El sol caía de lleno sobre ambos. Silver había arrojado á un lado su

sombrero, sobre el césped, y toda su enorme, rasa y rubicunda cara,

sudorosa y brillante con el calor, estaba fija en el semblante de su

interlocutor como en demanda ó espera de alguna cosa.

--Mira, camarada, decía Silver, si yo no creyera que tú valías oro en

polvo, puedes creerlo como lo digo, oro en polvo, sí señor, yo no te

habría traído á este negocio cuando ya está caliente como perol de brea

hirviendo. Si así no fuera, yo no estaría aquí previniéndote. Todo está

ya dispuesto y listo y tú no puedes ni hacer ni remediar nada. Si yo

trato de convencerte es sólo para salvarte el pescuezo, pues puedes tú

creer que si alguno de aquellos salvajes lo supiera, ¿dónde estaría yo,

Tom, dónde estaría yo?

--Silver, replicó el otro (y yo pude observar que no solamente tenía

roja la faz, sino que también su voz era ronca como la de un cuervo, y

oprimida como por una cuerda muy apretada), Silver, Vd. es ya viejo, Vd.

es honrado ó pasa al menos por tal, Vd. tiene además una fortunita que

infinitos marinos le envidiarían, Vd. es valiente, si no me equivoco.

Pues bien, dígame Vd., ¿va Vd. á dejarse gobernar por esa caterva de

sucios lampazos? ¡Yo creo que no! Y tan cierto como que Dios me ve en

este momento, preferiré que me arranquen la mano antes que faltar á mi

deber...!

Repentinamente fué su palabra interrumpida por un ruido inesperado.

Acababa yo de ver á unos de los hombres honrados de á bordo y acto

continuo iba á tener noticias de otro de ellos. Allá á lo lejos, al otro

lado del pantano, se oyó súbitamente un rumor como un grito de angustia,

luego otro y después un largo y horroroso alarido. Las rocas del "Vigía"

lo repitieron con sus ecos varias veces; la bandada de aves acuáticas

tornó á alzarse de nuevo, nublando el cielo, con un chillido simultáneo,

y todavía aquel alarido de muerte no cesaba de vibrar en mi cerebro,

cuando el silencio había ya restablecido su imperio y no se escuchaba

más rumor que el suave aleteo de los pájaros bajando de nuevo á sus

nidos y el murmullo distante de la marea perturbando débilmente la

languidez de la tarde.

Al resonar aquel grito de suprema angustia, Tom se había puesto en pie

de un salto, como un caballo que siente el acicate, pero Silver no había

siquiera pestañeado. Quedóse en donde estaba, apoyándose apenas en su

muleta y con los ojos clavados en su compañero como una víbora lista

para abalanzarse.

--¡John!, gritó el marinero, extendiendo su mano hacia Silver.

--¡No me toques!, replicó éste, saltando hacia atrás como una yarda,

según me pareció, con toda la destreza y seguridad de un gimnasta de

profesión.

--No lo tocaré, si Vd. lo quiere así, John Silver; dijo Tom. Sólo una

conciencia negra puede hacer que me tenga Vd. miedo; pero en nombre del

cielo, dígame Vd., ¿qué ha sido ese grito?

Silver sonrió de una manera horrorosa, siniestra, pero sin perder su

actitud cautelosa y expectante. Sus ojos, de ordinario pequeños, no eran

en aquel momento más que unos puntos como la cabeza de un alfiler en su

inmensa caraza, pero relampagueando como dos carbunclos.

--¿Ese grito?, dijo aquella furia, ese grito me supongo que ha sido de

Alán.

Al oir esto el pobre Tom prorrumpió como un héroe:

--¿Alán?... ¡Descanse, pues, en paz esa alma de marino leal! Por lo que

hace á Vd. Silver, Vd. ha sido hasta hoy un camarada mío, pero desde hoy

ya no lo es Vd.! Si me mata como á un perro ¡qué importa! moriré

cumpliendo con mi deber. ¿Conque ha hecho Vd. matar al pobre Alán, no?

¡Pues máteme también á mí, si puede, le desafío á ello!

Y al decir esto aquel bravo y leal muchacho, volvió la espalda al

cocinero y se puso en marcha, dirigiéndose hacia la playa. Sin embargo,

no era su destino el ir muy lejos. Con un grito salvaje John se afianzó

á la rama de un árbol, se sacó violentamente la muleta de bajo el brazo

y lanzó aquel improvisado proyectil, con una fuerza inaudita, zumbando

por el viento y alcanzando al pobre Tom á quien golpeó con horrible

violencia entre los dos hombros, en medio de la espalda. Sus manos se

agitaron en el aire, dió una especie de boqueada y cayó de frente contra

el suelo.

Nada podré decir sobre si aquel golpe fué mortal ó no. Sin embargo, á

juzgar por el sonido, es casi seguro que la espina fué rota con el

choque; pero no tuvo tiempo para recobrarse en lo más mínimo, porque

Silver, ágil como un orangután, aunque sin muleta ni ayuda alguna, cayó

sobre su víctima en un momento y en menos tiempo del que tardo en

contarlo había ya hundido dos veces su largo cuchillo hasta la

empuñadura, en aquel desdichado inerme. Desde mi escondite de arbustos

pude oir los resoplidos feroces de su respiración al sepultar su arma

innoble en aquel cuerpo sin defensa.

Yo no sé hasta qué punto tendrá un hombre el derecho de desmayarse, pero

si sé que por cierto tiempo, en aquel instante, me pareció que el mundo

entero daba vueltas en derredor de mí, en un remolino nebuloso; Silver y

los pájaros y el altísimo "Vigía" danzaban ante mis ojos en un

torbellino, todos invertidos, mientras mil campanas diferentes,

mezcladas con ecos distantes, repicaban furiosamente en mis oídos.

Cuando me hube recobrado un poco, el monstruo ya se había compuesto y

_organizado_ de nuevo, por decirlo así, con su sombrero sobre la cabeza

y su muleta bajo el brazo. Junto á él yacía precisamente el cuerpo

inmóvil é inanimado del pobre Tom, sobre la tierra, sin que su asesino

se ocupara por eso en lo más mínimo, pues lo pude ver que, con una calma

verdaderamente satánica, limpiaba en el césped la sangre de que estaba

empapada la hoja de su puñal. Todo lo demás continuaba en el mismo

estado, sin el menor cambio: el sol radiando despiadadamente sobre el

marjal que vaporizaba y sobre el alto pico de la montaña. Y á mí me

parecía imposible persuadirme de que un asesinato se acababa de cometer

allí, delante de mis ojos, que una vida humana había sido brutalmente

segada en mi presencia misma.

Ví luego á John Silver llevarse la mano á la bolsa, sacar un silbato y

hacer vibrar varias veces sus moduladas notas que volaron á través de la

atmósfera caliginosa. No me era posible, por de contado, explicarme la

significación de aquella señal, pero sí me dí cuenta de que con ella se

despertaban de nuevo todos mis temores antecedentes. Los demás hombres

iban á acudir y estaba, pues, en peligro de ser descubierto. Acababan de

asesinar á dos de nuestros leales y honrados hombres, ¿no era muy

posible que después de Tom y Alán me tocase el turno á mí?

En un abrir y cerrar de ojos me comencé á internar, agazapado siempre y

con todo el silencio y velocidad que me fuera posible, hacia la parte

del monte más abierta. Mientras ejecutaba este movimiento, pude oir

todavía saludos cambiados entre el viejo pirata y sus camaradas, y á

este rumor, indicante claro de mi peligro, sentí que me nacían alas en

los pies. No bien estuve fuera de la espesura, eché á correr como jamás

había corrido antes en mi vida, sin cuidarme de la dirección que seguía,

sino en cuanto que ella me alejaba de los asesinos, y mientras más

corría, el miedo más y más se agigantaba en mi alma hasta tornarse en un

verdadero frenesí de terror.

Y en verdad, ¿podía haber alguien en situación más perdida de todo punto

que la mía? Cuando tronase el cañonazo ofrecido, ¿cómo iba yo á

atreverme á presentarme en los botes, en medio de aquellos entes

infernales, cuyas manos humeaban todavía con la sangre de sus víctimas?

¿Acaso el primero de ellos que me viera no iba á torcerme el cuello como

á una agachona? ¿Acaso mi sola ausencia no era ya para ellos una

evidencia de mi alarma, y por consiguiente, de mi fatal conocimiento de

los hechos? Todo, pues, había concluído para mí. ¡Adiós _La Española_,

adiós el Caballero, el Doctor y el Capitán! ¡Nada me quedaba ya que

esperar sino la muerte por inanición, ó á manos de los sublevados!

Mientras esto pensaba, no cesaba de correr, y sin darme cuenta de ello,

me encontraba ya cerca del pie de uno de los pequeños picos, y habíame

internado á una parte de la isla en que los árboles de la vida crecían

más distantes unos de otros y se asemejaban más á verdaderos árboles de

bosque por su corpulencia y dimensiones. Entremezclados con estos había

uno que otro pino, algunos de ellos como de cincuenta pies de altura y

otros como hasta de setenta. El aire tenía ya aquí también un olor más

fresco que allá abajo cerca del pantano.

Pero al llegar á este sitio, una nueva alarma me esperaba, que me hizo

sentir el corazón á punto de escapárseme del pecho.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO XV

EL HOMBRE DE LA ISLA.

De uno de los lados del cerro que era, en aquel sitio, escarpado y

pedregoso, un guijarro se desprendió por el cauce seco de una de las

vertientes cascajosas, saltando, rebotando y haciendo estrépito en sus

choques repetidos contra árboles y piedras. Volví los ojos

instintivamente en aquella dirección y ví una forma extraña moverse y

ocultarse tras del tronco de uno de los árboles. ¿Era aquello un oso, un

hombre, ó un orangután? Me era imposible decirlo. Me parecía negro y

velludo; pero esto era lo único de que me podía dar cuenta en aquel

momento. Sin embargo, el terror de esta nueva aparición me hizo

contenerme en mi carrera.

Me veía, según toda probabilidad, cortado por el frente y por la

retaguardia: detrás de mí, los asesinos, y delante aquella forma

indescriptible que me acechaba. En el acto comencé á preferir los

peligros que me eran conocidos á aquellos que aparecían velados. El

mismo Silver se me figuraba ya menos terrible comparándolo con aquella

extravagante criatura, especie de gnomo de la montaña, y así fué que,

sin más vacilaciones le volví la espalda, no sin volverme azoradamente

para verle sobre el hombro, y comencé á correr de nuevo, esta vez en

dirección de los botes.

Pero en pocos segundos la horrible figura, después de dar una gran

vuelta, se me igualó en la carrera y aun comenzó á avanzar delante de

mí. Yo estaba bien exhausto ya, no cabía duda, pero aun cuando hubiese

estado fresco y descansado, ví muy pronto que era una locura el

pretender luchar en velocidad con adversario semejante. De un tronco á

otro aquella extraña criatura parecía volar como un ciervo, corriendo á

semejanza del hombre, en dos pies, pero diferenciándose de la carrera

humana en que como ciertas aves se dejan ir en el espacio por largo

tiempo con las alas cerradas, esta se deslizaba á trechos hacia abajo

por la pendiente, de una manera fantástica, maravillosa é inexplicable

para mí. Y sin embargo, era un hombre, ya no me era posible dudarlo por

más tiempo.

Vínome á la imaginación en el acto todo cuanto había oído ó leído sobre

caníbales y aun estuve á punto de gritar ¡socorro! Pero el mero hecho de

ser aquel un hombre, aunque fuese un salvaje, me había ya serenado un

poco, y el miedo que Silver me inspiraba reapareció vivo y formidable en

mi ánimo. Me detuve, pues, por el momento, y buscando en mi atribulada

imaginación alguna puerta de salvamento ó de escape, me acordé, de

pronto, de la pistola que llevaba conmigo. Y no hice más que recordar

que no estaba tan indefenso, y sentí que el valor volvía á mi corazón, y

dando el rostro resueltamente al hombre de la isla, marché hacia él con

paso vigoroso.

En este momento él estaba oculto tras de otro tronco de árbol, pero debe

haberse estado espiándome muy atentamente, porque tan luego como yo me

adelanté hacia donde él estaba, se mostró de repente y dió un paso para

venir á mi encuentro. Pero acto continuo vaciló, dió algunos pasos hacia

atrás, luego otros hacia mí de nuevo, hasta que, por último, con

extraordinaria sorpresa y confusión mía, le ví caer de rodillas y

tenderme en ademán suplicante sus manos enclavijadas:

Al ver esto, torné á detenerme indeciso.

--¿Quién es Vd.?, le pregunté.

Á lo cual se apresuró él á contestarme con una voz ronca, opaca, como el

rumor que produjese una cerradura enmohecida y en desuso.

--¡Soy Ben Gunn! Soy el pobrecito Ben Gunn que por tres años no ha

tenido delante un cristiano con quien hablar!

Al oir esto pude ya darme cuenta de que aquel no era un caníbal, como lo

creí al principio, sino un hombre de raza blanca como yo, y aun observé

que sus facciones eran regulares y agradables. Su cutis, en todos los

puntos que aparecía descubierto, estaba tostado por el sol; sus labios

mismos estaban ennegrecidos y sus ojos claros eran una cosa sorprendente

en aquel conjunto de facciones oscuras. De todos los mendigos que en mi

vida había yo podido ver ó figurarme, era éste el número _uno_ por lo

destrozado y harapiento. Estaba vestido con girones de lona de velámen,

añadidos y mezclados con retazos informes de paño azul-marino, y toda

aquella extraordinaria estructura de andrajos estaba sujeta y rodeada á

su persona, por la más incongruente y exótica reunión de broches y

costuras: botones de metal, espinas de pescado, correas de pieles

crudas, pedacitos de madera á guisa de agujetas, y presillas de

alquitranados cordones. Ciñendo su talle llevaba un viejo cinturón de

cuero con hebilla de metal, cuya prenda era la única cosa sólida y sin

soluciones de continuidad de todo cuanto llevaba encima.

--¡Tres años!, exclamé yo. ¿Naufragó Vd. acaso cerca de esta costa?

--No, amigo mío, me _aislaron_[4] aquí.

Yo había oído esa palabra aplicada á una especie de castigo horrible,

muy común entre los piratas, cuya esencia era desembarcar al condenado

en una isla inhabitada, dejándole solamente un fusil y una poca de

pólvora y abandonándolo allí para siempre.

--¡_Aislado_ por tres años!, continuó aquel mísero. Tres años mortales

durante los cuales he vivido de cabras monteses, de berzas silvestres y

de ostras de la playa. Yo sé que donde quiera que un hombre se encuentre

colocado, aquel hombre puede ayudarse y valerse por sí mismo. Pero,

amigo, mi corazón ya suspira por alguna comida de cristianos. Tú traerás

allí por casualidad un pedacillo de queso, ¿no es verdad?... ¡Pues

dámelo, anda!... ¿No traes?... ¡Ah! ¡si tú supieras qué noches tan

largas me he pasado aquí, soñando con una tajadilla de queso, con una

tostada, sobre todo! Y luego me despertaba... ¿y qué?... ¡Aquí!...

¡siempre aquí!

--Si Dios quiere que alguna vez pueda yo volver á bordo, le prometo á

Vd. que tendrá queso hasta ahitarse, le repliqué.

Todo el tiempo que había durado nuestro corto diálogo anterior, Ben Gunn

no había cesado de asentar con su mano el paño de mi jubón, de tocarme

suavemente las manos, de contemplar mis botas y, en una palabra, de

manifestar el placer más infantil con la presencia de un semejante suyo.

Pero al oir mis últimas frases se enderezó de repente con cierta especie

de sobresalto.

--Si Dios quiere que puedas volver á bordo, ¿has dicho? Y bien, ¿quién

es el que te lo impide?

--No es Vd., por cierto, le contesté.

--Y dices muy bien en eso, exclamó. Pero antes de pasar adelante, vamos

á ver, ¿cómo te llamas, camarada?

--Jim, le dije.

--Jim, Jim, repetía él con aparente complacencia. Ahora bien, Jim, ya

debo decirte que yo he vivido una vida tan borrascosa que ni aun me

atrevo á contártela, porque te avergonzarías sólo de oirme. ¿Creerás tú,

al escuchar esto, que yo nunca tuve una madre, buena y piadosa, para

dirigirme y velar por mí?

--¡No! no he pensado tal cosa, le respondí.

--¡Ah!, dijo él. ¡Pues sí que la tuve y muy santa y muy piadosa! Yo era

un muchachito paisano, muy bueno y muy aprovechado, que me sabía tan

bien mi catecismo que cuando me soltaba recitándolo, lo repetía, como si

fuera una sola palabra, y sin respirar, desde el principio hasta el fin.

¡Ah! pero aquí va ahora lo que sucedió, Jim. Un día comencé á jugar á

las _canicas_ y al hoyuelo; por allí comencé, no te quepa duda. Mi

pobrecita madre me sermoneaba y me decía lo que me iba á suceder, ¡pobre

señora, me acuerdo muy bien! Pero la Providencia me trajo aquí. Yo no he

cesado de pensarlo en todo el tiempo que he estado olvidado en esta

isla desierta y, lo que es ahora, ya me siento bueno otra vez. Ya nadie

me volverá á coger nunca probando el rom... á no ser un dedalito... nada

más que un dedal por accidente, cuando se me presente una ocasión.

Inevitablemente ya, tengo que ser bueno y sé cuál es el camino para

lograrlo, porque, óyeme bien, Jim...--y al decir esto vió en torno suyo

y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo--... ¡soy muy rico!

Al escuchar esto, no me cupo duda sobre que aquel desgraciado se había

vuelto loco en su soledad, y supongo que debo haber dejado conocer mi

pensamiento en mi semblante, porque él se apresuró á repetir

calurosamente:

--¡Rico, rico, sí señor! Yo te diré cómo y haré de tí todo un hombre,

Jim. ¡Ah, muchacho, dale á Dios una y mil veces gracias de que hayas

sido tú la primera criatura humana que se ha encontrado conmigo!

Pero no bien había pronunciado estas palabras su semblante se oscureció

repentinamente, como si se viese asaltado por una idea ingrata; estrechó

mi mano con mayor fuerza entre las suyas y levantó el dedo índice ante

mis ojos con un ademán amenazador diciendo:

--Pero ante todo Jim, dime la verdad... ¿no es ese de allí el buque del

Capitán Flint?

Oyendo esto me vino una inspiración rápida y feliz. Comencé á creer que

lo que yo había encontrado, era un aliado, y en tal concepto me apresuré

á contestarle:

--No, por cierto. Flint ha muerto. Pero si le he de decir á Vd. la

verdad, como Vd. me lo pide, á bordo de esa goleta vienen varios de los

hombres del tal Flint, por desgracia de todos los demás de la partida.

¿No viene un hombre con una sola pierna?, murmuró Ben Gunn.

--¿Silver?, le pregunté.

--¡Ah! ¡Silver!, contestó él. ¡Silver! ¡eso es... ese es su nombre!

--Es el cocinero de á bordo y al mismo tiempo el cabecilla ó director de

esos hombres.

Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía cogido por la muñeca,

dióme una especie de fuerte sacudida.

--Si tú has sido enviado aquí por John Silver, dijo, yo estoy ya tan

bueno como un cerdo, muy bien lo sé. ¿Pero en qué pensaste tú, muchacho?

Yo había ya formado mi resolución en un instante, así es que, por vía de

respuesta, le conté la historia completa de nuestro viaje y el difícil

predicamento en que nos encontrábamos á aquellas horas. Escuchóme él con

el más profundo interés y cuando hube concluído exclamó dándome una

palmadilla en la cabeza:

--Jim, tú eres un buen muchacho, y tú y los tuyos están en un apuro del

demonio, ¿nó es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza en mí. Ben

Gunn es el hombre para sacarlos de su varadero. Pero antes dime, ¿crées

tú que tu Caballero resultará ser un hombre bastante liberal para quien

sepa sacarlo del aprieto en que se ve metido?

--¡Oh! en cuanto á eso, el Caballero es el hombre más liberal y generoso

que yo he conocido, le respondí.

--Pero hay que ver bien, dijo Ben Gunn; yo no quiero decir que me

recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una puerta; ó

una librea dorada de lacayo, ó cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo

quiero decir es que si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras

esterlinas, contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer

para ser dichoso un hombre como yo. ¿Qué dices tú?

--Pues digo que estoy seguro de que sí lo haría, le respondí yo. Tal

como venían las cosas todos los expedicionarios estábamos llamados á

dividirnos la hucha.

--¿Y me dará también un pasaje á Inglaterra?, añadió con una mirada

recelosa y desconfiada.

--¿Pues cómo no?, le dije. El Sr. de Trelawney es un hombre de honor. Y

además de esto, ¿no ve Vd. que si con su auxilio logramos

desembarazarnos de los otros, necesitaríamos de Vd. sin remedio para

ayudarnos á maniobrar el buque?

--¡Ah! ¡pues es verdad!, replicó Ben Gunn. ¡Yo les sería indispensable!

Y con esto pareció como aliviado de un gran peso.

--Ahora, prosiguió, voy á contarte cómo pasaron los sucesos, ni más ni

menos. Yo estaba á bordo del buque de Flint cuando éste sepultó aquí su

tesoro. Él se vino á tierra con seis hombres, grandes, fuertes.

Permanecieron aquí cerca de una semana, y nosotros, entre tanto, allá

afuera... esperando... anclados en el fondeadero, en su viejo buque el

_Walrus_. Un hermoso día, vimos por fin la señal esperada. Flint venía

por sí solo... solo enteramente en su pequeño bote, con su cabeza

vendada con una banda azul... El sol comenzaba á levantarse y él

aparecía pálido... pálido como un muerto junto al tajamar... ¡Pero allí

estaba, eso sí! En cuanto á los otros seis... ¡todos muertos! ¡muertos

y enterrados!... ¿Cómo se arregló para ello? Ninguno de los que íbamos á

bordo pudo averiguarlo nunca, ¿Fué lucha leal, asesinato, sorpresa, que

fué?... ¡Quién sabe! Lo único que sabíamos es que ellos eran seis y él

no era más que uno... ¡uno contra seis! Billy Bones era el piloto del

barco; John Silver era el contramaestre y ambos le preguntaron dónde

quedaba oculto el tesoro.--"¡Ah!, contestó él, si Vds. quieren ir á

averiguarlo pueden irse á tierra y quedarse allí buscando. Lo que es el

barco vuelve á la mar en busca de más, con mil diablos!" Eso fué lo que

él dijo!... Tres años después de aquello me cupo en suerte venir en otro

buque. Cuando vimos la isla yo dije:--"Ea, muchachos; el tesoro del

Capitán Flint está aquí. ¡Vamos bajando á tierra y encontrémoslo!"--El

Capitán se disgustó con esto, pero mis camaradas fueron todos de mi

opinión y bajamos á tierra. Doce días consecutivos buscaron y buscaron

en vano. Creían que yo les había jugado una horrible burla y cada día me

llenaban de nuevos y más duros insultos, hasta que una mañana, ya

cansados y sin esperanzas se volvieron todos á bordo.--"Por lo que hace

á tí Benjamín Gunn, me dijeron al partir, aquí tienes un mosquete, un

pico y una azada: quédate aquí y encuentra para tí solo el tesoro del

Capitán Flint!"... Tres años hace de esto, Jim; tres años que he estado

aquí sin probar un solo platillo de cristianos, hasta hoy!... Pero, dime

ahora... mírame... ¿tengo yo el aspecto de un marinero?... ¡Ya te oigo

murmurar que no!... ¡Ah!, es que yo también lo digo... yo... ¡yo mismo!

Al decir esto me guiñó los ojos y me oprimió la mano fuertemente. Y

luego prosiguió:

--Tú nada más repítele á tu Caballero mis propias palabras, Jim. Díle

esto: "Tres años hace que Ben Gunn es el único habitante de esta isla,

lo mismo á la hora de la luz que en medio de la noche, lo mismo en la

tempestad que en el buen tiempo. Tal vez algunas ocasiones ese

pobre--díle--tal vez ha pensado en su anciana madre, que anciana ha de

ser si vive aún; quizás, á veces, habrá caído de rodillas para decir una

oración. Pero la mayor parte del tiempo de Ben Gunn se ha empleado en

otro asunto." Y al decirle esto le darás un pellizco como este que te

doy aquí.

É hízolo como lo decía, de la manera más confidencial que imaginarse

pueda, prosiguiendo en el acto:

--Pero continuarás al punto y le dirás: "Gunn es un buen chico, no cabe

duda y él _deposita él precioso don_ de su confianza, _deposita él

precioso don_ de su confianza--no olvides decírselo con esas mismas

palabras--en un Caballero por nacimiento, más que en cualquiera de esos

"_caballeros de la fortuna_" de los cuales él ha sido uno."

--Pero vamos allá, le dije yo; prescindiendo de que no alcanzo á

entender una palabra de todo lo que me ha estado Vd. diciendo aquí,

¿cómo podría yo repetírselo al Caballero si no veo la posibilidad de

volver á bordo?

--¡Ah! allí está la vuelta del cabo! Y bien, aquí está mi bote; mi bote

que yo he fabricado con mis propias manos. Yo lo tengo oculto bajo la

peña blanca. Si sucede lo peor de lo peor, creo debemos intentar esa

travesía después de que oscurezca...

En este punto tuvo que interrumpirse bruscamente, porque aun cuando el

sol tenía todavía una hora ó más que alumbrar hasta ocultarse en el

horizonte, oímos repentinamente, repetido por todos los ecos de la isla,

el trueno imponente de un cañonazo.

--¡Eh! ¿qué es eso?, preguntó Ben Gunn.

--Es que han comenzado á batirse, le contesté. ¡Sígame Vd.!

Y olvidando en aquel punto todos mis terrores precedentes me dí á correr

hacia la rada, en dirección del ancladero, acompañado por el hombre

_aislado_ que corría junto á mí velozmente, sobre sus cacles de piel de

cabra, con gran ligereza y facilidad.

La isla del tesoro · 第 8 / 20 段