del campamento, brillando vigorosa á través de los árboles de la playa.
Alguien de entre los piratas estaba cantando una vieja y monótona
canción marina, con un suspiro y un gorjeo al final de cada verso y, á
lo que parecía, sin terminación posible, sino era la de la paciencia del
cantador. Más de una vez durante la travesía oí esa misma cantinela, de
la cual recordaba estos dos versos:
"_No tornó á bordo sino un hombre vivo,_
_Cuando eran, al zarpar, setenta y cinco._"
Parecióme aquel un estribillo muy dolorosamente adecuado á una
tripulación como la nuestra que acababa de sufrir pérdidas tan crueles
en la mañana misma de ese día. Pero, á la verdad, lo que yo ví por mí
mismo me confirmó en la idea de que aquellos filibusteros eran tan
insensibles como el mar sobre que navegaban.
La ráfaga de brisa que yo esperaba llegó al fin; la goleta se ladeó un
poco y se acercó más á mí, en medio de la oscuridad. Una vez más sentí
que la guindaleza se aflojaba en mi mano y con un bueno aunque penoso
esfuerzo corté las últimas fibras que aún sujetaban á _La Española_.
La acción de la brisa sobre mi navichuelo era casi imperceptible, lo
que no impidió que casi al punto me sentí arrastrado contra la proa de
la goleta. Pero, libre ya de sus ligaduras, _La Española_ comenzó á
girar sobre su propio eje, tornándose con lentitud á través de la
corriente.
Trabajé como una furia, porque á cada instante esperaba verme sumergido,
y tan luego como ví que me era imposible dirigir mi barquichuelo de modo
de salir resueltamente del círculo que describía la goleta, preferí
empujarlo en derechura hacia la popa. Por último me ví libre del alcance
de mi peligrosa vecina, pero en el instante mismo en que imprimía el
último impulso á mi _coracle_ mis manos tropezaron con una cuerda ligera
que la goleta iba arrastrando á popa, de sobre la borda. Rápida é
instintivamente me apoderé de ella.
¿Qué fué lo que dictó ese movimiento? Me sería muy difícil explicarlo:
fué, como antes dije, un acto de mero instinto; pero no bien tuve en mis
manos aquel cabo y me cercioré de que estaba bien sujeto por arriba, la
curiosidad comenzó á sobreponerse en mí á todo otro sentimiento y
determiné satisfacerla, echando una ojeada al interior del buque á
través de la ventanilla de popa.
Fuí avanzando una mano y después otra por la cuerda, y cuando me creí á
buena distancia, no sin un inmenso peligro, me icé cuidadosamente hasta
una altura doble que la elevación de mi cuerpo, poco más ó menos, lo
cual me permitió pasear la vista por el techo y una parte del interior
de la cámara.
Á este punto tanto la goleta como su microscópico apéndice se iban ya
escurriendo con bastante velocidad sobre las aguas y no cabía duda de
que nos hallábamos á la altura del campamento de los piratas. El navío,
como dicen los marineros, iba hablando en voz alta, hollando los
incontables borbollones, con un bamboleo incesante y desordenado. No
bien hube visto á través de la porta, comprendí por qué razón aquel
bamboleo extraño no había provocado alarma alguna en los vigilantes de
la goleta. Una ojeada me bastó para explicármelo, y debo añadir que una
ojeada fué todo lo que me atreví á aventurar, desde aquel inseguro
apoyo. Lo que ví fué que Hands y su compañero estaban allí encerrados
juntos, empeñados en un combate encarnizado, cada uno con la mano echada
á la garganta de su adversario.
Me deslicé otra vez sobre el travesaño de mi esquife, y á fe que ya era
tiempo, pues con un segundo más de dilación habría sido hombre al agua
infaliblemente. No podía ver nada por el momento, á no ser aquellas dos
horribles caras amoratadas por la furia, retorciéndose en gestos
abominables bajo la humeante lámpara: tuve, pues, que cerrar los ojos
para acostumbrarlos de nuevo á la oscuridad por algún rato.
Cuando esto pasaba, la balada aquella cantada en el campamento, que
amenazaba durar eternamente, había concluído ya, y la bien sisada
compañía de piratas, reunida en torno del fuego, prorrumpía á la sazón
en aquel coro que tan conocido me era:
"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,_
_Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_
_El diablo y la bebida hicieron todo el resto,_
_El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"
Precisamente, pensaba yo, á aquella misma hora ¡qué ocupados andaban la
bebida y el diablo en la cámara de _La Española_! En esto sorprendióme
sobremanera sentir que mi esquife zozobraba repentinamente; guiño de
una manera viva y pareció cambiar de dirección. Observé, al mismo
tiempo, que la rapidez de la marcha aumentaba de una manera extraña.
La sacudida me había obligado á abrir los ojos. En todo mi derredor
advertí pequeñas hinchazones del agua que se entumecía acompañada de un
sonido agudo y áspero, y presentaba reflejos fosforescentes. La misma
_Española_, en cuya estela iba yo arrastrado á pocas yardas de
distancia, me pareció que tambaleaba en su curso y que sus mástiles y
cordaje se echaban un poco de lado, contra la negrura de la noche; más
aún: examinando con más atención, no me cupo duda de que la goleta iba
rodando rumbo al Sur.
Dí una rápida ojeada sobre mi hombro y el corazón me dió un vuelco
terrible, presa del espanto. Allí, precisamente á mi espalda se veía el
resplandor de la hoguera del campamento. La corriente había volteado en
ángulo recto, barriendo con ella en su curso rápido, lo mismo al alto
buque que al diminuto y danzarín _coracle_. Y á cada instante su
velocidad aumentaba, y cada vez brotando más altas sus burbujas, cada
vez murmurando más y más recio corría y corría alejándose á través del
estrecho para engolfarse en alta mar.
De repente la goleta que iba á mi frente dió una guiñada violenta,
volteando quizás como unos veinte grados, y casi en el acto se oyeron á
bordo exclamaciones, una tras de otra, y luego el ruido de pasos
precipitados en la escala de la carroza. Era, pues, evidente, que los
dos borrachos se habían dado cuenta, al cabo, del desastre que
interrumpía su querella y los hacía despertar á la realidad.
Me tendí entonces boca abajo en el fondo de mi esquife y de todas veras
encomendé mi alma á Dios, porque creí llegado mi último momento. Tenía
por cosa inevitable que, á la salida del estrecho, deberíamos
embarrancar en algún arrecife ó estrellarnos contra algunas rompientes
enfurecidas, en las cuales todas mis cuitas encontrarían un pronto
término. Pero aun cuando no me asustaba tanto la muerte en sí, me era
imposible ver con serenidad el género de ejecución capital que se
aproximaba por instantes.
En aquella posición debo haber permanecido horas enteras, empujado de
aquí para allá sobre las altas olas, mojado de cuando en cuando por la
espuma que volaba en copos, y creyendo sin cesar que á la primera
sumergida me aguardaba la muerte. Gradualmente la lasitud y el cansancio
se fueron apoderando de mi estropeado cuerpo; luego un entorpecimiento
extraño, un estupor desusado cayeron sobre mí, aun en medio de mis
terrores, hasta que el sueño llegó, por último, y en aquel mi traído y
llevado esquife, dormí, dormí soñando con mi casa y con mi viejo
"_Almirante Benbow_."
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CAPÍTULO XXIV
EL VIAJE DEL "CORACLE"
Era ya día claro cuando desperté y me encontré caracoleando sobre las
olas al Sudoeste de la isla. El sol se había ya levantado, pero todavía
estaba, para mí, oculto tras de la gran peña del "Vigía" que, por aquel
lado, casi bajaba hasta el mar en riscos formidables.
El Crestón de Bolina y el Cerro de Mesana estaban, por decirlo así, al
alcance de mi mano: el uno, negro y desnudo; el otro, rodeado de riscos
de cuarenta á cincuenta pies de altura y franjeado con grandes
cantidades de rocas desprendidas. No estaba yo á más de un cuarto de
milla distante de la costa, por lo cual mi primer pensamiento fué remar
y saltar en tierra.
Pero muy luego tuve que desistir de semejante idea. Sobre las rocas
desparramadas en la costa, las olas se desgajaban en mil pedazos,
bramando enfurecidas; un trueno sucedía á otro trueno y una explosión de
espuma á otra explosión, segundo por segundo, lo que me hizo comprender
que, si me aventuraba á aproximarme, ó tendría que perecer estrellándome
contra la escarpada orilla, ó que gastar mi fuerza, tratando de escalar,
en vano, los enhiestos despeñaderos.
Pero no era eso todo. Como queriendo reunirse para arrastrarse juntos
sobre una misma meseta de rocas, ó precipitándose al agua con estrépito
formidable, percibí una multitud de monstruos marinos, colosales,
viscosos, horrendos, que se me figuraron inmensos y blandos caracoles de
dimensiones increíbles. Creo que había allí unos cuarenta ó cincuenta de
ellos, haciendo retumbar los huecos de las rocas con sus espantables
gritos.
Después he sabido que aquellos animales no eran sino focas ó becerros
marinos, enteramente inofensivos. Pero su aparición en aquellos
momentos, añadida á lo escabroso de la playa y á la violencia desusada
con que se rompían las olas sobre ella, acabó por quitarme completamente
toda gana de bajar á tierra en semejante paraje. Más que á desembarcar
allí me sentí dispuesto á morir de hambre en medio del océano, por no
afrontar aquellos peligros.
Pero lo cierto es que tenía en espectativa una oportunidad mucho mejor
de lo que yo suponía. Al Norte del Crestón de Bolina, la tierra ofrece
una larga prolongación que deja, á la hora de la bajamar, una cinta de
arena amarillenta al descubierto. Al Norte de esa cinta, aparece otro
cabo--el _Cabo de la Selva_, según lo marcaba la carta--sepultado
literalmente en una masa de altísimos pinos que bajaban hasta la misma
orilla del mar.
Recordé lo que había dicho Silver acerca de la corriente que se dirige
hacia el Norte, siguiendo en toda su longitud la costa occidental de la
isla, y viendo, por mi posición, que me encontraba yo dentro de aquélla,
preferí dejar á mi espalda el Crestón de Bolina y reservar mi fuerza
para una intentona de desembarque en el Cabo de la Selva, cuyas playas
eran, sin duda, mucho más abordables y seguras.
Había, á la sazón, una gran cantidad de tumefacciones suaves sobre el
mar. El viento, que soplaba manso pero firme, de Sur á Norte, no era
obstáculo sino más bien ayuda para seguir el curso de la corriente y las
oleadas alzaban y abatían sus ondas sin despedazarlas.
Á no haber sido así, es indudable que mucho tiempo hacía que hubiera
perecido; pero yendo como iba, era de maravillar con qué facilidad y
cuán seguramente mi ligero botezuelo cortaba el agua. Con frecuencia,
desde el fondo en que me mantenía aún oculto, me era dable divisar
cerca, muy cerca de mí, una gran cima azul, sobresaliendo de la regala
de la borda. Aquella era una oleada, pero mi _coracle_ no daba más que
un ligero brinco, y listo como un pájaro caía en un instante al otro
lado en la hamaca que formaba el espacio que dividía las dos olas entre
sí.
Comencé entonces á cobrar bríos y me senté para poner á prueba mi
habilidad al remo. Pero el cambio más insignificante en la disposición
del peso, en una cascarita como aquella, produce los resultados más
violentos en su continente y marcha. Así es que, no bien me había movido
para sentarme, haciendo cesar desde luego su suave y acompasado balanceo
anterior, cuando me sentí arrojado directamente hacia abajo, y al sesgo
contra una ola bastante brava cuyo golpe me aturdió, al par que la
espuma, azotando sobre la pequeña proa, se desbarataba contra ella
alzándose casi tan alto como la ola que venía.
Á un mismo tiempo me sentí calado por el agua, y presa del terror, por
lo cual sin más dilación volví á colocarme en la postura que antes
tenía, con lo cual el botecillo pareció enderezarse de nuevo y llevarme
tan suavemente como al principio sobre las crestas de las grandes olas.
Era evidente que había que dejarlo ir á su antojo, sin meterme á
gobernarlo; pero la cuestión era que, á aquel paso ¿qué esperanza me
quedaba de ganar la playa?
Comencé, pues, á sentirme grandemente aterrorizado, pero, no obstante,
no perdí del todo la cabeza. Antes que todo, y procurando moverme lo
menos posible, vacié gradualmente el agua que se me había colado en el
brinco exabrupto de hacía un rato, usando para esta operación mi gorra
marina. Una vez hecho esto volví á echar una nueva ojeada sobre la
regala de la borda y traté de explicarme por qué razón mi _coracle_ se
deslizaba con tanta facilidad á través de las fuertes oleadas.
Advertí entonces que cada ola, en vez de la montaña suave, luciente y
enorme que se ve desde tierra ó desde la cubierta de un navío, no era
sino como una cadena de montañas de tierra firme, erizada de picos hacia
arriba y rodeada de sitios suaves y valles abiertos. Mi botezuelo,
abandonado á sí mismo, volteaba de un lado para otro, se devanaba, por
decirlo así, serpeando por las partes más bajas del agua, evitando
siempre trepar á las cimas ó aventurarse á los declives peligrosos de
aquellas líquidas alturas.
--Sea en hora buena, díjeme á mí mismo. Es claro que debo continuar
tendido en donde estoy y no perturbar el equilibrio, pero también me
parece evidente que, de cuando en cuando, puedo darme trazas, en los
parajes más tranquilos, parar dar una ó dos paladas de remo en dirección
de tierra.
Hícelo como lo pensé. Continué tendido, sobre mis codos en la postura
más espectante del mundo, á la capa, y aprovechando cada oportunidad que
se me presentaba para dar muy dulcemente una remada ó dos á fin de
enderezar la proa hacia la playa.
Era aquél un trabajo lento y fatigoso por demás, y sin embargo me sentía
ganar terreno; tanto que, conforme nos acercábamos al Cabo de la Selva,
si bien veía que no me era dable aún ganar aquella punta, pude notar con
alegría que había ya avanzado como unas cien yardas hacia tierra, al
Este. Muy cerca estaba de ella, en verdad. Ya me era dable distinguir
las frescas y verdegueantes copas de los árboles meciéndose suavemente
juntas al soplo de la brisa y tuve por cosa segura, en consecuencia, que
en el promontorio próximo era ya evidente mi desembarque.
Y á fe que no sería sino muy á tiempo, pues la sed comenzaba á hacerme
sufrir bastante. El resplandor del sol cayendo sobre mi cabeza y sus
rayos quebrándose sobre las olas en mil reflexiones diversas; el agua
del mar que caía y se secaba sobre mi cuerpo cubriendo mis labios con
una capa salobre; todo esto se combinaba para hacer que mi garganta
ardiera y mi cabeza fuera presa de un dolor violento. La vista de los
árboles á tan corta distancia me puso casi fuera de mí con el anhelo
vehemente de desembarcar. Empero la corriente me había arrastrado, antes
de mucho, lejos de la punta, y cuando me encontré de nuevo en mar
abierto, percibí algo que desde luego hizo cambiar la naturaleza de mis
pensamientos.
Precisamente frente á mí, á menos de media milla de distancia, se
aparecía ante mis ojos _La Española_ con sus velas desplegadas. No me
cupo duda de que iba á ser cogido, pero es el caso que la sed me hacía
ya sufrir de tal manera, que no puedo decir si sentía ó me alegraba de
aquella ocurrencia; y debo añadir que mucho antes de haber llegado á una
conclusión la sorpresa se había enseñoreado de mi ánimo á tal grado que
no podía hacer otra cosa sino maravillarme y clavar mis ojos en lo que
tenía á la vista.
_La Española_ llevaba al viento la vela mayor y dos foques, y la
blanquísima lona brillaba al sol como nieve ó plata. En el momento en
que la descubrí, sus velas hinchadas la empujaban bien, haciéndola
seguir una línea en dirección Noroeste, lo que me hizo presumir que los
hombres á bordo iban con la intención de dar la vuelta á la isla para
llegar así de nuevo al ancladero. Pero en aquellos momentos comenzó á
inclinarse más y más hacia el Poniente, visto lo cual me dí á creer que
me habían descubierto é iban á darme caza. Antes de mucho, empero, hizo
proa decididamente contra el viento y se vió detenida en su marcha por
algún tiempo, falta de propulsión, con sus velas estremeciéndose y
palpitando inútilmente.
--¡Vaya unos animales!, me dije. Esos bárbaros deben estar todavía más
borrachos que un alambique. ¡Ah! Si el Capitán Smollet fuera á bordo ya
tendrían que saltar listos esos desmañados.
En el interín la goleta viró un poco, hizo un bordo, y su lona la hizo
marchar de nuevo por uno ó dos minutos para caer inmóvil una vez más
contra el viento. La misma ocurrencia se repitió una y otra vez. De aquí
para allá, de arriba para abajo, de Norte á Sur y de Oriente á Poniente.
_La Española_ se ponía en marcha con una especie de arremetidas ó
disparos instantáneos, pero cada repetición de estas concluía como había
comenzado, dejando el velámen inutilizado y tremolando débilmente. No
tuve trabajo en comprender que nadie iba dirigiendo la embarcación, y
siendo esto así, ¿qué había sido de los dos hombres? Ó estaban ahogados
de borrachos, ó habían abandonado el buque, pensé yo, por lo cual, si
lograba entrar á bordo, tal vez me fuera dable volver aquel buque á su
Capitán.
La corriente iba arrastrando con igual velocidad hacia el Sur, tanto á
la goleta como al traído y llevado _coracle_. Por lo que hace á la
goleta su marcha era tan irregular é intermitente, supuesto que á cada
momento se veía como engrillada, que la verdad es que muy poco ó nada
ganaba, cuando no perdía terreno. Con sólo que me atreviese á sentarme
otra vez y tentar de nuevo al remo, estaba seguro de que pronto me sería
dable estar sobre ella. El proyecto tenía un sabor de aventura que
despertó mi apetito, no sin que lo acrecentara, duplicando mi energía,
el recuerdo de que frente á la carroza de proa estaba un buen depósito
de agua dulce en la codiciada _Española_.
Sentéme, pues, y como la vez primera que lo hice, fuí saludado por un
azote de agua y espuma, con la diferencia de que, por esta vez, el
empuje impreso al _coracle_ fué en mi favor. Dediquéme entonces á remar
con toda la precaución, pero con toda la energía de que era capaz, hacia
la no gobernada _Española_. En uno de mis impulsos, sin embargo, alojé
dentro del botezuelo tal cantidad de agua que tuve que parar mi maniobra
y estarme alerta sintiendo que los latidos del corazón iban á ahogarme.
Pero, ya más cauto y muy gradualmente, púseme al fin en el verdadero
camino de mi meta, guiando mi esquife bordeando las grandes olas y sin
poder impedir, con todo y eso, que la cresta de alguna azotara la proa
de mi barquilla y salpicara mi rostro con su desbaratada espuma.
Á la sazón mi avance sobre la goleta era ya rápido y perceptible. Ya
podía distinguir bien el brillo del metal en la caña del timón cuando
éste se movía golpeando, y sin embargo, todavía no aparecía un alma
sobre cubierta. No pude suponer otra cosa, en consecuencia, sino que la
goleta había sido abandonada. De no ser así, los hombres aquellos
deberían estar abajo borrachos, como muertos, en cuyo caso me sería
fácil quizás asegurarlos y hacer con la goleta lo que me pareciera.
Por un buen rato ésta se había mantenido haciendo lo que podía no ser
peor para mí, esto es, continuar en el mismo estado de inercia. Su proa
iba casi directamente al Sur, sin dejar de guiñar, por supuesto, á cada
momento. Á cada guiñada, dejaba caer hacia afuera sus velas, en parte
hinchadas, y éstas la volvían á poner, en un instante, enfilando el
viento una vez más. He dicho que esto era para mí lo peor de todo,
porque, sin gobierno como la goleta iba, con su velámen tronando como un
cañón y las olas azotando ruidosamente los costados y bañando la obra
muerta, continuaba, sin embargo, corriendo delante de mí, no sólo con la
velocidad natural de la corriente, sino con toda la fuerza de su deriva
que, naturalmente, era muy grande.
La oportunidad, al cabo, concluyó por presentárseme. La brisa se puso
por algunos momentos sumamente baja y la corriente que volteó con
lentitud á _La Española_ hizo que ésta concluyera por presentarme su
popa con la porta todavía abierta de par en par, y la lámpara sobre la
mesa encendida aún á pesar de ser de día. La vela mayor colgaba, en
aquel instante, desmayada y caída como una bandera. Nada, con excepción
de la corriente, interrumpía la inmovilidad de la embarcación aquella.
Durante un rato, poco hacía, en lugar de ganar, iba yo perdiendo
terreno; pero ahora, redoblando mis esfuerzos, comenzaba otra vez á
estar más cerca de mi caza.
No me faltaban ya ni cien yardas para llegar á ella cuando el viento
llegó otra vez con estruendo, hinchando la lona sobre las amuras de
babor, y acto continuo se me alejó otra vez deslizándose, ondeando y
casi volando como una golondrina.
Mi primer impulso fué de desesperación, pero el segundo fué de alegría,
porque hétela allí que, describiendo una gran curva, _La Española_ viene
hacia mí hasta ponerse frente á uno de mis costados; y continuando la
misma inesperada evolución, muy pronto la veo á la mitad, y luego á un
tercio, y luego á un cuarto de la distancia que nos separaba hacía poco.
Ya distinguía yo las olas que hervían bajo su gorja. ¡Qué enorme me
parecía la mole de aquella goleta vista desde mi bajísima estación en el
botezuelo!
Pero instantáneamente comprendí aquella situación y apenas si tuve
tiempo para pensar y menos aún para ponerme en salvo. Estaba yo con mi
_coracle_ en la cresta de un alta ola y la goleta venía sobre la cima de
la inmediata, abatiéndose sobre mí. ¡Un segundo de vacilación y mi
muerte era segura! El bauprés estaba sobre mi cabeza en aquel instante.
Rápido como el pensamiento me puse en pie y haciendo un impulso
desesperado salté haciendo desaparecer al _coracle_ bajo el agua. Con
una mano me había asido al botalón de foque, en tanto que mi pie estaba
alojado entre el estay y la braza. Y todavía no había yo tenido tiempo
de hacer el más pequeño movimiento para cambiar mi posición cuando el
rumor apagado de un golpe me dijo que la goleta se había cargado hacia
abajo acabando de hundir y despedazar el _coracle_ y que, por
consiguiente, allí quedaba yo, colgando entre cielo y mar, sin retirada
posible de _La Española_.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXV
¡ABAJO LA BANDERA DEL PIRATA!
Apenas me había sido dable encaramarme en el bauprés cuando el ondulante
foque aleteó, por decirlo así, cargándose sobre la otra amura con un
ruido semejante á un cañonazo. La goleta se estremeció hasta la quilla
con aquella vuelta formidable, pero un momento después las otras velas,
que aún continuaban empujando, hicieron retroceder al foque á su lugar
anterior y ya entonces quedó suspenso é inmóvil.
En esos movimientos casi me ví zabullir dentro del agua, pero á la sazón
ya no perdí tiempo y me arrastré para atrás ó más bien me deslicé por el
bauprés hacia cubierta, en la cual caí como llovido del cielo, con el
rostro hacia el océano.
Me encontré á sotavento del castillo de proa, y la vela mayor que
continuaba todavía henchida, me ocultaba una buena parte de la cubierta
á popa. No ví un alma por todo aquello. Las tarimas, que no habían sido
lavadas desde que estalló la rebelión, enseñaban las huellas de
numerosas pisadas y una botella, rota por el cuello, rodaba de aquí para
allá, al vaivén del buque, como si fuera una cosa viva.
Inesperadamente _La Española_ enfiló el viento en una de sus bordadas:
los foques, tras de mí, tronaron con fuerza; el timón se cerró de golpe;
el navío entero se irguió y estremecióse como desfallecido ya, y en el
mismo momento el botalón del mayor se colgó hacia adentro, la vela cayó
también gimiendo débilmente sobre los motones y al plegarse me descubrió
á sotavento la parte de cubierta, á popa, antes oculta.
Sólo entonces aparecieron á mi vista los dos guardianes de la
embarcación. ¡No me cabía duda, eran ellos! Gorro Encarnado tendido boca
arriba, tieso como un espeque, con sus brazos abiertos como los de un
crucifijo y con los labios separados dejando asomar su amarillenta
dentadura. Israel Hands, recargado contra la balaustra de la cubierta,
con la barba sobre el pecho y sus manos abiertas apoyándose sobre el
piso y con el rostro tan blanco, bajo su tinte curtido, como la cera.