Allá, sobre la playa, distinguíase aún el resplandor de la gran hoguera

del campamento, brillando vigorosa á través de los árboles de la playa.

Alguien de entre los piratas estaba cantando una vieja y monótona

canción marina, con un suspiro y un gorjeo al final de cada verso y, á

lo que parecía, sin terminación posible, sino era la de la paciencia del

cantador. Más de una vez durante la travesía oí esa misma cantinela, de

la cual recordaba estos dos versos:

"_No tornó á bordo sino un hombre vivo,_

_Cuando eran, al zarpar, setenta y cinco._"

Parecióme aquel un estribillo muy dolorosamente adecuado á una

tripulación como la nuestra que acababa de sufrir pérdidas tan crueles

en la mañana misma de ese día. Pero, á la verdad, lo que yo ví por mí

mismo me confirmó en la idea de que aquellos filibusteros eran tan

insensibles como el mar sobre que navegaban.

La ráfaga de brisa que yo esperaba llegó al fin; la goleta se ladeó un

poco y se acercó más á mí, en medio de la oscuridad. Una vez más sentí

que la guindaleza se aflojaba en mi mano y con un bueno aunque penoso

esfuerzo corté las últimas fibras que aún sujetaban á _La Española_.

La acción de la brisa sobre mi navichuelo era casi imperceptible, lo

que no impidió que casi al punto me sentí arrastrado contra la proa de

la goleta. Pero, libre ya de sus ligaduras, _La Española_ comenzó á

girar sobre su propio eje, tornándose con lentitud á través de la

corriente.

Trabajé como una furia, porque á cada instante esperaba verme sumergido,

y tan luego como ví que me era imposible dirigir mi barquichuelo de modo

de salir resueltamente del círculo que describía la goleta, preferí

empujarlo en derechura hacia la popa. Por último me ví libre del alcance

de mi peligrosa vecina, pero en el instante mismo en que imprimía el

último impulso á mi _coracle_ mis manos tropezaron con una cuerda ligera

que la goleta iba arrastrando á popa, de sobre la borda. Rápida é

instintivamente me apoderé de ella.

¿Qué fué lo que dictó ese movimiento? Me sería muy difícil explicarlo:

fué, como antes dije, un acto de mero instinto; pero no bien tuve en mis

manos aquel cabo y me cercioré de que estaba bien sujeto por arriba, la

curiosidad comenzó á sobreponerse en mí á todo otro sentimiento y

determiné satisfacerla, echando una ojeada al interior del buque á

través de la ventanilla de popa.

Fuí avanzando una mano y después otra por la cuerda, y cuando me creí á

buena distancia, no sin un inmenso peligro, me icé cuidadosamente hasta

una altura doble que la elevación de mi cuerpo, poco más ó menos, lo

cual me permitió pasear la vista por el techo y una parte del interior

de la cámara.

Á este punto tanto la goleta como su microscópico apéndice se iban ya

escurriendo con bastante velocidad sobre las aguas y no cabía duda de

que nos hallábamos á la altura del campamento de los piratas. El navío,

como dicen los marineros, iba hablando en voz alta, hollando los

incontables borbollones, con un bamboleo incesante y desordenado. No

bien hube visto á través de la porta, comprendí por qué razón aquel

bamboleo extraño no había provocado alarma alguna en los vigilantes de

la goleta. Una ojeada me bastó para explicármelo, y debo añadir que una

ojeada fué todo lo que me atreví á aventurar, desde aquel inseguro

apoyo. Lo que ví fué que Hands y su compañero estaban allí encerrados

juntos, empeñados en un combate encarnizado, cada uno con la mano echada

á la garganta de su adversario.

Me deslicé otra vez sobre el travesaño de mi esquife, y á fe que ya era

tiempo, pues con un segundo más de dilación habría sido hombre al agua

infaliblemente. No podía ver nada por el momento, á no ser aquellas dos

horribles caras amoratadas por la furia, retorciéndose en gestos

abominables bajo la humeante lámpara: tuve, pues, que cerrar los ojos

para acostumbrarlos de nuevo á la oscuridad por algún rato.

Cuando esto pasaba, la balada aquella cantada en el campamento, que

amenazaba durar eternamente, había concluído ya, y la bien sisada

compañía de piratas, reunida en torno del fuego, prorrumpía á la sazón

en aquel coro que tan conocido me era:

"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,_

_Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_

_El diablo y la bebida hicieron todo el resto,_

_El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"

Precisamente, pensaba yo, á aquella misma hora ¡qué ocupados andaban la

bebida y el diablo en la cámara de _La Española_! En esto sorprendióme

sobremanera sentir que mi esquife zozobraba repentinamente; guiño de

una manera viva y pareció cambiar de dirección. Observé, al mismo

tiempo, que la rapidez de la marcha aumentaba de una manera extraña.

La sacudida me había obligado á abrir los ojos. En todo mi derredor

advertí pequeñas hinchazones del agua que se entumecía acompañada de un

sonido agudo y áspero, y presentaba reflejos fosforescentes. La misma

_Española_, en cuya estela iba yo arrastrado á pocas yardas de

distancia, me pareció que tambaleaba en su curso y que sus mástiles y

cordaje se echaban un poco de lado, contra la negrura de la noche; más

aún: examinando con más atención, no me cupo duda de que la goleta iba

rodando rumbo al Sur.

Dí una rápida ojeada sobre mi hombro y el corazón me dió un vuelco

terrible, presa del espanto. Allí, precisamente á mi espalda se veía el

resplandor de la hoguera del campamento. La corriente había volteado en

ángulo recto, barriendo con ella en su curso rápido, lo mismo al alto

buque que al diminuto y danzarín _coracle_. Y á cada instante su

velocidad aumentaba, y cada vez brotando más altas sus burbujas, cada

vez murmurando más y más recio corría y corría alejándose á través del

estrecho para engolfarse en alta mar.

De repente la goleta que iba á mi frente dió una guiñada violenta,

volteando quizás como unos veinte grados, y casi en el acto se oyeron á

bordo exclamaciones, una tras de otra, y luego el ruido de pasos

precipitados en la escala de la carroza. Era, pues, evidente, que los

dos borrachos se habían dado cuenta, al cabo, del desastre que

interrumpía su querella y los hacía despertar á la realidad.

Me tendí entonces boca abajo en el fondo de mi esquife y de todas veras

encomendé mi alma á Dios, porque creí llegado mi último momento. Tenía

por cosa inevitable que, á la salida del estrecho, deberíamos

embarrancar en algún arrecife ó estrellarnos contra algunas rompientes

enfurecidas, en las cuales todas mis cuitas encontrarían un pronto

término. Pero aun cuando no me asustaba tanto la muerte en sí, me era

imposible ver con serenidad el género de ejecución capital que se

aproximaba por instantes.

En aquella posición debo haber permanecido horas enteras, empujado de

aquí para allá sobre las altas olas, mojado de cuando en cuando por la

espuma que volaba en copos, y creyendo sin cesar que á la primera

sumergida me aguardaba la muerte. Gradualmente la lasitud y el cansancio

se fueron apoderando de mi estropeado cuerpo; luego un entorpecimiento

extraño, un estupor desusado cayeron sobre mí, aun en medio de mis

terrores, hasta que el sueño llegó, por último, y en aquel mi traído y

llevado esquife, dormí, dormí soñando con mi casa y con mi viejo

"_Almirante Benbow_."

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO XXIV

EL VIAJE DEL "CORACLE"

Era ya día claro cuando desperté y me encontré caracoleando sobre las

olas al Sudoeste de la isla. El sol se había ya levantado, pero todavía

estaba, para mí, oculto tras de la gran peña del "Vigía" que, por aquel

lado, casi bajaba hasta el mar en riscos formidables.

El Crestón de Bolina y el Cerro de Mesana estaban, por decirlo así, al

alcance de mi mano: el uno, negro y desnudo; el otro, rodeado de riscos

de cuarenta á cincuenta pies de altura y franjeado con grandes

cantidades de rocas desprendidas. No estaba yo á más de un cuarto de

milla distante de la costa, por lo cual mi primer pensamiento fué remar

y saltar en tierra.

Pero muy luego tuve que desistir de semejante idea. Sobre las rocas

desparramadas en la costa, las olas se desgajaban en mil pedazos,

bramando enfurecidas; un trueno sucedía á otro trueno y una explosión de

espuma á otra explosión, segundo por segundo, lo que me hizo comprender

que, si me aventuraba á aproximarme, ó tendría que perecer estrellándome

contra la escarpada orilla, ó que gastar mi fuerza, tratando de escalar,

en vano, los enhiestos despeñaderos.

Pero no era eso todo. Como queriendo reunirse para arrastrarse juntos

sobre una misma meseta de rocas, ó precipitándose al agua con estrépito

formidable, percibí una multitud de monstruos marinos, colosales,

viscosos, horrendos, que se me figuraron inmensos y blandos caracoles de

dimensiones increíbles. Creo que había allí unos cuarenta ó cincuenta de

ellos, haciendo retumbar los huecos de las rocas con sus espantables

gritos.

Después he sabido que aquellos animales no eran sino focas ó becerros

marinos, enteramente inofensivos. Pero su aparición en aquellos

momentos, añadida á lo escabroso de la playa y á la violencia desusada

con que se rompían las olas sobre ella, acabó por quitarme completamente

toda gana de bajar á tierra en semejante paraje. Más que á desembarcar

allí me sentí dispuesto á morir de hambre en medio del océano, por no

afrontar aquellos peligros.

Pero lo cierto es que tenía en espectativa una oportunidad mucho mejor

de lo que yo suponía. Al Norte del Crestón de Bolina, la tierra ofrece

una larga prolongación que deja, á la hora de la bajamar, una cinta de

arena amarillenta al descubierto. Al Norte de esa cinta, aparece otro

cabo--el _Cabo de la Selva_, según lo marcaba la carta--sepultado

literalmente en una masa de altísimos pinos que bajaban hasta la misma

orilla del mar.

Recordé lo que había dicho Silver acerca de la corriente que se dirige

hacia el Norte, siguiendo en toda su longitud la costa occidental de la

isla, y viendo, por mi posición, que me encontraba yo dentro de aquélla,

preferí dejar á mi espalda el Crestón de Bolina y reservar mi fuerza

para una intentona de desembarque en el Cabo de la Selva, cuyas playas

eran, sin duda, mucho más abordables y seguras.

Había, á la sazón, una gran cantidad de tumefacciones suaves sobre el

mar. El viento, que soplaba manso pero firme, de Sur á Norte, no era

obstáculo sino más bien ayuda para seguir el curso de la corriente y las

oleadas alzaban y abatían sus ondas sin despedazarlas.

Á no haber sido así, es indudable que mucho tiempo hacía que hubiera

perecido; pero yendo como iba, era de maravillar con qué facilidad y

cuán seguramente mi ligero botezuelo cortaba el agua. Con frecuencia,

desde el fondo en que me mantenía aún oculto, me era dable divisar

cerca, muy cerca de mí, una gran cima azul, sobresaliendo de la regala

de la borda. Aquella era una oleada, pero mi _coracle_ no daba más que

un ligero brinco, y listo como un pájaro caía en un instante al otro

lado en la hamaca que formaba el espacio que dividía las dos olas entre

sí.

Comencé entonces á cobrar bríos y me senté para poner á prueba mi

habilidad al remo. Pero el cambio más insignificante en la disposición

del peso, en una cascarita como aquella, produce los resultados más

violentos en su continente y marcha. Así es que, no bien me había movido

para sentarme, haciendo cesar desde luego su suave y acompasado balanceo

anterior, cuando me sentí arrojado directamente hacia abajo, y al sesgo

contra una ola bastante brava cuyo golpe me aturdió, al par que la

espuma, azotando sobre la pequeña proa, se desbarataba contra ella

alzándose casi tan alto como la ola que venía.

Á un mismo tiempo me sentí calado por el agua, y presa del terror, por

lo cual sin más dilación volví á colocarme en la postura que antes

tenía, con lo cual el botecillo pareció enderezarse de nuevo y llevarme

tan suavemente como al principio sobre las crestas de las grandes olas.

Era evidente que había que dejarlo ir á su antojo, sin meterme á

gobernarlo; pero la cuestión era que, á aquel paso ¿qué esperanza me

quedaba de ganar la playa?

Comencé, pues, á sentirme grandemente aterrorizado, pero, no obstante,

no perdí del todo la cabeza. Antes que todo, y procurando moverme lo

menos posible, vacié gradualmente el agua que se me había colado en el

brinco exabrupto de hacía un rato, usando para esta operación mi gorra

marina. Una vez hecho esto volví á echar una nueva ojeada sobre la

regala de la borda y traté de explicarme por qué razón mi _coracle_ se

deslizaba con tanta facilidad á través de las fuertes oleadas.

Advertí entonces que cada ola, en vez de la montaña suave, luciente y

enorme que se ve desde tierra ó desde la cubierta de un navío, no era

sino como una cadena de montañas de tierra firme, erizada de picos hacia

arriba y rodeada de sitios suaves y valles abiertos. Mi botezuelo,

abandonado á sí mismo, volteaba de un lado para otro, se devanaba, por

decirlo así, serpeando por las partes más bajas del agua, evitando

siempre trepar á las cimas ó aventurarse á los declives peligrosos de

aquellas líquidas alturas.

--Sea en hora buena, díjeme á mí mismo. Es claro que debo continuar

tendido en donde estoy y no perturbar el equilibrio, pero también me

parece evidente que, de cuando en cuando, puedo darme trazas, en los

parajes más tranquilos, parar dar una ó dos paladas de remo en dirección

de tierra.

Hícelo como lo pensé. Continué tendido, sobre mis codos en la postura

más espectante del mundo, á la capa, y aprovechando cada oportunidad que

se me presentaba para dar muy dulcemente una remada ó dos á fin de

enderezar la proa hacia la playa.

Era aquél un trabajo lento y fatigoso por demás, y sin embargo me sentía

ganar terreno; tanto que, conforme nos acercábamos al Cabo de la Selva,

si bien veía que no me era dable aún ganar aquella punta, pude notar con

alegría que había ya avanzado como unas cien yardas hacia tierra, al

Este. Muy cerca estaba de ella, en verdad. Ya me era dable distinguir

las frescas y verdegueantes copas de los árboles meciéndose suavemente

juntas al soplo de la brisa y tuve por cosa segura, en consecuencia, que

en el promontorio próximo era ya evidente mi desembarque.

Y á fe que no sería sino muy á tiempo, pues la sed comenzaba á hacerme

sufrir bastante. El resplandor del sol cayendo sobre mi cabeza y sus

rayos quebrándose sobre las olas en mil reflexiones diversas; el agua

del mar que caía y se secaba sobre mi cuerpo cubriendo mis labios con

una capa salobre; todo esto se combinaba para hacer que mi garganta

ardiera y mi cabeza fuera presa de un dolor violento. La vista de los

árboles á tan corta distancia me puso casi fuera de mí con el anhelo

vehemente de desembarcar. Empero la corriente me había arrastrado, antes

de mucho, lejos de la punta, y cuando me encontré de nuevo en mar

abierto, percibí algo que desde luego hizo cambiar la naturaleza de mis

pensamientos.

Precisamente frente á mí, á menos de media milla de distancia, se

aparecía ante mis ojos _La Española_ con sus velas desplegadas. No me

cupo duda de que iba á ser cogido, pero es el caso que la sed me hacía

ya sufrir de tal manera, que no puedo decir si sentía ó me alegraba de

aquella ocurrencia; y debo añadir que mucho antes de haber llegado á una

conclusión la sorpresa se había enseñoreado de mi ánimo á tal grado que

no podía hacer otra cosa sino maravillarme y clavar mis ojos en lo que

tenía á la vista.

_La Española_ llevaba al viento la vela mayor y dos foques, y la

blanquísima lona brillaba al sol como nieve ó plata. En el momento en

que la descubrí, sus velas hinchadas la empujaban bien, haciéndola

seguir una línea en dirección Noroeste, lo que me hizo presumir que los

hombres á bordo iban con la intención de dar la vuelta á la isla para

llegar así de nuevo al ancladero. Pero en aquellos momentos comenzó á

inclinarse más y más hacia el Poniente, visto lo cual me dí á creer que

me habían descubierto é iban á darme caza. Antes de mucho, empero, hizo

proa decididamente contra el viento y se vió detenida en su marcha por

algún tiempo, falta de propulsión, con sus velas estremeciéndose y

palpitando inútilmente.

--¡Vaya unos animales!, me dije. Esos bárbaros deben estar todavía más

borrachos que un alambique. ¡Ah! Si el Capitán Smollet fuera á bordo ya

tendrían que saltar listos esos desmañados.

En el interín la goleta viró un poco, hizo un bordo, y su lona la hizo

marchar de nuevo por uno ó dos minutos para caer inmóvil una vez más

contra el viento. La misma ocurrencia se repitió una y otra vez. De aquí

para allá, de arriba para abajo, de Norte á Sur y de Oriente á Poniente.

_La Española_ se ponía en marcha con una especie de arremetidas ó

disparos instantáneos, pero cada repetición de estas concluía como había

comenzado, dejando el velámen inutilizado y tremolando débilmente. No

tuve trabajo en comprender que nadie iba dirigiendo la embarcación, y

siendo esto así, ¿qué había sido de los dos hombres? Ó estaban ahogados

de borrachos, ó habían abandonado el buque, pensé yo, por lo cual, si

lograba entrar á bordo, tal vez me fuera dable volver aquel buque á su

Capitán.

La corriente iba arrastrando con igual velocidad hacia el Sur, tanto á

la goleta como al traído y llevado _coracle_. Por lo que hace á la

goleta su marcha era tan irregular é intermitente, supuesto que á cada

momento se veía como engrillada, que la verdad es que muy poco ó nada

ganaba, cuando no perdía terreno. Con sólo que me atreviese á sentarme

otra vez y tentar de nuevo al remo, estaba seguro de que pronto me sería

dable estar sobre ella. El proyecto tenía un sabor de aventura que

despertó mi apetito, no sin que lo acrecentara, duplicando mi energía,

el recuerdo de que frente á la carroza de proa estaba un buen depósito

de agua dulce en la codiciada _Española_.

Sentéme, pues, y como la vez primera que lo hice, fuí saludado por un

azote de agua y espuma, con la diferencia de que, por esta vez, el

empuje impreso al _coracle_ fué en mi favor. Dediquéme entonces á remar

con toda la precaución, pero con toda la energía de que era capaz, hacia

la no gobernada _Española_. En uno de mis impulsos, sin embargo, alojé

dentro del botezuelo tal cantidad de agua que tuve que parar mi maniobra

y estarme alerta sintiendo que los latidos del corazón iban á ahogarme.

Pero, ya más cauto y muy gradualmente, púseme al fin en el verdadero

camino de mi meta, guiando mi esquife bordeando las grandes olas y sin

poder impedir, con todo y eso, que la cresta de alguna azotara la proa

de mi barquilla y salpicara mi rostro con su desbaratada espuma.

Á la sazón mi avance sobre la goleta era ya rápido y perceptible. Ya

podía distinguir bien el brillo del metal en la caña del timón cuando

éste se movía golpeando, y sin embargo, todavía no aparecía un alma

sobre cubierta. No pude suponer otra cosa, en consecuencia, sino que la

goleta había sido abandonada. De no ser así, los hombres aquellos

deberían estar abajo borrachos, como muertos, en cuyo caso me sería

fácil quizás asegurarlos y hacer con la goleta lo que me pareciera.

Por un buen rato ésta se había mantenido haciendo lo que podía no ser

peor para mí, esto es, continuar en el mismo estado de inercia. Su proa

iba casi directamente al Sur, sin dejar de guiñar, por supuesto, á cada

momento. Á cada guiñada, dejaba caer hacia afuera sus velas, en parte

hinchadas, y éstas la volvían á poner, en un instante, enfilando el

viento una vez más. He dicho que esto era para mí lo peor de todo,

porque, sin gobierno como la goleta iba, con su velámen tronando como un

cañón y las olas azotando ruidosamente los costados y bañando la obra

muerta, continuaba, sin embargo, corriendo delante de mí, no sólo con la

velocidad natural de la corriente, sino con toda la fuerza de su deriva

que, naturalmente, era muy grande.

La oportunidad, al cabo, concluyó por presentárseme. La brisa se puso

por algunos momentos sumamente baja y la corriente que volteó con

lentitud á _La Española_ hizo que ésta concluyera por presentarme su

popa con la porta todavía abierta de par en par, y la lámpara sobre la

mesa encendida aún á pesar de ser de día. La vela mayor colgaba, en

aquel instante, desmayada y caída como una bandera. Nada, con excepción

de la corriente, interrumpía la inmovilidad de la embarcación aquella.

Durante un rato, poco hacía, en lugar de ganar, iba yo perdiendo

terreno; pero ahora, redoblando mis esfuerzos, comenzaba otra vez á

estar más cerca de mi caza.

No me faltaban ya ni cien yardas para llegar á ella cuando el viento

llegó otra vez con estruendo, hinchando la lona sobre las amuras de

babor, y acto continuo se me alejó otra vez deslizándose, ondeando y

casi volando como una golondrina.

Mi primer impulso fué de desesperación, pero el segundo fué de alegría,

porque hétela allí que, describiendo una gran curva, _La Española_ viene

hacia mí hasta ponerse frente á uno de mis costados; y continuando la

misma inesperada evolución, muy pronto la veo á la mitad, y luego á un

tercio, y luego á un cuarto de la distancia que nos separaba hacía poco.

Ya distinguía yo las olas que hervían bajo su gorja. ¡Qué enorme me

parecía la mole de aquella goleta vista desde mi bajísima estación en el

botezuelo!

Pero instantáneamente comprendí aquella situación y apenas si tuve

tiempo para pensar y menos aún para ponerme en salvo. Estaba yo con mi

_coracle_ en la cresta de un alta ola y la goleta venía sobre la cima de

la inmediata, abatiéndose sobre mí. ¡Un segundo de vacilación y mi

muerte era segura! El bauprés estaba sobre mi cabeza en aquel instante.

Rápido como el pensamiento me puse en pie y haciendo un impulso

desesperado salté haciendo desaparecer al _coracle_ bajo el agua. Con

una mano me había asido al botalón de foque, en tanto que mi pie estaba

alojado entre el estay y la braza. Y todavía no había yo tenido tiempo

de hacer el más pequeño movimiento para cambiar mi posición cuando el

rumor apagado de un golpe me dijo que la goleta se había cargado hacia

abajo acabando de hundir y despedazar el _coracle_ y que, por

consiguiente, allí quedaba yo, colgando entre cielo y mar, sin retirada

posible de _La Española_.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO XXV

¡ABAJO LA BANDERA DEL PIRATA!

Apenas me había sido dable encaramarme en el bauprés cuando el ondulante

foque aleteó, por decirlo así, cargándose sobre la otra amura con un

ruido semejante á un cañonazo. La goleta se estremeció hasta la quilla

con aquella vuelta formidable, pero un momento después las otras velas,

que aún continuaban empujando, hicieron retroceder al foque á su lugar

anterior y ya entonces quedó suspenso é inmóvil.

En esos movimientos casi me ví zabullir dentro del agua, pero á la sazón

ya no perdí tiempo y me arrastré para atrás ó más bien me deslicé por el

bauprés hacia cubierta, en la cual caí como llovido del cielo, con el

rostro hacia el océano.

Me encontré á sotavento del castillo de proa, y la vela mayor que

continuaba todavía henchida, me ocultaba una buena parte de la cubierta

á popa. No ví un alma por todo aquello. Las tarimas, que no habían sido

lavadas desde que estalló la rebelión, enseñaban las huellas de

numerosas pisadas y una botella, rota por el cuello, rodaba de aquí para

allá, al vaivén del buque, como si fuera una cosa viva.

Inesperadamente _La Española_ enfiló el viento en una de sus bordadas:

los foques, tras de mí, tronaron con fuerza; el timón se cerró de golpe;

el navío entero se irguió y estremecióse como desfallecido ya, y en el

mismo momento el botalón del mayor se colgó hacia adentro, la vela cayó

también gimiendo débilmente sobre los motones y al plegarse me descubrió

á sotavento la parte de cubierta, á popa, antes oculta.

Sólo entonces aparecieron á mi vista los dos guardianes de la

embarcación. ¡No me cabía duda, eran ellos! Gorro Encarnado tendido boca

arriba, tieso como un espeque, con sus brazos abiertos como los de un

crucifijo y con los labios separados dejando asomar su amarillenta

dentadura. Israel Hands, recargado contra la balaustra de la cubierta,

con la barba sobre el pecho y sus manos abiertas apoyándose sobre el

piso y con el rostro tan blanco, bajo su tinte curtido, como la cera.

La isla del tesoro · 第 13 / 20 段