debimos, en parte, nuestra salvación relativa. Gritos, confusión,
relámpagos de armas de fuego, detonaciones y un gemido muy prolongado y
perceptible, todo esto repicaba de una manera atronadora en mis oídos.
¡Afuera, muchachos, afuera!, gritó el Capitán. ¡Á pelear al descubierto
y mano al arma blanca!
Yo arrebaté una cuchilla de las del centro y alguno que al mismo tiempo
se apoderaba de otra me infirió una cortada en los nudillos de la mano,
que casi ni sentí. Me lancé hacia la puerta, saliendo á la luz del sol.
Alguien, no sé quien, venía detrás de mí. Frente á mí el Doctor
perseguía á su asaltante ladera abajo y precisamente en el momento en
que mis ojos tropezaban con el grupo, el Doctor dejaba caer sobre su
enemigo un tajo soberbio que lo tiró en tierra revolcándose, con una
cuchillada que le dividía toda la cara.
¡Rodear la casa, muchachos, rodear la casa!, gritaba el Capitán. Al
oirle aquel grito noté, á pesar de la barahunda general, que en su voz
había un cambio muy notable.
Obedecí como un autómata volteando hacia el costado Este, con mi
cuchilla levantada. Pero al dar vuelta á la esquina del reducto, me
encontré frente á frente con Anderson. Aquel hombre rugía como una
fiera y su marrazo se alzó sobre su cabeza brillando la hoja en el aire
al rayo del sol. No tuve tiempo para sentir miedo: aquel hombre aún no
descargaba su mandoble sobre mí, cuando yo resbalé instantáneamente en
el declive y, perdiendo la pisada sobre la arena, rodé cuan largo era
por la bajada.
Cuando al abandonar el interior de la cabaña por orden del Capitán
aparecí en la puerta, ví que las reservas de los amotinados estaban ya
tratando de salvar la empalizada para acabar de dar buena cuenta de
nosotros. Un marinero que ostentaba una gorra encarnada y que se había
puesto la cuchilla entre los dientes, había ya logrado trepar y tenía
una pierna dentro del recinto de la estacada y otra afuera. Ahora bien,
mi caída fué tan rápida que cuando me puse de nuevo en pie todo estaba
aún en la misma posición; el hombre del gorro encarnado, todavía mitad
adentro y mitad afuera, y otro dejaba asomar la cabeza en aquel mismo
instante por sobre las extremidades de los postes. Pero rápido como
había sido ese momento, en él, sin embargo, se había decidido la
victoria en nuestro favor.
Gray, que seguía á tres pasos mi carrera, había derribado al gran
contramaestre en tierra antes de que hubiera tenido tiempo de recobrarse
por haber fallado su golpe sobre mí. Otro de ellos había recibido un
tiro mortal en el momento mismo en que iba á hacer fuego por una de las
troneras, y estaba allí, agonizando, con la pistola todavía humeante
entre sus manos. El Doctor, según pude notar, había dado buena cuenta de
un tercero con un tajo magnífico. De los cuatro que habían escalado la
empalizada, uno solo quedaba intacto y este, que había dejado escapar
su cuchilla en la refriega, ya iba en aquel momento saltando de nuevo
sobre la empalizada para ponerse á cubierto de la muerte que se cernía
sobre su cabeza.
¡Fuego desde adentro!, gritó el Capitán. ¡Y Vds. muchachos, al reducto
de nuevo!
Pero su orden ya no tuvo efecto: ningún disparo partió de las troneras y
el último de los asaltantes pudo escapar sano y salvo y desaparecer con
todos los demás en el bosque. En tres segundos no quedaban ya más trazas
de los asaltantes que los cinco de ellos que habían caído en la
refriega, de los cuales, cuatro yacían dentro y el quinto fuera del
recinto de la estacada.
El Doctor, Gray y yo corrimos con todas nuestras fuerzas para ponernos
al abrigo, pues era probable que los asaltantes volvieran pronto del
lugar en que habían dejado sus mosquetes y abrieran una vez más el fuego
sobre nosotros.
Nuestra casa, á la sazón, estaba ya bastante despejada del humo y
pudimos ver, á la primera ojeada, el precio á que habíamos comprado la
victoria. Hunter yacía sin sentido al pie de su tronera. Joyce, cerca de
él, con una bala en el cerebro, yacía también para no volver á moverse
nunca, y en el medio del recinto el Caballero estaba sosteniendo al
Capitán, tan pálido el uno como el otro.
--El Capitán está herido, dijo el Sr. de Trelawney.
--¿Han corrido esos?, preguntó el Capitán Smollet.
--Piernas les faltaban, contestó el Doctor. Pero allí están cinco de
ellos que no volverán á correr más.
--¿Cinco?, exclamó el Capitán. ¡Tanto mejor, vamos! Cinco de ellos y
tres de nosotros; eso nos deja nueve contra cuatro. Eso es ya mucho
menos desproporcionado que en un principio. Entonces éramos siete para
diez y nueve; al menos así lo creíamos, lo cual es casi tan malo como
serlo en realidad.
Los sublevados no fueron ya muy pronto sino ocho, pues el hombre herido
por el Caballero, á bordo del buque, con su disparo hecho desde el
serení, murió aquella misma noche á causa de sus lesiones. Esto, sin
embargo, no se supo en nuestro reducto sino después.
[Illustration]
PARTE V
_MI AVENTURA DE MAR_
CAPÍTULO XXII
DE CUAL FUÉ EL PRINCIPIO DE MI AVENTURA
Los sublevados no volvieron ya; ni siquiera un disparo más volvió á
salir de entre los árboles. Ya habían recibido _su ración_ por aquel
día, según la frase del Capitán y quedábamos, por tanto, en posesión de
nuestro reducto, con tiempo para cuidar y trasladar los heridos, y para
hacer la comida. El Caballero y yo pusimos nuestra cocina afuera á pesar
del peligro que corríamos, pero aun allí podíamos difícilmente atender á
lo que traíamos entre manos á causa de los quejidos y lamentos que nos
llegaban de los pacientes del Doctor.
De ocho personas que habían caído durante la batalla, solo tres
respiraban aún: el pirata que fué herido junto á la tronera, Hunter y el
Capitán Smollet; y aun de estos, los primeros eran poco menos que
muertos. El sublevado murió, en efecto, bajo el bisturí del Doctor y en
cuanto á Hunter por más esfuerzos que se hicieron para volverlo á sus
sentidos, no tuvo ya conciencia de sí mismo en este mundo: agonizó todo
el día, respirando fuerte y penosamente como el viejo filibustero cuando
yacía víctima de aquel terrible ataque apoplético; pero los huesos del
pecho habían sido despedazados por el golpe y el cráneo se había
fracturado con la caída, por lo cual, al llegar la noche, sin voz ni
estremecimiento alguno entregó el alma á su Hacedor.
Las heridas del Capitán eran graves, en verdad, pero no fatales. No
había órgano alguno interesado con lesión mortal. La bala de Ánderson,
que fué la que primero le hirió, había roto la parte superior del hombro
y tocado ligeramente uno de los pulmones. La segunda bala le había nada
más atravesado la pantorrilla rasgándole y dislocándole algunos
músculos. Su restablecimiento era seguro, al decir del Doctor, pero
entre tanto y por el espacio de semanas enteras, no debería ni andar ni
mover su brazo, y aun de hablar debía abstenerse hasta donde le fuera
posible.
Mi cortada accidental en los nudillos era un rasguño insignificante; el
Doctor me curó poniéndome algunas tiras de tela emplástica y me dió un
tirón de orejas por haber salido tan bien librado.
Cuando terminamos nuestra comida, el Caballero y el Doctor se sentaron
en consulta al lado del Capitán, y cuando ya habían hablado cuanto
tenían que decir, y siendo, á la sazón, cerca de medio día, el Doctor
tomó su sombrero, se puso al cinto sus pistolas, depositó en su bolsa de
pecho la carta del Capitán Flint, y poniéndose un mosquete al hombro y
un sable á la cintura, cruzó la empalizada por el lado Norte y se
aventuró vigorosamente en medio de los árboles.
Gray y yo estábamos sentados juntos en el extremo opuesto del reducto,
de manera de estar fuera del alcance de la conversación de nuestros
superiores en consulta. Gray retiró la pipa de sus labios y no volvió á
acordarse de llevarla á ellos nuevamente: tanto así lo dejaba atónito lo
que veía.
¡Por vida del demonio!, exclamó, ¿se ha vuelto loco el Doctor Livesey?
--No, á lo que creo, le respondí. Me parece que de todos nosotros es él
el menos expuesto á ese accidente.
--¡Cáspita, chico, pues si no lo está él, oye bien lo que te digo, debo
estarlo yo!
--Es posible, le repliqué. El Doctor tiene su idea y, si no me equivoco,
creo que va ahora á buscar á Ben Gunn.
Los sucesos demostraron que estaba yo en lo justo y racional. Pero entre
tanto, como el reducto aquel estaba caliente como un horno y la arena de
afuera ardiente como una brasa, con el sol de mediodía, comenzó á bullir
en mi cabeza una idea de la cual no podía decirse como de la otra que
era racional ni justa. Lo que me pasó fué que empecé á envidiar al
Doctor marchando á la fresca sombra de los árboles, rodeado de pájaros y
aspirando el fresco olor de los pinos; mientras yo estaba allí,
asándome, con la espalda pegada á aquellos maderos que saturaban mi
traje con su resina á medio fundir, rodeado de sangre por todas partes,
en medio de tantos cadáveres tendidos á mi alrededor, y tanto pensé en
ello que acabé por sentir hacia aquel lugar un disgusto que era casi tan
fuerte como el miedo mismo.
Todo el rato que estuve ocupado lavando el interior del reducto y en
seguida aseando los trastos para la comida, ese disgusto y esa envidia
continuaron acentuándose más y más en mi ánimo hasta que, por último,
encontrándome á mano una canasta de pan, y no habiendo en aquel instante
nadie que me observara, me llené de bizcochos todas las faltriqueras y
dí con eso el primer paso en la vía de mi escapada.
Era yo un buen tonto, si se quiere, y ciertamente lo que yo iba á hacer
no podía calificarse sino como una locura y un acto temerario, pero yo
estaba bien determinado á llevarlo á cabo, con todas las precauciones
que me era dable tomar. Aquellos bizcochos, caso de que algo me
sucediera, podrían alimentarme, por lo menos, hasta el día siguiente.
Después de los bizcochos, la próxima cosa de que me apoderé fué un par
de pistolas, y como yo tenía ya de antemano un polvorín y balas, me
sentí suficientemente provisto de armas.
Por lo que hace al proyecto en sí, tal como estaba en mi cabeza, me
parece que no era del todo malo: iba á buscar, en la división arenosa
existente entre el fondeadero y el mar abierto, la _Peña blanca_ que
había visto la víspera, y cerciorarme si era ella ó no la que escondía
el bote de Ben Gunn; cosa bien digna de ejecutarse, según todavía hoy me
parece. Pero teniendo como tenía la seguridad de que no se me permitiera
abandonar el recinto de la estacada, mi plan se redujo á despedirme á la
francesa y deslizarme afuera cuando nadie pudiera verme, lo cual era en
sí tan malo, que bastaba para hacer todo mi pensamiento reprensible.
Pero yo no era más que un muchacho y mi resolución estaba perfectamente
tomada.
Ahora bien, las cosas se me presentaron, al cabo, de tal manera, que
encontré una oportunidad admirable para mi objeto. El Caballero y Gray
estaban muy entretenidos arreglando los vendajes del Capitán, la costa
estaba libre, me lancé ágilmente sobre la estacada, me interné en la
espesura de los árboles y antes de que mi ausencia pudiera ser notada,
ya estaba yo fuera del alcance de la voz de mis compañeros.
Esta era ya mi segunda locura, mucho peor que la primera, supuesto que
no dejaba en la casa sino dos hombres sanos y salvos para custodiarla,
pero, como la primera, esta segunda calaverada contribuyó á salvarnos á
todos nosotros.
Hice rumbo derecho hacia la costa oriental de la isla, pues mi
resolución era ir á la punta por el lado que daba al mar, para evitarme
toda probabilidad de ser observado desde el fondeadero. La tarde estaba
ya bastante adelantada, pero todavía brillaba el sol y no era poco el
calor que se hacía sentir aún. Mientras proseguía mi marcha, cortando el
alto y espeso bosque, escuchaba allá á lo lejos, delante de mí, no sólo
el trueno continuo de la marejada, sino cierto frotamiento de hojas y
crujidos de ramas que me demostraban que la brisa del mar se había
desatado más fuerte que de ordinario. Muy pronto, bocanadas de aire
fresco comenzaron á llegar hasta mí y á pocos pasos me encontré ya en
los bordes abiertos del boscaje y pude ver el mar azul y lleno de sol,
reverberando desde la orilla hasta el límite lejano del horizonte,
mientras sus oleadas murmuraban, recortando sus caprichosas siluetas de
espuma á lo largo de la playa.
Nunca he visto el mar tranquilo en todo el derredor de la Isla del
Tesoro. El sol puede lanzar desde arriba cuanto calor le sea posible;
puede muy bien la atmósfera estar sin una sola ráfaga de viento, y la
superficie lejana de las aguas tersa y azul; esto no impedirá jamás que
aquellas grandes moles de agua espumante rueden á lo largo de toda la
costa tronando siempre, tronando de día y de noche, de tal suerte que
apenas habrá lugar alguno en la isla entera en donde se pueda uno
libertar de oir aquel rumor eterno.
Yo seguí entonces el borde de la playa, marchando junto á la rompiente,
con gran deleite mío, hasta que, juzgándome ya bastante lejos hacia el
Sur, me interné de nuevo en la espesura del bosque y me fuí serpeando
cautelosamente hacia la parte elevada de la punta, término de mi viaje.
Á mi espalda estaba el mar y al frente el fondeadero. La brisa de la
mar, como si hubiera gastado toda su fuerza en el soplo violento de
hacía un rato, había cesado ya, y le sucedían ahora suaves corrientes de
aire cuya dirección variaba del Sur al Sudeste, arrastrando grandes
masas de niebla. El ancladero, á sotavento de la Isla del Esqueleto,
seguía terso y plomizo como cuando penetramos á él la mañana del día
anterior. _La Española_ se reproducía toda entera en aquel tranquilo
espejo, retratando su casco, desde la línea de flotación, hasta los
topes de los mástiles en que flotaba la bandera de los piratas.
Á uno de los costados se veía yaciendo uno de los esquifes y Silver
aparecía junto á una de las velas de popa. Al hombre aquel siempre me
era fácil reconocerlo. Dos de los sublevados aparecían recargados en la
balaustra; uno de ellos era el mismo hombre de la gorra encarnada que
pocas horas antes había yo visto á horcajadas sobre la empalizada. Al
parecer no hacían más que hablar y reir, aun cuando á la distancia á que
yo me encontraba de ellos--algo más de una milla--no podía llegarme, por
supuesto, ni una sola palabra de lo que conversaban. En aquel instante
comenzó de repente el más horrendo é indescriptible rumor de alaridos
que de pronto me alarmaron bastante, aunque luego reconocí, por fortuna,
la voz de _Capitán Flint_ y aun me pareció distinguir al pájaro mismo,
con su brillante plumaje verde, saltar sobre el puño de su amo.
Pocos momentos después ví que el esquife se movía empujado hacia la
playa por el hombre de la gorra encarnada y su compañero que habían
descendido á él por la porta de popa.
Al mismo tiempo que sucedía esto el sol se ocultaba tras la cumbre del
"Vigía," y como la niebla se amontonaba rápidamente, todo comenzaba á
ponerse oscuro de veras. Ví, en consecuencia, que no tenía tiempo que
perder si es que debía encontrar el bote aquella misma tarde.
La _Peña blanca_, bastante visible sobre los arbustos, estaba todavía
como á un octavo de milla distante de mí, hacia la parte baja de la
_punta_, y así es que dilaté aún un poquillo antes de llegar á ella,
teniendo, á trechos, que marchar en cuatro pies entre las zarzas y
retamas. Era ya casi de noche cuando puse mis manos sobre sus ásperos y
escabrosos costados. Justamente abajo percibí un pequeño hueco de verde
césped, oculto por montoncillos de tierra y un matorralillo de arbustos
no más altos que la rodilla, que crecían allí abundantemente, y en el
centro de la hondonada, no me cabía duda, se miraba una pequeña tienda
hecha de pieles de cabra, como las que los gitanos tienen la costumbre
de llevar consigo en Inglaterra.
Me deslicé adentro de la cuenca, levanté uno de los lados de la tienda y
allí, en efecto, estaba el bote de Ben Gunn, manufactura casera si
alguna vez las hubo. Era éste una tosca estructura de madera correosa,
apenas desmochada, y extendida sobre ella una piel de cabra con el pelo
hacia adentro. Aquel juguete era en extremo pequeño, hasta para mí, y
puedo difícilmente creer que hubiera podido sostenerse á flote con un
hombre de talla ordinaria. Veíase en él un banco de remero tan bajo como
era posible imaginarse, una especie de apoyo para los pies hacia la proa
y unos dos canaletes ó remos para la propulsión.
Hasta aquel día jamás me había sido dable tener ante mis ojos uno de
esos botes enteramente rudimentarios y primitivos usados por los
antiguos pescadores bretones y aun parece que también por los egipcios,
y que en la vieja Bretaña se llamaron _coracles_,[6] pero en aquel
momento tenía un verdadero _coracle_ en mi presencia, y no me será
posible dar mejor idea de él sino diciendo que era, sin duda alguna,
igual al primero y más imperfecto aparato de flotación que fabricara el
hombre. Pero la verdad es que, con todos los defectos del _coracle_,
tenía, como este, la gran ventaja de ser en extremo ligero y portátil.
Ahora bien, se supondrá que una vez que hube encontrado mi bote tuve ya
con eso bastante para sentirme satisfecho de mi truhanería por aquella
vez; pero el caso es que, durante aquel tiempo, otra ocurrencia había
venido á herir mi imaginación, y tanto me apasioné de ella que se me
figura la habría llevado á cabo en las barbas del mismo Capitán Smollet.
Esta ocurrencia fué la de aventurarme en aquel bote, protegido por la
sombra de la noche, llegar suavemente hasta _La Española_, cortar el
cable de su ancla y dejarla echarse sobre la playa á donde la llevara su
buena ó mala ventura. Yo me había fijado en que, después de la lección
que los rebeldes acababan de recibir aquel día, probablemente no
encontrarían cosa mejor que hacer que levar anclas y lanzarse con la
goleta al mar. Parecióme conveniente y grato de veras el impedirles
llevar á cabo tal resolución y me afirmé en la practicabilidad de mi
pensamiento cuando ví como dejaban al guardián de la nave, encastillado
en ella, sin un sólo bote á su disposición.
Me senté, pues, á esperar que se hiciera bien densa la oscuridad y me
puse, entretanto, á comer con gran apetito algunos de mis bizcochos. Era
aquella una noche, única quizás, entre diez mil, para realizar mi
propósito. La niebla había sepultado completamente el cielo y el
horizonte. Conforme los últimos rayos del crepúsculo desaparecían, la
oscuridad más completa caía sobre la Isla del Tesoro. Así es que, cuando
concluí por echarme á cuestas el botecillo aquel y me encaramé como Dios
me ayudó para salir de la hondonada en que acababa de cenar, no quedaban
ya más que dos puntos visibles en todo el ancladero.
Uno de ellos era la gran hoguera encendida en la playa, en torno de la
cual los derrotados piratas se consolaban de su desastre en medio de
una tremenda borrachera, á orillas del juncal. El otro, que no era sino
un reflejo de luz opaca rompiendo apenas las tinieblas, indicaba la
posición del navío al ancla. La bajamar le había hecho describir un
semicírculo completo en torno de su amarre, de manera que á la sazón la
proa estaba vuelta hacia mí. Las únicas luces encendidas á bordo estaban
en la popa y en la cámara, de suerte que el ligero resplandor que yo
veía no era más que el reflejo, sobre la niebla, de los fuertes rayos
luminosos que se escapaban de la ventanilla de popa.
La marea había bajado hacía ya mucho rato, así es que tuve que ir
vadeando por largo trecho en una arena pantanosa en la cual varias veces
me sumí hasta la pantorrilla, antes de que pudiera llegar al límite en
que el agua seguía su marcha de retroceso. Con alguna fuerza y no escasa
destreza vadeé el agua del mar como lo había hecho en la playa y con
toda felicidad boté quilla-abajo mi _coracle_ sobre la movediza
superficie.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXIII
EL REFLUJO CORRE
El esquife de Ben Gunn, como yo me lo figuré desde antes, con sobra de
razón, era un bote muy seguro para una persona de mi estatura y de mi
peso, y tan ligero como boyante siguiendo su vía por el mar; pero era,
al mismo tiempo, el más intratable y desobediente navichuelo que puede
imaginarse para lo que se refería á su manejo. Por más que uno hiciera,
él siempre se iba de lado, á sotavento, de preferencia á cualquiera otra
dirección, así es que el ir siempre volteando y volteando era la
maniobra que más se acomodaba con su naturaleza. Recuerdo que el mismo
Ben Gunn me había dicho que su bote era extraño y difícil para manejar
hasta que se le _cogía el modo_.
Y la verdad es que yo no le "sabía su modo." Entre mis manos iba y
volvía en todas direcciones excepto en la que yo necesitaba. Nuestra
marcha casi constante era sobre un costado, y tengo la seguridad de que,
á no ser por la ayuda de la marea, jamás hubiera logrado llevar el
barquichuelo aquel á donde yo quería. Por mi buena suerte, por más que
yo remaba, el reflujo seguía arrastrándome siempre hacia abajo, en la
dirección precisa en que yacía anclada _La Española_, de la que, por
tanto, era punto menos que imposible desviarme.
Al principio no veía delante de mí más que un borrón, más negro aún que
la misma oscuridad; á poco, casco, mástiles y cordaje comenzaron á tomar
forma distinta á mis ojos y un momento después (que no fué más, supuesto
que la corriente de la marea me arrastraba cada vez con mayor
violencia), ya estaba mi botecillo al lado de la guindaleza de la cual
me cogí en el acto.
La guindaleza estaba tan tirante como la cuerda de un arco, y la
corriente era tan fuerte que mantenía á la goleta en una gran tensión
sobre su ancla. En torno del casco la corriente bullía, escarceaba, y
burbujante y murmuradora, se rompía sobre los costados de la goleta,
como un arroyuelo que baja saltando por las vertientes de una montaña.
No tenía, ya que hacer otra cosa sino dar un corte á aquella cuerda con
mi navaja de á bordo, y _La Española_ se iría zumbando corriente abajo.
Todo eso estaba muy bueno; pero cuando ya me disponía á completar mi
hazaña, me ocurrió repentinamente que una guindaleza cortada de súbito
es una cosa tan peligrosa como un caballo que da coces. Las
probabilidades eran diez contra una de que, si era bastante temerario
para cortar á _La Española_ de su ancla, tanto mi navichuelo como yo
teníamos que pagar demasiado caro aquel atrevimiento, con un naufragio
casi seguro.
Esta consideración me detuvo en el acto y si la fortuna no me hubiera
favorecido de nuevo de una manera muy particular, habría tenido que
abandonar mi designio por completo. Pero los vientos mansos que habían
comenzado á soplar de Sudeste y del Sur, habían cambiado, después de
entrada la noche, en dirección del Sudoeste. Precisamente en el tiempo
que yo gasté en reflexionar, vino una bocanada que cogió á la goleta,
empujándola hacia la corriente y, con gran regocijo mío, sentí que la
tensión de la guindaleza, que tenía aún cogida, disminuyó tanto que, por
un momento, la mano con que la sujetaba se encontró sumergida dentro del
agua.
Esto bastó para que yo formara mi resolución: saqué mi navaja, la abrí
con los dientes y, con las mayores precauciones, fuí cortando, uno tras
de otro, los hilos de aquella cuerda, hasta que la goleta quedó
sostenida por dos únicamente. Entonces me detuve, esperando, para cortar
estos dos últimos á que la tensión se aligerase de nuevo por otra ráfaga
de viento.
Durante todo este tiempo no había cesado de oir voces que, partiendo de
la cámara de popa, se elevaban en un diapasón bastante alto; pero á
decir verdad, mi imaginación estaba de tal manera preocupada con otras
ideas, que apenas si había prestado oído. Pero á la sazón, que ya tenía
mucho menos que hacer, comencé á parar mientes algo más en lo que se
decía.
Desde luego pude reconocer la voz del timonel Israel Hands, el antiguo
artillero del buque del Capitán Flint. La otra era, por de contado, la
de mi conocido el hombre del birrete rojo. Ambos estaban borrachos como
una cuba, lo que no les impedía seguir bebiendo, pues durante mi
escucha, uno de ellos, con un grito de ebrio, se asomó á la porta de
popa y arrojó por ella un objeto que me pareció ser una botella vacía.
Pero no solamente estaban bebidos, sino que pude cerciorarme fácilmente
de que se encontraban en pleno estado de riña. Los juramentos
menudeaban como granizos y á cada instante se dejaban oir tales
explosiones de ira, que me pareció indudable que aquello iba á concluir
á golpes. Sin embargo, una y otra de esas explosiones pasaron sin ir á
más; las voces tornaban á gruñir en tono más bajo por algún rato, hasta
que se presentaba la próxima crisis y pasaba, como las precedentes, sin
resultados.