Herido como estaba, era asombroso cuán de prisa podía moverse; con su

enmarañado cabello cayéndole sobre el rostro y con su cara misma tan

enrojecida por la furia y la precipitación como una bandera de degüello.

Desgraciadamente no me quedaba tiempo de ensayar mi otra pistola; esto

era ya imposible, y además tenía la certeza de que debía estar tan

inutilizada como la otra. Una cosa me apareció clara y fuera de duda y

era que yo debía hacer algo que no fuese simplemente retroceder ante él,

porque, de seguirlo haciendo así, muy pronto me acorralaría á proa como

un momento antes me tenía cogido á popa. Y una vez acorralado, y con

nueve ó diez pulgadas de aquella daga dentro de mi cuerpo, podría decir

que habían concluído mis aventuras en este lado de la eternidad. Coloqué

las palmas de mis manos contra el palo mayor que era bastante grueso y

esperé, con el alma en un hilo como suele decirse.

Notando Hands que mi intención era sacarle las vueltas, él también se

detuvo y un momento ó dos se pasaron en fingir él ataques y movimientos

que yo eludía con la mayor ligereza. Era aquella la repetición de un

juego que muchas veces había yo jugado en las rocas de la caleta del

Black Hill; pero, con toda seguridad, jamás lo hice con el corazón

saltándome tan precipitadamente como entonces. Sin embargo, como acabo

de decirlo, aquello era un juego de muchachos, en la forma, si no en el

fondo, y creí que podría fácilmente llevar la ventaja en él, muchacho

como yo era, sobre un hombre más viejo que yo y con un muslo herido. Á

la verdad, mi valor había comenzado á renacer de tal manera que ya me

permitía algunos pensamientos arrojados sobre el fin probable de

aquella lucha; y eso que, aun admitiendo la seguridad que yo tenía de

entretener la maniobra aquella por largo tiempo, no veía una posibilidad

verdadera de escape definitivo.

Pues bien, en tal estado las cosas, _La Española_ tocó repentinamente el

banco á que la dirigíamos; se bamboleó, fué rozando la arena por un

momento y luego, rápida como una exhalación, se inclinó sobre babor

recostándose de tal manera que la superficie de la cubierta formaba un

ángulo de cuarenta y cinco grados. El chapuzón levantó una oleada que se

coló por los imbornales y se estancó luego en un charco entre la

cubierta y la balaustra.

Tanto Hands como yo rodamos en un segundo, casi juntos, hacia los

imbornales, revolviéndose con nosotros el cadáver de O'Brien, con su

gorro encarnado y sus brazos siempre en cruz. Tan juntos rodamos

ciertamente que mi cabeza se encontró enredada con los pies del timonel,

golpeando en ellos con un sonido que hizo que mis dientes chocaran

tiritando á causa del horror. Pero con golpe y todo, yo fuí el primero

en estar en pie, pues Hands estaba enredado estrechamente con los brazos

y piernas de su víctima. La inclinación repentina del buque hacía que su

cubierta fuera ya inútil para correr sobre ella. Tenía, pues, precisión

de buscarme alguna nueva vía de escape, y eso en aquel instante mismo,

porque mi adversario se había ya desligado del muerto y estaba, de

nuevo, en pie, casi sobre mí. Rápido como el pensamiento salté sobre los

obenques de mesana, avancé una mano sobre la otra y no tomé siquiera

aliento hasta que me encontré sentado en uno de los baos de gavia.

Á la rapidez con que obré debí mi salvación; la daga había golpeado á

medio pie de distancia, debajo de mí, mientras mi trabajo de ascensión

iba en proceso; pero al último, allí estaba Israel Hands, con la boca

abierta y con la cara vuelta á mí, en una actitud que me hacía verle

como la perfecta estatua de la sorpresa y la contrariedad.

Comprendiendo entonces que podía disponer de algunos instantes, no los

desperdicié, sino que al punto cambié el cebo de mi pistola, y ya con

una lista para servicio, doblé las seguridades de mi defensa cargando de

nuevo y cebando con igual cuidado la otra.

Aquella nueva operación mía impresionó á Hands en un alto grado;

comenzaba á ver que el juego se le volvía en contra y así fué que,

después de una corta vacilación, saltó él también pesadamente sobre los

obenques, y poniéndose la daga entre los dientes para dejarse las manos

libres, comenzó una ascensión lenta y penosa para él. Bastante tiempo y

quejidos le costaba el arrastrar consigo aquella pierna herida, así es

que tuve tiempo suficiente para concluir mis aprestos de defensa antes

de que él hubiera avanzado siquiera un tercio del camino que tenía que

recorrer. Empuñé entonces una pistola en cada mano y apuntándole con

ellas le dije:

--Un paso más hacia acá, amigo Hands, y le vuelo á Vd. la tapa de los

sesos. Ya he aprendido de Vd. aquello de que "los muertos no muerden,"

añadí con una entonación de burla.

Como por encanto se detuvo en su marcha. Ví por el movimiento de su

rostro que estaba tratando de pensar, pero en aquel cerebro estúpido

pensar era un procedimiento tan lento y laborioso que, sintiéndome muy

seguro, no pude evitar el reirme de él con todas mis ganas. Por último,

no sin tragar una ó dos veces, habló, conservando en su semblante las

mismas señales de perplejidad. Para poder hablar había tenido que

quitarse la daga de la boca, pero en todo lo demás permanecía sin

cambiar de actitud.

--Jim, díjome; confieso que hemos andado haciendo tonteras tanto Vd.

como yo, sí señor. Es preciso que hagamos las paces. Yo le hubiera

cogido á Vd. con toda seguridad á no ser por esa barrera en que se ha

colado. Pero no tengo suerte, amigo, ¡digo que no! Se me figura, pues,

que tengo que rendirme, lo cual es cosa dura, ya lo entiende Vd., para

un marino viejo, tratándose de capitular con un chicuelillo como Vd.,

Jim.

Estaba yo gozándome en esas palabras y sintiéndome allí tan satisfecho y

orgulloso como un gallo sobre una pared, cuando en un instante casi

inapreciable ví que echaba hacia atrás la mano derecha y que la

levantaba de nuevo sobre el hombro. Algo como una flecha silbó en el

viento, experimenté un golpe horrible, un tormento agudo y me sentí

clavado contra el mástil por el hombro. En la espantosa sorpresa y dolor

indecible de aquel momento, no sabré decir si fué con mi voluntad ó, lo

que es más probable, con un movimiento inconsciente, y sin hacer

puntería alguna, pero el hecho es que mis dos pistolas dieron fuego, se

me escaparon de las manos y cayeron sobre cubierta. Empero no fueron

ellas las únicas que cayeron. Con el impulso que hizo su brazo derecho

para lanzar la daga, el timonel relajó la presión de su mano izquierda

sobre el obenque y, no sin lanzar un espantoso grito de terror, cayó de

cabeza adentro del agua.

[Illustration]

CAPÍTULO XXVII

"¡PIEZAS DE Á OCHO!"

Debido á la gran inclinación en que había quedado la goleta, los

mástiles se veían suspensos en gran parte encima del agua; así es que,

desde mi asiento en el bao de las gavias, yo no veía debajo de mí sino

la superficie de la bahía. Hands, que todavía no iba tan alto, estaba,

en consecuencia, más cerca del buque, y su caída se efectuó pasando su

cuerpo entre mí y la balaustra. Por una vez le ví alzarse á flor de agua

en una mezcla de espuma y sangre y luego se hundió de nuevo para no

reaparecer más á flote. Tan luego como el agua se serenó pude verle

tendido sobre la limpia y brillante arena del fondo, y como protegido

por la sombra que los costados del buque arrojaban sobre el agua. Uno ó

dos peces azotaron su cuerpo al paso. Una vez ú otra con el ondear del

agua parecía como si se moviera un poco, como si estuviese tratando de

levantarse. Pero bien muerto estaba para tales maniobras, habiéndole

herido una de mis balas y ahogádose en seguida, por lo cual en poco

tiempo ya no fué sino alimento de peces en el mismo sitio en que había

meditado acabar conmigo.

No bien estuve seguro de esto cuando comencé á sentirme enfermo,

desfallecido, terrificado. Mi sangre caliente corría copiosamente sobre

el pecho y la espalda. En el lugar en que la daga me había clavado al

mástil, la sentía yo arder como si fuera un hierro candente. Y sin

embargo, por grande que fuese ese sufrimiento no era él lo que más me

acongojaba, pareciéndome que podría muy bien sufrirlo sin quejarme: lo

que me enloquecía era el horror que me inspiraba la idea de que podía de

un momento á otro desprenderme del bao y caer en el agua, todavía mal

sosegada, junto al cadáver del timonel.

Me así al mástil con ambas manos, con tal fuerza que las uñas me

punzaban, y cerré los ojos como para no ver el peligro que corría.

Gradualmente, empero, mi ánimo volvió, mis pulsos agitados se aquietaron

un poco y una vez más me sentí en posesión de mí mismo.

Mi primer pensamiento fué sacar la daga, pero ó estaba muy adherida, ó

mi fuerza no era suficiente, por lo cual desistí con un violento

estremecimiento. ¡Cosa extraña! aquel estremecimiento hizo lo que yo no

pude hacer. El puñal, en resumidas cuentas, había venido muy á punto de

errar el golpe; tan á punto que apenas me había cogido la piel, por lo

cual la convulsión aquella bastó para sacar el arma de la herida. La

sangre se escapaba más de prisa, esto era evidente, pero en cambio yo

era de nuevo dueño de mí mismo y sólo quedaba clavado al mástil por el

saco y la camisa.

Con una sacudida violenta desprendí estos últimos y acto continuo bajé

sobre cubierta por los obenques de estribor. Por nada en el mundo me

habría atrevido, conmovido como estaba, á bajar por los mismos obenques

por donde subí, desde los cuales Hands había caído directamente al

agua.

Bajéme en el acto á la cámara y arreglé mi herida como Dios me dió á

entender; sentía á causa de ella un dolor bastante agudo y todavía

sangraba en abundancia, pero no era ni profunda ni peligrosa, ni sentí

que me embargara el libre movimiento de mi brazo. Eché luego una ojeada

en mi derredor, y bien convencido ya de que el buque, en cierto sentido,

era ya enteramente mío, comencé á pensar en desembarazarlo de su último

pasajero, ó sea del cadáver de O'Brien.

Este había caído recargado, á causa de la sacudida del buque, contra la

balaustrada, quedando en pie y en una posición horrible, parecida un

tanto á la de un vivo, pero bien diverso de un cuerpo con vida en el

color y en el donaire, ¡oh! ¡bien diferente! En aquella postura me era

muy fácil encontrar el medio de realizar lo que yo quería, y como ya la

costumbre de las aventuras trágicas había concluído por hacerme perder

todo miedo á los cadáveres, cogí aquel por la cintura como si hubiera

sido un saco de salvado y haciendo un buen esfuerzo lo arrojé al agua.

La víctima de Hands cayó al mar con un sonoro chapuzón; y el gorro

encarnado salió á flote y quedó nadando sobre la superficie. No bien la

agitación del agua se hubo calmado, pude ver al horrible muerto yaciendo

sobre el cuerpo del timonel y ambos meciéndose suavemente con el meneo

del manso fondo de la bahía. O'Brien, aunque todavía bastante joven, era

en extremo calvo, y yo veía muy bien aquella su cabeza desnuda

descansando sobre las rodillas del hombre que lo había asesinado, en

tanto que, rápidos y nerviosos, los peces pasaban azotando aquellas

masas inertes.

Solo ya, solo enteramente, estaba sobre la goleta; la marea había

vuelto y el sol estaba á tan pocos grados de su ocaso que las sombras de

los pinos de la costa occidental comenzaban ya á cruzar la anchura del

fondeadero y á caer sobre la cubierta de _La Española_. La brisa

vespertina se había desatado, y aun cuando muy á cubierto con la colina

de los dos picos hacia el Este, las jarcias empezaban ya á silbar un

poco, y las sueltas lonas á azotar de un lado para otro.

Comencé entonces á temer algún peligro para el buque: arrié los foques á

toda prisa y los eché, sin gran trabajo, sobre cubierta; pero en cuanto

á la vela mayor, esta era ya materia mucho más difícil. Por supuesto que

al ladearse el navío, el botalón se había colgado hacia afuera, al

extremo de que su remate y uno ó dos pies de la vela colgaban sumergidos

en el agua. Me pareció que esta circunstancia lo hacía todavía mucho más

peligroso, y añádase aún que la compresión era tan fuerte que medio

temía yo hacer algo en el asunto. Por último me resolví; saqué mi navaja

y corté la cuerda de la verga. El peñol se abatió instantáneamente y una

gran curva de lona, ya suelta, flotó esparcida sobre el agua; desde

aquel momento, abatido como lo deseaba, ya no me era posible menear la

cargadera: esto era todo cuanto estaba en mi poder ejecutar. Por lo

demás, _La Española_ debía confiar, como yo mismo, en nuestra buena

estrella.

Entre tanto, toda la bahía estaba ya sumergida en la sombra del pinar:

recuerdo que los últimos rayos del sol acababan de penetrar por un

pequeño claro del boscaje y habían brillado como joyas resplandecientes

sobre la diadema de flores de aquel destrozado casco de navío, con sus

arbustos, líquenes y musgos marinos. El fresco era ya penetrante, la

bajamar iba rápidamente hacia afuera del ancladero, y la goleta quedaba

más y más á cada momento descansando sobre las extremidades de los baos.

Subí en cuatro pies en dirección de proa y lancé una ojeada en torno

mío. Me convencí de que el fondo de agua que quedaba era insignificante

y así fué que, cogiéndome con ambas manos á la cortada guindaleza, por

una última precaución, me dejé deslizar suavemente hacia afuera del

buque. El agua apenas me cubría las piernas, la arena era firme,

cubierta con las ondulantes acentuaciones de la agitación suave de las

aguas, por lo cual salí por fin á tierra, lleno de alegría, dejando á

_La Española_ recostada sobre sí misma, con su vela mayor bañándose

ampliamente sobre la superficie de las olas. En aquel mismo instante el

sol se ponía definitivamente en Occidente y la brisa murmuraba

suavemente en el crepúsculo, jugueteando entre los ondulantes pinos.

Por último, y á lo menos, me veía fuera del mar y no tornaba, por

cierto, con las manos vacías. Allí estaba la goleta, libre al fin de

todo pirata, y lista para que nuestros hombres la tripularan una vez más

y se hicieran á la mar de nuevo. Nada, por consiguiente, estaba más en

mis intenciones que el volver, á casa como quien dice, esto es, á la

estacada, y contar allí con orgullo mis hazañas y aventuras. No sería

extraño que se me riñera un poco por mi truhanería, pero el haber

recapturado _La Española_ era una elocuente y significativa respuesta

que, lo aguardaba así, obligaría al Capitán Smollet á confesar que no

había yo perdido el tiempo.

Raciocinando de este modo, y con el ánimo levantado en gran manera,

púseme en camino de lo que he llamado mi casa, que era el reducto en

que estaban mis compañeros. Me acordaba bien que el más oriental de los

ríos que desembocan en la bahía del Capitán Kidd, corría desde la

montaña de los dos picos, sobre mi izquierda, por lo cual enderecé el

rumbo en aquella dirección, seguro de poder cruzar el río en el punto en

que era aún angosto. El bosque no era nada espeso y siguiendo, sin

desviarme, la línea más baja de la falda del cerro, pronto había

volteado su extremidad y no mucho rato después ya había vadeado, con el

agua sólo á media pierna, la corriente del río.

Esto me puso muy cerca del punto en que encontré á Ben Gunn, el hombre

_aislado_ y, por lo mismo, mi marcha fué ya más circunspecta teniendo

siempre un ojo abierto para cada lado. La luz del crepúsculo iba ya

cediendo el campo á las grandes sombras de la noche, y no bien hube

franqueado el espacio necesario para poder ver entre la abertura que

forman los dos picos, llegó hasta mi vista la ondulante claridad de un

fuego que se destacaba sobre el fondo del horizonte. Supuse que el

hombre de la isla estaba allí cocinando su cena al resplandor de una

clara y alegre hoguera. Pero no dejaba de maravillarme que tan sin

cuidado ni precaución alguna se mostrara, porque si yo veía aquel fulgor

¿no era probable que también llegara hasta los ojos de Silver en su

campamento de la playa, entre los marjales?

Gradualmente la noche había llegado más y más negra; y en las tinieblas

que me envolvían, lo único que yo podía hacer era guiarme, y eso no muy

seguramente, hacia mi destino, teniendo á mi espalda la doble cima de la

altura, y á mi derecha la mole del "Vigía" que cada momento se

desvanecían más y más en los nimbos de la oscuridad. Las estrellas eran

escasas y pálidas y en el terreno bajo que yo recorría me era imposible

evitar el enredarme al paso con zarzas y matorrales ó caer en

sinuosidades arenosas.

De pronto cierta claridad inesperada cayó cerca de mí. Alcé la vista; el

vislumbre pálido de los rayos lunares se dilataba sobre la cima del

"Vigía," y muy poco después ví algo como un globo de plata alzándose

lentamente de sobre las copas de la arboleda: era la luna que salía.

Con esta ayuda pude ya franquear más fácilmente lo que me faltaba de

andar, y á veces marcando á paso natural, á veces corriendo, me acercaba

á cada momento más y más á la estacada. Sin embargo, como ya me

encontraba en el bosque que limita la fortaleza, no me pareció tan fuera

de propósito el moderar mi paso y marchar con bastante precaución, pues

cierto que hubiera sido un triste fin de mis aventuras el verme

atravesado por la bala de un centinela de nuestro campo que hiciera

fuego sobre mí, sin conocerme.

La luna se alzaba más y más alto; su luz se desparramaba ya aquí y

acullá sobre los espacios que la arboleda del bosque dejaba limpios, y,

cosa extraña, frente á mí apareció un resplandor de tinte diferente,

entre los pinos. Aquel brillo era rojo y ardiente, pero de vez en cuando

se oscurecía, como si fuera un brasero sofocado de tiempo en tiempo por

la humareda.

Por vida mía que no podía yo atinar con lo que aquello pudiera ser.

Pero al fin y al cabo llegué á los límites de la parte desarbolada. La

extremidad occidental estaba á la sazón inundada con la claridad del

astro de la noche; pero la parte restante lo mismo que el reducto

todavía quedaban envueltos en la sombra, si bien con una que otra lista

de luz que lograba caer allí á través de la masa espesa del follaje. Al

otro extremo de la casa una inmensa hoguera había ardido hasta tornarse

en rescoldo puro, y su reverbero acentuadamente rojo contrastaba en gran

manera con la dulce palidez de la luna. Empero no había por todo aquello

un alma que se moviera, ni el menor ruido interrumpía la cadencia suave

y monótona del soplo de la brisa.

Me detuve presa de la más grande extrañeza, y quizás con algo de terror

en mi corazón. No había sido costumbre nuestra, por cierto, el encender

grandes lumbradas, pues precisamente una de las órdenes más terminantes

del Capitán era que economizáramos la leña, por lo cual comencé á temer

que algo malo había sucedido allí durante mi ausencia.

Me deslicé con cautela dando vuelta por la esquina oriental,

manteniéndome resguardado en la oscuridad, y en el lugar que juzgué más

á propósito por ser la sombra más espesa salvé resueltamente la

empalizada.

Para aumentar mis seguridades me puse á recorrer el trayecto que me

separaba del ángulo del reducto, andando sobre las rodillas y las manos,

sin hacer el más pequeño ruido. Cuando ya estuve bastante cerca, mi

corazón se dilató con una expansión de gozo indecible. Lo que la causaba

no era un rumor que pueda llamarse, de por sí, agradable en manera

alguna, y aún recuerdo haberme quejado de él en más de una ocasión; pero

en aquella lo percibí como si hubiera sido el eco de una música

deliciosa. ¿Qué era ello? ¡Ah! nada menos que el concierto sonoro de

los ronquidos de mis amigos, durmiendo todos apaciblemente. El grito del

centinela nocturno de á bordo que nos anunciaba á las altas horas "¡todo

va bien!" jamás sonó más agradablemente á mi oído.

Por lo pronto, en lo que no cabía la menor duda era en que en mi campo

la vigilancia era de todo punto detestable. Si Silver y sus hombres

fueran en aquel instante los que estuvieran cayendo sobre mis amigos, de

seguro que ni uno solo vería levantarse la luz del nuevo día. Eso era lo

que influía, pensé yo, el tener al Capitán herido; raciocinio que me

hizo reprocharme una vez más el haberlos dejado en aquella situación

peligrosa, con tan pocas personas hábiles para montar la guardia.

Á la sazón ya había llegado á la entrada y estaba allí, de pie. Todo era

oscuridad adentro y mis ojos no podían distinguir nada en la densa

tiniebla de aquel recinto. En cuanto á oir, ya se comprenderá que en

aquel punto era, para mí, mucho más distinta y perceptible la música de

los ronquidos. Á ella se añadía, aunque fuese del todo insignificante,

un ruido ligero como de alas ó picoteo casi imperceptible.

Con las manos hacia adelante avancé resueltamente al interior. Mi

intento fué acostarme en mi lugar de costumbre, y, añadí riendo para mis

adentros, ¡cómo me voy á divertir viendo las caras que ponen mañana

cuando me vayan viendo!

Mi pie tropezó con algo que cedía á mi paso: era la pierna de uno de

aquellos descuidados dormilones que, á mi contacto, no hizo más que

murmurar y volverse del otro lado; pero sin despertar.

Pero en aquel instante, y como partiendo del rincón más oscuro de la

pieza, una voz chillona y aguda prorrumpió desaforadamente:

--¡Piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á

ocho! ¡piezas de á ocho! ¡piezas de á ocho!... y continuaba así

incansable y sin respiración como una carraca.

¡Aquel era _Capitán Flint_, el loro verde de Silver!

Él era el que producía el rumor ligero que yo escuché, picoteando una

corteza de los maderos del muro.

Él era el que, ejerciendo una vigilancia mucho mejor que la de una

criatura humana, acababa de anunciar mi llegada con su incansable

refrán.

No tuve el tiempo siquiera indispensable para recobrarme. Al grito agudo

y penetrante del loro todos los roncadores se despertaron y se pusieron

en pie, escuchándose al punto la voz imponente de Silver que, con el

acompañamiento obligado de una insolencia, gritó:

--¿Quién va?

Me volví para correr, pero dí contra una persona; híceme á un lado para

buscar nuevo camino y caí en los brazos de otra que, por su parte me

estrechó violentamente teniéndome bien apretado.

--Trae una antorcha, Dick; dijo Silver cuando mi apresamiento estaba

asegurado.

Entonces uno de aquellos hombres salió del reducto y momentos después

volvió con un hachón encendido.

[Illustration]

[Illustration]

PARTE VI

_EL CAPITÁN SILVER_

CAPÍTULO XXVIII

EL CAMPO ENEMIGO

La claridad rojiza de la antorcha iluminando el interior de la cabaña,

me hizo ver que, cuanto de malo pude imaginar en aquellos momentos era,

por desgracia, demasiado cierto. Los piratas estaban en posesión del

reducto y de las provisiones: allí estaba la barriquilla de _cognac_;

allí las carnes saladas y los bizcochos como antes de mi ausencia y,

cosa que acrecentó infinitamente mi terror, ni la menor señal de un

prisionero. No era posible pensar otra cosa sino que todos habían

perecido y mi corazón se sintió angustiosamente oprimido al pensar que

yo no había estado allí para perecer con ellos.

Seis de los piratas quedaban allí únicamente: ni uno más sobrevivía.

Cinco estaban en pie, colorados, soñolientos y mal humorados por haberse

tenido que arrancar al sopor de la embriaguez. El sexto se había medio

incorporado nada más, sobre uno de los codos; estaba mortalmente pálido,

y el ensangrentado vendaje que rodeaba su cabeza daba á entender que

aquel hombre había sido recientemente herido, y aun más recientemente

curado. Recordé entonces al hombre que en el ataque de la estacada había

sido herido y escapádose por el bosque, y no me cupo duda de que éste

era el mismo.

El loro había saltado sobre el hombro de su amo, peinando y componiendo

su plumaje. En cuanto á Silver me pareció más pálido, y como más severo

que de ordinario. Todavía llevaba puesto el hermoso traje de paño que se

endosó el día de las conferencias, sólo que ahora estaba en extremo

manchado de arcilla y con bastantes desgarrones causados por las

espinosas zarzas de los bosques.

--¡El diablo me ayude!, exclamó. ¡Vaya una sorpresa! Conque aquí tenemos

á Jim Hawkins, entrando, así, como quien dice, sin cumplimientos, ¿eh?

¡Sea enhora buena! ¡Recibámosle como amigos!

Dicho esto se sentó sobre la barriquilla del _cognac_ y dió trazas de

componer y llenar su pipa.

--Dick, presta acá tu eslabón y tu yesca por un momento, dijo.

Y cuando ya tenía una buena lumbre, añadió:

--¡Esto te saldrá bien, chiquillo! Veamos, Dick, encaja esa antorcha en

el montón de la leña. Y Vds., amigos, pueden sentarse, no hay necesidad

de estarse allí de pie. El _Señor_ Hawkins los dispensará á Vds., no les

quepa duda. Conque sí, amigo Jim, aquí estás tú. ¡Qué sorpresa más grata

para tu viejo John! Yo siempre he dicho que tú eras vivo como un

zancudo, desde que te puse el ojo encima; pero la verdad, chico, esto le

saca el pie adelante á todos mis pronósticos!

La isla del tesoro · 第 15 / 20 段