--¡Á la izquierda! ¡á la izquierda!, me decía. ¡Cárgate siempre hacia la

izquierda, camarada!, repetía. ¡Quién diría que yo voy aquí bajo los

árboles, contigo! Mira, allí es donde maté mi primera cabra. Ahora ya no

bajan hasta acá; ahora las tienes siempre encaramadas en sus masteleros,

allá entre las jarcias y los motones de sus montañas, todo, no más que

por miedo de Ben Gunn! ¡Ah! mira tú... ¡allí tienes el cementerio! ¿no

ves sus terraplenes?... Cuando por mis cuentas creo que debe ser

domingo, sabes tú,... suelo venir aquí y me arrodillo y rezo. No tiene

esto muchas trazas de capilla, ni siquiera de una pobre ermita, ¿no es

verdad?... pues, mira tú... yo le encuentro no sé qué cosa de solemne y

de imponente. Y luego, ya lo ves, no he tenido las manos muy llenas...

ni una biblia, ni una enseña... y en cuanto á capellán, pues... ni

soñarlo.

Y seguía así, charla y charla mientras corríamos, sin esperar ni recibir

respuesta alguna.

Un rato considerable había trascurrido después del disparo del cañón,

cuando oímos una descarga de armas de menos calibre.

Siguióse otra pausa, y luego, á menos de un cuarto de milla frente á mí,

divisé repentinamente en el aire, flotando sobre las cimas de los

árboles del bosque, la gloriosa bandera de Inglaterra.

[Illustration]

PARTE IV

_LA ESTACADA_

CAPÍTULO XVI

EL DOCTOR PROSIGUE LA NARRACIÓN Y REFIERE CÓMO FUÉ ABANDONADO EL BUQUE

Sería la una y media de la tarde cuando los dos botes de _La Española_

se fueron á tierra. El Capitán, el Caballero y yo estábamos discurriendo

acerca de la situación en nuestra cámara de popa. Si hubiera soplado en

aquellos momentos la brisa más ligera, hubiéramos caído por sorpresa

sobre los seis rebeldes que se nos había dejado á bordo, hubiéramos

levado anclas y salido á alta mar. Pero el viento faltaba de todo punto

y para completar nuestro desamparo, vino muy pronto Hunter á traernos la

nueva de que Hawkins se había metido en uno de los botes y marchádose

con los expedicionarios de la isla.

Jamás nos ocurrió poner en duda la lealtad de Hawkins, pero sí nos

pusimos en alarma por su vida. Con la excitación en que aquellos hombres

se encontraban nos parecía que sólo una casualidad podía hacer que

volviésemos á verle vivo. Corrimos sobre cubierta. El calor era tal que

la brea que unía la juntura de los tablones comenzaba á burbujar,

derritiéndose; el nauseabundo hedor de aquel sitio me ponía

verdaderamente malo, y si alguna vez hombre alguno absorbió por el

olfato los gérmenes de mil enfermedades infecciosas, ese fuí yo, sin

duda, en aquel abominable fondeadero. Los seis sabandijas estaban

sentados á proa, refunfuñando á la sombra de una vela. Hacia la playa

podíamos divisar los botes sujetos á tierra, y á un hombre de los de

Silver, sentado en cada uno de ellos. Uno de aquellos dos conjurados se

divertía silbando el "_Lilibullero_."

Esperar era una locura, así es que decidimos que Hunter y yo iríamos á

tierra en el serení[5] en busca de informes y para explorar el terreno.

Los botes se habían recargado sobre su derecha, pero Hunter y yo remamos

rectos en dirección de la estacada marcada en nuestro mapa. Los

centinelas y guardianes de los esquifes parecieron desconcertarse un

tanto con nuestra aparición. El "_Lilibullero_" cesó de oirse y pude ver

á aquel par de alhajas discutiendo lo que debían hacer. Si se hubieran

marchado para avisar á Silver lo que ocurría, abandonando sus botes, es

claro que las cosas hubieran pasado de muy distinta manera; pero supongo

que tenían sus órdenes y, en consonancia con ellas, decidieron

permanecer tranquilamente en donde estaban y muy luego oímos que la

música de "_Lilibullero_" comenzaba de nuevo.

Había en aquel punto una ligera curva en la costa y yo no perdí tiempo

remando cuan fuertemente pude para ponerla entre los hombres de los

esquifes y nosotros, de tal suerte que antes de que llegásemos á tierra

ya nos habíamos perdido mutuamente de vista. Salté por fin en la playa y

púseme á correr tan de prisa como podía atreverme á hacerlo, desplegando

sobre mi cabeza un gran pañuelo de seda blanco para evitar la insolación

y con un buen par de pistolas, enteramente listas, por precaución,

contra cualquiera sorpresa.

No había recorrido aún cien yardas cuando llegué á la estacada.

He aquí lo que había en ella: una fuente de agua límpida y clara brotaba

casi en la cumbre de la colina; sobre ésta, y encerrando la fuente por

supuesto, se había improvisado una espaciosa cabaña de postes de madera,

arreglada de manera de poder encerrar unas dos veintenas de hombres, en

caso de apuro, y con troneras para mosquetes por todos lados. Al

derredor de esta cabaña habíase limpiado un espacio considerable y, para

completar la obra, se había levantado una empalizada bastante fuerte,

como de seis pies de elevación, sin ninguna puerta ó pasadizo, con

resistencia suficiente para no poderla echar por tierra sino con tiempo

y trabajo, pero bastante abierta para que no pudiera servir de parapeto

á los sitiadores. Los que estuvieran en posesión de la cabaña del centro

podían llamarse dueños del campo y cazar á los de afuera como perdices.

Lo que se necesitaba allí era una vigilancia continua y provisiones,

porque á menos de una completa sorpresa, los sitiados podían sostenerse

muy bien contra un regimiento entero.

En lo que yo me fijé entonces de una manera más particular fué en la

fuente, porque aun cuando en nuestro castillo de popa de _La Española_

teníamos armas y municiones en gran cantidad, y abundancia de víveres y

vinos excelentes, lo cierto es que de una cosa estábamos ya bien

escasos, y era de agua. Estaba yo preocupado con este pensamiento,

cuando de pronto llegó á mis oídos distintamente, desde algún punto de

la isla, el grito supremo de un hombre que se moría. Yo he servido á Su

Alteza Real el Duque de Cumberland y aun fuí herido yo mismo en

Fontenoy, pero en aquel instante mi pulso se detuvo y no pude menos que

verme asaltado por esta idea: "_¡Han matado á Hawkins!_"

Haber sido uno un viejo soldado es ya algo, pero es todavía más haber

sido médico. No tiene uno tiempo para vacilaciones ni cosas inútiles,

así es que en un instante formé mi resolución y sin perder un segundo

regresé á la playa y salté de nuevo á bordo del serení.

Por fortuna Hunter era un remador de fuerza. Hicimos volar á nuestro

botecillo y muy pronto estábamos ya al costado de _La Española_, á cuyo

bordo subimos á toda prisa.

Encontré á todos emocionados, como era natural. El Caballero estaba

sentado, lívido como un papel, lamentando ¡alma de Dios! los peligros á

que nos había traído. Uno de los seis hombres quedados á bordo estaba ya

en mejores condiciones.

--Allí hay un hombre, dijo el Capitán Smollet apuntando hacia él, que es

novicio en la obra de estos malvados. Ha venido aquí, á punto de

desmayarse, en cuanto que oyó aquel grito de muerte. Con otra vuelta de

cabrestante lo tenemos con nosotros, eso es seguro.

Expliqué entonces al Capitán Smollet cuál era mi plan, y entre los dos

arreglamos los detalles de su realización.

Pusimos á nuestro viejo Redruth en la estrecha galería que, como se

recordará, era la única comunicación posible entre la popa y el castillo

de proa, dándole tres ó cuatro mosquetes cargados y poniéndole un

colchón por vía de barricada para protegerle. Hunter trajo el botecillo

de manera de colocarlo precisamente bajo la porta de popa y Joyce y yo

nos pusimos inmediatamente á la obra de cargar en él botes de pólvora,

mosquetes, bultos de bizcochos, galletas, jamón, una damajuana de

_cognac_ y mi inestimable estuche de cirujía.

Entre tanto el Caballero y el Capitán permanecían sobre cubierta y el

último de ellos hacía al timonel la siguiente amistosa y cortés

intimación:

--Amigo Hands, aquí nos tiene Vd. á dos personas con dos pistolas cada

una. Si alguno de Vds. seis hace el menor movimiento para acercársenos

puede tenerse por hombre al agua.

Los hombres aquellos deliberaron un corto rato y después de su pequeño

consejo de guerra se fueron dejando caer uno tras de otro, de la

_carroza_, abajo, pensando, sin duda alguna, cogernos por la

retaguardia. Pero en cuanto que se encontraron con Redruth esperándolos,

mosquete en mano, en la estrecha galería de comunicación, volvieron otra

vez á querer recobrar su lugar primitivo á proa, apareciendo sobre

cubierta la cabeza de uno de ellos por una escotilla.

--¡Abajo otra vez, perro pirata!, le gritó el Capitán, ó te vuelo la

tapa de los sesos!

La cabeza aquella se hundió de nuevo como por encanto en la escotilla y

por entonces nada volvimos á oir ni á saber de aquellos miserables.

Mientras esto pasaba, nuestro ligero serení estaba ya tan cargado como

era racional ponerlo. Joyce y yo saltamos por la porta de la popa y

tornamos á remar hacia la playa, tan de prisa como nuestras fuerzas nos

lo permitían.

Este segundo viaje despertó ya de una manera indudable la alarma de los

vigilantes de los esquifes. "_Lilibullero_" fué dado de mano otra vez, y

precisamente antes de perderlos de vista tras del pequeño cabo de la

playa, uno de ellos había ya saltado á tierra y desaparecido

rápidamente. Estuve entonces á punto de cambiar de táctica é irme

derecho á sus botes y destruírselos, pero temí que Silver estuviese por

allí demasiado cerca con los restantes y era en tal caso muy posible que

todo se perdiera por querer hacer demasiado.

Muy pronto llegamos de nuevo á tierra al mismo lugar que en el viaje

precedente. Los tres hicimos el primer trasporte del bote hasta la

cabaña, muy bien cargados, y depositamos allí nuestras armas y

provisiones. Dejamos entonces á Joyce en la palizada, de guardia para

custodiar nuestro depósito, y aunque es verdad que se quedaba solo

enteramente, tenía á su disposición media docena de mosquetes muy bien

preparados. Hunter y yo volvimos otra vez al botecillo, tornamos á

cargar lo más que pudimos y regresamos á la estacada. Así continuamos,

casi sin tomar aliento, hasta que toda la carga puesta en el bote había

sido trasladada á la cabaña en la cual los dos criados tomaron

definitivamente sus posiciones, mientras yo, con todas mis fuerzas,

remaba otra vez en el ya ligero serení hasta llegar de nuevo á _La

Española_.

El arriesgar una segunda cargada era, en realidad, menos atrevido y

peligroso de lo que parecía. Es cierto que ellos tenían la ventaja del

número, pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los hombres

que estaban en tierra llevaba un mosquete consigo y así es que, antes de

que hubieran podido acercársenos á tiro de pistola, es seguro que

nosotros hubiéramos dado buena cuenta de ellos.

El Caballero estaba espiándome en la porta de popa, ya restablecidos su

valor y su ánimo. Cogió el cabo de la amarra que yo le arrojé, lo sujetó

arriba y comenzamos á hacer ya un cargamento de verdadera vitalidad para

nosotros, consistente en carne, pólvora y bizcochos, sin añadir más

armas que un mosquete y un sable por cabeza para el Caballero, para mí,

Redruth y el Capitán. El resto de las armas y la pólvora los arrojamos

al agua á dos brazas y media de profundidad, de manera que podíamos

distinguir el limpio acero de los mosquetes brillando con los reflejos

del sol, allá abajo en el fondo limpio y arenoso del ancladero.

Á esta hora la marea comenzaba ya á bajar y el buque empezaba á

columpiarse en torno del ancla. Oímos voces llamándose mutuamente, muy

lejos y muy débiles, allá en dirección de los esquifes, y aun cuando

esto nos tranquilizó por lo que hacía á Joyce y á Hunter que, por lo

visto, quedaban todavía en su posición del Este sin ser molestados, nos

hizo comprender, sin embargo, que nosotros debíamos darnos prisa.

Redruth, entonces, abandonó su trinchera de lana en la galería y se

replegó al bote con nosotros. Dirigido el pequeño serení por el Capitán

Smollet en persona, dimos vuelta al buque y nos vinimos á colocar junto

á la escotilla de proa.

--Ahora, amigos, gritó el Capitán, ¿me oyen Vds.?

Ni una voz respondió sobre cubierta.

--¡Es á tí, Abraham Gray, á quien hablo!...

El mismo silencio anterior.

--¡Gray!, volvió á decir el Capitán en voz más alta aún, en este mismo

momento voy á dejar este buque y como tu Capitán que soy te ordeno que

me sigas. Yo sé que tú eres, en el fondo, un buen muchacho y hasta me

atrevo á decir que ninguno de los seis que están allí es tan malo como

aparenta serlo. Aquí tengo en la mano, mi reloj abierto: te doy treinta

segundos de plazo para que te me reunas.

Hubo un silencio nuevo.

--Ven pronto, muchacho mío, continuó el Capitán: no te detengas tanto en

vacilaciones. Estoy aquí exponiendo mi vida y la de estos excelentes

caballeros cada segundo que pasa.

Oyóse entonces el ruido repentino de una pendencia, el rumor de golpes

cambiados, y en unos cuantos segundos apareció Abraham Gray en la porta,

con una herida de arma blanca en una de sus mejillas, pero corriendo

presuroso á la llamada del Capitán como un perro puede venir al silbido

de su amo.

--¡Estoy con Vd. mi Capitán!, dijo aquel leal chico.

Un instante después, con Gray ya á bordo, habíamos empujado de nuevo

nuestro barquichuelo en dirección á la playa.

Y cierto es que nos encontrábamos ya fuera de la peligrosa goleta, pero

¡ay! aún no nos veíamos en tierra, dentro del recinto de la estacada.

[Illustration]

CAPÍTULO XVII

EL DOCTOR, CONTINUANDO LA NARRACIÓN, DESCRIBE EL ÚLTIMO VIAJE DEL SERENÍ

Este quinto viaje fué ya, sin embargo, bien distinto de los precedentes.

En primer lugar aquella cascarita de nuez en que íbamos estaba demasiado

cargada. Cinco hombres, de los cuales Redruth, el Capitán y Trelawney

eran de más de seis pies de altura, era más de lo que nuestro botecillo

podía racional y cómodamente cargar. Añádase á esto la pólvora, las

armas y las provisiones de boca, y se comprenderá que el serení se

balancease de una manera inquietante, alojando agua de cuando en cuando,

por la popa, á un grado tal, que todavía no habíamos andado cien yardas

y ya una buena parte de mis vestidos estaba mojada hasta no poderse más.

Hízonos el Capitán que aparejásemos el bote compartiendo el peso más

proporcionalmente, lo que nos apresuramos á ejecutar, consiguiendo

equilibrarlo un poco mejor. Pero aun así no dejábamos de sentirnos con

el temor, no del todo infundado, de zozabrar.

En segundo lugar, el reflujo producía, á la sazón, una fuerte corriente

de olas en dirección poniente, atravesando la rada y moviéndose en

seguida hacia el sur, en dirección del mar, por el estrecho que nos

había franqueado el paso en la mañana hasta el ancladero. Las olas, de

por sí, eran ya un peligro para nuestro sobrecargado esquife, pero lo

peor de todo era que la dicha corriente nos arrastraba fuera de nuestra

vía, y lejos del lugar de la playa en que teníamos que desembarcar, tras

de la punta de que ya he hablado. Si permitíamos á la corriente realizar

su obra, el resultado iba á ser que antes de mucho nos encontrásemos en

tierra, es verdad, pero precisamente al lado de los esquifes de los

piratas, que quizás no tardarían mucho en presentarse.

--Me es imposible enderezar el rumbo hacia la estacada, Capitán, dije yo

que iba sentado al timón, en tanto que él y Redruth que estaban de

refresco, llevaban los remos. La marea nos arroja constantemente hacia

abajo; ¿no podrían Vds. remar un poco más fuerte?

--No sin echar el bote á pique, contestó. Sostenga Vd. el gobernalle

inmóvil hasta que vea Vd. que vamos ganando la vía.

Hice lo que se me indicaba y pronto ví que, si bien la marea continuaba

empujándonos hacia el poniente, muy luego logramos que el bote

enderezara la proa al Este siguiendo una línea que marcaba precisamente

un ángulo recto con el camino que debíamos tomar.

--De esta manera no vamos á tocar tierra jamás, dije yo.

--Si no nos queda otro derroterro libre más que éste, no podemos hacer

otra cosa que seguirlo á todo azar, contestó el Capitán. Tenemos que ir

contra la corriente de la bajamar. Ya ve Vd., pues, que si seguíamos

bordeando á sotavento de nuestro desembarcadero era muy difícil decir á

donde íbamos á tocar tierra; esto sin contar con la inmediata

probabilidad de ser abordados por los botes de Silver, en tanto que, por

el camino en que nos hemos puesto, la corriente puede amortiguarse

pronto y entonces ya podremos virar rectamente hacia la playa.

--La corriente ha amainado ya mucho, señor, díjome Gray que iba sentado

hacia proa. Ya puede Vd. hacer que viremos de bordo un poco.

--Gracias, muchacho, le contesté como si nada hubiera sucedido, puesto

que todos habíamos hecho tácitamente la resolución de tratarlo desde

luego como á uno de los nuestros.

De repente el Capitán habló de nuevo y noté que había una perceptible

alteración en su voz.

--¿Y el cañón?, dijo.

--Ya pensaba en eso, le respondí seguro como estaba de que él se refería

á la posibilidad de que se bombardeara nuestro reducto. No crea Vd. que

les sea posible bajar el cañón á tierra, y aun en el supuesto de que lo

consiguieran, jamás podrían hacerlo subir por entre el monte.

--Pues mire Vd. á popa, Doctor, replicó el Capitán.

Volví la cabeza... Lo cierto es que habíamos echado completamente en

olvido nuestra pieza de artillería en la goleta y de allí nuestro horror

cuando oímos que los cinco bandidos estaban muy atareados, despojándola

de lo que ellos llamaban _la chaqueta_, ó sea el abrigo de grueso cáñamo

embreado con que la manteníamos envuelta durante la navegación. No era

esto todo, sino que al punto me acordé que las balas y la pólvora de la

misma pieza habíanse quedado á bordo en un cajón, por lo cual no

necesitaban nuestros enemigos sino dar un golpe con una hachuela para

ser dueños de aquellas terribles municiones de guerra.

Aquel olvido no podía tener más disculpa que la prisa con que nos vimos

precisados á evacuar la embarcación, pero desgraciadamente era

irremediable.

--Israel Hands era el artillero de Flint, dijo Gray con voz ronca.

No me quedaba, pues, otro recurso que, á cualquier riesgo, poner

decididamente proa á tierra. Á esta sazón, por fortuna nuestra, la

corriente quedaba ya tan lejos de nosotros que nos fué fácil seguir

rumbo á la playa por un camino tan recto como nuestra quilla, á pesar

del impulso necesariamente poco vigoroso que los remos imprimían á

nuestro bote. Ya no me fué difícil, pues, gobernar derechamente hacia la

meta. Pero lo muy malo era que en la dirección que íbamos no

presentábamos á _La Española_ nuestra popa, sino un costado, ofreciendo

á su tiro un blanco de tal tamaño que parecía imposible que se le errara

puntería.

Érame fácil ver y oir á aquel bribón de Hands con su cara de borracho

consuetudinario, arreglando sobre cubierta un cartucho para el cañón.

--¿Quién es aquí el mejor tirador?, preguntó el Capitán.

--El Sr. de Trelawney, aquí y donde quiera, le contesté.

--Pues bien, Sr. de Trelawney, ¿quiere Vd. hacerme el favor de quitarme

de en medio á uno de aquellos pícaros? Á Hands, de preferencia, si es

posible, dijo el Capitán.

Trelawney estaba frío como el acero; sin decir palabra preparó su arma.

--Ahora, díjonos el Capitán, mucho cuidado. Dispare Vd. su arma sin

hacer movimiento alguno ó de lo contrario nos vamos á pique. ¡Todo el

mundo listo para equilibrar, si el bote zozobra al disparo!

El Caballero levantó su arma y los remos cesaron de hender el agua:

todos nos inclinamos del lado contrario para mantener el equilibrio y

todo fué ejecutado con tal felicidad que no hicimos entrar al bote ni

una sola gota de líquido.

En este instante nuestros enemigos tenían ya su pieza montada y lista, y

Hands, que estaba junto á la boca, con el escobillón en la mano, era el

más expuesto de todos. Sin embargo, no tuvimos fortuna, pues

precisamente en el momento en que, ya seguro de su puntería, disparó

Trelawney, el astuto timonel se encorvó rápido como el pensamiento y la

bala que pasó silbando por encima de él, fué á herir á otro de los

cuatro piratas que cayó al punto.

El grito que este lanzó fué repetido no sólo por sus compañeros de al

lado sino por otras muchas voces desde la playa. Volví la vista en esta

dirección y noté que todos los demás piratas salían de entre los árboles

en aquel momento y se apresuraban á ocupar sus lugares en los esquifes.

--Ahora vienen allí los botes, señores, dije.

--Enfile Vd., pues, recto, gritó el Capitán. Ahora ya no hay miedo de

zozobrar; ¡firme á los remos! Si no podemos llegar á tierra, todo ha

concluído para nosotros.

--No han tripulado más que uno de los botes, Capitán, añadí. Los hombres

del otro van probablemente por tierra á cortarnos el paso.

--El calor es excesivo y la distancia no es tan corta para que lo

consigan fácilmente, replicó el Capitán. Marinos en tierra no son muy

temibles. Lo que me preocupa es el tiro que nos van á largar de á bordo.

¡Rayos y truenos! nuestro flanco es tal que una beata podía pasarnos la

bala por ojo, sin errarnos. Sr. de Trelawney, avísenos Vd. en cuanto vea

encender el estopón, y nosotros remaremos á popa.

En el entretanto habíamos caminado de frente á un paso que era harto

veloz para un esquife tan cargado como nuestro serení, y muy poca agua

por cierto nos había entrado. Ya estábamos á pocas brazas de la orilla;

unas cuantas remadas más y podríamos atracar al fin, porque el reflujo

acababa de descubrir una cinta de arena, abajo de un grupo de árboles de

los de la costa. El esquife que nos daba caza ya no podía, pues,

hacernos daño alguno; el reflujo que tanto nos había detenido á

nosotros, estaba dándonos la compensación deteniendo ahora á nuestros

perseguidores. El único peligro estaba para nosotros en el cañón.

--Si me atreviese, dijo el Capitán, de buena gana haríamos alto para

cazar á otro de esos bandidos.

Era claro, sin embargo, que ellos en todo pensaban menos en dilatar su

tiro por más tiempo. Ni siquiera habían hecho el menor caso de su

camarada caído, que, sin embargo, no estaba muerto sino simplemente

herido y al cual yo miraba, tratando de arrastrarse á un lado.

--¡El estopón!, gritó el Caballero.

--¡Empuje á popa!, gritó el Capitán rápido como un eco.

Él y Redruth dieron en el acto un contraimpulso, pero tan vigoroso que

la popa del serení se hundió toda dentro del agua. En el mismo instante

el cañón tronó, y su detonación fué lo primero que Jim oyó, no habiendo

llegado hasta él, por la distancia, el rumor del disparo de Trelawney.

Por dónde pasó la bala, ninguno de nosotros lo supo precisamente, pero

supongo que debe haber sido por encima de nuestras cabezas y que el

viento de ella debe haber contribuído á nuestro desastre.

Nuestro bote se había hundido por la popa, como he dicho, con la mayor

facilidad, en una profundidad de tres pies de agua, dejándonos al

Capitán y á mí, de pie el uno frente al otro, en tanto que los tres

restantes que se habían inclinado para evitar en lo posible la bala del

pedrero, salían del agua empapados y escurriendo de la cabeza á los

pies.

Con todo y esto el daño no era tan grande. No había perecido ninguno de

nosotros y ya de allí podíamos caminar á pie por el agua, las pocas

brazas que nos separaban de la playa. Lo malo era que nuestras

provisiones estaban en el fondo del esquife y que de los cinco mosquetes

que habíamos puesto en él, sólo dos quedaban secos y servibles: el mío

que yo había cogido de sobre mis rodillas y levantándolo en alto con un

movimiento rápido é instintivo; y el del Capitán que lo llevaba puesto

en bandolera y que, en su calidad de hombre experto, había cuidado su

arma de toda preferencia. Los restantes yacían ya bajo el agua con el

bote.

Como complemento de nuestra tribulación oímos voces que se acercaban

entre el bosque, á lo largo de la playa. Así es que no sólo sentíamos ya

encima el peligro de quedar cortados de nuestro reducto, en aquel estado

de semicatástrofe y derrota, sino que nos aguijoneaba el temor de que,

si Hunter y Joyce se veían atacados por una media docena de hombres, no

tuviesen el valor y el buen sentido de mantenerse firmes á la defensiva.

Hunter era un hombre de firmeza y corazón: esto lo sabíamos bien; pero

en cuanto á Joyce el caso era bien diferente, y bastante dudoso. Joyce

era un lacayo muy agradable, de muy finas maneras, y excelente para

limpiar un par de botas ó cepillar un vestido, pero la verdad es que no

le conocíamos tamaños de hombre de armas tomar.

Todo esto, como llevo dicho, nos aguijoneó para llegar á tierra enjuta

tan pronto como era posible, dejando abandonado á su suerte al pobre

serení que, para desgracia nuestra, había guardado en su fondo algo como

la mitad de nuestra pólvora y provisiones de boca.

[Illustration]

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CAPÍTULO XVIII

EN QUE CUENTA EL DOCTOR CÓMO CONCLUYÓ EL PRIMER DÍA DE PELEA

La isla del tesoro · 第 9 / 20 段