la tierra de bosque que nos separaba de nuestro baluarte. Á cada paso
que dábamos, las voces de los piratas que venían por la playa llegaban
más y más distintas á nuestros oídos. Muy pronto ya nos fué fácil
distinguir el rumor de sus precipitados pasos, y el crujido de las ramas
de los arbustos á través de cuyos matorrales se venían abriendo camino.
Comencé á creer entonces que la cosa iba de veras y hasta requerí el
fiador de mi mosquete.
Capitán, dije: el Sr. de Trelawney es el de puntería infalible entre
nosotros; déle Vd. su mosquete, porque el suyo está inutilizado.
Sin responderme cambiaron rápidamente de armas y Trelawney, callado y
frío como había estado desde el principio de la batalla, se detuvo por
un instante para cerciorarse de que el arma estaba en buen estado para
servicio inmediato. En el mismo momento, notando que Gray iba desarmado,
le alargué mi cuchillo. Mucho nos animó el ver á aquel chico escupirse
la mano, remangarse la camisa, empuñar el arma y hacerla zumbar,
blandiéndola por el aire. Era cosa que se veía desde luego que aquel
nuestro nuevo aliado era todo un marino de pelo en pecho.
Á unos cuarenta pasos de aquella rápida detención llegamos al lindero
del bosque y vimos la estacada frente á nosotros. Nos lanzamos á ella,
entrando á su recinto por el lado sur, cuya empalizada salvamos rápidos
como el rayo, y casi en el instante mismo siete de los amotinados, con
Job Ánderson el contramaestre á la cabeza, aparecieron en el lado
Sudoeste lanzando gritos tremendos.
Detuviéronse un momento al llegar allí, como si se sintieran cogidos por
retaguardia, pero antes de que ellos tuvieran tiempo de recobrarse de su
sorpresa, no sólo Trelawney y yo, sino también Hunter y Joyce tuvimos
tiempo de hacer fuego desde el reducto. Los cuatro tiros no sonaron en
una descarga muy simultánea, pero hicieron su efecto, eso sí. Uno de los
enemigos cayó redondo y los restantes, sin vacilar más tiempo, volvieron
la espalda y se parapetaron tras de los árboles.
Después de cargar de nuevo nuestras armas, salimos afuera de la
empalizada para reconocer al enemigo que había caído. Estaba muerto y
muy bien muerto, con el corazón atravesado de parte á parte.
Ya comenzábamos á felicitarnos de nuestra buena suerte cuando en aquel
mismo instante una detonación de pistola se dejó oir en el matorral más
cercano; la bala silbó junto á mi oído y el pobre de Tom Redruth se
tambaleó y cayó en el suelo de largo á largo. Tanto el Caballero como yo
devolvimos el tiro, pero como no teníamos sobre qué hacer puntería,
es muy probable que no hicimos más que desperdiciar nuestra pólvora.
Cargamos otra vez y entonces volvímonos á ver al pobre Tom.
[Illustration: MUERTE DE REDRUTH.]
El Capitán y Gray estaban ya examinándolo, y en cuanto á mí me bastó la
primera ojeada para comprender que aquello no tenía remedio.
Creo que la prontitud con que respondimos á su disparo dispersó á los
rebeldes una vez más, porque aunque estábamos á descubierto ya no se nos
hostilizó mientras nos dábamos trazas de izar al pobre guarda-monte para
pasarlo al recinto de la estacada y trasladarlo, quejándose y
desangrándose, al interior de la cabaña.
¡Pobre viejo! De sus labios no había salido ni una palabra de sorpresa,
queja ó temor, pero ni aun de sentimiento, desde el instante en que
habían comenzado nuestras complicaciones, hasta aquel punto en que le
acostábamos allí, en el centro de nuestro reducto, para que muriera.
Como un troyano verdadero había permanecido vigilante é inmóvil tras de
su colchón en la galería; cuantas órdenes se le habían dado, él las
había obedecido callado, con la docilidad de un perro, y muy bien, por
cierto. Era el de más edad de todos los de nuestro campo, llevando
veinte años, por lo menos, al más viejo; y ahora, aquel anciano criado
taciturno, servicial, estaba allí tendido, próximo al sepulcro.
El Caballero se dejó caer casi junto á él, sobre sus rodillas, y le
besaba la mano, llorando como un chiquillo.
--¿Cree Vd. que me voy, Doctor?, preguntó el moribundo.
--Tom, hijo mío, le contesté, vas á volver á tu verdadera patria.
--Siento mucho, replicó el agonizante, no haber dado antes á esos pillos
una lección con mi mosquete.
--Tom, exclamó á la sazón el Caballero todo conmovido; Tom, dime que me
perdonas, ¿no es verdad que si?
--Señor, fué su respuesta, ¿no crée Vd. que eso parecería una falta de
respeto de mí á Vd.? Pero hágase como Vd. lo pide... sí señor, con toda
mi alma.
Siguióse un silencio no muy largo al cabo del cual murmuró que desearía
que alguien dijese cerca de su cabecera alguna oración, añadiendo en
tono sencillo y como disculpándose de su atrevimiento.
--Créo que esa es la costumbre... ¿no es verdad?
Vino luego una agonía muy corta; y sin pronunciar ninguna otra palabra,
el alma de Redruth partió de este mundo.
Entre tanto el Capitán, cuyas faltriqueras y pecho había yo visto en
extremo abultados durante la travesía, fué sacando de ellos todo un
almacén de objetos: una bandera inglesa, una Biblia, una adujada ó lío
de cuerda bastante fuerte, plumas, tinta, el registro diario de á bordo
y algunas libras de tabaco. Habíase encontrado en nuestro recinto de la
estacada un largo y ya aderezado tronco de abeto que, con la ayuda de
Hunter, levantó y puso en el ángulo de la cabaña en que los troncos se
cruzaban. Acto continuo, subiendo ágilmente sobre el techo del reducto,
colocó con su propia mano é izó en alto la bandera de nuestra patria.
Esta operación pareció como aliviarle de un gran peso. Volvió á entrar
en seguida á la cabaña y como si nada hubiera de particular se puso
tranquilamente á hacer el recuento de nuestras provisiones de guerra y
boca. Pero no dejaba, sin embargo, de mirar con disimulo del lado del
pobre de Tom Redruth que estaba agonizando, y así es que, no bien hubo
éste espirado, cuando se acercó con otra bandera y la desplegó
reverentemente sobre el cadáver. En seguida, sacudiendo virilmente la
mano del Caballero, le dijo:
--No hay que afligirse, señor. Todo temor es vano tratándose del alma de
un leal, que ha sucumbido cumpliendo con su deber para con su Capitán y
con su señor. Sería una ofensa á la Divinidad el creer otra cosa.
Dicho esto me llevó á un lado y me dijo:
--¿Dentro de cuántas semanas esperan Vd. y el Caballero que vendrá el
buque que ha de enviar Blandy?
--No es cuestión de semanas, sino de meses, le contesté. En caso de que
no estemos de vuelta para el fin de Agosto, Blandy mandará buscarnos,
pero ni antes ni después de ese tiempo. Vd. puede calcular por sí mismo.
--Yo lo creo que sí, contestó rascándose la cabeza de un modo muy
significativo. Así es que, no sin dar á la Providencia una _buena
ración_ de gracias por todos sus beneficios, debo decir que no por eso
hemos estado menos desafortunados.
--¿Qué quiere Vd. decir con eso?, le pregunté.
--Quiero decir, me respondió, que es una lástima que hayamos perdido
aquel segundo cargamento del botecillo. Por lo que hace á pólvora y
balas, tenemos bastantes; pero, en cuanto á provisiones de boca, estamos
escasos, muy escasos; tan escasos, Doctor, que quizás nos viene muy bien
el tener aquella boca de menos.
Y al decir esto señalaba el cadáver que yacía cubierto con la bandera
inglesa por sudario.
En aquel mismo instante oyóse el trueno y el silbido de una bala de
cañón que pasó rozando el techo de nuestro reducto y fué á enterrarse
entre los árboles del bosque.
--¡Ajá!, dijo el Capitán. ¡Salvas tenemos! Bastante poca pólvora tienen
esos chicos para que la desperdicien así tan locamente.
Otro segundo disparo arrojó su bala con mejor puntería, pues el
proyectil penetró adentro de la estacada, levantando una nube de arena,
pero sin causarnos el menor daño.
--Capitán, dijo el Caballero; me consta que nuestro reducto, de por sí,
es enteramente invisible desde el buque. Creo, por tanto, que es la
bandera la que les está sirviendo para hacer blanco... ¿no cree Vd. que
sería más prudente traerla acá adentro?
--¿Arriar mi pabellón? ¡Jamás!, exclamó el Capitán.
Nosotros fuimos todos inmediatamente de su misma opinión, porque aquello
no sólo tenía un aspecto marcial, marino é imponente, sino que entrañaba
una buena política, cual era la de mostrar á nuestros enemigos que no se
nos daba un ardite de su cañoneo.
Toda la tarde continuaron su fuego. Bala tras de bala venía; las unas
pasaban por encima del techo, otras caían á un lado, otras entraban al
recinto de la empalizada, desparpajando la arena del piso. Pero como
tenían que hacer su puntería sobre una mira muy alta sus tiros no
lograron más que encontrar sepultura en la leve arena de la loma. No
teníamos rebotes que temer y aunque una bala penetró á la cabaña por el
techo y luego salió de nuevo por un costado, muy pronto nos
acostumbramos á esa especie de broma pesada y no hicimos más caso de
ella que lo habríamos hecho de una partida de vilorta.
--Me ocurre una buena idea, dijo el Capitán. El bosque frente á nosotros
está bastante claro; la marea ha dejado un buen espacio en seco y á la
hora de ésta nuestras provisiones están ya probablemente en descubierto.
Creo que si algunos de los nuestros se prestaran á hacer una pequeña
salida con ese objeto, podríamos recobrar parte de nuestra carne salada.
Gray y Hunter se ofrecieron desde luego, y, muy bien armados, salvaron
la empalizada. Su misión fué, sin embargo, inútil. Los rebeldes eran más
intrépidos de lo que creíamos, ó tenían más fe de la que se merecía en
su artillero Hands, porque el hecho es que ya cinco ó seis de ellos
estaban muy ocupados sacando nuestras provisiones del fondo del serení y
trasladándolas á uno de sus esquifes que estaba allí cerca, mantenido
contra la corriente por el manejo constante de un remo. Silver estaba en
la popa al mando de las operaciones, y cada uno de sus hombres aparecía
ya provisto de su mosquete correspondiente, tomado de algún oculto
arsenal de ellos mismos.
El Capitán se sentó para escribir en su diario de á bordo, y he aquí el
principio de lo que trazó en él:
"Alejandro Smollet, Capitán; David Livesey, médico de á bordo; Abraham
Gray, carpintero de la goleta; John Trelawney, propietario; John Hunter
y Ricardo Joyce, criados del propietario, que no son marinos; estos son
los que se conservan leales de toda la gente embarcada á bordo de _La
Española_; tenemos víveres para diez días á raciones cortas; hemos
desembarcado hoy é izado luego la bandera inglesa en la estacada ó
reducto que hemos hallado en esta Isla del Tesoro. Tom Redruth, otro
sirviente del propietario, ha sido muerto por los rebeldes. James
Hawkins, paje de cámara..."
En este momento yo estaba lamentándome acerca de la triste suerte y fin
desastroso del pobre Hawkins, cuando oímos algunos gritos y llamadas del
lado de tierra.
--Alguien nos vocea por acá, díjonos Hunter que estaba de centinela.
--¡Doctor! ¡Caballero!... ¡Capitán!... ¡Hola! ¿eres tú Hunter?, decían
los gritos aquellos.
Corrí á la puerta de la cabaña y llegué á tiempo para ver de nuevo, sano
y salvo, á Jim Hawkins, salvando en aquel momento la empalizada.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XIX
EL NARRADOR PRIMERO TOMA OTRA VEZ LA PALABRA--LA GUARNICIÓN DE LA
ESTACADA
No bien Ben Gunn hubo visto la bandera, hizo alto inmediatamente, me
tomó por el brazo para detenerme y se sentó.
--¡Ah! lo que es por ahora, Jim, allí están tus amigos, con toda
seguridad.
--Mas bien creo que sean los rebeldes, le repliqué.
--¡Ca, no!, dijo él. ¿Crees tú que en un lugar como este, al cual no
abordan sino piratas, había de venir Silver á enarbolar el pabellón
inglés? ¡Ni por pienso! Son tus amigos, Jim, no tengas la menor duda.
Además, ya ha habido pelea y me sospecho que los tuyos han llevado la
mejor parte y ahora los tienes instalados en esa estacada y reducto que
fué construído hace años y años por el Capitán Flint. ¡Ah! puedes creer
que el tal Capitán era hombre que sabía lo que traía entre manos.
Quitándole lo borracho, era persona que jamás dejaba traslucir su juego.
No le tenía miedo á nadie... á nadie más que á Silver. Silver puede
jactarse de ello.
--Bueno, pues siendo esto así, como creo que lo es, tanta más razón
para que yo me apresure á reunirme con mis amigos.
--Como tu quieras, replicó él. Tú eres un buen muchacho, ó yo me
equivoco, pero muchacho nada más y con eso está dicho todo. En cuanto á
Ben Gunn, éste se escapa. Ni un vaso de rom podría seducirme bastante
para ir allá, ni el mismo rom, ¡no!, hasta que no vea yo á tu Caballero
de nacimiento y le entregué eso bajo su palabra de honor. Pero no
olvides mis palabras... "_el precioso don de su confianza_," esto es lo
que tú debes decirle "_el precioso don de su confianza_..." y al decirle
esto le das el pellizco que ya sabes.
Y añadiendo la acción á la palabra, me largó por tercera vez un
pellizco, con el mismo aire de confianza íntima que los anteriores.
--Así pues, cuando necesiten á Ben Gunn, ya sabes en donde encontrarle,
Jim: precisamente en el mismo lugar en que me has visto hoy. El que vaya
en mi busca que lleve en la mano, por señal, algún lienzo blanco, y que
vaya solo, enteramente solo. Para esto, añadirás, Ben Gunn tiene sus
buenas razones muy particulares.
--Está bien, le dije; creo haber entendido. Vd. tiene algo que proponer
y desea Vd. ver, bien al Caballero ó bien al Doctor, para lo cual se le
puede encontrar á Vd. en el mismo lugar en que hoy le he hallado, ¿es
esto todo?
--¿Á qué horas? ¿Quieres saber también á qué horas, no es verdad? Pues
estaré allí diariamente desde el mediodía hasta las seis de la tarde.
--Entendidos, le contesté, ahora ¿no cree Vd. que ya debemos
despedirnos?
--Sí; pero mira... cuidado con olvidar las palabras esas: "_el precioso
don de su confianza_" y las otras de "_sus buenas razones muy
particulares_." Mira que esto es de lo muy esencial... "_razones muy
particulares_," ¿eh? ¡como de hombre á hombre!
Y sin soltarme el brazo todavía, añadió:
--Creo que ya puedes marcharte, Jim... Pero óyeme... si por desgracia te
fueres á tropezar ahora con Silver, ¿no es verdad que ni con caballos
brutos te arrancará la confesión de lo que te he dicho?... ¿Verdad que
no?... ¡Ah! ¡bueno!... Pero, y si los piratas acampan esta noche en
tierra, Jim ¿no podremos esperar que para mañana estén ya un poco menos
salvajes?...
Al llegar aquí fué interrumpido por una fuerte detonación, y una bala
del pedrero de á bordo vino rebotando entre los árboles y se enterró en
la arena á menos de cien yardas de donde estábamos hablando. Sin esperar
á más, fué aquella como la señal de nuestra despedida y cada uno de
nosotros echó á correr, en dirección opuesta.
Por el espacio de cerca de una hora, frecuentes disparos continuaron
haciendo estremecer la isla, y las balas siguieron rompiendo y
astillando los árboles del bosque. Yo me iba acercando de escondite en
escondite, para evitar aquella especie de persecución de terríficos
proyectiles; pero como hacia el fin del bombardeo, aunque todavía no
osaba aventurarme á entrar abiertamente en la estacada, en cuyo recinto
veía yo que caían las balas con más frecuencia, ya había comenzado á
cobrar más ánimo, y después de un considerable rodeo hacia el Este,
logré deslizarme entre los árboles de la playa y me tendí allí en
observación.
El sol acababa de ponerse; la brisa del mar crujía y revoloteaba entre
los ramajes del bosque, encrespando la parda superficie del agua del
fondeadero. El reflejo iba ya muy lejos y grandes porciones de playa
aparecían descubiertas. El aire, después del terrible calor del día, era
más que fresco y yo sentía que me escalofriaba á través de mi jubón.
_La Española_ permanecía aun al ancla en el mismo lugar en que habíamos
fondeado en la mañana; solamente que en el tope de su palo mayor no
flameaba ya, por cierto, la bandera de la Unión Británica, sino la
enseña siniestra de los piratas. Desde mi escondite pude ver una nueva
luz relampaguear á bordo, y oí una nueva detonación, al par que otra
bala zumbaba por el viento, mientras los ecos repetían aun el trueno del
disparo. Aquel fué, sin embargo, el último del cañoneo.
Permanecí todavía por cierto tiempo en mi punto de observación, dándome
cuenta de la baraúnda y el alboroto que siguieron al ataque. Algunos de
los piratas se ocupaban en despedazar con hachas algo que estaba en la
playa, no lejos de la estacada: era nada menos que el pobre serení,
según descubrí después. Allá más lejos, cerca de la desembocadura del
riachuelo se veía el resplandor de un buen fuego brillando entre la
arboleda, y entre aquel punto y el buque, uno de los esquifes andaba
yendo y viniendo, con sus remeros á quienes poco antes había visto yo
hoscos y amenazadores, cantando ahora y silbando como chiquillos, si
bien es verdad que sus voces tenían un acento que denunciaba el rom
desde á legua.
Pensé, al cabo, que ya podía y debía efectuar mi vuelta á la estacada.
Habíame colocado muy abajo en la punta arenosa que encerraba el
ancladero hacia el Este y que se halla unida á la Isla del Esqueleto
por una cinta de agua de poquísima profundidad. Al ponerme en pie, mis
ojos tropezaron á alguna distancia, allá abajo de la punta, con una roca
aislada, que se alzaba bastante alta entre los matorrales y que
presentaba un notable color blanco. Me ocurrió al punto que aquella
debía ser la _Peña blanca_ de que me había hablado Ben Gunn, y que, si
un día ú otro necesitábamos de un bote, era ya una ventaja saber á donde
podíamos acudir á buscarlo.
Me escurrí luego entre el bosque hasta ganar otra vez la espalda de
nuestro baluarte; lo escalé, entré y fuí cordialmente saludado por aquel
grupo de leales y valientes.
Pronto concluí de contarles mi aventura y comencé á ver en torno mío,
para darme cuenta de nuestra posición. El reducto estaba construído con
troncos de pino, sin cuadrar, así el techo como los muros y el piso.
Este último se elevaba, en algunos lugares, á un pie ó pie y medio sobre
la superficie de la arena. En la puerta se había formado un portalillo ó
vestíbulo, bajo el cual la fuente brotaba, arrojando sus cristalinas
aguas en un tazón artificial de bien extraña ralea, que no era otra cosa
que un gran caldero de hierro tomado de algún navío, con el fondo
arrancado, é incrustado allí en la arena.
Bien poca cosa había en aquel recinto, á excepción de la obra misma de
la casa; en un rincón una gran piedra lisa, colocada allí para servir de
fogón ó brasero, y un tosco cesto de hierro para contener el fuego y
ponerse sobre la piedra.
Los declives de la loma y todo el interior de la empalizada habían sido
limpiados de árboles que habían servido para la construcción de la casa
y de la estacada exterior. Por los troncos, que aun sobresalían de la
tierra, podía verse qué soberbio boscaje se había derribado en gracia de
la erección de aquel reducto. Todos los desechos y ramas habían sido
arrojados lejos ó enterrados en algún vallado, después de la traslación
de los maderos. La única verdura que quedaba allí era un lecho de musgo
por donde corrían los derrames de la fuente que se escapaban fuera de su
tosco tazón de hierro, y á un lado y otro de la corriente algunos
helechos, zarzas rastreras y matas pequeñitas, surgiendo penosamente de
entre la arena. Muy cerca de la estacada--demasiado cerca para que
sirviese de defensa, según oí decir--el bosque se extendía aun denso y
elevado, todo de abetos, por el lado de tierra, y mezclado con una gran
cantidad de árboles de la vida por el lado del mar.
La brisa fría de la noche de que antes he hablado, silbaba en cada una
de las aberturas del rústico y primitivo edificio y hacía caer sobre el
piso una continua lluvia de menudísima arena. Teníamos arena en los
ojos, arena en los dientes, arena en los oídos, arena en nuestra cena y
arena revoloteando en el desfondado caldero de la fuentecilla que
parecía una gran olla, á punto de hervir. Nuestra chimenea se limitaba á
un agujero cuadrado en el techo, y sólo una muy pequeña parte del humo
acertaba á escaparse por allí, en tanto que todo el resto se quedaba
revoloteando por la pieza, haciéndonos toser de lo lindo y obligándonos
á enjugarnos á cada instante los llorosos lagrimales.
Añádase á esto que Gray, nuestro nuevo aliado, tenía la cara casi
cubierta con un gran vendaje á causa de una herida que había recibido en
el buque al desprenderse de los amotinados; y que el pobre Redruth aun
estaba allí insepulto, rígido y frío, á lo largo del muro, y cubierto
con la bandera nacional.
Si se nos hubiera permitido sentarnos á descansar, es claro que todos lo
habríamos hecho á pierna tirante; pero el Capitán Smollet no era hombre
para eso. Todos fuimos llamados á su presencia y divididos en diversas
facciones: el Doctor, Gray y yo para una; el Caballero, Hunter y Joyce
para otra. Cansados como estábamos se ordenó á dos de nosotros que
fueran por leña, otros dos á arreglar como mejor se pudiera una fosa
para sepultar á Redruth; el Doctor fué nombrado cocinero; á mí se me
puso de centinela á la puerta de la cabaña y el Capitán se empleó en
andar de uno á otro levantando nuestros ánimos y prestando su ayuda
material en donde quiera que se la necesitaba.
De vez en cuando el Doctor salía un momento á la puerta separándose de
su cocina para tomar un poco de aire fresco y dejar descansar algo sus
ojos que ya parecían querer salírsele de las órbitas á causa del humo, y
cada vez que venía á mi sitio de guardia me dirigía algunas palabras. En
una de sus salidas me dijo:
--Ese hombre Smollet vale mucho más que yo. Y mira, Jim, que el decir yo
eso significa mucho.
En otra ocasión vino y se estuvo callado por un corto rato. Luego volvió
la cabeza y me preguntó:
--Dime, Jim, ¿ese Ben Gunn es de veras un hombre?
--No podré decirlo á Vd., señor, le contesté. Por lo menos dudo mucho
que esté en su juicio.
--Bueno, si es posible la duda, entonces es seguro que sí está, replicó
el Doctor. Ya tú comprendes, Jim, que un hombre que durante tres años
se ha estado solo en una isla desierta no puede conservar su razón tan
cabal como tú ó yo. Eso no es posible dentro de la naturaleza humana.
¿Dices que lo que á él parecía urgirle más era comer un pedazo de queso?
--Queso, sí señor, le contesté.
--Está bien; pues mira tú ahora lo que es venir uno sobrenadando en la
abundancia. ¿Has visto mi caja de rapé, no es verdad? Y nunca me habrás
visto tomar un polvo: la razón es que en esa cajilla lo que traigo
precisamente es un pedazo de queso de Parma, un queso hecho en Italia, y
extraordinariamente nutritivo. Pues bueno: ese queso es ahora para Ben
Gunn.
Antes de que nos pusiéramos á cenar, dimos sepultura al cadáver del
viejo Tom en una fosa cavada en la arena, en torno de la cual
permanecimos piadosamente por algún rato tristes y preocupados, con las
cabezas, que la brisa de la noche enfriaba, descubiertas en aquel acto
solemne.
Buen acopio de leña se había llevado al interior de la cabaña, pero no
toda la que el Capitán deseaba, por lo cual, una vez que la hubo
inspeccionado nos dijo que esperaba que por la mañana se recomenzara la
obra y con una poca de mayor diligencia por esta vez. Cuando todos
hubimos tomado nuestras respectivas raciones de tocino y apurado un buen
jarro de _grog de Cognac_, los tres jefes se retiraron á un ángulo de la
pieza á deliberar sobre la situación.
Muy bien veíamos que habían agotado su imaginación para resolver qué
haríamos, siendo como eran tan escasas nuestras provisiones, que al fin
nos veríamos obligados á rendirnos mucho antes de que pudiese llegarnos
ni una sombra de socorro. Así, pues, se decidió que nuestra mejor
esperanza era la de procurar matar cuantos piratas pudiéramos hasta
obligarlos, á una de dos, ó á arriar bandera, ó á largarse al fin con
_La Española_. De diez y nueve que ellos eran ya se veían ahora
reducidos á quince, habiendo dos heridos, y por lo menos uno de ellos,
el que cayó junto al cañón, de gravedad. Cada vez que tuviésemos
batalla, debíamos aprovechar bien nuestra pólvora con gran cuidado de no
exponer inútilmente nuestras vidas. Teníamos, además, dos magníficos
aliados: el rom y el clima.
Por lo que hace al rom, aunque estábamos á más de media milla distantes
del enemigo podíamos oir su barahunda y sus cánticos que duraron hasta
bien entrada la noche.
Y en cuanto al clima, el Doctor apostaba su peluca á que, anclados en
donde estaban, cerca ó casi en medio del pantano, sin remedios
disponibles, por lo menos una media docena de ellos estarían tendidos
con fiebre antes de una semana.