--Por tanto, añadió, si no nos matan á todos nosotros de una vez, ya se

darán de santos con empacarse en el buque y marcharse con viento fresco

á piratear de nuevo por esos mares de Dios, que al fin y al cabo, buque

es nuestra goleta que puede servirles para su objeto.

--Será el primer navío que haya yo perdido en mi vida, dijo el Capitán

Smollet.

Yo me sentía cansado hasta la muerte, como es fácil figurárselo, así es

que en cuanto se me dejó tenderme á dormir, lo cual no sucedió sino

después de mucho molestarme, caí en un sueño tan pesado que entre un

tronco y yo no había la menor diferencia.

Todos los demás estaban ya levantados mucho tiempo hacía; ya habían

almorzado y traído casi doble cantidad de leña que la acarreada la

víspera, cuando me desperté con una baraúnda repentina y un rumor

desusado de voces.

--¡Bandera de paz!, oí que decía alguno; y luego percibí, casi en

seguida que, con una exclamación de sorpresa, añadían:

--¡Es Silver en persona!

Al oir esto, dí un salto y restregándome todavía los ojos, corrí á una

de las troneras del reducto.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO XX

LA EMBAJADA DE SILVER

¡Era cierto! Dos hombres estaban allá, fuera de la estacada, uno de

ellos agitando una bandera blanca, y el otro de pie, junto á él, con

tranquilo continente: este era nada menos que el mismísimo Silver.

Todavía era, á la sazón, bastante temprano, y la mañana era tan fría que

jamás sentí otra peor fuera de Inglaterra, pues un cierzo helado

materialmente penetraba hasta la médula de los huesos. El cielo estaba

claro, sin la más pequeña nube, y las cumbres de los árboles tenían en

aquel instante el tinte rosado de la mañana. Pero en el bajío en que

estaban Silver y su acompañante todavía quedaba bastante sombra y

aparecían como sepultados hasta la rodilla en una bruma baja, que

durante la noche había brotado del pantano. El cierzo frío y el vapor

aquel, existiendo al mismo tiempo, daban una idea de la isla, tristísima

por cierto. Era evidente que aquel era un lugar húmedo, pantanoso,

ardiente é insalubre por excelencia.

--¡Todo el mundo adentro!, gritó el Capitán; apuesto diez contra uno á

que esto envuelve alguna mala pasada.

Dicho esto gritó al pirata:

--¿Quién va? ¡Alto ahí, ó hacemos fuego!

--¡Bandera de paz!, respondió Silver.

El Capitán estaba colocado en el portalón, guardándose con el mayor

cuidado contra algún disparo traicionero en caso de que tal fuera el

intento de los piratas. Volvióse entonces á nosotros y nos dijo:

--Doctor, póngase Vd. de observación, situándose al costado Norte, si me

hace Vd. el favor. Jim, tú al Este. Gray, tú al Poniente. El ojo alerta

hacia abajo: todo el mundo á las armas cargadas. ¡Pronto, señores, y con

cuidado!

Dicho esto se volvió de nuevo á los rebeldes gritándoles:

--¿Y qué vienen Vds. á buscar aquí con su bandera de parlamento?

Á esta interpelación fué el hombre que agitaba el lienzo el que

respondió:

--Señor, el Capitán Silver desea pasar á bordo para hacer proposiciones.

--¿El Capitán Silver? ¡No sé quién es él, no lo conozco!, gritó el

Capitán Smollet.

Y pude oirle que añadía para sí, en voz más baja:

--¿Capitán, eh? ¡Diantre! ¡vaya si hay ascensos en la carrera!

Silver respondió entonces de por sí:

--Se trata de mí, señor. Esos pobres muchachos me han elegido su Capitán

después de la _deserción_ de Vd.

Recalcó muy bien la palabra _deserción_ y prosiguió sin detenerse:

--Estamos resueltos á someternos si nos es posible obtener algún

arreglo y nada más. Todo lo que yo pido es que me dé Vd. su palabra,

Capitán Smollet, de que me dejará salir sano y salvo fuera de esa

estacada y un minuto de plazo para ponerme fuera de tiro antes de que se

haya disparado un arma.

--Pues oiga Vd. esto, replicó el Capitán Smollet: lo que es yo no tengo

malditas la prisa ni la gana de hablar con Vd. Si Vd. quiere hablar

conmigo, puede Vd. entrar aquí y basta. Yo no tengo que empeñar mi

palabra á un hombre de su calaña; si hay en esto alguna traición oculta,

será sin duda del lado de Vds., y en tal caso Dios les ayude.

--Me basta con eso, Capitán, contestó John Silver en tono satisfecho.

Una palabra de Vd. es más que suficiente. Yo sé lo que es un caballero;

puede Vd. creerlo.

Entonces pudimos ver al hombre de la bandera tratando de hacer

retroceder á Silver. No era esto muy de sorprendernos atendiendo al tono

caballeresco de la respuesta del Capitán. Pero Silver se le rió en las

barbas y golpeándole sobre el hombro pareció decirle que la idea de todo

temor ó alarma era perfectamente absurda. Entonces avanzóse hacia la

estacada, arrojó su muleta al otro lado y con gran vigor y destreza

logró salvar el cercado, saltando sano y salvo al recinto de la

empalizada.

Debo confesar que lo que sucedía en aquellos momentos me atraía

demasiado para que me fuera dable servir en lo más mínimo como

centinela. Desde luego había ya desertado de mi tronera de Oriente que

fué la que me designó el Capitán, y me había deslizado detrás de éste

que acababa de sentarse en el dintel del portalón, cruzando estoicamente

las piernas, recargando la cabeza sobre una de sus manos y dirigiendo

la vista con la mayor indiferencia á la fuente que burbujeaba y salía

rumorosa del caldero, para perderse correteando sobre la arena. Púsose,

además, á silbar el sonecillo de "_¡Venid mozos y mozas!_"

Á Silver le costaba un trabajo del diantre el subir por la ladera de la

loma. Lo escabroso de ésta, los troncos de los árboles cortados, que

estaban aun allí pegados unos á otros, y lo suave de la arena hacían que

él y su muleta me parecieran como un navío dando tumbos entre las olas

sin velas y sin timón. Pero él soportó aquello como un hombre, en

silencio, y por último llegó á la presencia del Capitán, á quien saludó

de la manera más cortés del mundo. Habíase colocado sus mejores arreos:

una gran casaca azul toda llena de botones de metal, le colgaba hasta

las rodillas, y un hermoso sombrero galoneado se ostentaba sobre su

cabeza, ligeramente echado hacia atrás.

--Y bien amigo, ¿ya está Vd. aquí?, dijo el Capitán levantando la cara.

Me parece que puede Vd. sentarse.

--¿Es que no me va Vd. á recibir allá adentro?, dijo Silver un tanto

cuanto quejoso. Me parece esta una mañana demasiado fría para que nos

estemos aquí, sentados sobre la arena.

--Amigo Silver, replicó el Capitán, si Vd. se hubiera conducido como un

hombre honrado, á estas horas estaría Vd. sentado muy agradablemente en

su galera. Esto no es más que la obra de Vd. mismo. Como cocinero de mi

buque, que era Vd., era tratado de la mejor manera del mundo; como

Capitán Silver, ó sea como amotinado y pirata, tiene Vd. por perspectiva

la horca.

--Sea enhorabuena, Capitán, respondió el cocinero sentándose en la

arena como se le indicaba. Luego tendrá Vd. que darme la mano para

levantarme, he ahí todo. ¡Bonito lugar, de veras, que se han encontrado

Vds.! ¡Ah! ¡allí está Jim! ¡Santos y felices días tengas tú, Hawkins!

¡Doctor! ¡Vd. también!, aquí me tiene Vd. á sus órdenes. Y bien, todos

Vds. están juntos, todos como en familia, por decirlo así, ¿no es esto?

--Amigo, dijo el Capitán, si ha venido Vd. para decir algo, me parece

que hará bien en despacharse luego.

--Tiene Vd. razón que le sobra, Capitán Smollet, contestó el pirata. El

deber antes que todo, no cabe duda. Pues bien, vamos al asunto: ayer nos

han dado Vds. muy buen quehacer; muy buen quehacer, no lo niego, sí

señor. Hemos visto que algunos de Vds. no se maman el dedo en llevando

un espeque entre las manos, ¡vive Dios que no! Por lo mismo, no trataré

de ocultar tampoco que algunos de mis muchachos se han bamboleado de

miedo; quizás todos estén en ese caso; tal vez yo mismo no las tengo

todas conmigo, y sea esa la razón de que me tenga Vd. aquí buscando un

avenimiento. Pero sépalo Vd. bien, Capitán; esto no sucederá dos veces,

¡por vida del diablo! Tendremos que hacer nuestros cuartos de centinela,

y no ir muy lejos en materia de rom. Puede que Vds. se figuren que

nosotros no fuimos más que una hoja de papel lanzada en un remolino.

Pero le diré á Vd.: lo cierto es que yo estaba bien en mis cabales; lo

que me pasaba es que me sentía cansado como un macho de noria, y con

sólo que se me hubiese llamado un segundo antes los habría cogido á Vds.

en el acto mismo. Todavía á esa hora él estaba vivo, bien vivo, no le

quepa á Vd. duda.

--¿Y bien?, dijo el Capitán Smollet con la mayor calma y sangre fría del

mundo.

Todo cuanto Silver decía en su enmarañado é inextricable lenguaje era

para el Capitán un verdadero enigma, pero nadie se lo habría figurado

por el tono de su voz. En cuanto á mí, comenzaba á tener una sospecha.

Las últimas palabras de Ben Gunn me vinieron á la memoria y me dí á

suponer que quizás habría hecho una visita á los piratas mientras

estaban reunidos en torno de su hoguera, completamente borrachos ó poco

menos, y acaricié con alegría la esperanza de que quizás ya no teníamos,

á esas horas, sino catorce enemigos con quienes lidiar.

--Y bien, contestó Silver, lo que hay es esto: que queremos ese tesoro y

que lo tendremos; esa es nuestra base. Vds., á su vez, pueden, sin

pérdida de tiempo, asegurar sus vidas, á lo que creo: esa es la base de

Vds. En poder de Vds. obra un mapa, ¿no es verdad?

--¡Bien podría ser!, murmuró el Capitán.

--¡Oh! lo es, de seguro, no me cabe duda, replicó Silver. No hay para

qué hacerse el misterioso con un hombre como yo; es esta una treta del

todo inútil, puede Vd. creerlo. Lo que quiero decir es que nosotros

necesitamos ese mapa. Por lo demás, nosotros nunca habíamos pensado en

hacer á Vd. el menor daño, ¡no señor!

--Amigo, esa no pega, le interrumpió el Capitán. Nosotros sabemos

perfectamente lo que Vds. se proponían hacer, y lo cierto es que no nos

importa un bledo, porque ya bien ve Vd. que, lo que es por ahora, los

tales propósitos son ya simplemente imposibles.

Y diciendo esto el Capitán miró con la mayor calma á su interlocutor y

se puso á llenar su pipa con tabaco.

--Si es que Gray ha podido... comenzó Silver.

--Suposición excusada, interrumpió el Capitán. Gray nada me ha dicho por

la sencilla razón de que nada le he preguntado. Y lo que es más todavía,

antes que acceder, preferiré ver volar en pedazos á Vd. y á él y á toda

esta isla bendita. Eso y nada más, mi amigo, es lo que yo opino de sus

proposiciones.

Esa bocanada--perdónese la palabra en gracia de esta exactitud--esa

bocanada de mal humor del Capitán, pareció enfriar bastante á Silver. Un

momento antes sus palabras iban ya tomando cierto tono provocativo, que

cesó ante aquella explosión como por encanto.

--¡Basta con esto!, dijo. No quiero más. No discutiré lo que caballeros

como Vd. consideren dentro ó fuera de las reglas y del espíritu de

verdaderos marinos. Entre tanto, y puesto que le veo á Vd. á punto de

encender su pipa, voy á tomarme la libertad de hacer otro tanto.

Dicho esto, llenó, en efecto, su pipa y la encendió.

Durante un rato considerable aquellos dos hombres se quedaron

silenciosos, sentados con la mayor calma, ya viéndose á la cara

mutuamente, ya arreglando su tabaco, ya inclinándose hacia adelante para

escupir.

--Veamos pues, resumió Silver; he aquí las cosas sin rodeos: Vds. nos

dan ese mapa para encontrar con él el tesoro y cesan ya de fusilar á

pobrecillos marineros, y de calentarse la cabeza aun en medio del sueño.

Vds. hacen esto y nosotros, en cambio, les damos á escoger una de dos

cosas: ó vienen Vds. á bordo con nosotros, una vez que el tesoro haya

sido embarcado, y en ese caso les doy á Vds. bajo mi verdadera palabra

de honor un _afilavis (affidavit_ quería decir) de que en una costa

habitada y segura los desembarcaré sanos y salvos; ó si esto no les

conviniera mucho por ser medio salvajes algunos de mis hombres, ó por

tener recelo de despertar antiguos rencores, entonces ¡qué demonio!

pueden Vds. estarse aquí, ¡sí señores! Dividimos las provisiones de boca

con Vds. á lo legal y justo, en proporción de lo que nos toque, á tanto

por cabeza y, lo mismo que en el caso anterior, les doy mi _afilavis_ de

que al primer buque que encontremos lo mando acá para recogerlos. No

dirá Vd. que esto es pura charla: la verdad es que Vds. no pueden

esperar nada mejor que lo que yo propongo. Espero pues (y al decir esto

levantó la voz considerablemente) que toda la tripulación--vamos al

decir--que toda la tripulación de este reducto, considerará bien mis

palabras, porque lo que he hablado para uno, hablado está para todos.

El Capitán Smollet se puso en pie, sacó las cenizas del fondo de su pipa

sacudiéndola sobre la palma de la mano y luego con toda su calma

anterior interrogó así á Silver:

--¿Es eso todo?

--¡Sí, por vida del infierno, esa es mi última palabra! Rehuse Vd. eso y

no volverán á oir Vds. de mí más que el zumbido de las balas de mis

mosquetes.

--Está muy bien, dijo el Capitán. Pues ahora óigame Vd. á mí. Si vienen

Vds. á presentarse aquí, de uno en uno y desarmados, me comprometo á

ponerlos á todos con grillos y esposas y llevarlos para que tengan un

proceso en regla, hasta Inglaterra. Si mi proposición no le conviene á

Vd., me llamo Alejandro Smollet, la bandera de mi Soberano está

enarbolada sobre esta casa y prometo enviarle á Vd. y á todos los suyos

á los apretados infiernos. Vds. no pueden hallar ni hallarán ningún

tesoro. Vds. no pueden navegar con esa goleta. Vds. no pueden batirnos.

Gray, solo, pudo salir fácilmente de entre las manos de cinco de los

suyos. Su navío está como encadenado, Maese Silver; Vds. están como

varados en una playa de sotavento y muy pronto se convencerá Vd. de

ello. Yo, pues, me quedo aquí, después de decirle lo que le he dicho,

que es, por cierto, lo último que me oirá Vd. de buenas palabras, porque

¡por vida del diablo! la primera vez que vuelva á encontrar á Vd., Maese

Silver, le meto una bala en la cabeza, como tres y dos son cinco. Pase

Vd. de allí. Sálgase en el acto de este lugar, mano sobre mano, y

despáchese pronto.

Silver era, en aquel momento, la estampa de la ira. Los ojos parecían

salírsele de las órbitas, de indignación. Sacudió el tabaco fuera de la

pipa y luego gritó:

--¡Déme Vd. la mano para levantarme!

--¡No por cierto!, replicó el Capitán.

--¿Quién de Vds. quiere darme la mano?, aulló dirigiéndose á nosotros.

Ninguno en nuestras filas se movió siquiera. Vomitando entonces las más

horribles blasfemias, se arrastró sobre la arena hasta que tuvo á su

alcance una de las pilastras del portalón de la cual se asió, y ya

entonces pudo enderezarse y ponerse en pie con su muleta. Caminó en

seguida, y con una acción despreciativa é insultante, bramó:

--¡Eso valen Vds.! Antes de que se haya pasado una hora, ya los pondré á

Vds. á hervir como ponche encendido, en su estacada. Rían Vds., ríanse,

¡con mil diablos!, antes de una hora ya podrán reir en el infierno, y

para ese tiempo los que se hayan muerto podrán llamarse los más

afortunados.

Con un nuevo y terrible juramento se alejó cojeando, señaló á su paso la

arena en que iba enterrándose, trepó sobre la estacada con ayuda del

hombre de la bandera, no sin fallar sus esfuerzos tres ó cuatro veces, y

un instante después desapareció entre los árboles.

[Illustration]

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CAPÍTULO XXI

EL ATAQUE

No bien hubo desaparecido Silver, el Capitán que le había seguido

escrupulosamente con la mirada, se volvió hacia el interior del reducto,

y con excepción de Gray no encontró á ninguno de todos nosotros en su

sitio. Fué aquella la primera vez que le ví verdaderamente enojado.

--¡Á sus puestos!, gritó.

Y cuando ya todos ganamos humildemente nuestras posiciones, prosiguió:

--¡Gray!, tendrás hoy una mención honorífica en el diario de á bordo:

has cumplido con tu deber como un buen marino. Sr. de Trelawney, me

sorprende la conducta de Vd. Doctor, yo creí que alguna vez había Vd.

llevado encima el uniforme del Rey, ¿es así como servía Vd. en Fontenoy,

señor? Si era así, mejor hubiera Vd. hecho en quedarse en su casa.

Los centinelas mandados por el Doctor estaban ya todos en sus troneras;

los demás hombres se ocupaban de cargar las armas, todos con la cara

bien encendida, puede creérseme, y, como dice el adagio inglés: "_con

una pulga en su oído_."

El Capitán vió á todos en silencio por algún rato y en seguida habló

así:

--Amigos míos, acabo de descargar sobre Silver una verdadera andanada.

Le he puesto, de propósito, en punto de brea hirviendo y así es que,

como ya nos lo ha anunciado él mismo, antes de que trascurra una hora,

tendremos que sufrir el abordaje. Son más que nosotros, no necesito

recordarlo, pero nosotros peleamos á cubierto: un minuto hace que tal

vez habría yo añadido "y con disciplina." No cabe duda, por lo mismo, de

que podemos darles una buena sacudida si Vds. gustan.

Dicho esto recorrió las filas para cerciorarse de que todo estaba listo

y en orden.

En los dos costados más angostos, ó sea en las cabeceras de la cabaña,

que veían al Este y al Oeste, no había más que dos troneras; en el lado

Sur que era en el que estaba el portalón, no había también más que dos,

y cinco en el muro del lado Norte. Teníamos por todo, unos veinte

mosquetes para siete que éramos. La leña había sido arreglada en cuatro

pilas,--llamémosles _mesas_--una hacia el medio de cada uno de los

lados, y sobre cada una de esas _mesas_, se colocaron cuatro mosquetes

bien cargados, listos para que los defensores del reducto los tuvieran á

la mano. En el centro los sables todos estaban alineados en orden.

--Apáguese el fuego, dijo el Capitán. El frío ha pasado ya y no es

conveniente que tengamos humo en los ojos.

El cesto de hierro con sus leños encendidos fué sacado por el Sr.

Trelawney en persona, fuera de la cabaña, y las brasas se apagaron con

arena.

--Hawkins no ha almorzado todavía, continuó el Capitán. Vamos, chico,

despáchate por tu mano y vuélvete á tu puesto á comer. Vivo, vivo,

muchacho; podría ser que lo necesitaras antes de poder hacerlo. Tú,

Hunter, sirve á todos un buen vaso de _cognac_.

Mientras esto se hacía, el Capitán completaba en su imaginación el plan

de defensa.

--Doctor, Vd. se situará en la puerta, continuó. Cuidado con exponerse;

manténgase Vd. á cubierto y haga fuego á través del portalón. Hunter, tú

te sitúas en el costado oriental, ¡allí!, Joyce, tú al otro lado, al

Oeste. Sr. de Trelawney, á Vd. que es el de mejor puntería, se le

encomienda, ayudado de Gray, la defensa de este largo costado del Norte

que tiene cinco troneras. Si algún peligro corremos, ese peligro está en

ese punto. Si ellos lograran subir hasta aquí y hacer fuego hacia

adentro del reducto, por nuestras propias troneras, las cosas se

empezarían á poner entonces de color de hormiga. Hawkins, ni tú ni yo

somos muy hábiles, según creo, para hacer puntería; nosotros, pues,

permaneceremos al lado de los tiradores ocupados en cargas las armas.

Como el Capitán lo dijo, el frío había ya pasado. Tan pronto como el sol

había dejado pasar sus rayos por sobre las copas de los árboles hasta

nosotros, se dejó sentir con toda su fuerza sobre las partes no

sombreadas y disipó en un instante la bruma del pantano. Muy pronto la

arena estaba ya abrasándose y la resina de los abetos comenzaba á

derretirse en los muros del reducto. Colgamos á un lado sacos y jubones,

las camisas se abrieron por las pecheras descubriendo nuestros cuellos

casi hasta los hombros y ya en esa actitud, cada uno estuvo de pie

firme, arma al brazo, en su puesto, con la doble fiebre del calor y de

la más ansiosa expectativa.

Así se pasó más de una hora.

--¡Mal rayo los parta! dijo el Capitán. Esto sí que es tan pesado como

una _calma-chicha_. Gray, sílbale al viento.

Como si alguien hubiera oído los votos del Capitán, en aquel mismo

instante nos llegó la primera noticia del ataque.

--Dispense Vd. Capitán, dijo Joyce; si descubro á alguno, ¿debo hacer

fuego?

--Ya lo he dicho antes, contestó el Capitán.

--Mil gracias, señor, contestó Joyce con la misma y tranquila cortesía.

Por algunos momentos nada sucedió, pero aquel corto diálogo nos había

puesto á todos alerta, concentrando toda nuestra vida en los oídos y los

ojos. Los tiradores seguían con sus mosquetes en las manos; el Capitán

en el centro del reducto con los labios muy apretados y con el ceño

fruncido.

Así trascurrieron unos segundos más hasta que de repente oímos á Joyce

preparar su arma y disparar acto continuo. Todavía no se apagaba el eco

de su detonación, cuando ya lo oímos repetido por disparos que partían

de afuera, uno tras de otro, en una descarga nutrida, sobre cada uno de

los cuatro costados del reducto. Varias balas dieron contra los postes

de los muros, pero ninguna penetró adentro. Cuando el humo se hubo

disipado, la estacada y el bosque que la circunda aparecían tan quietos

y desocupados como antes: ni una rama se movía; ni el brillo del cañón

de un sólo mosquete denunciaba la presencia de nuestros adversarios.

--¿Le acertaste á tu hombre?, preguntó el Capitán.

--No señor, replicó Joyce, me parece que no.

--Pues podía hacerse algo mejor que eso, á decir verdad, refunfuñó el

Capitán Smollet. Hawkins, carga otra vez ese mosquete. ¿Cuántos cree Vd.

que había del lado de Vd., Doctor?

--Puedo decirlo con toda precisión: tres disparos se hicieron de este

lado. He visto las tres llamaradas, dos de ellas muy juntas, y la otra

más lejana, hacia el Poniente.

--¡Tres! dijo el Capitán. ¿Y cuántas por el lado de Vd. Sr. de

Trelawney?

Esta pregunta no fué contestada con tanta exactitud. Según el Caballero,

los disparos hechos sobre el costado Norte eran unos siete, y ocho ó

nueve según el cómputo de Gray. De los lados Este y Oeste sólo un tiro

había partido. Era, pues, indudable, que el ataque iba á verificarse

sobre el lado Norte, y que en los tres costados restantes solamente se

nos iba á molestar con un aparato de hostilidades. Sin embargo, el

Capitán Smollet no hizo el menor cambio á sus disposiciones anteriores.

Si los sublevados logran salvar la empalizada y posesionarse de algunas

de nuestras troneras no ocupadas, de seguro que nos van á fusilar

impunemente como á ratas, dentro de nuestra misma fortaleza.

Pero no se nos dió mucho tiempo para deliberaciones. Repentinamente con

un fuerte grito de _¡Arriba!_ una pequeña nube de piratas saltó de entre

los árboles, en el lado Norte y se precipitó directamente sobre la

estacada. En el mismo instante los tiradores ocultos en el bosque

abrieron el fuego nuevamente y una bala de rifle silbó á través de la

puerta y, golpeando sobre el mosquete del Doctor, se lo hizo

literalmente añicos.

Los asaltantes se encaramaron sobre la empalizada como monos: el

Caballero y Gray hicieron fuego una y otra y otra vez, y tres hombres de

aquellos cayeron, uno, dentro del recinto de la empalizada, y dos hacia

fuera, aunque de estos últimos uno parece que estaba más azorado que

herido, porque no tardó casi nada en ponerse en pie y desaparecer en un

abrir y cerrar de ojos entre los árboles.

Dos, pues, habían mordido el polvo, uno había huído y cuatro habían ya

logrado entrar de pie firme en el recinto de nuestra defensa, mientras

que, al abrigo de los árboles siete ú ocho hombres, cada uno de los

cuales tenía evidentemente un surtido de varios mosquetes, mantenían un

fuego vivo y nutrido, aunque sin el menor resultado, contra los muros de

nuestro reducto.

Los cuatro que se habían arriesgado al asalto se lanzaron derechos sobre

el edificio, animándose mutuamente con gritos, y sintiéndose alentados

por los _hurras_ de los tiradores del bosque. Se hizo fuego sobre ellos

varias veces, pero se movían con tal rapidez y era tal la prisa de

nuestros tiradores que no se logró que ninguna de sus balas diera en el

blanco. En un momento los cuatro piratas habían trepado el declive de la

loma y estaba ya sobre nosotros.

La cabeza de Job Anderson apareció en la tronera del centro gritando con

una voz de trueno:

--¡Todos á ellos! ¡todos á ellos!

Al mismo instante otro pirata logró apoderarse del mosquete de Hunter

cogiéndoselo violentamente por el cañón y descargó sobre aquel leal un

golpe tan tremendo que lo hizo rodar en tierra sin sentido. Entre tanto,

un tercero corrió sano y salvo en torno de la casa y apareció

súbitamente en la puerta cayendo sobre el Doctor, cuchillo en mano.

Nuestra posición había cambiado por completo. Un momento antes

peleábamos nosotros á cubierto y el enemigo á campo raso; ahora nosotros

éramos los descubiertos é imposibilitados para volver golpe por golpe.

La isla del tesoro · 第 11 / 20 段