caballo mañoso, y las velas hinchándose, ya sobre una amura ya sobre la
otra, y el botalón colgando y golpeando, hasta que el mástil pareció
quejarse al esfuerzo de aquellos violentos tirones. De vez en cuando
también una rociada de espuma cubría la balaustra y el buque daba un
fuerte golpe por la proa contra las hinchazones del agua en aquel mar de
leva. Convertíase éste en un temporal mucho más violento para un navío
de alto bordo como _La Española_, que lo era para mi caserito _coracle_
que á aquellas horas yacía ya en el fondo del océano. Á cada salto de la
goleta Gorro Encarnado se resbalaba de aquí para allí, pero ¡cosa
horrible! ni su actitud cambiaba, ni sus apretados dientes, asomando por
entre sus abiertos labios, se ocultaban por algún movimiento de
éstos, en aquel brusco traqueteo. Á cada brinco, también Hands aparecía
irse como sumiendo más y más, deslizándose sobre el piso de cubierta,
avanzando sus pies hacia el lado de proa y la caja del cuerpo
inclinándose hacia popa, de tal suerte que su cara se me fué ocultando
gradualmente hasta que concluí por no ver nada de ella, excepto la oreja
y una de las sortijas de la patilla.
[Illustration: "Marché resueltamente á popa y grité con un acento
irónico:--¡Hola, amigo Hands,..."]
Al mismo tiempo observé, en derredor de ambos, charcos de sangre
negruzca sobre las tarimas, y comencé á abrigar la certeza de que
aquellos hombres se habían dado la muerte mutuamente en su querella de
borrachos.
Todavía contemplaba aquel espectáculo sin volver en mí de la sorpresa,
cuando, en un momento de calma y antes de que el buque se meneara,
Israel Hands se medio volteó y con un quejido vago se enderezó
penosamente hasta colocarse en la posición en que primero le ví. Aquel
quejido que acusaba, al mismo tiempo, dolor y debilidad mortal, y el
aspecto que presentaba su quijada caida, me inspiraron de pronto una
compasión inmensa. Pero al pronto recordé las palabras que oí en boca de
aquel malvado, desde el barril de las manzanas, y todo sentimiento de
piedad desapareció de mi corazón.
Marché resueltamente á popa y grité con un acento irónico:
--¡Hola, amigo Hands, venga Vd. á bordo!
Paseó penosamente la mirada en torno suyo, pero su trastorno y
decaimiento eran tales que no cabía la sorpresa en su ánimo á aquellas
horas. Lo más que hizo fué dejar escapar esta palabra única:
--¡Aguardiente!...
Me ocurrió entonces que no debía perder un solo instante, y así fué que,
esquivando el botalón que aún seguía golpeando como antes, marché á popa
y bajé á la cámara por la escalera de la carroza.
La escena de confusión y desorden que allí presencié era indescriptible.
Todos los armarios y muebles con cerraduras de llaves habían sido rotos
para buscar la carta de Flint. El piso estaba saturado de lodo sobre el
cual los rufianes aquellos se habían sentado á beber y á consultar,
después de embriagarse en el marjal en torno de su hoguera. Las
mamparas, cuyo color era blanco mate con franjas de oro, mostraban en
toda su extensión las huellas de manos inmundas. Docenas de botellas
vacías chocaban entre sí por los rincones ó rodaban con el movimiento de
la goleta. Uno de los libros de medicina del Doctor estaba allí, abierto
sobre la mesa, con un buen número de hojas arrancadas, de seguro para
usarlas en encender las pipas con ellas. Y en medio de todo aquello la
humeante lámpara enviaba aún su resplandor, pálido, casi tan oscuro como
la sombra misma.
Bajé á la bodega: los barriles todos habían ya concluído, y en cuanto á
las botellas era sorprendente el número de ellas que habían sido
vaciadas y tiradas luego. Era evidente que desde que el motín comenzó ni
uno solo de aquellos hombres había estado en su juicio.
Registrando aquí y allá me encontré una botella con un poco de _cognac_
para Hands. Para mí, tomé algunos bizcochos, frutas en vinagre, un gran
racimo de uvas y una tajada de queso. Con estas provisiones me presenté
de nuevo sobre cubierta, coloqué mi parte á salvo, tras la cabeza del
timón, fuera del alcance del timonel, avancé á proa en donde se
guardaba el agua, sacié allí mi sed concienzudamente y entonces, y sólo
hasta entonces, fuí á Hands para darle su _cognac_.
Yo creo que debe haber bebido un cuarto de litro por lo menos antes de
que hubiera apartado la botella de sus labios. Entonces dijo:
--¡Ah! ¡voto al infierno! ¡un poco de ésto era lo que yo quería!
Oído aquello me senté tranquilamente en el lugar que había escogido y
comencé á regalarme el paladar con aquel inesperado almuerzo.
--¿Se siente Vd. muy mal?, le pregunté.
--Si aquel Doctor estuviera á bordo--contestó con una voz mitad gruñido
mitad ladrido--si él estuviera aquí, yo estaría sano en dos patadas.
Pero, ¡el demonio y su cola! yo no tengo suerte... ¡de veras no, no!...
y eso, y no más eso es lo que me pasa. Por lo que hace al "agua-dulce"
ese, ya _se enfrió_ de esta hecha, añadió señalando con el dedo al
hombre del birrete rojo. Bueno, ¿y qué?... ¡al cabo que ése ni era
marino, ni nada!... ¡Vamos!... y ahora que caigo... tú ¿de dónde has
brotado aquí?
--Amigo, le contesté, he venido á bordo á tomar posesión de este buque,
y así es que, hasta nuevas órdenes, se servirá Vd. considerarme como su
Capitán.
Al oir esto me miró de una manera demasiado agria, pero no contestó
palabra. Algo de su color natural había vuelto á sus mejillas, si bien
continuaba con una gran apariencia de enfermedad y aún proseguía
resbalándose y volteando, según que el buque se iba para un lado ó para
otro.
--Por lo pronto, amigo Hands, continué yo, no me place ver esta bandera
izada en el tope de mis mástiles; así es que, con su permiso, procedo á
arriarla acto continuo. De eso á nada, prefiero nada.
Esquivando de nuevo los golpes del botalón, fuíme derecho á las
correderas del pabellón, tiré de ellas hacia abajo, abatiendo la
pirática bandera negra, y no bien la tuve entre mis manos, la arrojé al
mar resueltamente.
--¡Viva el Rey!, grité entonces agitando en el aire mi birrete. ¡Ha
concluído aquí el Capitán Silver!
Hands continuó observándome con cierto aire mordaz, aunque á
hurtadillas, sin levantar, empero, la barba que seguía apoyada sobre el
pecho. Un rato después añadió:
--Me parece, Capitán Hawkins, que tendrá Vd. necesidad de alguna ayuda
para bajar á tierra, ¿no es verdad? ¿Pues qué le parecería á Vd. que nos
entendiéramos?
--Me parece, muy bien, amigo Hands; con toda mi alma: hable Vd.
Y diciendo esto me entregué de nuevo á mi comida con el mayor apetito.
--Ese hombre, comenzó el timonel apuntando débilmente al cadáver, según
entiendo, se llamaba O'Brien y era un rematado irlandés; ese hombre,
como decía, y yo, desplegamos las velas con el objeto de llevarnos la
goleta á su lugar otra vez. ¡Pero ahora, qué! ahora ya se _enfrió_, y
está allí tan tirante como un pantoque, por lo cual lo que yo digo es
que quién va ahora á gobernar el buque: eso es lo que yo no veo. Si yo
no le doy á Vd. mi ayuda, no es Vd. el que podrá llevar la goleta, ó
nada entiendo yo de goletas ni de marina. Bueno; pues la cosa es esta:
Vd. me asegura mi comida y mi bebida, y una corbata vieja ó cualquiera
cosa para vendar mi herida y yo le diré cómo se ha de llevar el buque.
Me parece que no puede ser más redondo el negocio que propongo.
--Le diré á Vd. una cosa, Maese Hands, prorrumpí yo; mi intención no es
volver _La Española_ á su antiguo ancladero, sino llevarla á la bahía
del Norte y acercarla allí á la playa tranquilamente.
--Bueno, ya lo entiendo, gritó Hands. Me parece que yo no soy un haragán
tan endemoniado, después de todo. Yo bien sé entender las cosas como
son, ¡digo que sí! Yo ya traté de sacar el pie adelante y no pude: pues
ahora le toca á Vd. Capitán Hawkins. Vd. ha ganado la partida. ¿Conque á
la Bahía del Norte? Pues vamos á ella; yo no tengo que andar escogiendo,
¡digo que no! Le ayudaré á Vd. á llevar el buque, aunque vayamos á
fondear á la Playa de los Ajusticiados. ¡Por cien mil diablos que sí!
Me pareció que aquel hombre no iba muy desatinado en su resolución.
Cerramos nuestro trato en el acto mismo y, á los tres minutos, _La
Española_ ceñía gallardamente el viento á lo largo de la costa de la
isla con muy buenas esperanzas de voltear la punta Norte á eso de medio
día y de bajar de nuevo en dirección de la Bahía antes de la pleamar, á
fin de poder, á ese tiempo, orillarla en punto seguro y aguardar hasta
que el reflujo nos permitiera bajar á tierra.
Abandoné, entonces, por algún rato la caña del timón y bajé á la cámara
para buscar en mi maleta de á bordo una suave mascada de mi madre, con
la cual, y con mi ayuda personal, Hands se vendó una gran herida que
había recibido en el muslo y que todavía le sangraba. Con este alivio y
después de haber comido un poco y dar un trago ó dos más de _cognac_, el
timonel comenzó á reanimarse muy visiblemente, se sentó ya derecho,
habló más claro y más alto, y, en una palabra, parecía otro hombre
positivamente.
La brisa nos ayudó de una manera admirable. _La Española_ se deslizaba
ante ella con la ligereza de un pájaro; la costa de la isla corría, en
apariencia, á nuestro lado, y á cada momento cambiaba la decoración que
se presentaba á nuestra vista. Muy pronto dejamos atrás los terrenos
altos y bordeando por una costa baja y arenosa sembrada de un pinar no
muy espeso, que antes de mucho dejamos también á nuestra espalda,
volteamos, al fin, la punta de la escabrosa montaña que limita la isla
por el Norte.
Sentíame yo sobre manera engreído con mi nuevo carácter de Capitán de
buque, y no menos contento con el tiempo claro y favorable que hacía, al
par que con el variado panorama que mis ojos iban gozando sobre las
costas. Tenía á la sazón agua suficiente, excelente comida, y por no
dejar, mi conciencia, que no había cesado de remorderme por mi
deserción, estaba ya harto sosegada pensando en la gran conquista que
había hecho. Me había parecido que no me quedaba cosa alguna que desear,
á no ser por los ojos del timonel que me seguían en todas mis maniobras
con una mirada burlona, y por la sonrisa extraña que aparecía en sus
labios incesantemente. Era aquella una sonrisa que llevaba en sí una
mezcla de dolor y de maldad, huraña sonrisa de viejo, montaraz y
agreste. Pero, además de eso, su semblante dejaba traslucir una
expresión de escarnio, una sombra de no sé qué traidores pensamientos
que bullían en su cabeza, pues, mientras yo trabajaba, él, con su mañoso
disimulo, espiaba, y espiaba y espiaba sin cesar.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXVI
ISRAEL HANDS
El viento, que parecía servirnos al pensamiento, cambió al Oeste. Esto
facilitó muchísimo nuestro curso, de la punta Noreste de la isla hacia
la embocadura de la Bahía septentrional. Sólo que, como no nos era
posible anclar, y no nos atrevíamos á orillarnos hasta que el reflujo
hubiera bajado bien, nos encontramos con tiempo de sobra. El timonel me
dijo lo que debía hacer para poner el buque á la capa; después de dos ó
tres ensayos desgraciados logré el objeto, y entonces los dos nos
sentamos en silencio á tomar una nueva comida.
Hands fué el primero que rompió el silencio diciéndome con su mofadora y
sardónica sonrisilla:
--Oiga Vd., Capitán. Aquí está rodándose de un lado para otro mi viejo
camarada O'Brien. ¿No le parece á Vd. que sería bueno que lo echara Vd.
á los pescados? Yo no soy muy delicado ni muy escrupuloso, por lo
regular, ni me pica la conciencia por haberle cortado las ganas de hacer
conmigo un picadillo; pero, al mismo tiempo, no me parece que ese trozo
sea un adorno muy bonito, ¿Qué dice Vd. de eso?
--Digo, le contesté, que ni tengo la fuerza suficiente para hacer eso,
ni es de mi gusto semejante tarea. Por lo que á mí hace, que se esté
allí.
--Esta _Española_, Jim, continuó tratando de disimular, es un buque muy
sin fortuna. Ya va una porción de hombres matados en pocos días, una
porción de pobrecillos marineros muertos y desaparecidos desde que Vd. y
yo tomamos pasaje á bordo de ella en Brístol. Nunca en mi perra vida me
he metido en un buque tan de mala suerte. Y si no, aquí está ese pobre
O'Brien; ya también se ha _enfriado_, ¿no es verdad? Bueno; pues lo
único que yo digo es esto: yo no soy ningún estudiante y Vd. es un
chicuelo muy leído y escribido que sabría sacarme de dudas, ¿El que se
muere, se muere para de una vez, ó puede revivir algún día?
--Amigo Hands, le contesté, Vd. puede matar el cuerpo, pero no el
espíritu; esto ya debe Vd. saberlo bien. O'Brien está ahora en otro
mundo desde el cual puede que esté contemplándonos.
--¡Ah!, dijo él. Según ese pensamiento se me figura que matar gentes
viene á ser casi... vamos al decir... como tiempo perdido. Con todo y
eso, y por lo que yo tengo de experiencia, los _espíritus_ no cuentan ya
por mucho en el juego. Yo no les tengo maldito el recelo, Jim. Bueno;
pero por ahora ya ha hablado Vd. como un _dotor_ y creo que no se me
pondrá bravo si le pido que baje otra vez á la cámara y me traiga de
allá... pues... sí... con mil demonios, ¿por qué no?... me traiga una
botella de... de... no puedo atinar el nombre... una botella de vino,
vamos. Este _cognac_, Jim, es muy rasposo ahora y muy fuerte para mi
cabeza.
Ahora bien, la vacilación del timonel me parecía muy poco natural, y en
cuanto á su preferencia del vino sobre el _cognac_ la encontré de todo
punto increíble. Todo aquello me olía simplemente á pretexto. Lo que él
quería era que yo me ausentara de sobre cubierta; esto era claro como la
luz; pero, con qué objeto, esto era lo que yo no me podía imaginar. Sus
ojos esquivaban tenazmente los míos; sus miradas se paseaban de aquí
para allá, de arriba á abajo, ya con una ojeada al cielo, ya con otra de
soslayo al cadáver de O'Brien. Constantemente le veía sonreir ó sacar la
lengua de la manera más llena de embarazo, de suerte que un niño podría
haber conocido que aquel hombre meditaba alguna engañifa. Pronto estuve
con mi respuesta, sin embargo, porque no se me ocultó de qué lado estaba
mi conveniencia y que, además, con un sujeto tan completamente estúpido,
me era muy fácil ocultar mis sospechas hasta el fin.
--¿Quiere Vd. vino?, le dije. Pues nada más fácil. ¿Lo quiere Vd. rojo ó
blanco?
--Pues mire Vd., se me figura que maldita la diferencia, camarada, me
replicó. Con tal de que sea fortalecedor y mucho ¿qué me importa el
color?
--Está bien, le contesté; le traeré á Vd. Oporto, amigo Hands. Pero
tengo que desenterrarlo del fondo de la bodega.
Dicho esto bajé la escalera de la carroza con todo el ruido que pude;
luego me descalcé rápidamente, y corrí por la galería que comunicaba la
cámara con la proa, subí por la escalera de la escotilla y saqué
cautelosamente la cabeza por la carroza de proa. Yo sabía que Hands no
se esperaba verme allí, pero no obstante tomé todas las precauciones
posibles, y en verdad que aquello me sirvió para confirmarme en mis
peores sospechas, que resultaron demasiado exactas.
Hands se había levantado de su posición, primero con las manos, luego
poniéndose de rodillas y después, aunque su pierna le hacía sufrir
agudamente al moverse y aun le oí articular más de un quejido, pudo, sin
embargo, arrastrarse con bastante prontitud sobre cubierta. En medio
minuto ya había llegado á los imbornales de babor y sacó de un rollo de
cuerda, un largo cuchillo, ó más bien, un estoque corto, descolorado y
sucio de sangre hasta la empuñadura. Hands contempló aquella arma por un
momento; hizo un gesto con la quijada inferior, probó la punta sobre la
palma de su mano y en seguida ocultándola apresuradamente en el pecho de
su jubón, se arrastró de nuevo hasta su lugar precedente, contra la
barandilla de popa.
No necesitaba saber más. Israel podía moverse, estaba armado, y si había
manifestado tal empeño en desembarazarse de mí, era claro que tramaba
hacerme víctima de sus maquinaciones. Qué sería lo que hiciera después:
si trataría de arrastrarse á todo lo largo de la isla hasta llegar al
campo de los piratas cerca de los pantanos, ó si intentaría hacer
señales, confiando en que sus camaradas podían llegar más pronto en su
auxilio, eran cosas que, por supuesto, me era imposible adivinar.
Sin embargo, de una cosa me creí seguro, y fué de que nuestro interés
común nos imponía la necesidad de orillar la goleta en un punto bastante
seguro y á cubierto, de manera que, llegada la ocasión, pudiera
ponérsela de nuevo á la mar con el menor trabajo y riesgo posibles.
Hasta lograr esto, consideré que mi vida no correría el menor peligro.
Pero mientras rumiaba estas ideas no había permanecido ocioso. Había
vuelto de nuevo, por el mismo camino, hasta la cámara, me calcé otra vez
apresuradamente, eché mano, al acaso, á la primera botella de vino que
se me presentó, y con ella para servirme de excusa hice mi reaparición
sobre cubierta.
Hands estaba allí, donde lo había dejado, todo encogido y anudado, con
los párpados caídos como si quisiera dar á entender que estaba bastante
débil para que le fuese dable soportar la luz. Sin embargo, al sentir
mis pasos, alzó la vista, rompió el cuello del frasco con la naturalidad
del hombre que está acostumbrado á hacer la misma operación con mucha
frecuencia y dió un gran sorbo con su frase favorita "¡buena suerte!" En
seguida permaneció quieto por algún tiempo, y luego sacando un paquete
de tabaco me rogó que le cortara una tajadilla.
--Córteme Vd. un pedazo de eso, dijo; porque yo no tengo navaja y apenas
me siento con fuerza para menearme. ¡Ah, Jim, Jim, se me figura que
todos mis estayes se han reventado! Córteme un pedacillo, que se me
figura será ya el último, porque mi casco hace agua y creo que sin
remedio me voy á pique.
--Está bien, no me resisto á cortarle á Vd. su tabaco, pero si yo fuera
Vd. y me sintiera mal hasta ese extremo, crea Vd. que lo que haría sería
ponerme á pedir á Dios misericordia, como un buen cristiano.
--¿Por qué?, me preguntó. ¿Quiere Vd. decirme por qué?
--¿Cómo por qué?, exclamé yo. Hace un momento precisamente que me
preguntaba Vd. algo acerca de los que mueren. Vd. ha hecho traición á su
fe. Vd. ha vivido encenagado en el vicio, en la mentira y en la sangre.
Vd. tiene aún allí, rodando junto á sus pies, el cadáver de un hombre á
quien ha asesinado hace pocos instantes, ¿y todavía me pregunta Vd. por
qué?... ¡Pues por eso, amigo Hands, por todo eso!
Mi palabra llevaba impreso un sello de calor inusitado, gracias á que,
en el fondo, pensaba yo en aquel estilete que el rufián acababa de
ocultar en su jubón y con el cual se proponía dar buena cuenta de mí.
Él, por su parte, me vió, tomó un gran trago de vino y luego dijo con un
tono de solemnidad desusada:
--Durante treinta largos años he recorrido los mares, durante treinta
años he visto bueno y malo, mejor y peor, tiempo hermoso y horrendas
tempestades; víveres escasos á bordo; agua casi agotada, y zafarranchos
y rebeliones, y luchas, y muertes, y abordajes... ¡oh! ¡tantas cosas!...
Pues bien, lo único que no he visto en esos treinta años es que lo bueno
produzca nada bueno. El que pega primero es el afortunado y nada más.
Los muertos no muerden, Jim; esa es mi opinión, esa es mi fe, y así
sea...
Y cambiando instantáneamente de entonación prosiguió:
--Pero vamos allá. Creo que ya hemos perdido bastante el tiempo con esas
tonteras. La bajamar está bastante propicia en este momento. Siga Vd.
mis órdenes, Capitán Hawkins, y pronto atracaremos y estaremos listos
con la goleta.
Dicho y hecho: nos quedaban sólo dos millas escasas que recorrer, pero
la navegación era delicada porque el acceso á esta bahía del Norte no
solamente era estrecho y lleno de bancos de arena, sino que serpeaba de
Este á Oeste, de suerte que el buque tenía que ser listamente
maniobrado para hallar el paso. Creo que fuí, en aquella ocasión, un
subalterno pronto y bueno y estoy seguro también de que Hands era un
excelente piloto, porque el hecho es que pasamos y pasamos, recortando
diestramente los peligros, casi desflorando los arrecifes, con una
seguridad y una limpieza tales que positivamente daban gusto.
Acabábamos apenas de cruzar frente á los peñones de tierra, junto á
nosotros. Las playas de la Bahía Norte estaban tan densamente arboladas
como las del fondeadero del Sur, pero el espacio era más largo y más
estrecho, y más parecido á lo que era realmente, esto es, la
desembocadura de un río. Exactamente junto á nosotros, hacia el extremo
Sur, vimos los restos de un buque en el último período de destrucción.
Se advertía que aquel había sido un gran navío de tres palos, pero había
permanecido tan largo tiempo expuesto á los embates de los elementos,
que se veía orlado aquí y allá por enormes colgajos de algas marinas, y
sobre su cubierta enarenada habían arraigado las ramas de los arbustos
de la playa, que apretados y vigorosos, como si estuviesen en tierra,
florecían allí sin embarazo alguno. Era aquél un espectáculo triste,
pero él nos daba la seguridad de que el fondeadero era perfectamente
tranquilo y seguro.
--Ahora, dijo Hands, allí tenemos ya un banco á propósito para atracar
un buque: arena limpia y plana, jamás un soplo á flor de agua, árboles
en todo el derredor, y un montón de flores reventando en la cáscara de
aquel barco como en un jardín... ¿qué más queremos?
--Bien está, le repliqué, pero una vez atracados ó encallados, ¿cómo
hacemos para poner la goleta á flote otra vez?
--Muy fácil, me contestó. Largas un cabo allá, á la playa opuesta, á la
hora del reflujo, le das una vuelta en torno de uno de los pinos más
gruesos y traes la punta á bordo. Durante el reflujo, allí se está todo
quieto, pero viene la pleamar, lías tu cabo al cabrestante, todos á
bordo se ponen á las barras, dan dos ó tres vueltas y la goleta saldrá á
flote tan dulcemente como por su voluntad. Y ahora, muchacho, pára. Ya
estamos cerca de nuestro banco y vamos demasiado aprisa... Un poco á
estribor... ¡ eso es!... firme... ¡á estribor!... ahora un cuarto á
babor... firme... ¡firme!
Así daba él sus voces de mando, que yo obedecía casi sin tomar aliento,
hasta que, por último, gritó repentinamente:
--¡Bien, muy bien!... ¡Orza!
Obedecí una vez más y con todas mis fuerzas alcé el timón: _La Española_
dió una vuelta rápidamente y con el branque á tierra se deslizó
ligeramente hacia la arbolada playa.
El entusiasmo de éstas últimas maniobras había sido causa de que me
olvidara un poco de espiar atentamente como hasta allí los movimientos
todos del timonel. En aquel mismo instante estaba todavía tan vivamente
interesado en ver al buque tocar tierra, que hasta había olvidado el
peligro que se cernía sobre mi cabeza, y permanecía yo de pie, embobado,
sobre la balaustra de estribor, contemplando los suaves escarceos del
agua que se despeinaban contra la proa y costados de nuestro buque. Pude
haber caído allí, lisa y llanamente, sin un solo esfuerzo para
defenderme, á no ser por una inquietud repentina que se apoderó de mí y
me obligó á volver la cabeza. Tal vez había llegado hasta mí algún
ligero crujido; tal vez de reojo ví su sombra moviéndose hacia mí; tal
vez no fué aquello más que un movimiento instintivo como el de un gato,
pero el caso es que, al volver la cabeza, ví allí á Hands á medio camino
en dirección de mí, con la daga, desnuda ya, en su mano derecha.
Ambos debemos haber lanzado un grito simultáneo cuando nuestros ojos se
encontraron, pero si el mío fué el alarido del terror, el suyo no fué
más que el espantable bramido de un toro salvaje á punto de embestir. En
el mismo instante Hands avanzó hacía mí, y yo salté de lado hacia la
proa. Al ejecutar este movimiento dejé caer la caña del timón que saltó
violentamente á sotavento, y creo que ésto salvó mi vida porque el
madero aquel, golpeó á Hands con fuerza sobre el pecho y lo detuvo, por
un momento, paralizándolo por completo.
Antes de que hubiera podido volver en sí de semejante golpe, yo había
podido ya salirme del rincón en que me había acorralado, y puéstome en
vía de tener toda la cubierta á mi disposición para escabullirme. Á proa
del palo mayor me detuve, saqué una pistola de mi bolsillo, apunté
fríamente, á pesar de que él había ya vuelto sobre sus pasos y se
dirigía una vez más sobre mí; preparé mi arma y oprimí el fiador.... El
martillo cayó, pero no hubo ni relámpago ni detonación: ¡el cebo se
había inutilizado con el agua del mar! No pude menos que condenar mi
negligencia... ¿cómo es que no me había ocurrido, mucho antes, recargar
y cebar de nuevo mis únicas armas? De haberlo hecho así no me hubiera
visto reducido á ser un mero corderillo correteando frente á su
carnicero.