--¿Eso es ya todo?, le pregunté.

--Eso es cuanto tú tienes que oir, hijo mío, replicó Silver.

--Y ahora... ¿debo ya hacer mi elección?

--Ahora tienes que elegir; sí, mi amigo, no te quepa la menor duda.

--Está bien, continué. No soy tan gran badulaque que ignore lo que se me

espera. Pero suceda lo que suceda, y poco me importa que sea lo peor

posible. Desde que caí metido en esta aventura he visto morir á tantos

hombres, que ya la idea de la muerte no me asusta tanto. Pero hay una ó

dos cosas que quiero decir á Vds...

Mi palabra iba tomando un acento desusado de excitación. En ese tono

proseguí:

--Lo primero que quiero decir es esto: están Vds. perdidos; perdido está

el buque, perdido el tesoro, perdidos los hombres para Vds. Todo el

proyecto que ha engendrado su rebelión no es ya más que un deshecho...

¡está en pedazos! ¿Y quieren Vds. saber de quién es la obra de su

destrucción?... ¡Es mía! Yo estaba oculto en el barril de las manzanas

la noche en que vimos tierra, y desde él le oí á Vd., John, y á Vd. Dick

Johnson, y á Hands que á la hora de esta yace en el fondo del océano; y

después de oir cuanto decían lo repetí todo, palabra por palabra, antes

de que hubiera trascurrido una hora, á quienes tenían el derecho de

saberlo. Y por lo que hace á la goleta, fuí yo también el que cortó su

cable; yo quien mató á los dos hombres que tenía Vd. á bordo y yo, por

último, el que la he llevado á un punto en que ninguno de Vds. volverá á

verla jamás. Si alguien debe y puede reir en este negocio, ese soy yo...

yo, que desde un principio he tenido la ventaja sobre todos Vds., de

quienes no tengo, en este momento, más miedo del que me inspiraría una

mosca. Mátenme, si gustan, ó déjenme con vida. Pero una cosa diré

solamente para concluir, y es que, si se me deja vivir... servicio por

servicio... el día que Vds., amigos, estén en una corte del crimen,

acusados de piratería, yo salvaré de la horca, con mi testimonio, á

todos los que pueda. Vds., pues, y no yo, son los que tienen que elegir.

Maten uno más, y aumenten inútilmente, con eso, la lista de sus

crímenes; ó déjenme vivo y asegúrense, de esa manera, el testigo que

puede arrancarlos del patíbulo.

Me detuve al llegar aquí porque, lo confieso, se me había acabado el

aliento. Empero, con gran asombro mío, ninguno de aquellos hombres se

movió, sino que todos se quedaron con los ojos clavados sobre mí, como

si fuesen corderos. Aprovechándome de su silencio, y en tanto que ellos

seguían contemplándome atónitos, rompí de nuevo:

--Ahora bien, Sr. Silver, como creo que Vd. es aquí el hombre más de

confiar, quiero hacerle un solo encargo para el caso de que me acontezca

lo peor que acontecerme puede, y es que tenga la bondad de contar al

Doctor de qué manera he sufrido mi final destino.

--Lo tendré muy presente, contestó el pirata, con un acento tan extraño

que, por vida mía que me fué imposible decidir si estaba burlándose de

mí, ó si se sentía favorablemente impresionado con mi valor.

Entonces tomó la palabra aquel Morgan, cara de caoba, á quien yo ví en

la taberna de Silver, cerca de los muelles, en Brístol.

--Yo añadiré algo á todo eso, dijo, y es que ese mismo muchacho es el

que reconoció á Black Dog.

--Pues miren Vds., añadió á su vez el cocinero, yo puedo agregar aún

algo más ¡por vida del infierno! y es que el mismo muchachillo que Vds.

ven, es el que supo birlarnos la carta de Flint que guardaba Billy

Bones. Del principio al fin no hemos hecho más que estrellarnos contra

Jim Hawkins.

--¡Pues aquí las pagará todas juntas!, dijo Morgan con un horrible

juramento y avanzándose hacia mí con su gran navaja abierta.

--¡Aparta allá!, gritó Silver. ¿Quién eres aquí, tú, Tom Morgan?

Figúraseme que te has creído ser el Capitán. ¡Por Satanás mi padre y

señor, que prometo enseñarte á ser quien eres! Hazme enojar y ya verás

si no te despacho á donde muchos hombres buenos han ido á parar, por mi

mano, en estos últimos treinta años, algunos á mecerse en los peñoles,

otros al agua, atados de pies y manos, y todos ellos á engordar los

peces del océano. Acuérdate que no hay ni ha habido un hombre que se

atreva á mirarme entre ceja y ceja, que haya podido jactarse de ver un

día después de eso; Tom Morgan, ¡no eches eso en saco roto!

Morgan se detuvo, pero un murmullo ronco partió de todos los demás.

--Tom tiene razón, avanzó uno.

--Creo que he tenido, más largo tiempo del regular, á un hombre solo por

espantajo, aventuró otro. ¡Lléveme el demonio si un cojo como Vd., John

Silver, mete miedo á un hombre cabal como yo soy!

--¿Sería que alguno de Vds., caballeros, siente ganas de saber por sí

mismo quién es John Silver?...

El cocinero bramó más bien que dijo esas palabras, saltando de sobre el

barrilete de _cognac_ en que estaba sentado, avanzando bastante hacia el

grupo de los piratas y sin soltar su pipa que brillaba aún encendida en

su mano derecha. Y sin hacer pausa alguna prosiguió:

--¡Pues me parece muy bien! No más sáquese un paso al frente el que

quiera, y diga lo que se le ofrece, que me figuro que ninguno es mudo.

No tiene más que pedir; yo doy lo que se me demande. ¿Con todos los años

que tengo, había de venir ahora un botarate, hijo de algún ladrón de

agua-dulce á calarse el sombrero de través en mi presencia, como término

á mi historia? ¡Por el santísimo infierno que se equivoca! Pero que haga

la prueba el más gallito... ¡ya sabe el modo! Todos Vds. son "caballeros

de la fortuna," según Vds. mismos... ¡Pues á la obra! ¡aquí estoy listo!

Desencamise el cuchillo el que sea hombre para ello y por mi patrón

Satanás que antes de que esta pipa se acabe ya habré visto el color y el

tamaño de su asadura!...

Ninguno de aquellos hombres se movió, ninguno murmuró una palabra.

Entonces él añadió volviendo la pipa á la boca.

--¡Ah! ¡gallinas!... ¡eso es lo que son Vds.! ¡De veras que es una

gloria el ver ese montón de poltrones! Muy bravos si se trata de

batirse con una botella, pero muy sordos cuando se les llama á probar si

son lo que parecen!... Veremos si entienden Vds. el inglés de nuestro

Rey Jorge: yo soy aquí el Capitán, por elección unánime. Yo soy el

Capitán porque á legua soy mejor y valgo más que todos Vds. juntos. Así,

pues, y ya que no quiere ninguno salir conmigo á medirse como uno de los

verdaderos "caballeros de la fortuna," á obedecer todos, canallas, y sin

chistar... ¿entendidos?... Yo quiero á este muchacho; yo no he visto

jamás un chico que valga lo que vale él, y por quien soy afirmo que él

es más hombre y vale él solo mucho más que el mejor par de todas estas

ratas de navío amontonadas aquí. Ahora bien, lo que yo digo es esto y

nada más que ésto: yo lo tomo á mi lado; yo lo protejo y cubro con mi

mano. Eso es cuanto he de decir y ténganlo bien entendido!...

Después de esto vino un largo silencio. Yo permanecía aún rígido,

apoyado contra el muro, con el corazón latiéndome todavía como un

martillo de fragua, pero con un rayo de esperanza comenzando á aparecer

en el fondo de mi alma. Silver retrocedió también á su lugar primitivo,

contra la pared, y estaba allí con los brazos cruzados, con la pipa en

un ángulo de la boca, tan tranquilo y tan sereno como si hubiera estado

en una iglesia. Sin embargo, su ojo pequeño pero sagaz vagaba

furtivamente de uno á otro de sus insubordinados secuaces, á quienes

miraba incesantemente de través. Ellos, por su parte, fueron retirándose

gradualmente hacia la extremidad opuesta del recinto y allí comenzaron á

murmurar en voz baja con un rumor que me parecía el de un torrente

lejano. Uno después del otro, todos volvían la cara de vez en cuando

hacia donde estábamos Silver y yo, y al efectuar ese movimiento la luz

rojiza que caía en sus facciones les prestaba contornos y tintas

espantables. Empero sus ojeadas amenazadoras no eran ya para mí, sino

para Silver.

--Me parece que tienen Vds. pudriéndoseles de calladas una lía de cosas

que buscan aire. ¡Pues abrir las escotillas y soltarlas, sin melindres,

amigos, ó si no, apartarse!, dijo Silver escupiendo con el más altivo

desdén.

--Pues con el permiso de Vd., señor, saltó uno de los hombres. Vd. es

bastante olvidadizo tratándose de algunas de nuestras reglas. Sería, tal

vez, con el fin de vigilar por el cumplimiento de las restantes. ¡Está

bien! Pero esta tripulación que ve Vd. aquí, está descontenta; esta

tripulación está resuelta á arriesgar el todo por el todo (dispensando

la libertad) y así es que, conforme á nuestras propias reglas, según

entiendo, nos retiramos á celebrar consejo todos juntos. Vd. dispensará,

señor, reconociéndolo como lo reconocemos por nuestro Capitán á estas

horas todavía. Yo reclamo mi derecho y me salgo afuera para deliberar.

--Diciendo esto hizo un respetuoso y complicado saludo, á estilo de

marineros, y con la mayor calma y sangre fría salió afuera del reducto.

Á ese que era un sujeto alto, de aspecto enfermizo, con ojos

amarillentos y como de treinta y cinco años, siguieron otro y otros de

los de la banda, observando en todo su ejemplo. Cada uno iba haciendo su

reverencia al pasar y cada uno añadía alguna excusa por el estilo.

--¡Conforme á reglamento!, dijo uno.

--Sesión de afiliados, añadió Morgan.

Y así, ya con una expresión, ya con otra, todos salieron del reducto

dejándonos á Silver y á mí solos, iluminados por la antorcha.

El cocinero de _La Española_ se quitó, al punto, la pipa de la boca y de

una manera firme y resuelta, pero apenas perceptible, me habló así:

--Pronto, ven acá, Hawkins. Debes comprender que la cuchilla de la

muerte está colgada de un solo cabello sobre tu cabeza y, lo que es

todavía peor, acompañada de tormentos. En este instante van á deponerme

de mi cargo. Pero no importa, fíjate en ésto: yo permanezco firme de tu

lado, venga lo que viniere. No era esto lo que yo me proponía al

principio, ¡no por cierto! Pero después de que hablaste ya fué otra

cosa. Me desesperaba la idea de perder todas mis bravatas y salir

derrotado en el negocio. Pero he visto que tú eres el hombre que yo

necesito. Me dije entonces á mí mismo: "John, tú ponte del lado de

Hawkins y él estará al lado tuyo del mismo modo. Tú eres para él la

última carta del juego, y por tu patrón Satanás, John, que él puede ser

también la tuya!" Ayuda por ayuda, me dije: tú, Silver, salvas á tu

testigo y él salvará tu pescuezo, de la horca!

Aunque confusamente comencé á comprender.

--¿Quiere Vd. decir que todo está perdido?, le pregunté.

¡Ah! ¡por el infierno que sí!, me respondió. El buque ido, cuesta el

pescuezo: he allí la situación en dos palabras. Una vez que yo eché una

mirada á esa bahía, Jim Hawkins, y ví que no había ya goleta sobre qué

contar... yo soy duro y correoso, pero con todo, puedes creer que me

sentí desorientado. En cuanto á ese grupo y su concejo, te digo que no

son más que unos estúpidos y cobardes. Yo te sacaré salvo de entre sus

garras, en cuanto de mí dependa; pero lo dicho, Jim, servicio por

servicio, tú salvas á tu amigo Silver de la horca.

Me sentía anonadado y aturdido. Parecíame una cosa tan sin visos de

esperanza lo que él me pedía... él,... el viejo pirata, ¡el cabecilla de

la rebelión!

--Lo que esté en mi mano hacer, eso haré, le respondí.

--¡Pues trato hecho!, exclamó John Silver. Tú has sabido hablar con

valor y con fiereza y ¡por el infierno! yo sabré cumplirte mi palabra.

Se adelantó luego hacia la antorcha que estaba, como he dicho antes,

encajada entre la leña, y allí volvió á encender su pipa que se había

apagado.

--Entiéndeme bien, Jim, prosiguió en seguida: yo tengo una verdadera

cabeza sobre mis hombros. Lo que es ahora, nadie es más partidario del

Caballero que yo. Comprendo muy bien que tú has puesto á salvo ese buque

en alguna parte... ¿Cómo?, no lo sé; pero sí afirmo que está en seguro.

Tal vez lograste reducir y convencer á Hands y á O'Brien. Yo nunca tuve

en ellos una gran fe. Pero, fíjate en ésto: yo nada pregunto ni dejaré

que los otros pregunten. Yo sé y conozco bien cuándo un juego está de

punto, ¡sí señor! Pues te aseguro, chico, que lo que es éste, ¡ya quema!

¡Ah! tú eres un niño todavía; pero tú y yo juntos ¡cuántas y cuan buenas

cosas pudiéramos haber hecho!

Diciendo esto abrió la llave del barrilillo y dejó correr un poco de

_cognac_ en un vasito de lata.

--¿Quieres un trago, camarada?, preguntóme. Y como yo rehusase

prosiguió:

--Necesito un tónico, porque, de esta hecha, tenemos gresca dentro de

pocos momentos. Y á propósito de gresca, dime tú, ¿por qué me entregaría

el Doctor la carta de Flint?

Mi rostro expresó un asombro tan grande y tan natural, que Silver vió

luego la inutilidad de hacerme más preguntas sobre el asunto.

--¡Ah! pues sí que lo hizo, añadió. Y no me cabe duda de que debajo de

eso hay algo, no cabe duda, Jim; bueno ó malo, pero algo hay.

Dicho esto, dió un trago ó dos de _cognac_, oprimiéndose después su

grande é inteligente cabeza, con el ademán de un hombre que prevee y

teme todo lo que hay de más malo.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO XXIX

OTRA VEZ EL DISCO NEGRO

La sesión de los filibusteros había durado ya por un rato bastante

considerable, cuando uno de ellos volvió á entrar al reducto y, no sin

repetir el mismo saludo ó reverencia á que antes me referí y que, á mi

entender, era más irónico que sincero, rogó á Silver que por un momento

se les prestase el hachón. John accedió desde luego y el emisario se

retiró dejándonos sumidos en la oscuridad.

--Ya comienza á soplar la brisa, Jim, dijo Silver que á la sazón había

adoptado definitivamente un tono de todo punto amistoso y familiar

conmigo.

Me aproximé entonces á la tronera que estaba más cerca de mí y eché una

ojeada hacia afuera. Los leños de la grande hoguera se habían consumido

casi por completo, brillando á esa hora tan opaca y débilmente que, con

sólo verlos, me pareció comprender la razón de que los hombres aquellos

quisieran el hachón. Como á la mitad del declive de la loma de la

estacada aparecían todos reunidos en un grupo; uno de ellos tenía la

antorcha; otro estaba medio arrodillado en medio del grupo, y pude

advertir que en su mano brillaba el acero de una navaja abierta,

produciendo cambiantes de varios colores, á la doble claridad de la

luna y de la antorcha. Los demás estaban un poco inclinados sobre el de

en medio, como si vigilasen ó atendieran con interés á lo que hacía.

Pude notar también que el mismo hombre de en medio tenía en las manos un

libro, y todavía no volvía de la extrañeza que me causaba ver en poder

de aquellos piratas una cosa tan ajena de su carácter y costumbres,

cuando el personaje arrodillado se puso de pie y todos con él comenzaron

á desfilar de nuevo hacia el reducto.

--Ya vuelven allí, dije; y al punto me apresuré á volver á colocarme en

mi posición anterior, porque me pareció indigno de mí el que me

encontrasen espiándolos.

--Déjalos que vengan, muchacho, déjalos, exclamó Silver con un gran

acento de confianza. Creo tener todavía un tiro en mi cartuchera.

La puerta dió entrada á los cinco hombres, juntos unos con otros en un

apretado grupo; pero no dieron sino un paso adentro del umbral, y

empujaron á uno de ellos, de modo que ocupase la delantera. En

cualesquiera otras circunstancias hubiera sido en extremo cómico ver

trastrabillar á aquel pobre hombre en su avance lento y vacilante y

teniendo su mano derecha empuñada delante de sí.

--Avanza, muchacho, avanza, exclamó Silver; no creas que te voy á comer.

Entrega eso, haragán; yo sé bien las reglas, puedes creerlo y no he de

meterme á maltratar á una _diputación_.

Esto dió al pirata diputado un poco más de ánimo y pudo ya adelantarse

más fácilmente. Entonces y cuando tuvo á Silver al alcance de su mano,

pasó algo á la del cocinero y en el acto retrocedió con la mayor

ligereza hasta el grupo de sus compañeros.

John Silver echó una ojeada sobre lo que se le acababa de pasar, y

murmuró:

--¡El disco negro! ¡Ya me lo esperaba! Pero ¿en dónde diablos han cogido

Vds. papel! ¡Ah! ¡Vamos! ¡ya caigo! Aquí está el secreto: pero, chicos,

esto es de mal agüero; han ido Vds. á cortar el papel de una Biblia.

¡Pues yaya que no podía darse nada de más tonto!

--¡Ah! ¿qué tal?, dijo Morgan, ¿qué tal? ¿No fué eso mismo lo que yo

dije? ¡De allí no puede salir cosa buena!

--Tanto peor para los profanadores: ¡Vds. mismos se han condenado á la

horca!, continuó Silver. Y á todo esto, ¿quién era el santurrón holgazán

que tenía una Biblia?

--Era Dick, dijo uno.

--Conque Dick, ¿eh? Pues hijo mío, ya puedes encomendarte á Dios,

replicó John. Creo que con esto ha concluído ya tu lote de buena suerte,

puedes creérmelo.

En esto el pirata flaco oji-amarillento, saltó diciendo:

--Basta ya de charla inútil, John Silver. Esta tripulación le ha pasado

á Vd. el disco negro, en sesión plena, y conforme á las reglas; Vd. no

tiene más que hacer sino voltearlo como las mismas reglas se lo mandan y

leer lo que hay escrito en él. Después podrá Vd. hablar.

¡Gracias, Jorge, un millón de gracias!, replicó el cocinero de _La

Española_. Este muchacho siempre ha sido así para todos los negocios,

vivo y enérgico. Además se sabe de memoria todas nuestras reglas, lo

cual me complace en sumo grado. Pero, en fin, veamos qué es ello, con lo

cual nada se pierde. ¡Ah! vamos: "_¡Depuesto!_" Eso es, ¿no es verdad?

¡Bonita escritura, hombre, muy bonita! Se diría que era de un maestro

de escuela! ¡Si hasta parece hecho con letras de molde! ¿Fuiste tú quien

escribió ésto, Jorge? Pues hombre, te felicito, porque, la verdad, se ve

que ya te vas haciendo un personaje notable entre estos buenos chicos.

¿Qué apostamos á que tú vas á ser mi sucesor, nombrado Capitán con todos

tus honores? Pero, entre tanto, ¿no me haces el favor de pasarme ese

hachón? Esta pipa no arde bien.

--Basta una vez más, dijo Jorge. Se acabó el tiempo en que enredaba Vd.

con su charla á esta tripulación. Vd. se tiene por muy gracioso, á lo

que entendemos; pero, por ahora, ya no es Vd. nadie, con lo cual haría

Vd. muy bien en bajarse de ese barril y ayudarnos á votar á otro jefe.

--Me pareció haberte oído decir que conocías nuestro reglamento, dijo

Silver desdeñosamente. Pero si no es así, yo sí lo conozco. Digo, en

consecuencia, que no me muevo de aquí, y añado que soy todavía el

Capitán de la banda,--fijarse bien en esto--hasta que Vds. hayan

desembuchado, una por una, todas sus quejas y yo haya contestado á

ellas. Mientras tanto, su disco negro no vale un ardite. Después de

cumplir con ese requisito, ¡ya veremos!

--¡Oh! pues en cuanto á eso no hay inconveniente en darle á Vd. gusto.

Aquí todos somos llanos y parejos y no nos mordemos la lengua. He aquí

nuestras razones: Primera: Vd. ha convertido esta expedición en un mero

jigote; supongo que no tendrá Vd. el descaro de negarlo. Segunda: Vd. ha

dejado escapar al enemigo, de esta ratonera, sin provecho alguno... ¿por

qué querían ellos salirse? yo no lo sé, pero lo que es evidente es que

salir querían. Tercera: Vd. no nos ha permitido atacarlos después de

salidos... ¡ah! no se figure que dejamos de ver claro en esto: Vd. no

juega limpio, John Silver, y eso es lo peor que puede hacer. Cuarta: ese

muchacho que se nos ha colado esta noche y á quien Vd. defiende.

--¿Eso es ya todo?, preguntó tranquilamente Silver.

--Con lo que basta y sobra, contestó Jorge. Me parece que todos

tendremos que vernos colgados y secando al sol, todo por culpa de Vd.

La isla del tesoro · 第 16 / 20 段